Capítulo 53: Poder, efímero poder…

Aunque ha transcurrido sin sobresaltos, la comida no ha sido la más agradable que Peeta y yo hemos compartido. Era necesario que lo habláramos, pero eso no le resta tensión al asunto. Al principio, ninguno supo cómo empezar la conversación por lo que nos dedicamos a comer en silencio la deliciosa ensalada que había preparado, pero la incomodidad del momento no me permitió disfrutarla del todo. Finalmente, la conversación fluyó, con trabas al inicio, pero sin diques de contención después. Una vez más, Peeta hizo gala de su habilidad con las palabras y me dio pie a hablar contándome él primero que había leído la carta, tal y como le hice prometer. No dudaba de que lo hiciese. Aunque suene egocéntrico, sé que es incapaz de negarse a algo que yo le pida de verdad. La gran mayoría de veces es algo que me divierte, porque no suelo pedirle más que tonterías para hacerlo flaquear y reírnos un buen rato. Sin embargo, en otras ocasiones, me siento como una fría y calculadora titiritera que mueve los hilos a su antojo para que él me de la tranquilidad que necesito. El caso de la carta es uno de esos. Sabía que lo que pudiese leer en ella, solo por venir de Gale, podía hacerle daño y yo, solo porque necesitaba sentirme comprendida, le obligué a leerla. En estas ocasiones me siento ruin, no me siento merecedora de él, porque él siempre lo dará todo por mí, incluso su propio bienestar, y yo siempre seré la que lo ate a mí, sin pensar en lo que sea bueno para él, porque lo necesito para vivir.

- Entonces, ¿no irás a la boda? – me pregunta Peeta sin dejar de acariciar mi cabello. Hace rato que terminamos de comer y nos fuimos al sofá a relajarnos.

Abro los ojos, que mantenía cerrados gracias a su relajante caricia, y los dirijo a los suyos. Me mira desde arriba, sin pestañear, dejándome entrever lo poco de acuerdo que está con mi decisión.

- Ya te he dicho que no. Le he perdonado, pero no puedo ofrecerle más que eso por ahora.

Mi voz suena distante, lejana, transmitiendo por el aire que nos separa toda la confusión y el dolor que aún siento al recordar aquellos ojos grises que tantas veces me proporcionaron la calma que hoy encuentro en esos dos zafiros que me miran sin descanso. Muchas veces me pregunto si algún día se cansará de mirarme así, con esa devoción y esa entrega, haciéndome sentir la mujer más especial del mundo. Solo espero que no.

- Eres terca como una mula… - dice Peeta soltando una risita de resignación y recostando su cabeza en el respaldo del sofá.

- Lo sabes desde hace mucho, así que no vale quejarse ahora... – le respondo yo, contagiada del buen humor con el que se toma mis reacciones de niña consentida.

Lo cierto es que lo soy. Quizá ya no tanto lo de niña, pero sí lo de consentida. Últimamente me tiene en palmitas, como si fuese una muñequita de porcelana y pudiera romperme al más mínimo gesto. No voy a decir que me desagrade, aunque a veces me sienta un tanto cohibida, pero desde que murió mi padre nunca nadie se había preocupado tanto por mí, así que me dejo querer.

Me incorporo abandonando su regazo, donde había estado reposando mi cabeza desde que llegamos al sofá, y observo detenidamente su rostro. Sus rizos cuelgan ligeramente por el respaldo del asiento, dejando que el sol de la tarde los haga parecer más dorados de lo que ya son. Tiene los ojos cerrados, encerrando tras sus párpados el color azul que hace tiempo apodé como "calmante". La morflina reducía el dolor, pero no te hacía olvidar el por qué estaba ahí, tarea que esas dos orbes azules realizan a la perfección. Tiene una media sonrisa dibujada en su cara y su respiración es tan pausada que cuesta incluso oírla.

Peeta abre los ojos de repente, sobresaltándome. Tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia mí, aún sin abandonar el cómodo descanso que obtiene su cuello del acolchado sofá. Me mira en silencio, del mismo modo que yo lo hacía hasta ahora y que sigo haciendo a pesar de lo nerviosa que me pongo siempre que lo hace tan intensamente. Sus manos viajan hasta mis hombros, que seguían dándole la espalda desde mi posición semi-erguida, y tira de mí lentamente hasta que apoyo mi espalda en su pecho y mi cabeza en su cuello. Yo me dejo hacer, sintiendo su respiración pausada sobre mi cuello y el subir y bajar de su pecho bajo mi cuerpo. Es una de las sensaciones más relajantes de las que he disfrutado en mi vida.

- Sabes que nunca me quejaría por eso. – susurra él en mi oído haciendo que una corriente eléctrica recorra mi espina dorsal y me erice los pelos de la nuca. – Aunque tiene su gracia ver lo obstinada que eres a veces y los cabreos que te agarras…

- Idiota... – le digo entre risas por su comentario mientras le golpeo suavemente las costillas con mi codo.

- ¡Auch! – se queja Peeta encogiéndose levemente del lado donde le he golpeado.

- Deja de sobreactuar, que no te pega. Apenas te he rozado.

- Eres mala, pero no pienses que yo no tengo métodos mucho más efectivos que los tuyos para hacerte decir y hacer lo que yo quiera.

Su voz suena tan ronca y grave sobre mi cuello que no puedo evitar estremecerme al pensar en a qué tipo de métodos se referirá. De un tiempo hacia aquí, tanto Peeta como yo nos hemos ido tomando ciertas libertades, permitiendo conocernos más mutuamente. Algo que he descubierto y me ha dejado descolocada por completo es lo atrevido que puede llegar a ser el dulce Peeta. No sería la primera vez que me sale con un comentario subido de tono o que sugiere cosas como esta, dándome a entender lo que desea. Pero aún mayor ha sido el descubrimiento de lo que eso provoca en mí. Conocer esa faceta tan íntima del chico del pan ha conseguido despertar en mí sensaciones que hasta ahora solo surgían si me besaba o me acariciaba. Me siento como una quinceañera con las hormonas revolucionadas a más no poder cada vez que lo hace.

- ¿Y qué métodos son esos? – pregunto yo tras tragar saliva tan sonoramente que hasta él ha tenido que oírlo. Decir que estoy como un flan es quedarse corto.

Peeta no responde, al menos no con palabras, y suelta mis manos (que hasta ahora mantenía entre las suyas) para recorrer suavemente mis brazos descubiertos. Noto cada uno de sus dedos arrastrarse sobre mi piel, dejándome sentir el calor que emanan, el cual ya no sé si es producto del bochorno veraniego o de algo más… Cuando llega a mis hombros, posa allí la palma de sus hábiles manos y roza mi cuello con sus labios, dejándome sentir su aliento. Llegados a este punto yo ya no sé donde esconderme. Mi mente va por un lado y mi cuerpo por otro, dejándome confusa e indecisa ante la reacción que debo dar a sus caricias. Finalmente, la carne gana y un leve gemido escapa de mi boca. Noto la sonrisa de Peeta sobre mi cuello al oírlo y los colores se me suben a las mejillas, un tanto abochornada por la poca capacidad de contención que muestro ante sus "métodos". Me tiene bien calada.

Mantengo los ojos cerrados, tratando de no gemir de nuevo a pesar de que es lo único que podría hacer ahora, y decido tomar el control de la situación. Si algo sé a estas alturas, es que él es aún más débil que yo cuando lo beso. Hombres… Elevo mis brazos, llevando mis manos a su nuca y arrimándolo a mi boca para plantarle un suave beso en los labios, tierno y delicado. Peeta reacciona al instante, posando sus manos en mis caderas y aumentando un poco la intensidad del beso.

A pesar de la vergüenza, me aprieto más contra él apoyando todo mi peso sobre su pecho y siguiéndole el ritmo del beso. Su lengua empieza a jugar con la mía y yo no puedo evitar sentir el millón de mariposas que recorren mi estómago migrar hasta mi pelvis. Es un cosquilleo sutil, suave y placentero, por ahora. Desde que lo descubrí no ha hecho otra cosa sino acrecentarse, a veces hasta tal punto que me cuesta mantener la razón a pesar de que intento hacerlo porque sé que, si no lo hago, no habrá vuelta de hoja. Lo tengo bien clarito desde nuestro encuentro en el almacén de la panadería.

Decido dejarme llevar para poder refugiarme en él de todas las emociones del día. No quiero perder el control, siempre lo he odiado, por lo que me giro un poco bruscamente y me siento a horcajadas sobre él. Desde esta posición sé que podré mantener la cabeza fría más fácilmente. Ya me ha atrapado un par de veces entre su cuerpo y cualquier otra superficie y he caído como una tonta sin remedio en sus provocaciones. Esta vez será él el que caiga.

Peeta se sorprende ante mi reacción. Es la primera vez que llevo la iniciativa en algo que vaya más allá de dar un paseo, ahora que lo pienso. Me separo de sus labios para poder asimilar mejor la escena y noto como ese cosquilleo de mi bajo vientre pasa a un nivel mayor. No me gustan los tintes que está tomando esta situación… Es decir, no le gustan a mi parte racional, la irracional está encantada y me temo que va ganando. Peeta me mira con los ojos sumidos en un turbio azul, muy distinto al que suele tener, y sin apartar sus manos de mi cadera se yergue para poseer mi boca, que había quedado lejos de su alcance segundos atrás cuando me separé para asimilar la posturita.

Haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad que tengo, aparto la cara (a pesar de que estoy deseando que me bese) y sonrío de medio lado, dándole a entender que me besará cómo, cuándo y dónde yo quiera. Esto parece encender aún más a Peeta, que deja salir su lado más oscuro, y me aprisiona fuertemente contra su pecho haciendo fuerza con sus potentes brazos sobre mi espalda. A mí, que no se qué diablos me pasa, esa acción me descontrola por completo y acabo siendo yo quien toma sus labios sin miramientos mientras enredo mis dedos en su pelo y lo empujo contra mí. Lo beso con fuerza, no soy dulce ni tierna, no me ando con rodeos. Sigo mis instintos (los que yo no sabía que tenía) y le muerdo un poco el labio inferior tirando de él hacia afuera. Peeta gime y yo sonrío. Me siento poderosa, y me gusta. Me gusta mucho.

Por alguna extraña razón, llego a la conclusión de que, si no paramos esto ahora, no llegaremos ni por asomo a la fiesta que empieza a las ocho. No me importaría seguir aquí besando a Peeta, pero no sé qué me asusta más, si el ir a la fiesta o lo que pueda pasar entre nosotros si seguimos por el mismo camino que llevamos ahora…

- Peeta…

- ¿Hmm? – gruñe él sin desocupar mis labios.

- Peeta, la fiesta… - mi voz suena entrecortada. Esto va a ser difícil hasta para mí.

No sé si no me ha oído o es que está haciendo oídos sordos, y aunque me decanto más por la segunda opción, decido repetir lo que he dicho pero con algo más de autoridad, poca pero algo más:

- En serio, Peeta. El pregón es a las ocho y aún no nos hemos duchado.

- Pues dúchate conmigo, así tardamos menos. – ronronea Peeta.

¿¡Ronronea Peeta!? ¿Pero qué diantres?

- ¿Qué qué? – pregunto estupefacta separándome de su torso.

- Lo que oyes, que te duches conmigo y así tardamos menos. O bueno, a lo mejor tardamos más…

¿Pero a este chico que le han dado? Vale, Katniss. Ahora no escurras el bulto (nunca mejor dicho) porque has sido tú la que lo has llevado a este punto de locura para luego dejarlo caer de golpe. Demasiado poder para tan torpe mujer.

- No. – respondo con el corazón a doscientas pulsaciones por minuto y más roja de lo que creo haber estado alguna vez. Una cosa es lo que pueda llegar a hacer en el fragor de la batalla y otra muy distinta plantearlo tan de sopetón.

- ¡Ay, mi Katniss! Sigues siendo igual de inocente… - dice Peeta riendo y negando con la cabeza.

- ¿Ya estás otra vez? – le espeto frunciendo el ceño y cruzándome de brazos. Creo que eso ya quedo zanjado la noche que… en fin, que me desnudé. Aún no me explico cómo pude hacer aquello, ni mucho menos como pudo él contenerse. ¡Hasta a mí me costó!

- No seas boba, sabes que me encanta todo de ti, incluso eso. – contesta Peeta masajeando la arruga de mi frente y dedicándome una de sus cálidas sonrisas. – Pero tienes razón, será mejor que nos empecemos a preparar ya si no queremos llegar tarde.

Dicho eso, me da un pequeño beso en los labios y me aparta suavemente, dejándome más descolocada que antes y llevándose consigo a la ducha todo el poder que erróneamente creía tener yo.


Como se suele decir, ¡lo prometido es deuda! Aquí tenéis el capítulo que prometí hace unas horas. Larguito y más picante que los de hasta ahora, haciendo honor (aunque levemente por ahora) al Rated M. Tiempo al tiempo ;)

Mil veces os lo diré y nunca me cansaré: ¡gracias por estar ahí! Espero ansiosa vuestros comentarios, tanto positivos como negativos. ¡Nos os cortéis! ^^

¡Un abrazo a todos! :D