Capítulo 57: Real
Cada vez que salgo a cazar agudizo mis sentidos al máximo para ser consciente de todo cuanto me rodea. Soy sigilosa como un felino, diviso tanto como un águila al acecho, huelo las presas a kilómetros y procuro oír igual de bien que oía mi padre cada pisada de cada animal. Cazar sin ser cazada.
Pero con Peeta esto no me sirve en absoluto. Sus besos tienen en mí el efecto contrario que la caza. En el mismo instante en el que sus labios rozan los míos, el resto del mundo desaparece. Los sonidos que nos rodean pasan a un segundo plano para dejarme oír sin interferencias cada uno de sus acelerados latidos, la vista se me nubla emborronando cada detalle del entorno que no se centre en él y en sus bellos ojos llenos de lujuria y amor y mi olfato solo puede detectar ese olor a canela y eneldo que jamás podré relacionar con un mal recuerdo. Además, digamos que el sigilo deja de ser mi punto fuerte. No puedo frenar la oleada de gemidos que salen de mi boca cada vez que acaricia mis piernas por debajo del vestido.
Peeta nos gira, aún sobre el porche de la casa, para quedar sobre mí. Sigo dejándome llevar por el calor, que ya no es única y exclusivamente fruto del clima, y acaricio su fuerte espalda por encima de la camisa. En un momento dado, Peeta deja de besarme y se separa de mí, dejándome un tanto desconcertada, pero no da lugar a especulaciones y, sin mediar palabra, me tiende una mano y tira de mí para ponerme de pie junto a él y llevarme hasta la puerta.
Comprendo enseguida que quiere que entremos. Obviamente, si la cosa se fuese a quedar en unos simples besos no se molestaría, pero esta noche a ninguno nos vale eso. Aparto todo el miedo y la inseguridad y me digo que tarde o temprano tendría que pasar. Ninguno de los dos es de piedra. Me paro frente a la puerta, esperando a que Peeta saque las llaves, hasta que recuerdo habérselas quitado y haberlas guardado en mi bolso por miedo a que las perdiera. ¡Mierda! ¡El bolso!
Empiezo a buscar como una loca por todo el porche y las escaleras, pero no tardo mucho en darme cuenta de dónde lo vi por última vez: el banco de la plaza. Allí debió de quedarse cuando me levante corriendo con Haymitch para saber a qué se debía el alboroto. En realidad no es gran pérdida, solo llevaba las llaves dentro, pero pensar que no vayamos a poder entrar en casa en toda la noche hace que me frustre aún más.
- Katniss, ¿qué sucede? – pregunta Peeta impaciente.
- Las llaves. No las tengo. Iban dentro del bolso y he debido de olvidármelo en la plaza con las prisas. – contesto yo un tanto abatida. En un principio pienso que se debe a que no me gusta quedar como una tonta, sobre todo después de habérselas quitado a él precisamente para que no las perdiese. Sin embargo, no muy en el fondo, descubro la razón subyacente de mi malestar: ¿dónde se supone que vamos a terminar ahora lo que habíamos empezado?
Solo de pensarlo se me suben los colores y me reprendo a mí misma por únicamente ser capaz de pensar en eso en estos instantes. Seguro que Peeta ya está dándole vueltas a como entrar en casa mientras yo me dedico a divagar sobre si podré o no sofocar este calentón. No soy yo. Definitivamente, ya no soy yo.
- Ven. – me dice Peeta. Aunque en realidad no hubiese sido necesario decirlo, porque agarra mi muñeca con fuerza y tira de ella para recorrer a toda prisa el lateral de la casa.
Cuando llegamos a la parte de atrás, empiezo a pensar que Peeta, seguramente, quiera entrar por la puerta corredera de cristal que comunica la cocina con el jardín trasero. Lo corroboro cuando empieza a escalar la mediana valla de madera que separa nuestra casa del resto del vecindario. Desde arriba, tira de mí para ayudarme a subir y saltar al otro lado. No es que lo necesite, soy más ágil que él, pero no me quejo porque con el vestido puesto no tengo la misma maniobrabilidad que con mis pantalones de caza.
Según noto la suave y cuidada hierba bajo mis pies desnudos, me dirijo sin dilación a comprobar que la puerta esté abierta. Justo cuando oigo el clic que me indica que no la habíamos cerrado por dentro y suelto un suspiro de alivio, un fuerte tirón me aparta de ella, haciendo que suelte mis zapatos y obligándome a apoyar mis manos sobre una superficie dura que, en realidad, es el pecho de Peeta.
- ¿Pensabas escaparte, preciosa?
Su sonrisa socarrona y la voz más grave de lo habitual, me indican lo poco que le importaba a Peeta entrar o no en casa. Cuando empieza a besarme con tanta o más pasión que antes, determino que nunca fue su intención venir aquí atrás para encontrar una alternativa a la entrada principal. Solo quería algo más de privacidad para continuar por donde íbamos.
El fuego de mi interior, que se había apagado algo con la posibilidad de habernos quedado en la calle durante el resto de la noche, se aviva con más fuerza a cada beso que Peeta reparte por mi cuello. Olvido poco a poco que ni tan siquiera hemos entrado en casa aún y me dejo llevar nuevamente por la oleada de sensaciones que provoca su cuerpo contra el mío.
Tras un par de besos más en el cuello, decido que necesito algo más intenso, así que insto a Peeta a ser más agresivo mordiéndole el poco pecho que deja al descubierto su medianamente desabrochada camisa. Es increíble la capacidad de entendimiento que logramos en esta situación, cuando ninguno de los dos es capaz de hacer algo a parte de recurrir a sus instintos más básicos. Como si me leyera la mente, Peeta me alza en el aire obligándome a rodear su cintura con mis piernas y estampa mi espalda contra el tronco del naranjo, dejándome prisionera entre el árbol y su pecho. Doy gracias en silencio a que sea un robusto naranjo y no ceda ante nuestra brusquedad y paso a desabrochar uno a uno cada botón de la camisa de Peeta. Cuando termino de hacerlo, no resisto la tentación de recorrer con las yemas de mis dedos su torso desnudo y, al paso de mis manos por sus abdominales, una descarga eléctrica descomunal recorre mi espina dorsal, haciéndome estremecer y arqueando mi espalda en un ángulo que no sabía poder hacerlo.
Con tal gesto de contorsión, mi cadera se pega aún más a él, dejándome notar en la entrepierna el bulto que se esconde bajo los pantalones de Peeta. El roce hace que otra oleada de placer me recorra por completo, pero el efecto parece ser aún mayor en él, que me aprieta las nalgas sin contemplaciones y gime sonoramente.
Estoy excitada a más no poder, en toda la extensión de la palabra. Ahora sí, sé que he llegado a un punto de no retorno y ya doy por perdida cualquier clase de control que pudiera quedar. No puedo, es más, no quiero parar. La necesidad de ir más allá de las caricias es tan grande como el amor que siento por este hombre que ha sacado a relucir partes de mi personalidad que yo misma desconocía. Porque ahora estoy segura de que lo amo. Y amarlo compensa con creces todo el miedo que pudiera sentir ante un acto tan íntimo.
Peeta se sienta poco a poco sobre la hierba, conmigo aún encima. Cuando tocamos suelo, quedo perfectamente sentada a horcajadas sobre él y la fricción es máxima. Tiro de su camisa para quitársela de una vez por todas y la lanzo lejos, sin mirar a dónde. Beso cada milímetro de su pecho, tratando de saborear cada rastro de sudor sobre su piel y él hace lo mismo con mis hombros, que ya ha dejado al descubierto bajando los tirantes de mi vestido por mis brazos.
- Katniss… - le oigo susurrar mi nombre cuando, en un intento por calmar la incomodidad de mi bajo vientre, muevo la cadera de adelante atrás rozando la cremallera de su pantalón.
El intento resulta un fiasco, porque lo único que consigo es avivar aún más esa necesidad que late en mi intimidad. Palpitante, a la espera. Peeta rueda sobre mí, haciendo que me tumbe sobre la hierba y apoyando su brazo izquierdo a un lado de mi cabeza. Durante los pocos segundos que dejamos de besarnos por el reciente cambio de papeles, miro a sus ojos. Los miro por primera vez desde que comenzamos este juego de toma y daca en el jardín. La luz de la Luna hace brillar sus cabellos dorados más de lo habitual y me deja admirar sin problema alguno cada una de sus bellas facciones. Sus ojos se iluminan de una forma especial, tanto que estoy segura de que la luz del satélite terrestre no tiene nada que ver en eso. Es amor lo que destilan sus ojos. Amor y devoción. Tanta como espero que desprendan los míos propios. Porque no puedo imaginar forma mejor para demostrarle lo mucho que lo amo que entregándome a él en cuerpo y alma. Sin barreras. Ni físicas ni mucho menos psíquicas. No quiero que quede nada entre nosotros que nos separe.
Nos volvemos a besar y Peeta dirige sus manos hacia la cremallera de mi vestido. La desata suavemente, sin prisa, disfrutando cada sonido que sale de ella al deslizarse en sentido opuesto al que la llevé yo al ponérmelo. Como está en un costado, lo primero que queda al alcance de la mano de Peeta es precisamente eso. Noto como sus fuertes manos me recorren de arriba abajo la piel semidesnuda sin atreverse a ir más allá por miedo a incomodarme. Al final, acabo siendo yo misma la que tiro de mi vestido para quedarme en ropa interior. Él me ayuda a sacármelo por la cabeza y, automáticamente, clava su vista en mi cuerpo, tan expuesto ahora.
- Eres tan perfecta… jamás podré olvidar este momento.
Las palabras de Peeta ayudan a que me sienta menos incómoda y consigo relajarme lo suficiente para hablarle yo también.
- Jamás te dejaría olvidarlo.
No es más que un susurro cerca de su oído, pero es suficiente para hacer asomar una blanca sonrisa en la boca de mi panadero. Contagiada, yo misma le sonrío de vuelta, sin poder creerme aún que vaya a hacer esto, y menos todavía que lo esté disfrutando tanto. Siempre pensé que esto quedaría fuera de mi alcance toda la vida, obligada como estaba a sacar adelante a mi familia. Además, no puedo decir que fuese algo que deseara, porque nunca tuve tiempo tan siquiera para pensar en ello. Sin embargo, cuando Peeta irrumpió en mi vida, todo aquello cambió. Empecé a sentir cosas que jamás había experimentado y, por mucho que tratara de controlarlo, no podía evitar pensar en él de una forma muy distinta de la que lo hacía en Gale o cualquier otro hombre.
En un arranque de valentía, decido por los dos y dirijo mis manos hacia la hebilla de su cinturón. Con una habilidad que desconocía, logro soltarla y no tardo mucho en deshacerme también del amarre del botón y la cremallera. Observo como el bulto que es señal inequívoca de la excitación de Peeta sobresale por la recién abierta apertura, luchando por alcanzar la liberación que por el momento le impide su ropa interior. Peeta ha parado por completo y se limita a observar cada uno de mis movimientos mientras lo hago. Cuando le devuelvo la mirada, puedo comprobar la preocupación en sus ojos.
- ¿Estás segura? Aún estamos a tiempo de parar. Solo tienes que decirlo.
Y ahí está, una vez más, el lado más dulce y caballeroso de Peeta Mellark saliendo a relucir, aún cuando el deseo y la perdición claman por hacerse un hueco en su corazón y en su cuerpo, de la misma forma que sucede en el mío.
Asiento y aventuro mi mano a su excitación, haciéndole entender que quiero esto tanto como él y notando por primera vez en la palma de mi extremidad el calor y la dureza que soy capaz de provocarle. Peeta gime ante el contacto y yo aumento la intensidad de la caricia, guiada únicamente por sus gestos de placer. No tarda mucho en volver a mis labios y en atreverse a tocar mis pechos por encima del sujetador. Necesitada de más, llevo mi mano libre a mi espalda y suelto el pequeño enganche que separa la piel de mis senos de la palma de su mano. Cuando me toca, suspiro como nunca y noto la humedad de mi entrepierna mojar mi ropa interior.
Entramos en una espiral sin salida de jadeos y caricias que nos encienden más y más a cada roce y que nos transportan a un mundo en el que solo estamos él y yo. Sus manos acaban recorriendo todo mi cuerpo hasta llegar a mi intimidad y, cuando presiona su mano contra ella, clavo mis uñas en sus hombros, tratando de aferrarme a algo que me mantenga cuerda si no es que he perdido la cordura ya. Sus pantalones vuelan, tomando el mismo camino que tomaría su camisa minutos atrás, y yo no puedo evitar pensar en la poca tela que nos separa y en lo mucho que deseo que desaparezca.
Peeta introduce su mano bajo mis bragas y repite sus movimientos, solo que ahora dejándome sentir el calor que desprenden sus dedos directamente sobre ese punto de placer. Elevo las caderas, buscando una mayor fricción y moviéndome al compás de su mano.
- Peeta, por favor… - jadeo. Ni tan siquiera sé muy bien lo que pido, solo sé que necesito que me ayude a calmar esto ya.
Agarro como puedo sus calzoncillos y los resbalo sin miramientos por sus muslos, ayudada por las piernas del propio Peeta que termina por quitárselo por completo. Compruebo su excitación y le acaricio de la misma forma que él está haciendo conmigo. No es la primera vez que veo a un hombre desnudo, pero ni que decir hace falta que sí es la primera vez que hago esto. Aún así, sus gemidos me indican a la perfección cómo moverme para hacerle sentir lo mismo que él me hace sentir a mí.
Peeta acaba por retirar la última prenda sobre mi cuerpo que nos separaba y se toma un par de segundos para mirarme a los ojos antes de continuar. Separo mis piernas dejando que se sitúe entre ellas como si fuese su hogar natural. Es entonces cuando compruebo que, en efecto, así es. Que no habría otro hombre en el mundo que consiguiese hacerme sentir tan cómoda en esta situación. Que no habría otro hombre en el mundo capaz de transmitirme las sensaciones que él me transmite con tan solo mirarme. Por eso, cuando antes de introducirse en mí me pregunta:
- Me amas, ¿real o no?
Yo respondo:
- Real.
¡Aquí está! ¡Ya llegó! ;) Ojalá hayáis disfrutado del capítulo. Está de más decir que cualquier review será bienvenido :)
Quería deciros algo importante: en unas horas me marcho de viaje, por lo que no podré actualizar, al menos no con la asiduidad habitual. Trataré de dejarme caer por aquí todas las semanas, pero no puedo prometer nada porque no tendré internet a mi disposición todo el día. Estaré fuera alrededor de un mes, pero espero que no perdáis las ganas de seguir leyendo este fic. No dudéis que seguiré al pie del cañón para traeros muchos más capítulos. Por supuesto, sentíos libres de dejarme comentarios cuando queráis. Para mí siempre son bienvenidos :)
Sin nada más, muchísimas gracias a todos por leer y tener la historia entre vuestros favoritos y alertas. Especial mención a esas estupendas mujeres que me dejan saber su opinión capítulo tras capítulo. Ojalá os animéis muchos más.
¡Un fortísimo abrazo y nos vamos leyendo! :D
