Capítulo 64: Inventario

- ¡Qué no, Peeta! Que con este son doscientos veinte. – le digo exasperada.

- ¿Cómo van a ser doscientos veinte? Tienen que ser más, Katniss. ¿Estás segura de que has contado bien el último palé?

- ¿Me estás tomando el pelo, panadero? ¡He contado ya el puñetero palé como treinta veces! Si pediste menos y no te acuerdas, no es mi culpa.

Peeta y yo llevábamos en esta absurda discusión desde hace, al menos, diez minutos. Son más de las tres de la madrugada y llevamos ya como cinco horas haciendo inventario. Estoy hasta el gorro de contar sacos de harina y de glaseado y cuando por fin creía que habíamos terminado, Peeta me dice que es imposible que solo haya doscientos veinte de harina. ¡SOLO!

- Vamos a ver, mi amor. – me dice Peeta intentando calmarse él primero y a mí después. - ¿Cómo iba a haber pedido menos de los que suelo pedir si hace más de dos meses que no le cambio la cuantía al proveedor? ¡Me trae siempre los mismos!

- Pues te habrá visto cara de tonto y te habrá dado gato por liebre. Te lo he dicho mil veces, eres demasiado bueno y, claro, luego pasa lo que pasa…

- Y dale… ¡que no me ha engañado, Katniss! Hemos tenido que contarlos mal…

Le veo llevarse las manos a la cara, intentando buscarle una solución al entuerto de medianoche en el que nos hemos metido. Yo suelto sobre una caja del almacén la libreta en la que he hecho y rehecho las cuentas de los dichosos sacos de harina una y mil veces, y me dejo caer entre unos cuantos cartones vacíos que deberíamos haber llevado a la basura hace más de cuatro horas, cuando la gente normal cierra sus negocios y se va a sus casas a disfrutar de lo que resta del día y a aprovechar una buena cama, de la forma que más les apetezca. Sea como fuere, parece que yo hoy no haré ni una cosa ni la otra.

- Yo me rindo. No puedo ni con mi alma… - digo yo, cerrando los ojos y sintiendo la planta de mis pies palpitar por el cansancio.

Medio minuto después, noto como la pila de cartones sobre la que estoy se hunde un poco más a mi lado. Entreabro los ojos para ver a un alicaído Peeta tumbarse a mi lado, con los ojos rojos por el cansancio y una ligera capa de sudor sobre su labio superior. Aún lleva la camiseta blanca de trabajo, aunque sin el delantal que le caracteriza. Cierra los ojos y yo le observo durante un rato. Parece realmente cansado y tengo la impresión de que, después de haber movido tres veces los doscientos veinte malditos sacos, le duele hasta la última fibra del último músculo de su cuerpo. Resbalo mi mano por su brazo hasta entrelazar mis dedos con los suyos y le susurro:

- Vámonos a casa.

Peeta, que no había abierto los ojos ante mi contacto, despega sus párpados y gira la cabeza hacia mí ante mi sugerencia.

- Pero tengo que dejar esto listo antes de que nos marchemos, Katniss. No quiero tener que andar llamando a proveedores durante nuestra semana de vacaciones.

Peeta y yo hemos decidido marcharnos esta última semana de agosto al Distrito 4. En realidad, fue él el que me lo propuso este mediodía en lo que comíamos en la trastienda de la panadería. Me dijo que quería darles unos días libres a los chicos y que, como él solo no podría sacar todo el trabajo adelante, prefería cerrar una semana completa y que nos tomásemos unos días de descanso para desconectar. Ir al cuatro fue idea mía. Sé lo mucho que le fascinan a Peeta las puestas de sol y no conozco mejores que las que se observan a orillas de la playa. Yo he tenido el privilegio de disfrutarlas una vez que acabó toda la odisea de la guerra, cuando estuve en el cuatro antes de desaparecer. Sin embargo, Peeta no ha vuelto a pisar una playa desde el Vasallaje y, por mucho que se empeñe, aquella no era, ni de lejos, la situación idónea para presenciar una puesta de sol en todo su esplendor. Así que, sin más discusión, quedamos de acuerdo en que, al acabar esta semana, cogeríamos el primer tren que saliera de nuestra cochambrosa estación con destino al cuatro.

- Podemos hacerlo mañana, o pasado. Aún nos quedan cuatro días. – le digo intentando animarlo. El trabajo a veces le quema demasiado.

- Lo sé. Quizá tengas razón…, yo tampoco puedo ni con mi alma.

Nos quedamos tumbados un rato más hasta que tomo la iniciativa y levanto mi trasero del montón de cartones, ayudando después a Peeta a levantarse. Voy a dejar la libreta en el pequeño cuartucho que hace las veces de oficina en lo que Peeta se lleva los cartones al contenedor de la basura. Justo cuando estoy a punto de apagar las luces y salir con las llaves al encuentro de Peeta, un papelito tirado en el suelo bajo la mesa me llama la atención. Me agacho a recogerlo, pensando que será alguna factura que a Peeta se le olvidó archivar, pero pronto descubro la letra descuidada de Bun. Me fijo bien en lo que pone y, cuando lo leo, pienso que a Peeta le van a faltar metros para correr.

Salgo disparada por la puerta, cerrando a prisa la puerta trasera con llave y pensando en todo lo que le voy a gritar al idiota que tengo por novio.

- ¿Qué es esto? – le digo mostrándole en alto el papel y tratando de no gritar lo suficiente como para despertar a todo el doce. Aún me queda algo de civismo.

Peeta, que acaba de aparecer por la esquina de la panadería, me mira extrañado por mi repentino enfado, pero contesta en un tono mucho más relajado que yo:

- No lo sé, ¿qué es?

- ¡Ese es el problema! ¡Que no lo sabes! Si lo hubieses sabido llevaríamos en casa cinco horas. – cuanto más lo pienso más ganas me entran de llamarle de todo. ¿Cómo puede ser tan despistado?

- ¿Se puede saber de que hablas?

- Toma, léelo tú mismo. ¡Cabezón! – le digo dándole la nota escrita por Bun este mediodía antes de que se marchara.

Peeta, que me mira con algo de temor, lee rápidamente el aviso y sé cuando ha terminado de hacerlo porque se tensa de pies a cabeza y, aún sin levantar la vista del papel, alza sus ojos hacia mí. Debo de parecer un ogro ahora mismo, porque lo siguiente que hace Peeta es echar a correr hacia el camino que nos lleva a la Aldea sin mirar atrás y gritando un "lo siento" detrás de otro.

Mala decisión.

Salgo corriendo tras él, sabiendo que le alcanzaré antes de que llegue siquiera a la entrada de la Aldea. Aunque su pierna ortopédica ya no es ningún problema, es bastante más lento que yo.

- ¡Ven aquí! – le grito cuando nos hemos alejado lo suficiente de las casas de la zona comercial como para no molestar. - ¡No huyas y da la cara como un hombre! ¡Cobarde!

El muy idiota no ha leído el aviso que dejó Bun este mediodía antes de marcharse a casa diciendo que el proveedor vendría mañana con el palé de cincuenta sacos que faltaba porque no había podido traer hoy todos. ¡Y nosotros contando como idiotas una y otra vez los costales! Yo lo mato.

A medio camino entre la Aldea y el pueblo, le doy alcance y me lanzo a su espalda, derribándolo conmigo encima hacia los parterres de hierba que bordean el camino. Caemos un poco bruscamente, pero él me sirve de colchón así que yo no me hago daño. Al principio me preocupa haber sido un poco burra y haberle hecho caer de mala manera, pero cuando se gira aún conmigo encima y me mira a los ojos sin apartarme de su pecho, respiro tranquila.

- ¡No me pegues, no me pegues! ¡Ha sido sin querer! – me ruega aún agitado por la carrera y con un poco de sorna. ¿Cómo se supone que iba a pegar a un hombre que es tres veces yo? Quito mi cara de enfado fingido y, tan agitada como él, me empiezo a reír.

- Ni que pudiera hacerlo… - logro decir entre jadeo y jadeo.

- Por un momento pensé que lo harías. Con esa cara que llevabas al salir de la panadería dabas mucho miedo, en serio.

Nos quedamos en la misma posición un buen rato más, tratando de cesar nuestras risas y calmar nuestra respiración.

- Somos idiotas. Hemos estado tres horas más de lo debido contando sacos que ni si quiera habían llegado. – digo al fin cuando consigo controlar mi risa.

- Sí, un poco sí que lo somos.

Me dejo perder en esos maravillosos ojos azules mientras noto su ya más calmada respiración bajo el peso de mi cuerpo. Pienso en las veces que me he dejado llevar por el mar en calma que son sus zafiros y creo que no podría contarlas. Son como un abismo de azul imperturbable que me dejan ver a través de ellos todo lo que este hombre me quiere decir cada vez que nos miramos. Es como si pudiese hablar con él con tan solo mirarle. Sus ojos me dan la calma que necesito, trasmitiéndome la paz y la tranquilidad que ninguna otra persona en este mundo, salvo mi padre, podría darme. Y de la misma forma que yo puedo ver a través de él, siento como si él también fuera capaz de extraer todo de mí con solo mantener el contacto de su iris con el mío. No necesito explicarle nunca nada, porque solo con ver mi expresión sabe lo que necesito, aunque no siempre sepa el por qué de mi anhelo hasta que no se lo cuente. No necesita saber cuál es el origen de mi pesar para conseguir llevarme al mundo en el que solo estamos él y yo, rodeados por la inmensidad del amor que nos profesamos, donde no hay cabida para el miedo o la pena. Donde solo hay cabida para nuestra eterna promesa: cuidar el uno del otro.

- Aún teniendo en cuenta lo idiota que eres, - le digo. – te amo igual.

Una sonrisa tonta se instala en su boca en cuanto lo hago. La misma sonrisa tonta que me dedica desde que le dije que le amaba. Y sospecho que a mí también se me pone la misma cara de tonta enamorada cuando él, tras besarme lentamente, me dice:

- Yo también te amo.