Capítulo 63: Prímulas
Despierto con el calor de la mañana entrando por la ventana. Escondo la cara lejos de los rayos del sol debajo de la almohada y me mantengo bocabajo, como he dormido toda la noche a juzgar por mi dolor de cuello. Alargo el brazo izquierdo hacia el otro lado de la cama, pero como sospechaba, está frío. Peeta debió de irse pronto.
Poco a poco, me voy haciendo a la luz de lo que deben ser las ocho de la mañana. Me incorporo en la cama y apoyo la espalda en el cabecero, observando por la ventana a los sinsajos trinar y volar de árbol en árbol. Cuando termino de desperezarme, echo un vistazo a la habitación y en la mesita de mi lado de la cama encuentro una bandeja con un vaso de zumo de naranja y un plato de pan de nueces con mermelada de albaricoque. Estiro los brazos para cogerla y la deposito en mi regazo. También hay una prímula recién cortada y junto a ella una nota escrita, sin duda, con los perfectos trazos de Peeta.
Me he ido a la panadería. Espero que perdones que no te haya despertado como siempre, pero después de lo de anoche pensé que deberías descansar. Tómate el desayuno como el postre que no te dejé disfrutar ayer en la cena.
Te amo.
Con esas simples palabras, una oleada de imágenes se me viene a la cabeza, dejándome exhausta con solo pensarlo. Después de decirle a Peeta que no quería que dejara de besarme, nos dejamos llevar por la pasión y acabamos haciendo el amor en la misma banqueta en la que estaba sentada. Aún puedo oír sus jadeos sobre mi cuello y sentir sus manos sobre mi trasero, apretándome todavía más contra su cuerpo y haciendo que enroscase mis piernas en su cintura para evitar caer. Aunque lentamente he ido soltándome más desde la noche que estuvimos juntos en el jardín, sigo siendo bastante conservadora y, desde ese mismo día, no lo habíamos hecho en otro sitio que no fuese la cama. Lo mejor de todo es que, lejos de sentirme incómoda, el cambiar de escenario me excitó de una manera que no sabía que lo haría. Si alguien no disfrutó del postre, esa no fui yo, sin duda.
Dejo la nota a un lado, junto a la prímula, y trato de borrar esos pensamientos de mi mente. Sé que no está mal que los tenga, al fin y al cabo, soy joven y duermo cada noche con un hombre que besa el suelo por donde piso…, pero no puedo evitar pensar en lo mucho que me ha cambiado la vida y en lo inverosímil que hubiese resultado esta situación no mucho tiempo atrás, cuando un beso fuera de cámaras hacía que me pusiera con los colores y los nervios a flor de piel. Me alegra haber madurado lo suficiente antes de dar este paso, aquella Katniss hubiese muerto de vergüenza con tan solo ver un poco más allá de la ropa interior de Peeta, con que no hablemos de estar tan destapada como él y tan juntos como para que ni el aire pueda hacer presencia.
Empiezo con el rico desayuno que me ha preparado Peeta y lo devoro en cuestión de segundos. Esa es otra de las cosas que he descubierto desde que hago algo más que dormir por las noches: por las mañanas soy capaz de comerme un ciervo entero. No sé si es que a él le pasará lo mismo o lo hace simplemente por caballerosidad, pero cada amanecer después de una noche intensa me deja la bandeja con el desayuno sobre la mesita, si es que él no está en casa para hacérmelo cuando despierto. Aún así, su toque especial es siempre la prímula. Junto a cada desayuno siempre va una flor y una nota con un te amo al final que me hace temblar de pies a cabeza, recordándome lo detallista y romántico que es Peeta, y recordándome también lo mucho que me adora, como si no lo supiese ya.
Doblo la nota y la guardo junto al resto en el cajón de mi mesita y meto la flor en el jarrón con agua donde reposan el resto de sus compañeras. Cuando me fijo en la cantidad de prímulas que tengo ya, no puedo evitar sonrojarme. Cada flor significa una noche subida de tono y dentro de poco tendré que quitar unas para poder meter otras nuevas. Con esto confirmo que, en este aspecto, ya no queda nada salvable de la antigua e inocente Katniss Everdeen. Aún me asombro de cómo he llegado a esto. Yo, que siempre renegué de cualquier tipo de relación y ahora estoy tan enamorada como el hombre que me amó desde que me vio por primera vez.
Dejo escapar un largo suspiro y me levanto de la cama para ir derecha a la ducha. ¿Cómo demonios se supone que voy a evitar caer en la tentación de pensar en él si cada vez que me levanto no tengo ropa que quitarme? ¿Cómo no voy a recordar todas y cada una de sus caricias más prohibidas si puedo observar en el espejo las marcas de sus labios en mi cuerpo? ¿Cómo no voy a desear más de él si cada vez que me toca me deja temblando por un día entero? No sé cómo lo haré en invierno con tanta ducha fría…
Media hora después estoy saliendo por la puerta de casa en dirección a la panadería. Hubiese ido a cazar, pero para eso necesito madrugar, más aún en pleno agosto y con este bochorno. Descartado el bosque, pongo rumbo a la plaza, sabiendo que sobre las nueve de la mañana empiezan a llegar a la panadería todas las marujas del distrito y empezarán a atosigar a Peeta con sus preguntas indiscretas entre que compran una cosa y la otra. Que intente yo ocuparme de las relaciones sociales con mis vecinos es un poco absurdo (todo el mundo sabe que la cara amable y social de la pareja es Peeta), pero bastante tiene él ya con hornear día sí y día también para todo un distrito que cada vez crece más en población. Sobre todo ahora que han terminado las obras de la nueva fábrica de medicinas que proveerá a todo Panem desde aquí. La demanda de mano de obra ha sido muy bien recibida por todos los habitantes del país, tanto que se han tenido que empezar a planificar nuevos proyectos de edificación de casas para poder acoger aquí a todos los futuros trabajadores de la fábrica, además de los que ya vinieron en su día a trabajar en la construcción del edificio.
En lo que recorro las calles de camino a la panadería, saludo a algún que otro conocido y me paro a hablar con un par de personas que, aún después de estos dos años, siguen agradeciéndome por mi labor como el Sinsajo. Antes era algo que me molestaba, porque no veía el motivo por el que tuviesen que estarme agradecidos. En mi mente, había sido yo la culpable de, aún sin saber, iniciar un fuego que acabó por arrasar Panem hasta los cimientos, llevándose consigo miles de inocentes vidas que tuvieron la mala suerte de vivir una guerra civil. Miles de inocentes vidas como la de mi hermana, que bien podría estar hoy estudiando para ser médico, tal y como me dijo que haría en el trece. Aún sigo sintiendo emociones contradictorias respecto a la muerte de mi hermana. Por un lado las de culpabilidad, que hasta hace bien poco eran las que predominaban. Pero, por otro, las de esperanza. Esa misma sensación que mi hermana ya tuvo mucho antes de que todo el juego de subterfugios y mentiras nos explotase a Snow y a mí en la cara.
De todas formas, aunque siga entristeciéndome cuando pienso en ella, ya no lo hago de una forma melancólica como al principio de mi reclusión autoimpuesta tras matar a Coin. Pienso en ella de una forma mucho más sana, porque ahora soy capaz de verla en los ojos de todo aquel que tiene esperanza. Sobre todo, ahora que la veo reflejada en la esperanza de los ojos de Peeta y en los míos propios cuando nos observo abrazados frente a un espejo que me devuelve la imagen de una realidad que jamás en mi vida pude haber siquiera soñado.
