Capítulo 56: La otra cara de la moneda
Devuelvo mi mirada hacia Haymitch y le veo chasquear los dedos frente a Gale esperando obtener algún tipo de respuesta. Es algo hosco en sus palabras y lo zarandea por los hombros, pero mi compañero de caza parece reaccionar y sale del aturdimiento momentáneo en el que estaba sumido. Supongo que Peeta le dio duro. Yo sigo sin comprender nada de lo que ha pasado durante los últimos veinte segundos, porque no han pasado más desde que encontramos a Gale en el suelo, y miro a Haymitch una vez más en busca de respuestas. Mi mentor ayuda a mi maltrecho amigo a incorporarse a duras penas. Cuando lo tiene medianamente asido por el brazo derecho, levanta la vista en mi dirección.
- ¿Por qué sigues aquí? – me espeta en tono amargo.
- ¿Cómo? – pregunto yo totalmente desconcertada. ¿Qué voy a hacer? Pues preocuparme por el estado de salud de Gale. Que no estemos en el mejor momento de nuestra relación no quiere decir que no me preocupe por él.
- Que qué haces que no has ido ya tras el chico. Este estúpido lo que tiene es una borrachera de caballo. Déjamelo a mí que se bien como tratar eso, créeme…
Abro los ojos de par en par. ¿Gale borracho? Me resulta casi tan inverosímil como un Peeta agresivo, pero visto lo visto, los dos han cambiado mucho. Miro a Gale a los ojos, tratando de encontrar algún signo de lucidez que desmienta lo que Haymitch acaba de decir, pero justo en ese instante empieza a balbucear y a decir incoherencias que no hacen sino corroborar su teoría. Está más borracho que una cuba.
Resuelto el misterio del porqué del estado de semiinconsciencia de Gale, decido que, sin duda alguna, no hay mejor persona en el doce (y dudo que en todo Panem) que pueda ocuparse mejor de él en estos momentos que Haymitch. Levanto la cabeza hacia mi vecino de la Aldea y asiento antes de salir por patas en la dirección en la que se fue Peeta.
Corro todo lo rápido que los tacones me dejan hasta que salgo de la plaza. Por el camino voy dando gracias al cielo de que la tangana no haya sido en pleno centro, sino cerca de una de las mesas más apartadas, casi a la altura de la entrada a la Veta. Aún así, no han sido pocos los que lo han visto. Me temo que tendremos tema de conversación con las clientas de la panadería para lo que resta de año.
Cuando logro salir de la plaza, me quito los zapatos y corro descalza por el asfalto de la calle que tomó Peeta. Disminuyo un poco el ritmo con la esperanza de encontrarlo por aquí cerca, pero algo me dice que echó a correr nada más salir de la plaza, por el contrario ya debería de haberlo alcanzado. Sigo a paso ligero mirando en cada bocacalle mientras intento analizar la situación. Aún no me explico que ha podido pasar para que Peeta reaccionase de esa forma si esta misma tarde estaba contento porque Gale y yo hubiésemos solucionado, en parte, nuestras diferencias. Además, no es un hombre agresivo en absoluto, salvo cuando… ¡oh, madre mía! ¡Salvo cuando sufre un ataque! ¿Será que ha tenido uno delante de todo el mundo? No puede ser. Estos últimos días se había tomado el trabajo con mucha más calma y ha retomado la pintura. El doctor Aurelius dijo que, siempre y cuando siguiese con la terapia y bajase el pistón con la panadería, no debería de haber ningún problema. Además, normalmente sus ataques son solo hacia mi persona, no hacia los demás. Yo soy el muto.
Aún con la idea de un posible ataque en la cabeza, acelero más mi paso intentando pensar a dónde diablos ha podido ir. A estas alturas está claro que ha ido más lejos. Paro un segundo para descansar mis maltrechos pies y trato de devanarme los sesos en encontrar una posible pista sobre su paradero. Intento pensar en que haría él. A qué lugar se dirigiría si necesitase apartarse de todo y llevar su mente a un punto en el que no pudiera hacer daño a nadie. Entonces lo recuerdo.
Hace unos días, antes de su primer ataque tras mi regreso, estuvimos tumbados bajo el naranjo que hay en el jardín de su casa. Lo plantó a la par que el de mi jardín, a sabiendas de los buenos recuerdos de mi padre que me trae ese cítrico. Aquella tarde, en lo que nos resguardábamos del calor a la sombra del árbol, me dijo que pocas cosas en este mundo le relajaban más que sentarse al aire libre y mirar al cielo en completo silencio. Recuerdo comprenderlo perfectamente. Es lo que llevo sintiendo yo desde que era niña, pero a una escala mucho mayor. En aquél instante decidí también que algún día, cuando dejase de hacer tanto calor, llevaría a Peeta al bosque. Si nuestro jardín le proporcionaba aquella calma no quise ni imaginar lo abrumado que se sentiría en tal extensión de naturaleza. Sin duda, tenía que llevarle.
Con fuerzas renovadas, retomo mi camino, pero esta vez en dirección a la Aldea. Solo espero no equivocarme en mi suposición. Más que nada por si realmente está sufriendo un ataque. La última vez que le dio uno estando solo acabó con unos buenos cortes y magulladuras. No tardo mucho en adentrarme en el camino que une el centro con la Aldea. Cuando llego a la entrada de mi vecindario, estoy chorreando y maldiciendo en voz alta el sofocante calor que no se ha ido ni con la puesta de sol. No recuerdo haber sufrido nunca una noche más calurosa que esta, a excepción de las que pasé en la selva del Vasallaje, claro está. Aquellas noches sí que fueron un martirio.
Avanzo a paso ligero con los zapatos en la mano por mi silenciosa barriada y las tenues luces de las farolas que hay a lo largo del recorrido me ayudan a vislumbrar una silueta en el porche de casa. Está sentado en el último escalón de los tres que hay, con las manos apoyadas en la tarima y la cabeza reclinada hacia atrás mirando al cielo. A medida que me acerco, voy definiendo un poco más su figura, divisando sus rubios rizos colgar levemente por su espalda, su camisa algo más abierta de lo que en un principio llevaba, el sosegado subir y bajar de su pecho, incluso la leve marca rojiza que ha dejado el hueso de la nariz de Gale en sus nudillos.
Me paro de pie frente a él, un tanto dudosa de si estará o no sufriendo un ataque. Peeta abre un ojo al notar mi presencia, y dice una frase que llevaré grabada a fuego en mi memoria durante el resto de mis días:
- ¿Vienes a rematarme, preciosa?
Aliviada por comprobar que no está sufriendo ningún episodio, sonrío levemente por su comentario y me siento a su lado en una postura que me permita mirarlo y entonces respondo:
- ¿Debería?
- No lo sé, dímelo tú. ¿Le he dejado tan mal como para merecérmelo?
Después de decirlo, gira su cabeza hacia mi lado y fija sus pupilas en mí. Sus ojos, tan azules por el día, con la luz de la luna toman un color más oscuro y salvaje.
- Era más la borrachera que tenía que el golpe que tú le has dado.
Cuando digo esas palabras, Peeta devuelve su mirada al cielo cerrando los ojos esta vez. Toma aire profundamente y lo suelta antes de seguir con la conversación.
- Lo siento. – dice. – No debí hacerlo, soy un bruto.
- ¿Por qué lo hiciste?
- ¿Acaso debería tener un motivo? Quizá soy más animal de lo que piensas…
Suelto una sonora carcajada y me gano una mirada herida por parte de Peeta, que ahora ha vuelto a abrir los ojos para observar el motivo de mi risa.
- Vamos, Peeta. – empiezo yo casi sin poder reprimir una sonrisa. – No me quieras hacer ver lo blanco negro. Sé de sobra que no eres de los que van repartiendo estopa a diestro y siniestro por ahí. Algún motivo habrá.
- ¿Y por qué no ha podido ser que se me hayan cruzado los cables y le haya dado así, sin más? Estoy harto de ser el débil y dulce Peeta.
La declaración de Peeta me sorprende un poco. Nunca pensé que tuviese momentos en los que se cansara de ser él, al igual que me pasa a mí. Siempre lo he visto tan perfecto que nunca se me pasó por la cabeza que se sintiera mal consigo mismo.
- No eres débil, Peeta. Lo que pasa es que eres más sensato y menos impulsivo que cualquiera de nosotros. Lo de dulce no te lo puedo negar…
- Pues ya estoy harto. Estoy hasta las narices de no poder dejar de pensar en todo momento si estará bien o mal lo que hago, solo porque es lo que se espera de mí. Ojalá fuese más impulsivo, por lo menos así no me sentiría mal por darle su merecido a un borracho con la lengua demasiado suelta.
- ¿Qué dijo ese idiota para que reaccionaras así? Siempre tuvo la lengua demasiado suelta…
Pienso en Gale, despotricando a pleno pulmón contra el régimen de Snow, los Juegos y las injusticias. Siempre fue temerario e impulsivo, justamente lo contrario a Peeta. Le recuerdo también discutiendo conmigo, como dos ollas a presión a punto de estallar. No era rara la vez que nos decíamos alguna barbaridad que en realidad no pensábamos y de la que luego nos arrepentíamos. Si le sumo eso al alcohol y a mi propia experiencia, no me cabe la menor duda de que Gale se ha pasado siete pueblos.
- Él... él se acerco a la zona en la que estaba yo al poco de que te marcharas. Rondó la mesa contigua a la que estábamos dando un par de traspiés y haciendo como que no iba con él la cosa, pero pude notar su mirada clavada en mi nuca en un par de ocasiones. Decidí ignorarlo y seguir observándote, pero un grupo de gente se había interpuesto entre nosotros, por lo que volví a la conversación. – Peeta suspira un poco y prosigue. - A los pocos minutos, Gale se unió a nosotros, presentándose como órgano de gobierno en el dos y unos cuantos de los hombres de Paylor parecieron reconocerle. Fue entonces cuando la conversación, aún no sé por qué, se desvió a lo flamante que estabas hoy y Gale empezó a desvariar y a decir que eras mi perrito faldero y que era por eso que le habías negado tu asistencia a su boda. – antes de seguir, Peeta agacha la cabeza y mira al suelo. - En un principio, traté de hacerle entrar en razón y de apartarlo del grupo por su más que evidente borrachera, pero el renegó y, al darse cuenta de lo que intentaba, elevó su tono de voz y empezó a despotricar sobre ti, diciendo que eras una… una zorra que solo se preocupaba por calentar mi cama en vez de cuidar de sus viejas amistades. Yo… lo siento, pero con aquél comentario ya no aguanté más y le solté un puñetazo.
Absorbo toda la información que puedo y no sé si me abruma más el hecho de que Gale haya dicho eso o que Peeta haya reaccionado así. Lo de Gale no me extraña tanto. Viniendo de él, sé que mañana mismo le tendré en la puerta de casa, arrepentido, pidiéndome disculpas como cada vez que nos enfadábamos y decía algo que no debía. Le costaba, igual que a mí, pero siempre acababa sucediendo. Sin embargo, la reacción de Peeta me tiene desconcertada. Nunca creí que fuese a responder tan a las bravas al comentario de un borracho, menos aún después de tanto tiempo tratando con Haymitch. Pero hay algo en todo esto que no me cuadra, y es que no me siento decepcionada. Todo lo contrario. Me alegra que lo haya hecho. El hecho de que Peeta haya roto sus principios por defenderme, a pesar de que no hubiese sido necesario, me hace sentir amada de una forma muy distinta a la que me había sentido hasta ahora. Sabía de sobra que Peeta sería capaz de dar su vida por la mía, lo ha demostrado mil y una veces, pero que haya cambiado por un instante su esencia, esa esencia que prometió no cambiar antes de nuestros primeros Juegos, y que lo haya hecho por mí es más de lo que nunca mereceré.
Me lanzo a sus brazos antes de que pueda articular palabra, pillándolo un tanto desprevenido, haciendo que caigamos de espaldas sobre el porche.
- ¿No estás enfadada? – me dice mientras responde a mi abrazo.
- No. Definitivamente se lo merecía, pero estoy segura de que no lo piensa así. Le conozco bien.
- Siento no haber podido controlarme. Ahora en frío me parece que he exagerado un poco.
- No, está bien. Pero me alegro de que haya habido un motivo por el que le has pegado y no porque simplemente se te hayan cruzado los cables, como tú dices. Eso sí hubiese sido de burros. – le digo a la vez que me aparto un poco para mirarlo a los ojos.
- ¿Por qué no te molesta que a veces sea demasiado pausado? No sé, hasta a mí me llega a molestar.
Pienso unos instantes su pregunta antes de contestar. ¿De verdad no me molesta? A veces es cierto que me saca de mis casillas cuando me deja sola chillando como una energúmena en plena discusión y se limita a escucharme y a esperar a que me calme. Pero, no. Nunca podría molestarme, porque es precisamente esa parte de él la que contrarresta mi mal humor y la que consigue que me calme por muy enfadada e iracunda que esté. Es esa bondad, esa seguridad, esa serenidad la que me enamoró de él. La esperanza que rezuma por cada uno de sus poros.
Cuando llego a esa conclusión, no puedo retener ni un segundo más en mi boca las palabras que llevan días buscando el momento adecuado para salir:
- Porque entonces no serías el hombre del que me enamoré.
Tan pronto como lo digo, aparece un brillo especial en los ojos de Peeta y, acto seguido, me besa con más pasión que nunca, dándome a entender que esta noche no la olvidaremos jamás.
¡Aleluya, Katniss! ¡Aleluya! Le cuesta, pero avanza la muchacha jajaja Deseo fervientemente que esperéis el de mañana como agua de mayo. Yo quiero oír opiniones, así que ya sabéis dónde encontrarme ;)
A Keka:
¡Gracias! Me alegro mucho de que el capítulo en general te haya gustado, y más aún que el detalle de los niños en particular te haya emocionado tanto. Normalmente la gente no suele comentar esas nimiedades (aunque para mí son los detalles los que diferencian un buen fic de uno sobrecogedor), así que que tú hayas reparado en ello me ha hecho mucha ilusión :) Además de eso, la charla con Haymitch era obligatoria, creo yo jajaja Espero haber sabido llevarla lo más fielmente posible a sus carácteres y haber dado el diálogo correcto. Son tan escuetos que a veces cuesta elaborar una conversación entre ellos dos. Doy gracias a que las miradas las puedo explicar desde el pensamiento de Katniss jejeje ¡Mil gracias por todo! ¡Un abrazo y nos leemos! :D
