Capítulo 66: Pasajeros al tren
- Veamos, el nuestro está en el tercer vagón y es el número quince. – me comenta Peeta revisando el billete una vez que hemos entrado al tren. – Por aquí.
Cuando logramos salir de casa de Haymitch, ya solo quedaban diez minutos para que saliese el tren. El muy idiota, aunque no estaba borracho, cayó rodando por las escaleras cuando bajaba a despedirnos, así que tuvimos que socorrerle aún a expensas de perder el tren. Menos mal que no se hizo nada grave y pudimos llegar a tiempo. Estoy segura de que hace estas cosas a propósito para sacarme de mis casillas, no puede ser más inoportuno.
Después de despedirnos de nuestro mentor y asegurarnos de que estaba bien, nos dirigimos a prisa a la estación. No dejé de maldecir en alto a Haymitch durante todo el trayecto. Para colmo, cada persona con la que nos cruzábamos de camino al andén nos preguntaba algo sobre si íbamos, veníamos o qué demonios hacíamos. Yo me limitaba a apurar aún más el paso y era Peeta el que se encargaba de deshacerse de ellos sin dar grandes explicaciones, consiguiendo que no nos retuvieran más tiempo. Si por mí fuera, les hubiese gritado sin miramientos lo que pienso de los entrometidos como ellos.
Sigo a Peeta a través de dos vagones y varios pasillos hasta que damos con nuestro compartimento. Pasa el billete por el lector y la puerta se abre, dándonos paso a la habitación que tenemos asignada en lo que dure el viaje al cuatro. La estancia es bastante reducida. Tiene el espacio justo para una cama doble y una cómoda y, como privilegio por viajar en lo que se llama "primera clase", un pequeño baño. Tuvimos que pagar algo más por la habitación doble, pero merece la pena. No me gustaría tener que compartir litera con otras dos personas a parte de Peeta.
Recuerdo como era aquel tren que nos llevó de Gira y al Capitolio en repetidas ocasiones. Todo el lujo, la ostentación y el exceso han desaparecido. Ahora, los vagones se han redistribuido, haciendo del tren un medio de transporte mucho más eficaz que ya no solo se limita a llevar a niños a una muerte segura o a capitolianos petulantes de "viaje turístico" por las distintas arenas. Además, son muchos los trenes que se han fletado para satisfacer la demanda de transporte que se ha dado en los distritos desde el cese de la guerra. Como muchos son también los pasajeros que viajan con nosotros, y más serán aún cuando el tren haga sus respectivas paradas en cada distrito. En total, ocho distritos en los que parar, decenas de personas con las que compartir espacio vital y más de veinticuatro horas de viaje hasta que yo me pueda apear de este cacharro. Y, sin embargo, no me encuentro agobiada en absoluto. Va a resultar que el término "vacaciones" es más terapéutico aún que las consultas del doctor Aurelius. Voy a tener que hacérselo saber la próxima vez…
Peeta se tira de golpe a la cama según entramos, soltando el equipaje en el suelo. Lo recojo y lo dejo junto al mío a un lado de la cama, para después sentarme en ella.
- ¿A que es blandita? – pregunta Peeta, que ha empezado a saltar de rodillas sobre el colchón.
- Sí, pero como sigas así la vas a hundir. ¡No seas crío!
Peeta sonríe de medio lado y me engancha de los hombros, dejándome tumbada. En cuanto toco el colchón con la espalda, se pone a saltar de nuevo pero, esta vez, a mi alrededor, haciéndome botar y rebotar en la cama.
- ¡Peeta! ¡Para! ¡Eres peor que un niño! – le regaño, aunque no suena muy convincente porque me río entre bote y bote. Lo cierto es que tiene su gracia.
- ¡Oh, vamos abuelita! Ya hablas igual que mi madre. ¿Tan mayor estás?
- Eres tonto, Mellark. Te vas a enterar.
Como puedo y de mala manera, me pongo de rodillas mientras el no para de botar y de reír, haciéndome perder el equilibrio en un par de ocasiones. Cuando consigo estabilizarme, me agarro de sus brazos e intento tirarle, dándole pie a él a que haga lo mismo conmigo. Obviamente, el tiro me sale por la culata y acabo perdiendo.
- ¿Qué esperabas? – me dice entre carcajada y carcajada cuando me ha conseguido tirar sin mayor esfuerzo.
Estoy completamente tumbada mientras él sujeta mis hombros con sus manos y está de rodillas sobre mí. Forcejeo, pero es inútil.
- No vas a soltarte a menos que yo quiera, Katniss. Desiste. – se burla.
Le miro con desdén fingido y me devano los sesos intentando encontrar una solución para soltarme sin tener que rogarle como sé que está deseando que haga. Cuando estoy a punto de sucumbir y rogarle porque me suelte, caigo en la cuenta de algo muy sencillo que le hará perder.
Sin mediar palabra, cambio mi mirada fría por otra más pícara y le dedico una sonrisa deslumbrante, para después elevar mi cuello y cabeza lo más que puedo y besarle con ganas.
Aunque tarda en aflojar su agarre, al final lo hace y al cabo de unos segundos más soy tan libre como lo era antes de empezar a saltar en la cama. Aun habiendo logrado mi objetivo, soy incapaz de separarme de su boca, haciéndome dudar de si realmente soy tan libre como pensaba. Le arrimo hacia mí y nos giro, quedando yo sobre él. Libre o no, para mí no existe mejor sensación que esta en el mundo entero. Ojalá toda la falta de libertad que hemos tenido que sufrir hasta ahora hubiese sido como esta bendita dependencia que siento por él y su cuerpo. En ese caso, no me hubiese rebelado en contra de nada.
Cuando me separo en busca de aire, le miro a los ojos, tan dilatados como los míos propios, y le sonrío, sabiendo que lo que voy a hacer a continuación lo va a dejar sin habla.
- ¿Quién no era capaz de soltarse? – le pregunto retóricamente y con deje juguetón.
Peeta me mira, intentando normalizar su respiración, y contesta tranquilamente con mi mismo deje.
- Aún te tengo presa. – dice mientras aprieta un poco más sus manos sobre mis caderas.
- Sí, pero no por mucho tiempo. Tengo hambre y la cena no estará servida para siempre, así que será mejor que vayamos al vagón-comedor.
Termino de separarme de él sin darle tiempo a reaccionar. Aunque me hubiese gustado seguir ahí con él, es cierto que tengo hambre y que el horario de las cenas no es el más amplio de todos, así que será mejor que lo cumplamos si queremos meter algo al estómago a parte de esos bocadillos que traemos. Salgo por la puerta medio riéndome, dejándole desconcertado sobre la cama y sabiendo que esto me traerá represalias.
Bueno, estos últimos capítulos están siendo muy livianitos, con poquita carga emocional. A algunos igual os parecen prescindibles, pero en mi opinión en este tipo de capis reside la singularidad que brindan los fanfictions: ampliar el horizonte (limitado, por desgracia) en el que se encuentra trilogías como la de Los Juegos del Hambre. Para mí es todo un gustazo poder explorar esas facetas de los personajes que el autor no tuvo tiempo de desarrollar y espero que a vosotros leerlo os guste tanto o más. Como siempre, cualquier duda o sugerencia será bien recibida en la sección de reviews :) ¡Mil gracias a todos! ^^
En respuesta a Keka:
Antes de nada, espero que ya estés mejor de esa gripe :) Por lo demás, gracias por encontrar siempre un hueco para dejarme tu opinión y por seguir atenta al fic aún cuando estás atareada y pachucha. ¡Un fuerte abrazo y que te recuperes pronto! :D
