Capítulo 67: El Peeta terrenal

La velada transcurre sin grandes sobresaltos. Cuando salí de la habitación, Peeta me siguió de cerca y me logró alcanzar un vagón antes del restaurante. Al llegar a mi altura, me sonrió un poco raro, prometiendo venganza, pero no dijo nada y me dio la mano antes de entrar al comedor. Pedimos mesa para dos, cerca de la ventana, y disfrutamos del atardecer (algo tardío por ser verano) mientras degustábamos el menú. La parada en el once nos pilló con el segundo plato aún caliente y cinco o seis personas más se nos unieron. Al principio no cayeron en la cuenta de quiénes éramos (principalmente porque estábamos sentados en la mesa más alejada de la puerta), pero no tardaron en darse cuenta de que el camarero se dirigía a mí como "Sinsajo", así que nos encontramos con un incómodo silencio en el vagón y varios susurros hasta que pareció olvidárseles y siguieron cenando. Peeta y yo procuramos seguir con la distendida charla que manteníamos hasta ese momento, aunque en un par de ocasiones nos sentimos algo cohibidos por la situación.

Entre risas con el camarero (que resultó ser un chico muy agradable), comentarios entre bocado y bocado y algún que otro beso suelto, llegamos a la sobremesa. Ya era bien entrada la noche cuando hicimos nuestra parada en el diez y nosotros aún seguíamos de cháchara con el camarero, que ya se había sentado a la mesa tras invitarlo en un par de ocasiones. No voy a negar que el vino también tuviera su lugar y me sorprendió ver a Peeta aceptar un licor de hierbas que nos ofreció el cocinero junto con el café. Yo lo probé, pero para mi gusto era demasiado fuerte. Peeta, sin embargo, tomó el chupito gustoso y el segundo lo mezcló con el café solo que tomaba. Lo miré y le levanté una ceja, preguntándole en silencio desde cuándo tenía ese gusto por el alcohol. Él me miró, sonrió de medio lado y elevó los hombros, restándole importancia. Así que, con todo eso, aquí estamos ahora. Sentados en la misma mesa que hace tres horas, con un par de copas de más y con el cocinero (que será unos veinte años mayor que Peeta, el camarero y yo) hablando por los codos. El pobre diablo solo ha bebido la mitad que Peeta y Hugh (así se llama el chico que nos ha atendido toda la noche), pero la edad se deja notar y ya tiene la lengua más suelta de lo normal. Miro alrededor y compruebo que hace como hora y media que se vació el comedor. No creo que estos dos pudiesen estar tan alegres aquí sentados si aún estuviesen en su turno de trabajo, lo que me alivia.

Me fijo en Peeta, que tiene las mejillas y la nariz más rojas de lo habitual y paso mi vista sobre los otros dos hombres mientras río las gracias del cocinero, que no se puede negar que es muy dicharachero. El reloj que hay sobre la abandonada barra de bar marca las dos de la madrugada cuando lo miro, por lo que decido hacerme cargo de la situación. Mañana será otro día.

- Bueno hombretones, creo que va siendo hora de retirarse.

Sueltan un "oh" generalizado que me hace reír y comprobar a la vez que ya han llegado al punto álgido de su embriaguez. Mejor retirarnos antes de que acaben por los suelos.

- Vamos, mañana tenemos que madrugar, Peeta. – le digo con algo más de determinación.

- Sí, tienes razón. – contesta él. Al menos no está tan bebido como para no discernir, pero esa chispita de gracia al hablar denota que el alcohol ya corre por sus venas.

Hugh se hace cargo del cocinero, del que no recuerdo el nombre, y nos quita la preocupación por él cuando nos dice que duermen en la misma habitación de literas. No estoy muy segura de que el buen hombre pudiese llegar por sí solo hasta la cama. Yo me levanto junto con Peeta, que se tambalea un poco al principio pero enseguida recupera el equilibrio, y nos despedimos hasta el desayuno de Hugh. No sé por qué me da que el cocinero necesitará más horas para recuperarse…

Peeta pasa un brazo sobre mis hombros y me arrima más a él de camino a nuestra habitación. Me río para mis adentros por la pequeña descoordinación que tiene en sus gestos, pero no se lo digo. El pobre es tan correcto siempre que, para una vez que se suelta la melena, no puedo reprocharle nada. Además, está demasiado gracioso.

Cuando llegamos a nuestra puerta, saco el billete de su bolsillo y lo arrimo al lector, abriéndonos paso al interior de la habitación. La simple vista de la cama hace que recuerde lo cansada que estoy. Una vez dentro, me giro hacia la puerta para meter el billete en el sensor que activa las luces (aún después de mis viajes al Capitolio, me sigue sorprendiendo la tecnología que manejan) y, cuando me doy la vuelta, un muy sugerente Peeta me tiene atrapada entre la madera y su cuerpo, con una mano apoyada en el marco y la otra en mi cintura.

- Peeta, ¿qué haces?

Antes de responder, arrima su cara hacia mí, dejando su nariz a milímetros del puente de la mía. Su boca entreabierta deja salir el aliento con ligero olor a alcohol de hierbas mezclado con café, anegando por completo mi sentido del olfato. Siempre creí que el olor a alcohol en la boca de una persona era desagradable (véase el caso de Haymitch). No sé si será porque no es el barato licor blanco que bebe mi mentor, si será el hecho de que sean hierbas o que esté mezclado con café, pero viniendo de los labios de Peeta, el olor me parece de lo más excitante.

- ¿Acaso crees que estoy lo suficientemente borracho como para olvidar el desplante de esta tarde? – contesta, ahora sí, con voz ronca.

Sus ojos me miran con fervor y reclamando algo que, por derecho, es suyo. Y, aunque no lo fuese, yo se lo daría encantada. Quizá sea por las copas de vino que yo también me he tomado, no lo sé. Aunque no he notado sus efectos en ningún momento, así que me inclino a pensar que sigo siendo la misma pervertida sexual en la que me convertí aquella noche en el jardín bajo un manto de estrellas. Definitivamente, la antigua Katniss está en paradero desconocido.

- Pienso hacerte el amor toda la noche y parte de la mañana. Llegarás tan cansada que lo único que querrás hacer será echarte a dormir en la cama que nos prepare tu madre, si es que te dejo…

Su susurro en mi oído ya es lo suficientemente provocador, por lo que cuando consigo procesar sus palabras, me quedo en un punto entre la estupefacción y el deseo. Estupefacta por lo impropias que resultan esas palabras en boca de Peeta, el siempre dulce y amable Peeta. Deseo por razones obvias. Abro mucho los ojos, tanto que parece que se me vayan a salir de las órbitas, y boqueo como un pez fuera del agua sin saber que decir, aunque sospecho que será mejor callar.

Peeta me besa, me besa con anhelo. Pocas veces se deja llevar tanto como para besarme tan fuerte, sin ningún rastro de amabilidad o piedad. Hoy él es el cazador y yo su presa. No me resisto y le permito redescubrir cada rincón de mi boca con su lengua, mientras un fuego distinto me invade por dentro. Hasta ahora, siempre habíamos sido cariñosos, nos habíamos dicho palabras bonitas (sobre todo él) y ni de lejos se nos habría ocurrido no hacerlo. Pero, por lo que veo, Peeta hoy no pretende seguir ese guión. Me muerde el labio superior mientras baja la mano que tenía apoyada en el marco de la puerta y la coloca sobre uno de mis pechos. No tiene compasión, y me acaricia sobre la ligera tela veraniega todo lo que quiere y más. Su otra mano, va bajando al mismo son por mi cadera y, cuando me quiero dar cuenta, ya la tiene sobre el botón de mis pantalones.

Como yo no estoy tan desinhibida por el alcohol, me cuesta seguirle el ritmo, pero decido que lo mejor será que yo también pase a la acción si no quiero retomar mi sobrenombre de "inocente". Bajo mis manos, que hasta ahora se mantenían quietas sobre su pecho, hasta el borde de su camiseta y tiro de ella hacia arriba. Peeta se separa de mí lo justo para poder quitársela y vuelve a su labor con celeridad. Ya es demasiado tarde cuando me doy cuenta de que ha colado sus dedos calientes bajo mi ropa interior. No recuerdo que haya logrado desabrochar el botón, pero el caso es que lo ha hecho y ni tan siquiera se ha molestado en quitarme los pantalones.

Estoy abrumada, descolocada, anonadada por la situación. El ardor se incrementa cuando Peeta va más allá de mis barreras externas y se introduce en mí con dos de sus dedos. No es nuevo, ya lo ha hecho antes, pero la intensidad nunca había sido tan alta. Gimo en su oído a medida que él se mueve más rápido y no puedo ni responder a sus besos.

- Te deseo, Katniss. – me dice en un susurro.

Sigo aprisionada entre la pared, su cuerpo y ahora también su mano, extrañamente anhelante de que cumpla su promesa de no dejarme dormir hasta mañana. Es una versión nueva de Peeta, más salvaje, más humano. No es el Peeta idealizado que siempre tengo en mente, el perfecto, el que todo lo hace con amor. Es el Peeta terrenal, el hombre, el que necesita de mí tanto como yo necesito de él y el que me hace sentir y descubrir sensaciones que jamás hubiese imaginado que existieran.

- Y yo a ti. – logro articular.

Como si mis palabras le insuflaran el aire que le faltaba para dar el siguiente paso, Peeta me levanta en volandas y me arroja a la cama sin delicadeza alguna. Hoy no tiene tiempo para sutilezas y, al contrario de lo que alguna vez hubiese creído, me gusta. Hoy no quiere hacerme el amor, hoy quiere sexo.

Me devora de arriba abajo mientras me desnuda casi del tirón, a dos prendas por vez. Después de desabotonarlos, le quito los pantalones con mis pies aprovechando que se ha tumbado sobre mí. No tarda en dejar mis labios huérfanos para pasar a mi cuello y, posteriormente, hacer lo mismo con mis senos. Desciende por mi estómago, mordiendo y besando cada centímetro de piel, hasta que, sin previo aviso, hunde su cara entre mis muslos.

- ¡Peeta! – le llamo sobresaltada. ¿Qué hace?

Levanta la vista, me mira a los ojos y, tras reír un poco, vuelve a lo mismo. Aprieto mis piernas contra su cabeza intentando disuadirle, pero lo hago con tan poca convicción que resulta irrisorio. No sé dónde o cómo lo habrá aprendido, pero mi obnubilado cerebro no está muy por la labor de pensar en ello ahora mismo. Me agarro fuertemente a las sábanas intentando contener la ola de calor que se empieza a formar en mi vientre. Inútil, absolutamente inútil. No tardo ni dos minutos en explotar en uno de los orgasmos más feroces que he tenido hasta ahora.

Me siento desconcertada, expuesta incluso, cuando Peeta aún desde esa posición devuelve sus azules ojos a los míos. Esos ojos, que no podrían ser letales ni con un kilo de dramático maquillaje encima, me hacen recuperar la calma, me hacen entender que esto está bien, que no debo sentirme mal por disfrutar así de su cuerpo y del mío, que ya hemos sufrido suficiente como para merecérnoslo.

En lo que yo me recupero, él se quita la última prenda que lo cubre y vuelve a ponerse a mi altura. Antes de besarme, me mira unos segundos, recuperando por unos instantes al perfecto Peeta:

- Te amo. – me dice con la misma devoción de siempre.

- Yo también te amo. – le contesto, aún extasiada.

Me dedica una última sonrisa como el perfecto Peeta antes de recuperar su faceta de Peeta terrenal y ocupa de nuevo mis labios con los suyos con la misma fiereza que hace unos instantes profesaba en otra parte de mi anatomía. Esta noche nos dedicamos a ser carnales, a dejarnos llevar por la lujuria, a inundar el cuerpo del otro con el nuestro propio, a crear nuevos y maravillosos recuerdos en un tren que tan malos momentos nos vio pasar.


¡Siento no haber actualizado los últimos días! He tenido problemas con el ordenador y no me lo han traido arreglado hasta hoy.

Además, me gustaría deciros que a partir de ahora actualizaré día sí y día no, de modo que serán de tres a cuatro actualizaciones por semana. Espero que siga siendo una rutina cómoda y fácil de seguir, es lo más que puedo ofreceros con el fin de mis vacaciones.

Dejo ya la chapa y espero, como siempre, que el capítulo os haya gustado ;) ¡Nos leemos! ^^

En respuesta a Sammy:

¡Otro livianito! jajajaja Aunque intenso también... ¡vaya dos! ;) Seguramente, con la nueva rutina de actualización te será más fácil ir día a día. ¡Un beso!