Capítulo 62: Hombre y mujer
- Sácame un par de ajos de la nevera, por favor.
Me bajo de una de las sillas altas que tenemos alrededor de la isla de la cocina y dirijo mis pasos hacia el frigorífico a por lo que Peeta me ha pedido. En lo que yo hago las cuentas para administrar el dinero que el gobierno, absurdamente, nos sigue pagando, él cocina un nuevo plato. Desde que descubrió que había desarrollado un gusto especial por el pescado, trata de prepararlo, al menos, un par de veces por semana. Además, ayer haciendo la mudanza encontramos un antiguo libro de recetas entre las cosas que guardaba su familia, con un surtido de lo más variopinto de pescados en salsa, purés de verduras, carnes rojas y un sinfín de entrantes, entremeses y postres. Aún así, nada comparado con la ostentosa extravagancia que derrochaban los platos más capitolianos. Creemos que se trata de algún tipo de reliquia familiar, anterior incluso a los Días Oscuros.
Me acerco a él con los ajos en mano y me asomo por un costado para ver que está haciendo. El olor no tarda en intensificarse e inundar mis fosas nasales, haciéndome salivar exageradamente y provocando un estrepitoso rugido en mi estómago.
- ¿Crees que tardarás mucho en terminar? – le pregunto a Peeta. La impaciencia debe de notárseme en la cara porque, cuando se gira para mirarme, se ríe y niega con la cabeza antes de contestar.
- Creo, preciosa, que vas a tener que esperar unos veinte minutos más aún.
- ¿Tanto? – protesto yo.
- Compruébalo tú misma. – me dice y me señala con la cabeza el libro abierto que hay sobre la encimera. – En el recetario dice que se necesitan, al menos, veinte minutos de movimientos circulares continuados para que la salsa espese.
- ¿Y no podías haber metido el pescado al horno como siempre? – inquiero algo molesta por el vacío de mi estómago mientras le echo una ojeada superficial a la página en la que parece estar fijándose Peeta. - ¡Me muero de hambre!
- No seas impaciente. Estoy seguro de que quedará tan rico que habrá merecido la pena esperar.
Peeta sigue mareando en la cazuela de barro las tajadas del pescado que compró esta mañana durante un buen rato. Por matar el tiempo al principio y por curiosidad después, me quedo de pies a su lado, leyendo la extensa explicación que dan en el libro sobre la elaboración del plato y alternando mi atención entre los pasos a seguir y lo que está haciendo Peeta, como si, de algún modo, yo pudiera distinguir algo. Reposo mis codos en la encimera y sigo leyendo. Al parecer, se trata de un plato tradicional de alguna otra parte del mundo con una larga tradición pesquera. Algo así como un Distrito 4 en el extranjero. Según parece, el pescado que se usa para este plato en concreto tiene una textura distinta al resto. En la imagen se ve como se puede dividir en láminas con la ayuda de un simple tenedor. Además, explica algo sobre "desalar la pieza", pero no puedo leerlo porque una mancha de algún líquido ha dejado ese párrafo indescifrable. Sé que Peeta se volvió loco esta mañana en el mercado buscando el pescado en cuestión y, al parecer, no encontró exactamente lo que quería, puesto que le oí murmurar algo sobre que tendría que valer con esto, aún sin sal. Ahora creo que sé a lo que se refería. Resulta gracioso, incluso cómico, lo irascible que se pone Peeta cuando algo relacionado con la cocina o la pintura no sale como él quiere. El "ogro de los fogones" le llamo yo. No hay quien le tosa si está cocinando.
La salsa va cogiendo textura poco a poco y se torna de un color blanquecino. Está hecha a base de aceite de oliva y son los ajos que le di los que le proporcionan el toque especial. Al menos eso pone en el recetario. Antes de poder opinar nada tendré que probarlo, aunque huele rematadamente bien.
- ¿No te cansas? – le pregunto cuando me fijo en el tiempo que lleva dándole vueltas al dichoso pescado.
- No mucho. – contesta él sin levantar la vista de la cazuela. – Nunca había cocinado algo tan agotador, es cierto, pero cargar todos los días sacos y sacos de harina han hecho de mí un hombre.
Su risa inunda mis sentidos por un instante en lo que le sonrío de vuelta y medito sus palabras. Un hombre… Le miro de arriba abajo, observando cada detalle que se me hubiese podido pasar anteriormente. Subo desde sus trabajadas piernas, cubiertas ahora por un pantalón corto y parte del delantal, hasta su trasero. Observo la perfecta curva que forman sus glúteos a través de la fresquita tela veraniega, dotándole de un atractivo que pocos hombres poseen. Su torso tan definido, escondido ahora bajo una camiseta blanca de manga corta, impone tan solo con insinuarse a través del algodón. ¿Cuántos suspiros no habré soltado ya por ese abdomen y esos pectorales? Sin duda, más de los que nunca imaginé que pudiera soltar por un hombre. Aún así, son sus brazos lo que más me fascina. Fuertes, cálidos, protectores y abiertos siempre para que yo pueda refugiarme en ellos. Esos mismos brazos que son tan delicados conmigo, se mueven con determinación para levantar costales de harina de más de treinta y cinco kilos o con precisión, como ahora, para elaborar un exquisito plato que requiere de paciencia y esmero. Son esos mismos brazos los que terminan en unas fuertes manos, capaces de amasar el más delicioso pan de todo Panem por el día y de recorrer mi cuerpo cada noche, sin dejarse amedrentar por las sensaciones que a ambos nos provoca el descubrir nuevas zonas que palpar. Sus hombros, capaces de resistir el peso de los mismos sacos que levantó con sus brazos y capaces, a su vez, de cargar sin claudicar con las secuelas de una guerra que nos tocó sufrir a todos, pero de la que pocos tuvimos la suerte de salir. Un hombre…, no me cabe la menor duda.
Cuando Peeta me avisa de que la cena está casi lista, aparto mi mirada de él, muy a mi pesar, y pongo la mesa, recordando de nuevo el hambre que tenía. Peeta no para de hablar sobre las ganas que tiene de probar el producto de tanto esfuerzo en lo que sirve una ración en cada plato. Yo también tengo ganas de probarlo, aunque sospecho que más por el hambre que tengo que otra cosa. Cuando le pego el primer bocado, dejo que la explosión de sabor llene mi boca y determino que, a partir de ese mismo instante, será uno de mis platos favoritos.
- Definitivamente, la espera ha merecido la pena. - le digo con la boca medio llena.
- Mujer de poca fe… te dije que estaría para chuparse los dedos.
Degustamos el estupendo plato en lo que compartimos una charla amena y nos reímos de la foto de Haymitch desnudo y borracho sobre la nieve. Peeta me cuenta un poco más a fondo la historia de lo que sucedió aquél día y yo no puedo parar de reír con tan solo imaginármelo. En un momento de silencio, mis pensamientos derivan en todo lo que me he podido perder al estar fuera dos años. Si bien es cierto que la que más nuevas experiencias vivió en ese tiempo fui yo, no puedo dejar de afligirme cada vez que pienso en la cantidad de momentos que me perdí junto a Peeta, incluso junto a Haymitch. La cantidad de tiempo que no he podido estar a su lado y disfrutar de su compañía como hago ahora. La cantidad de besos que hubiese podido saborear antes de lo que lo hice.
Intento pensar en positivo, tal y como suele decirme Peeta, y me digo que lo importante es que ahora lo tengo. Que no lo he perdido, que tan solo fue un aplazo de lo inevitable. Porque si algo tengo seguro es que, aunque hubiesen pasado veinte años, mi destino hubiese estado ligado a Peeta inevitablemente. No puedo imaginarme un mundo sin él a mi lado, de la misma forma que lo ha estado siempre, incluso antes de yo ser consciente de ello.
Me he debido de quedar absorta en mi lucha interior, como tantas veces me pasa, porque lo primero que noto al volver a la realidad (y lo que me hace volver a ella) son los besos de Peeta sobre mi cuello. Suave, delicado, fugaz, dejándome despertar poco a poco del abismo al que caigo asiduamente cuando un mal recuerdo me asalta. Me conoce, sabe lo que hacer. No se arrima mucho, se limita a rozar mi cuello y a acercar su pecho a mi espalda lentamente desde atrás. Sus manos se posan en el borde de la isleta sobre la que hemos cenado, a cada lado de mi cuerpo, dejándome felizmente presa en el espacio entre sus brazos y la mesa. Cuando se acerca lo suficiente, recuesto mi peso en él, como si fuese el respaldo de la banqueta, y echo la cabeza hacia atrás, reposándola en su hombro derecho, dejándome mecer por el olor tan característico de su cuerpo.
- ¿Ya has vuelto? – me susurra delicadamente en el oído dejándome huérfana de sus caricias.
- Sí, pero si vas a parar de besarme creo que puedo dejarme ir otra vez…
Peeta suelta una risa floja ante mi comentario y cierra sus brazos entorno a mi cuerpo, apretándose más contra mi espalda. No suelo expresar tan abiertamente lo que deseo en situaciones normales, pero cuando el abatimiento por todo lo que he perdido me acecha, su cuerpo es lo único capaz de sacarme de mi letargo y devolverme a un feliz presente que no debería de abandonar nunca.
Sus labios trazan el mismo camino que antes, solo que ahora lo hacen más rápido y acompañados por su húmeda lengua. Sé lo que quiere, porque Peeta nunca deja la mesa sin recoger, pero no seré yo la que se niegue. Me escudo en que lo necesito para recuperarme de mi momento de abstracción, pero no es más que una mísera jugarreta de mi cerebro para esconder la vergüenza que me provoca reconocerme, incluso a mí misma, que lo necesito para mucho más que eso. Lo necesito físicamente para satisfacerme. Para sentirme viva y plena, sintiéndome la mujer, la pareja, del hombre que Peeta hoy en día es.
¡Siento no haber podido actualizar ayer! Cambios de última hora que la dejan a una en bragas... en fin, aquí tenéis el capítulo que estaba programado. Espero que lo hayáis disfrutado ;)
¡Mil gracias, como de costumbre! Un beso :D
