Capítulo 61: Arma perfecta

Las siguientes semanas pasan rápido. La panadería marcha estupendamente y cada vez veo a Peeta más ilusionado con ella. Desempeñar el trabajo que siempre fue suyo le llena tanto como a mí el cazar. Siguiendo el consejo del doctor Aurelius, procuramos sacar todos los días un poco de tiempo para dedicarle al libro, aunque cada vez añadimos menos cosas. Peeta sigue pintando y, desde hace unos días, sé que se levanta a medianoche, anota algo rápidamente en su bloc y vuelve a la cama junto a mí. Yo me hago la dormida, pero algo trama.

Procuro ser todo lo útil que puedo en la panadería, sobretodo despachando clientela, así que me he tenido que tragar a todas las señoras chismosas preguntándome sobre el solemne puñetazo que Peeta le dio a Gale. Las que son oriundas del doce nos conocen a los tres por algo más que los Juegos, así que se encargan de poner al resto al tanto de los posibles motivos del rifirrafe. Sobra decir que más de la mitad son soberanas tonterías.

De vez en cuando, Peeta se asoma desde la cocina para echarme un cable dejando a Dough y Bun a cargo de los hornos con la excusa de que no doy abasto, pero yo sé que lo hace por evitar que un día cometa una locura y mate a alguien por decir tantas sandeces. Los ayudantes de Peeta, que están al tanto de todo lo que sucedió en el homenaje (al parecer, ambos ayudaron a Haymitch a cargar con Gale hasta la posada), aprovechan cualquier oportunidad para especular sobre las posibles salidas de tono de Peeta si se volviese a dar el caso. Para ellos fue tan impactante como para mí ver a su tranquilo jefe pegar de tan buen grado a otra persona. Peeta los procura ignorar y los manda a paseo más de una vez. Yo me limito a no entrar al trapo, pero he de reconocer que son muy graciosos y muchas veces no puedo contener la risa. Ambos son muy buenos chicos y, tanto Peeta como yo, les hemos tomado mucho cariño. Podría decir que les consideramos nuestros amigos.

Además de la panadería y el bosque, puedo asegurar que nuestra habitación es el sitio en el que más horas paso. Mejor dicho, pasamos. Porque, desde que nos acostamos por primera vez, Peeta y yo nos hemos vuelto más pegajosos que nunca. Si no es él quien busca mi cadera con sus manos, soy yo la que busca su pecho con las mías. El caso es que siempre acabamos igual: desnudos y exhaustos. Los primeros días no podía evitar sonrojarme y reprenderme a mí misma por desearle tanto y tan seguido. Me decía que parecía una depravada niña de dieciséis años pensando todo el día en que llegase la hora de quedarnos a solas, pero al final siempre acababa sucumbiendo de buena gana. Estos últimos días ya no me lo planteo tanto. Simplemente me dejo llevar y hago lo que más me apetece en el momento, tanto que nuestra técnica ha mejorado notablemente. Aún no soy capaz de no ruborizarme cuando despierto entre sus brazos completamente desnuda, pero voy llevándolo un poco mejor. Peeta, por su parte, pareciera que llevase siglos haciendo esto. Sin duda, es mejor aprendiz que yo y, como buen artista, autodidacta. Al principio me pedía que le dijera lo que me gustaba, pero a mí me daba tanta vergüenza que lo único que él podía hacer era experimentar y dejarse guiar por mis jadeos y gemidos. Y, como tantas otras cosas, lo hace estupendamente.

Las burlas por parte de Haymitch tampoco han faltado. Desde que nos pillara aquella maravillosa noche, no ha desaprovechado ni una sola vez la oportunidad de restregármelo por la cara. Nos contó que no tardó mucho más tiempo que yo en salir de la plaza, lo justo para dejar a Gale en su habitación en manos del médico y algún que otro amigo que trabajó con él en las minas. La señora Tomson (una mujer de mediana edad, clienta de la panadería y proveniente del distrito 10) fue la que le dio mi bolso a Haymitch cuando pasó de nuevo por la plaza después de ocuparse de Gale e iba de camino a la Aldea. Al parecer, nos vio levantarnos rápidamente del banco en el que estábamos sentados y cogió mi bolso al darse cuenta de que me lo había olvidado, pero salí tan a prisa de la plaza que no tuvo tiempo de devolvérmelo. Después de aquello, mi mentor puso rumbo a nuestro barrio, dando por hecho que si no habíamos vuelto ya a casa lo haríamos en breve, con la intención de devolverme el bolso y las llaves que estaban dentro. Sin embargo, se encontró con la que él define como "la mayor y más estruendosa sorpresa de su vida". Lo de estruendosa es, por supuesto, porque dice que me escuchó "gritar como una verdulera en época de cosecha".

El día que nos lo contó fue uno de los días más bochornosos de mi existencia. Apenas había digerido el nuevo rumbo que había tomado mi relación con Peeta, cuando él ya estaba metiendo el dedo en la llaga con sus puyas y sus comentarios de doble sentido. Tras oír "el espectáculo circense" que estábamos montando (su capacidad para exagerar las cosas es extraordinaria), se fue a su casa a hacer tiempo y a cenar, puesto que, con todo el incidente de la plaza, no pudo hacerlo en condiciones. Aún así, como él mismo dijo, o esperó demasiado o demasiado poco, porque acabó encontrándonos casi en la misma situación que intentó evitar la primera vez. Eso sí, siendo como es él, esa vez no pudo resistirse y entró hasta el fondo, indiferente de si nos encontraba o no en pleno acto.

Ahora mismo, Peeta y yo estamos terminando de desembalar todas las cajas en las que guardamos mis cosas para trasladarlas de mi casa a la suya. La buhardilla está hecha un desastre, con cajas de cartón a medio abrir por todo el suelo. La habitación la tenemos algo más decente, pero tampoco mucho. Como fue tanta la ropa que me envió Cinna, hemos decidido guardar la que uso habitualmente junto a la de Peeta en el armario de nuestra habitación, y lo que no, como los vestidos de gala, meterlos en el enorme armario empotrado de la habitación de invitados.

El traslado lo hemos ido haciendo paulatinamente a lo largo de estas dos semanas. Ha hecho tanto calor que recorrer los escasos veintitrés metros que separan una casa de la otra resultaba casi inhumano. Ni que decir hace falta si encima tenías que cargar con más de una docena de cajas. Jamás pensé que tuviera tantas cosas. El noventa por ciento, por supuesto, son de después de proclamarnos Vencedores. También traje conmigo un par de cajas que guardaba mi madre en el estudio. Son viejas, por lo que supongo que serán de la época de cuando mi padre y ella eran jóvenes.

Peeta está de espaldas a mí, terminando de recolocar algunas de sus cosas para dejar sitio a las mías. La buhardilla es más calurosa que el resto de la casa, por lo que ya hace un buen rato que se ha quitado la camiseta. No puedo dejar de preguntarme cómo es que, después de todo lo que hemos hecho y de las veces que lo he visto ya en paños menores, sigo poniéndome taquicárdica cuando saca su ancha espalda a pasear. Me he llegado a plantear seriamente el hecho de estar enferma. Tratando de evitar acabar a las cinco de la tarde sobre el suelo de la empolvada buhardilla, busco con la vista algo que me distraiga de mirarlo tan atentamente y, rápidamente, fijo mis ojos en una bonita caja que reposa sobre un antiquísimo tocador que Peeta me dijo que era de su madre, y no puedo evitar la tentación de abrirla.

No sé qué esperaba, tal vez una antigua joya de la familia que no hubiesen vendido, un buen montón de cartas de su padre a su madre (aunque creo que no sería muy probable), incluso alguna foto de los señores Mellark con sus hijos, qué sé yo. Lo que sin duda no esperaba era encontrar un modernísimo y ultraligero aparato del Capitolio que, tan pronto como lo acerco a mi cara para examinarlo más de cerca, pega un flash cegador que me deja viendo las estrellas un buen rato.

Peeta escucha mi grito de alarma y se gira bruscamente, demasiado bruscamente, haciendo que la caja con la que peleaba hace un rato para colocarla sobre uno de los armaritos caiga de pleno sobre su cabeza. Gracias al cielo que estaba llena de mantas…

- ¿Por qué gritas? – pregunta Peeta algo desconcertado mientras recoge las mantas que se han esparcido por el suelo.

- ¡Este cacharro del demonio! No sé qué diablos será, pero nada más cogerlo me ha dejado ciega.

Peeta deja lo que estaba haciendo y se acerca hasta mí, cogiendo de mis manos el monstruoso aparato.

- ¡La has encontrado! – exclama.

- ¿Encontrar el qué? – pregunto yo recuperándome aún y tratando de fijar mi vista en él.

- ¡La cámara digital! Pensé que la había perdido.

- ¿La qué?

- Es como una cámara de fotos, Katniss. ¿Recuerdas aquellos aparatos con los que nos enfocaban muchos curiosos en el Capitolio?

Algo hace clic en mi cabeza y recuerdo a una multitud de habitantes del Capitolio apuntándonos a la cara con esos instrumentos, dejándome aturdida por las potentes luces que nos iluminaban. Recuerdo que Effie nos explicó algo sobre ellas y sobre su función, pero por aquél entonces yo tenía otras cosas en mente y no presté gran atención.

- Oh… ya recuerdo. Son como las cámaras con las que no sacaban las fotos para el colegio pero en pequeño, ¿no? – pregunto yo haciendo memoria.

- Exactamente, solo que esta se dispara cuando reconoce una cara. - corrobora Peeta. – No sabía donde la había echado.

- ¿Y tú de dónde has sacado eso?

- La compré en el Capitolio antes de volver al doce. Pensé que sería una buena inversión de futuro. Sin duda, son más efectivas que yo con mis pinceles.

- Seguro que sus retratos no son ni la mitad de buenos que tus cuadros.

Peeta me dedica una hermosa sonrisa y me da un corto beso en los labios. No son muchas las veces que le digo algo bonito, no soy tan ocurrente como él, pero de vez en cuando dejo escapar algún cumplido.

- Si tú eres la modelo, el cuadro será hermoso lo pinte quien lo pinte. – me susurra al oído antes de separarse. A esto es a lo que me refería. Cuatro palabras y me tiene roja a más no poder y con más calor que si estuviera a pleno sol de mediodía.

- ¡No me lo puedo creer! – se carcajea Peeta enredando en el cacharro y sacándome de mi enrojecimiento. - ¡Ya no recordaba esta foto! ¡Mira!

Me acerco algo recelosa de que la dichosa camarita vuelva a reconocer mi cara y a atacarme, pero la curiosidad y el entusiasmo de Peeta me pueden y me asomo por debajo de su brazo a la pantalla del aparato. Lo que veo hace que primero me tape los ojos con ambas manos y, después, me hace reír como una loca. Peeta me acaba de dar el arma perfecta para acabar con los comentarios de Haymitch de un plumazo.


Capítulo liviano y sin sobresaltos. Solo para disfrutar ;)

¡Nos leemos mañana! ^^