Capítulo 55: Celebración accidentada
No recuerdo haber visto nunca la plaza del distrito tan llena de vida. Antes de la rebelión, un día al mes la plaza albergaba un mercado que atraía tanto a comerciantes como a habitantes de la Veta. Todos, tanto pobres como no tan pobres, practicaban el trueque y sociabilizaban un rato, permitiéndose a sí mismos disfrutar de la cálida atmósfera que los rodeaba y olvidando, aunque solo fuese por unas horas, la cruel vida que llevaban. Tras la muerte de mi padre, yo misma llegué a asistir a aquel evento que revolucionaba el doce por unas horas. Al principio sola y, con el paso del tiempo, junto a Gale. Sin duda, era un buen lugar para intercambiar nuestros "productos" (por supuesto, nunca llevábamos las piezas enteras) por otras cosas que necesitábamos. Siempre me resultó curioso que aquellos días consiguiéramos un pago mayor al habitual por nuestra caza. La mujer de la zapatería te daba un par extra de cordones porque decía que nadie los quería o el panadero te pagaba un poco más de lo que sabía lógico porque decía que la ardilla era más gorda de lo habitual. Por aquél entonces nunca me hubiese cuestionado el por qué. Yo pensaba: "si ellos lo dicen, por mí bien. Más que llevar a casa por menos que cazar". Sin embargo, después de haber vivido todo lo que me ha tocado vivir, me doy cuenta del efecto que la esperanza provoca en la gente. Y el mercado suponía eso, esperanza. Esperanza que, aunque efímera, daba a la gente algo a lo que aferrarse. Y era esa esperanza la que nos hacía más humanos y menos clasistas, sin que nos importara un ápice si el que estaba delante era rubio de ojos azules o moreno de orbes grises. No me cabe la menor duda de que aquél era el día del mes más esperado por todo el doce.
Sin embargo, la plaza hoy es muy distinta. Está mucho más vacía que cuando se celebraba el mercado (no podemos obviar las consecuencias que ha traído la guerra en lo que a la demografía se refiere), pero eso no impide que la felicidad rezume por todas las esquinas. No es el hecho de que esté más llena o más vacía, sino el ánimo que inunda a todos los presentes. Aunque los días de mercado la plaza se llenase y la gente fuese más abierta, la amenaza de los Juegos y el hambre no desaparecía del todo porque, al terminar el día, era lo que nos esperaba. Por el contrario, hoy no hay hambre que temer o Juegos en los que participar. Hoy la gente puede disfrutar de la noche sin tener que divagar sobre como sobrevivirá mañana. Eso es lo que ha cambiado. Todo.
Peeta y yo hemos llegado muy justos de tiempo. Cuando doblamos la esquina, divisamos al alcalde encaramado ya en el atril y resignado a empezar su discurso sin nuestra presencia. Por suerte, él es de los pocos que se dan cuenta de nuestra tardanza y, tras un gesto de complicidad, comienza a hablar con ánimos renovados. Nosotros, por nuestra parte, nos ubicamos en las últimas filas de gente frente al escenario, saludando a un par de conocidos y a otros habitantes que no conocemos pero que ellos, obviamente, sí a nosotros. En ningún momento permito que Peeta me suelte del brazo y él tampoco hace ademán de ello. Por supuesto, no es tan incómodo como las apariciones en público durante la Gira o los Juegos, pero sigue sin gustarme demasiado no poder pasar desapercibida. Además, llevaba tanto tiempo sin andar en tacones que temo caerme y hacer el ridículo.
El pregón dura alrededor de quince minutos, durante los cuales el alcalde menciona la panadería en un par de ocasiones y agradece su colaboración. Cuando lo dice, la gente rompe en aplausos, pero me temo que por muy agradecidos que estuviesen al panadero, tiene más que ver con que dicho comerciante sea Peeta y que yo sea la que lo ayuda en la panadería. Lo cierto es que no hago mucho más caso al discurso salvo esas dos veces que me veo obligada a sonreír amablemente junto a Peeta. El resto del tiempo me lo paso agarrada a su brazo y buscando con la mirada a Gale que, según me dijo, estaría presente. Finalmente desisto pensando que le habrá surgido algún compromiso importante y no ha podido asistir. No lo reconozco.
Cuando termina el acto conmemorativo (que por lo poco que he escuchado ha sido bastante emotivo), se da paso a la festividad que se alargará hasta bien entrada la noche. El sol de verano no se ha escondido del todo cuando Peeta y yo nos acercamos a una de las mesas con canapés y bebidas que han distribuido a lo largo y ancho de la plaza. No puedo ocultar una sonrisa cuando veo a todos los niños corretear entre nuestras piernas sin hacer caso de la comida.
- ¿A qué se debe esa maravillosa sonrisa? - es Peeta el que me habla.
Salgo de mi ensimismamiento y aparto la vista de los niños para mirarle a él. Me vuelvo a sorprender de lo arrebatadoramente guapo que está hoy, más aún con el reflejo naranja del atardecer brillando sobre sus rizos rubios.
- Pensaba en los niños. - le digo. - Pensaba en lo impensable que hubiese sido antes de la Rebelión que todos ellos estuviesen jugando haciendo caso omiso a la comida. Ya no pasan hambre.
- Entonces, ha servido para algo, ¿no es así?
Le miro a esos ojos azules tan intensos como el cielo de verano y encuentro la respuesta a todo. Jamás podría sentirme perdida con él a mi lado. Es esa seguridad, esa bondad, la que me transmite toda la paz que necesito y me ayuda a comprender las cosas mucho mejor. Es él el que me ayudó desde un principio a ver la vida con otros ojos, a través de los suyos, y a entender que todos nuestros sacrificios no fueron en vano. Que todas las muertes, incluida la de mi hermana, sirvieron para sentar las bases de un futuro en el que estos niños sigan creciendo sin más preocupaciones que las que acarrea el ser eso, un niño.
- Por supuesto.
Peeta me sonríe como si no hubiera mañana y me roba un pequeño beso que logra hacer que me ruborice. No estoy acostumbrada a las muestras de afecto en público, salvo por Haymitch quizá.
Tomamos un par de copas mientras atendemos a ciertas personas que, según parece, son miembro del nuevo Gobierno de Paylor. Pasarán mil guerras y lo que no cambiará nunca es que Peeta se desenvuelve como pez en el agua en conversaciones de esta índole. Yo me limito a asentir y a apoyar todo lo que él dice. Sinceramente, ni sé de burocracia ni quiero saber. Al rato, cuando las estrellas y la luna llena ya iluminan el firmamento, empiezo a notar los efectos del vino que hemos estado tomando. Me excuso ante el grupo de personas que estaban a nuestro alrededor diciendo que voy a tomar un poco el aire. Declino su oferta de acompañarme y me despido de Peeta con un pequeño beso en los labios.
No me voy muy lejos, lo justo para alejarme del bullicio y tomar realmente un poco el aire. No me equivoqué al pensar esta mañana que hoy haría calor. Noto la cabeza un poco embotada a causa del alcohol, por lo que cuando encuentro un banco de los que rodean la plaza no dudo en sentarme. Noto como Peeta me ha seguido con la vista desde donde le dejé. A veces es tan protector conmigo que me hace sentir incómoda y especial a la vez.
Me dedico a observar a la gente en la plaza que ha empezado a bailar una música muy alegre. De vez en cuando, noto como Peeta me mira en la distancia y cuando levanto la cabeza hacia él ya no aparta la vista como lo hacía cuando éramos pequeños. En vez de eso, se desentiende de la conversación y me pone caras extrañas, como haciendo entrever lo aburrido que le parece estar hablando con esa gente. Yo me limito a negar con la cabeza y a reírme por sus muecas y los besos imaginarios que me manda. Es como un niño grande.
El juego sigue hasta que un grupo de gente se interpone entre nosotros durante uno de sus bailes y no nos deja vernos. En ese momento, alguien toma asiento a mi lado y me sobresalto.
- ¡Pero mira a quién tenemos aquí! Pensaba que ya estarías en el dos con tu amiguito, preciosa.
- Y yo pensaba que tú estarías lo suficientemente borracho como para no jodernos la noche.
- Esa boca, niña.
- Vete a la mierda, Haymitch.
Pasamos un buen rato sentados el uno al lado del otro sin mediar palabra. Aprovecho para pensar en todo lo que le dije esta mañana y que, en realidad, no siento así. A medida que mis pensamientos avanzan, la culpa también lo hace y el silencio se vuelve cada vez más incómodo. Trato de encontrar a Peeta entre el mar de cabezas que se ha interpuesto entre nosotros, pero no lo consigo, por lo que decido hablar con mi mentor de una maldita vez.
- Lo siento. - musito en dirección a Haymitch.
- ¿Cómo dices? - inquiere él. Sé que me ha oído de sobra, pero no va a dejar pasar esta magnífica oportunidad de humillarme.
- He dicho que lo siento. Siento haberte dicho cosas tan fuera de lugar esta mañana. - esta vez mi voz suena más ruda y menos amistosa, pero real. Suena como la antigua Katniss.
Haymitch sonríe de medio lado y vuelve a mirar al frente dándole un buen trago a la petaca que siempre lo acompaña de un lado a otro.
- No pasa nada. Tenías razón. Nunca he tenido un amigo de verdad en toda mi vida, así que no soy quién para juzgarte.
A pesar de que trata de restarle importancia haciendo ver que no le molesta, su voz se quiebra un poco al final de la frase, rompiendo a su vez el último muro de rencor que quedaba en mi interior. Ha estado solo toda su vida, es cierto. Pero ya no. Nunca más.
- Quizá antes no, pero ahora sí. Nos tienes a nosotros, Haymitch.
- Vosotros tenéis vuestra vida. Y bien merecida, por cierto.
- Sí, y tú formas parte de ella. Nada de esto hubiese sido posible sin ti. Te lo debemos todo, Haymitch. Todo Panem te lo debe.
- No. No merezco nada de lo que podáis darme. Me limité a jugar con vosotros, sobre todo contigo, para conseguir sacar adelante la Rebelión. A pesar de que sabía el daño que os estaba haciendo.
Miro a esos ojos grises que me observan dubitativos y me veo reflejada en él. Todos sus miedos, todo su rencor, todos esos años perdidos que sin duda yo también hubiese sufrido de no ser por Peeta. Ambos le debemos tanto…
- Es cierto, nos hiciste daño. Pero no más del que yo pude hacerle a la gente que por mi culpa perdió a sus familias. Gente como Peeta, que a pesar de todo son capaces de mirar al futuro con otros ojos. Capaces de ver la esperanza que nosotros creíamos perdida. Ellos, que no fueron artífices de nada y lo perdieron todo por una causa que ni tan siquiera defendían, son capaces de seguir adelante, mientras que tú y yo nos lamentamos por la suerte que sufrimos en un pasado que ya no podremos cambiar.
Haymitch me observa atentamente. Seguramente sea la primera vez que me oye hablar tan distendidamente sobre lo que siento y sobre lo que sé de buena tinta que él también piensa. Sigue sin resultarme fácil, pero él ahora es parte de mi familia y no quiero que nos ocultemos nada. Ya no quiero que seamos piezas en manos del otro.
- Eres nuestro amigo, Haymitch. - prosigo. - ¿Qué digo? Más que eso. Eres como nuestro padre. Has cuidado de nosotros aún a costa de tu salud mental y nos has dado apoyo cuando nadie más lo hacía. Deja ahora que seamos nosotros los que cuidemos de ti, aunque solo sea un poco.
Ya no oigo la música, ni tan siquiera el griterío de los que se divierten a escasos metros de nosotros. Solo soy capaz de oír retumbar mi corazón en la cabeza y de sentir como el peso de no haber compartido hasta ahora esto con Haymtich se esfuma por completo, tal y como lo hiciera el rencor hacia Gale esta mañana.
Haymitch me observa con lo que parecen ser lágrimas luchando por salir de sus ojos. No dice nada, se limita a observarme y a tragar con fuerza. "¡Enhorabuena!" me digo. No es sencillo dejar a Haymitch Abernathy sin una réplica ingeniosa que dar.
- Gracias. - dice al rato y se gira para volver a mirar al frente. Cualquiera lo tacharía de desagradecido por no contestar nada más después de todo, pero para mí un "gracias" de mi mentor significa más que un millón de palabras rimbombantes que cualquiera pueda dar. Entiendo cómo funciona, es por eso que no necesito oír más de él.
- Así que, ¿no te vas con Gale? - dice rompiendo el silencio cuando se ha recuperado. Ya vuelve a ser el mismo.
- Claro que no. No sé cómo pudisteis pensar eso.
- Hombre, preciosa. Dado tu historial de indecisiones, creo que pensarlo era algo más que razonable.
Le miro algo molesta, pero no se lo puedo negar. Si yo estuviese en su posición tampoco sabría qué esperar de mí.
- Se casa. - digo de la misma.
- ¿Qué? - pregunta Haymitch algo desubicado.
- Gale. Que se casa.
- ¿Cómo que se casa?
- ¡Por favor! ¿Por qué a todos os cuesta tanto creerlo? Siempre quiso casarse y formar una familia, no es tan raro. - digo yo algo exasperada.
- Sí, lo sé. Pero siempre supusimos que serías tú la novia.
Golpe bajo. Es cierto, yo también llegué a pensarlo. Ahora no me puede parecer más estúpido. Casarme con Gale… sin duda, una empresa sin futuro.
- Pues ya ves que no. - contesto yo secamente.
Hay algo que me molesta en todo esto y no es que la gente piense eso. En cierto modo es entendible. Lo que me molesta es que todos crean que yo sería capaz de abandonar a Peeta después de todo. ¿Acaso no ha quedado suficientemente claro ya que lo elegí a él? ¿Acaso no quedó claro que siempre fue él y no otro? Al parecer no. Y lo que más temo no es que los demás lo piensen o no, sino que Peeta también lo haga. Quizá no haberle dicho aún que lo amo haya sido un error.
- ¿Y quién es la afortunada?
Justo cuando estoy a punto de contarle a Haymitch el por qué de la visita de Gale y de su compromiso con Serene, unos gritos de sorpresa y estupor nos sacan de la conversación. Miro instintivamente hacia la plaza, que es de donde proviene el griterío, y me encamino hacia allí. Haymitch me sigue de cerca y no tardamos apenas unos metros en toparnos con el tumulto de gente que nos impide ver el origen de tanto alboroto. Nos abrimos paso entre la gente hasta llegar al centro del círculo que se ha formado y lo que observo me deja perpleja. Gale está tirado panza arriba en el suelo, con la sangre que sale a borbotones de su nariz manchando su elegante camisa. No tardo un segundo en agacharme a su lado, preguntándome qué diablos habrá pasado cuando Haymitch, que también se había agachado conmigo, me señala algún punto por detrás de la gente que nos rodea. Es entonces cuando lo veo: una cabellera rubia que se aleja a paso ligero agitando su puño en el aire y con su fuerte espalda en tensión.
Extenso capítulo el de la fiestecita... ¡Y la noche aún no ha acabado! Os aseguro que los dos próximos capítulos son (citando a Effie) muy, muy, muy esperados ;)
¡Nos leemos mañana! ¡Besos! :D
