Capítulo 59: Lazos

Pasamos así un par de horas más, disfrutando juntos del relativo silencio que ofrece la noche y de la agradable temperatura que nos abraza. Al final voy a tener que dar gracias porque haya sido una noche calurosa. Creo que, dadas las circunstancias, ya estaríamos muertos de frío de no ser así. Peeta está dormido, aunque no muy profundamente. Noto cómo es consciente de todos mis movimientos a pesar de estar sumido en el limbo. Yo, por mi parte, no he podido parar de mirarlo. Verlo dormir a él es una sensación tan reconfortante como hacerlo yo misma. Recorro con mis ojos cada uno de sus rasgos, tan aniñados cuando duerme y tan sensuales y masculinos a su vez. Sospecho que él hizo lo mismo conmigo mientras yo dormitaba, como si quisiera velar mi sueño eternamente. Sigue cumpliendo con su promesa de mantenerme sana y salva.

Animada por su inconsciencia, me aventuro a acariciar su rostro con movimientos delicados y cuidadosos para no despertarle. Paso las yemas de mi dedo índice y corazón por toda la longitud de su mandíbula. Esa estructura ósea de su anatomía que me vuelve loca. Recorro sus pómulos, tan encendidos aún por la mezcla de calor y pasión de hace unas horas. Asciendo hasta sus pestañas, tan largas como siempre, y me paseo por sus párpados intentando imaginar el color de sus ojos que tan bien conozco. Tiene un par de mechones sudorosos pegados a la frente, así que se los retiro con sumo cuidado, como si fuera a romperse al más mínimo descuido. Bajo hasta las marcas que yo misma, en el fervor del momento, le dejé sobre su cuello. Solo de verlas me sonrojo. Su presencia me corrobora la realidad de todo esto y me traen a la memoria todas y cada una de las palabras que salieron de mi boca durante el instante que creí alcanzar el cielo bajo su cuerpo. Ninguna inocente. Todas exigían más.

Aún no he decidido cómo voy a afrontar esto con la luz del sol. En estos instantes, al amparo de las sombras de la noche, todo resulta más sencillo. Es tan reciente que, incluso cuando nos hablamos hace un rato, sentí como la vergüenza se esfumaba. Solo había cabida para la calma. Sin embargo, no sé si podré mirarle de la misma forma de ahora en adelante cuando, simplemente, estemos haciendo una vida normal. Me refiero a hacer cosas como hacer la comida, atender la panadería, visitar a Haymitch, comer con Sae, dar un paseo por el distrito… desde luego, nada volverá a ser igual. No podré mirarle a los ojos sin sentir que es capaz de ver a través de mí y de conocer todos y cada uno de mis secretos, incluso ahora, los más lascivos. Pero no me importa, porque yo también contaré con esa ventaja. Porque sabré interpretar en todo momento lo que desea. No porque hasta ahora no lo supiera, sino porque, después de esto, sé cómo manejarlo. Sé cómo hacerle suplicar por mí, por placer. El mero hecho de pensar en lo mucho que aún me queda por experimentar con él consigue excitarme, y eso me hace sentir poderosa. Me hace sentir dueña de sus actos, al igual que él es dueño de los míos. Definitivamente, jamás volveré a verle igual. Tan puro, tan platónico.

Trato de sacarle el mayor partido a esta desinhibición momentánea y grabar en mi memoria todo lo que he aprendido porque, conociéndome como me conozco, en cuanto despunte el primer rayo de sol y un nuevo día se aproxime seré incapaz de pensar así sin acabar reprendiéndome a mí misma y más roja que un tomate. Al final va a ser cierto que soy demasiado inocente.

Peeta, que se había tumbado bocarriba durante un rato, vuelve a girarse hacia mí. Para mi agrado, está despierto y me mira con ojos soñolientos. Me dedica una cálida sonrisa y acaricia mi mejilla con su mano derecha para acabar reposándola sobre mi cintura.

- ¿He dormido mucho? – pregunta.

- No, solo un par de horas. Aún no serán más de las cuatro.

Echando cuentas, hará ya unas cinco o seis horas desde que nos marchamos de la fiesta. El recuerdo de la celebración es tan lejano que parece que haya pasado una vida entera. Peeta me atrae hacia él pausadamente y yo me dejo hacer, abrumada por su olor mezclado con el del naranjo. Me besa con dulzura la frente mientras se aferra más a mí y yo trato de ignorar el hecho de que sigamos desnudos. Total, a estas alturas ya no debería importar, ¿no? Rápidamente, encuentro mi hogar natural en su cuello, allí donde dejé las marcas de mis dientes, y hundo la nariz en él, dejando que su cercanía me embriague por completo. Sus caricias en mi espalda se tornan más demandantes a medida que yo, inconscientemente, he pasado de rozar su cuello con mi nariz a lamerlo, literalmente.

Una cosa nos lleva a la otra y enseguida estamos devorándonos la boca. Con más impaciencia que antes incluso, ahora que sabemos lo que nos espera al final del placentero recorrido. Peeta tira de mí hasta que quedo con mi torso pegado al suyo y mi pierna izquierda se acomoda en el hueco que dejan las suyas. Cuando apoyo mi peso sobre él, deja escapar un gemido de su boca y no tardo en darme cuenta a qué se debe. Mi muslo está completamente encima de su excitación y al más mínimo movimiento que haga Peeta convulsiona pidiendo más. Con esta nueva baza a mi favor, me dejo guiar por sus gruñidos y muevo la pierna lentamente, haciendo presión sobre él. Intento no pensar mucho en lo que estoy haciendo por miedo a estropear el momento y sigo con mi tarea hasta que Peeta detiene el beso, abre los ojos y me mira fijamente:

- No sigas por ahí… - me susurra con la voz algo entrecortada.

- ¿Por qué? – inquiero yo completamente confundida. ¿Acaso he hecho algo mal? Pensaba que esto le estaba gustando. Incluso yo, solo de verle y oírle, estaba empezando a notar más calor del habitual.

- Porque si sigues así no me quedará más remedio que volver a hacerte mía.

¿Era eso? Abro los ojos como platos y no puedo evitar una carcajada. Me ruborizo al pensar en volver a revivirlo todo, pero no puedo decir que no me gustaría hacerlo. Es más, lo estoy deseando.

- ¿Y quién te ha dicho que no es lo que yo buscaba? – mi susurro es ronco, débil, incluso me atrevería a decir que sexy. No reconozco a la antigua Katniss en ninguna de mis palabras y, a juzgar por su cara, Peeta tampoco. Pero me da igual. Me gusta esta nueva Katniss. Una Katniss que sabe pedir lo que quiere y no teme sentir placer. Una Katniss libre de cualquier atadura que la impida ser feliz y disfrutar del hombre que tiene a su lado. Una Katniss menos superviviente y más mujer.

Si hay algo que admiro de Peeta es su capacidad para responder y hacerlo bien ante cualquier imprevisto. Estoy segura de que esta respuesta era lo que menos se esperaba por mi parte y, sin embargo, no tarda medio segundo en ofrecerme la sonrisa más deslumbrante que haya visto jamás y lanzarse a mis labios como alma que lleva el diablo. Es precisamente su capacidad para estar preparado en cualquier momento lo que le ha hecho sobrevivir hasta ahora, igual que aquella vez que, tras quedarme atrapada en el bosque por la valla inusualmente electrificada, volví a casa magullada y él supo al instante que algo no marchaba bien. A pesar de la inquietante presencia de los Agentes de la Paz, parecía tan seguro de sí mismo como siempre. Y es esa seguridad la que me transfiere a mí con su sola presencia, esa seguridad que me dice que todo irá bien mientras lo tenga a mí lado.

Me dejo querer, besar y acariciar por sus labios todo lo que quiere y más. Después de todo, ¿quién soy yo para negarle nada a él, que lo ha arriesgado todo por mí? Él, que sin esperar nada a cambio, me entregó su corazón y me abrió las puertas de su casa tantas veces como necesité, una tras otra, a pesar de lo poco o nada que yo podía brindarle. Así que, si ahora he encontrado una manera de devolverle todas las esperanzas que creyó perdidas conmigo, ¿por qué no iba a hacerlo? ¿Por qué no iba a demostrarle con hechos todo lo que me hace sentir? ¿Por qué, ahora que lo sé sin duda alguna, no iba a decirle que lo amo de todas las maneras que soy capaz? Y, aún así, después de entregárselo todo de mí, seguiría debiéndole mi alma, porque fue él quien la reconstruyo pedacito a pedacito con más cariño del que nadie hubiese sido capaz.

Perdidos en nuestro recién descubierto rincón de placer, entre besos, caricias y algún que otro roce, el sonido de una risa socarrona nos saca de nuestro lapsus y me hace levantar la cabeza como un resorte hacia la puerta corredera de cristal. Ahí está él, apoyado en el marco de la puerta, con mi bolso en su mano y una botella de vino en la otra. Haymitch, como no.

- Si os estáis preparando para el segundo asalto mejor vuelvo más tarde. – dice finalmente con una sonrisa de su cosecha.

Yo no sé qué hacer. Si me escondo bajo la manta mal, porque dejo a Peeta solo con el marrón. Si no me escondo mal también, porque estoy tumbada en la hierba como mi madre me trajo al mundo. Y si le digo algo, peor aún. Porque Haymitch siempre ha sido más elocuente que yo y acabaría dejándome en vergüenza. Argumentos le sobran, desde luego. Así que, hago lo de siempre. Delego la responsabilidad de las palabras en Peeta y me escondo en su pecho bajo la manta, tan ruborizada que no creo poder salir de aquí en años.

- Haymitch, ¿qué coño haces? – dice Peeta un poco molesto. Aunque sospecho que su queja es más porque ha interrumpido lo que estábamos a punto de hacer que porque nos vea desnudos. Para él es de lo más natural, y Haymitch no es distinto en ese sentido. Además, somos como sus hijos.

- Bueno, venía a devolverle a ese bulto con ojos que se esconde cobardemente el bolso con las llaves que se olvidó en la plaza, pero ya veo que estabais ocupados, otra vez…

¿Otra vez? ¿Acaso sabe que ya ha habido una primera? Vale, que nos haya pillado desnudos besándonos apasionadamente no ayuda a desmentir eso. Joder, no he empezado a hablar y ya me estoy quedando sin argumentos.

- Gracias, Haymitch. Ahora, por favor, déjalo sobre la mesa de la cocina y lárgate. –hablo yo desde mi escondrijo.

- ¡Vaya! ¡Pero si habla! Pensaba que Peeta se había pasado y te había comido la lengua, preciosa.

- Si solo fuese la lengua… - se ríe Peeta, haciendo que me ponga aún más roja de lo que ya estaba. ¿De qué va?

Le doy un golpe en el pecho, haciéndole notar mi disconformidad con sus bromitas y él se queja un poco, pero no deja de reír acompañado por un aparentemente sobrio Haymitch. Perfecto, encima no puedo confiar en que mañana se le haya olvidado todo. Peeta me besa la coronilla antes de apartarme de encima suyo y levantarse. Es completamente inmune a la desnudez. Lo corroboro una y mil veces y no deja de sorprenderme. A mí me cuesta desnudarme incluso con él si no es porque estamos demasiado excitados.

- Anda, vamos dentro antes de que Katniss nos mate. – oigo que le dice Peeta a nuestro mentor mientras lo arrastra dentro de la casa.

Haymitch se ríe y, en lo que me cubro con la manta y recojo toda la ropa que hay tirada por el suelo (y lo que no es el suelo), escucho su conversación en la cocina:

- Así que, has acabado apagando el fuego de la Chica en Llamas en el jardín trasero de tu casa. Muy romántico, sí señor… - se carcajea Haymitch.

- ¿Acaso hay algo más romántico que hacerlo a la luz de la Luna y bajo un manto de estrellas? –contesta Peeta aún entre risas.

Yo lo pienso por mi cuenta y, la verdad sea dicha, para mí no podría haber sido mejor. Rodeada de naturaleza, con Peeta a mi lado y el cielo sobre nuestras cabezas. No podría encontrar mejor banda sonora para mi primera vez que el cantar de los grillos, el croar de las ranas y el murmullo del agua.

Me pierdo un trozo de conversación en lo que entro a la casa y le lanzo a Peeta su ropa interior, tratando esquivar la mirada de Haymitch en la medida que me es posible. No me quiero ni imaginar las semanas que me esperan. Cuando me doy media vuelta y me dirijo a las escaleras, siguen hablando, aunque en un tono más confidencial. En un principio me molesta, pero lo que alcanzo a oír en mi trayecto al piso superior me hace sonreír como una idiota:

- Me alegro por vosotros, chico. – comenta Haymitch con sinceridad. – Enhorabuena.

- Ni que hubiésemos hecho algo extraordinario, Haymitch. Tarde o temprano hubiese acabado sucediendo. No quería forzarla.

- Lo sé, hijo. Lo sé. Pero no es lo que habéis hecho hoy, sino el hecho de que hayas conseguido que ella abra su corazón a ti. Sabes de sobra que nunca hubiese dado este paso si no estuviera segura de lo que siente.

Una vez más, me sorprendo de lo mucho que me conoce Haymitch. Sabe leer perfectamente mi forma de pensar y, aunque al principio eso me molestase, hoy no puedo estar más agradecida por contar con alguien como él, que es capaz de comprender cosas que incluso a Peeta le cuestan.

- Me dijo que me amaba. ¡Me lo dijo con palabras, Haymitch! ¿Sabes el subidón de adrenalina que fue oír eso para mí? – contesta Peeta. Puedo notar la emoción en su voz incluso desde aquí.

- Puedo imaginarlo teniendo en cuenta lo correosa que es. – contesta él y ambos se ríen.

No alcanzo a oír más, pero no puedo dejar de ser partícipe de su felicidad. No puedo dejar de reír con ellos, aunque no me vean. Porque nadie en el mundo podría hacerme reír después de una situación tan embarazosa más que estas dos personas que comparten su vida conmigo, porque estamos enlazados inevitablemente para el resto de nuestros días.


Contrarrestando la brevedad del anterior... ¡extenso capítulo 59! ;) ¡Disfrutad!

En respuesta a los reviews del anterior cap:

Sammy: ¡Me alegro muchísimo de que te gustara! Mi viaje fue estupendo, gracias por preguntar. He vuelto con muchísimas ganas de seguir emocionándoos con este fic. Un fuerte abrazo :D

Keka: Es un placer saber que mi historia es la única que no has pospuesto, más aún con la de tiempo que os he tenido un tanto abandonadas. Aquí tienes un capítulo más largo que espero haga tus delicias ^^¡Nos leemos! Un abrazo :D