Capítulo 58: Mi cómplice
Oigo grillos. En un principio no me alarmo, es lógico oírlos en verano en el doce. Más aún si duermes en la misma habitación que Peeta Mellark y su obsesión por dejar la ventana abierta. Trato de obviar el sonido y sigo recorriendo la nebulosa entre la vigilia y el sueño en la que me encuentro, absorta por la inusual relajación que inunda no solo mi cuerpo, sino también mi mente. No recuerdo la última vez que conseguí relajarme tanto. Quizá nunca lo hiciera. Vuelvo a oír los grillos, pero esta vez un poco más fuerte, como si se colaran en la habitación y se aproximaran a la cama. Trato de hacer desaparecer el sonido de nuevo, pero noto como me voy despertando de este estado de catatonia y todo se vuelve más intenso. Poco a poco, voy siendo consciente de más cosas: el arrullar de la suave brisa de verano, el correr del agua del pequeño riachuelo que bordea la Aldea, el lejano croar de las ranas…, pero hay algo en todo esto que me desconcierta. Oigo y siento todo como si fuera más cercano, más vívido.
Intento ser consciente de más cosas, pero he alcanzado tal punto de abstracción que despertarme del todo me está costando un triunfo y aún no entiendo por qué. Noto el calor del cuerpo de Peeta bajo el brazo con el que le estoy rodeando y, segundos después, vuelvo a escuchar ese sonido tan familiar que hace su corazón al latir. Me permito vagar un rato más perdida entre sus latidos y el roce de su mano en mi cintura desnuda… ¿desnuda?
Abro los ojos como un resorte, asimilando en milésimas de segundo la verdad de todo este asunto. ¡Con razón oía yo tan cerca todos los elementos de la naturaleza! Ni estoy en mi cama, ni la ventana está abierta, ni mucho menos estoy ante una invasión de grillos. ¡Por todos los cielos! ¡Si ni tan siquiera estoy vestida!
Todas las imágenes de hace un rato vienen a mi mente como una sucesión de escenas inconexas que luchan por abrirse un hueco en mi embotada cabeza. Ahora sí estoy completamente despierta, pero, irónicamente, todo lo que veo y oigo en estos instantes se limita a esa secuencia de gemidos, gritos e imágenes digamos, poco castas (por no decir nada en absoluto) sobre la hierba del jardín. Recuerdo a una velocidad vertiginosa cada beso, cada roce de piel con piel, cada gruñido de satisfacción por parte de Peeta y cada grito de placer por la mía propia. Y sigo aquí tirada, en el lugar del crimen, con mi cómplice recostado bajo mi cuerpo y sirviéndome de almohada. Lo recuerdo todo con tal lujo de detalles que un escalofrío nace de la base de mi cráneo y va a parar a mi abdomen, haciéndome estremecer de nuevo, como antes. La sensación es tan real y tan revitalizante que nadie podría convencerme de que todo ha sido un sueño. Ha sido real, muy real. Así que, me declaro culpable de todos los cargos.
- ¿Tienes frío? – oigo a Peeta susurrar en mi oído. Sin duda, mi escalofrío no le ha pasado desapercibido, aunque ni por asomo tenga que ver con el frío.
Llegó el momento. Llegó la hora de enfrentarse al jurado, sabiendo que juez y verdugo son la misma persona. ¿Cómo iba a fingir inocencia cuando yazco desnuda sobre la prueba del delito? Es imposible. No puedo hacer del abogado del diablo. No sé mentir, al menos no del todo. Y si algo tengo por seguro es que mi cara, tan roja como un atardecer estival a estas alturas, me delatará en cuanto levante la mirada hacia los ojos de mi testigo. Esos inquisidores ojos que solo buscan mi felicidad y mi placer, aunque tengan que luchar contra viento y marea para lograrlo. Esos ojos que me ayudarán a compartir la culpa y la pena por mi delito. Culpa y castigo que, sin duda alguna, compartiré con él muchas veces más, porque es la penitencia más bella que jamás nadie me había impuesto. Disfrutar.
Disfrutar del amor que me prohibí sentir, disfrutar de la vida que me prohibí tener, disfrutar de la pasión que jamás pude imaginar. Solo disfrutar. Porque a su lado no puedo hacer otra cosa. No puedo ser infeliz si él está conmigo, porque es mi diente de león, mi esperanza, mi sinsajo. Porque nunca nadie pensó que yo también necesitaba uno.
Todo esto no supone que la vergüenza no me recorra ya desde hace un rato por completo. Me siento diminuta, incrédula y a la vez fascinada por todo lo que ha pasado. Ni mucho menos me arrepiento, pero la vergüenza es algo que no puedo controlar. Es superior a mis fuerzas.
Antes de enfrentarme a la más que posible sonrisa tonta de Peeta, recorro con la vista nuestro alrededor. Sigue siendo de noche, bastante de noche. No creo que hayan pasado más de dos horas desde el crimen. Las estrellas lucen hermosas en el cielo, un tanto obnubiladas por la enceguecedora y más hermosa aún luz de la Luna llena. La hierba se mueve al son del suave y cálido viento de verano que mece las hojas del naranjo frente a nosotros. Observo también el detalle de Peeta, que nos ha cubierto con la manta que dejamos siempre en el sofá, y le doy las gracias en mi mente porque, de no habérsele ocurrido, ahora mismo la situación sería mucho más incómoda de lo que ya es.
- No, estoy bien. No tengo frío. – le respondo finalmente recostando mi cabeza en su brazo en vez de en su pecho para poder mirarlo a los ojos.
Peeta se gira para quedar frente a mí y me mira sin decir absolutamente nada. En un principio siento que voy a morir por combustión espontánea si no deja de observarme así y de dedicarme esa sonrisa tan delatora. Bien porque me convierta en un bicho bola avergonzado o bien porque me vuelva a lanzar a sus labios como si no hubiera mañana. Pero, nada más lejos de la realidad. Con el paso de los segundos, el azul de sus ojos me va calmando más y más, haciendo desaparecer cualquier resquicio de vergüenza o timidez y contagiándome la misma sonrisa tonta que adorna sus labios. Al cabo de lo que calculo como un minuto, ya solo estamos él y yo. No hay grillos, ni ranas, ni corrientes de agua, ni brisa, ni nada. Tan solo estamos nosotros, sus ojos y los míos, al abrigo del calor que emiten nuestros propios cuerpos, aún algo aquejados por el esfuerzo, y también al amparo del calor de nuestras almas. Porque esa conexión es tan antigua como la vida misma, pero hoy la hemos hecho consciente y, por primera vez en mi vida, he reconocido en voz alta lo mucho que amo a este hombre. Mi cómplice.
¡Hola de nuevo! Sé que he tardado bastante (está bien... demasiado ¬¬) en actualizar, pero aquí está el capítulo número 58. Ya os dije que me iba de vacaciones, así que no penséis que ha sido por falta de inspiración o porque el fic ya no me entusiasme como al principio. Allí donde fuí no tenía conexión a internet (al menos no la suficiente como para actualizar), así que preferí tomarme un tiempo de abstracción y traeros a mi regreso nuevos capítulos como éste.
Os adelanto que trataré de retomar mi rutina diaria de actualización, así que para mañana podéis esperar el próximo ;)
Un fuerte abrazo a todos los que estáis ahí desde el principio y, por supuesto, a esos nuevos lectores que se han dejado ver con sus comentarios, favoritos y alertas. ¡Mil gracias a todos! :D
¡Besos! .III.
