Capítulo 68: Hombre de palabra
- Señores pasajeros, en diez minutos el tren efectuará su parada en el Distrito 5.
La voz metálica que anuncia cada parada por el intercomunicador es lo que me despierta. Me remuevo perezosa y abro ligeramente los ojos, dejando que se acostumbren a la tenue luz que dejan pasar las cortinas que cubren la pequeña ventana sobre mi cabeza. Me giro hasta quedar bocarriba, dejando descansar el hombro izquierdo, dolorido por dormir sobre él tantas horas. Miro fijamente al techo, perdiéndome en las formas geométricas que hace la escayola que adorna las aristas. Líneas rectas y bien trazadas, escuetas pero elegantes, sobrias. El diseñador bien podría ser del Distrito 13, con su carácter rígido y soberbio, pues es lo que inspira el techo de la habitación, elegancia sin necesidad de caer en la extravagancia capitoliana. A Effie no le gustaría.
Cuando ya creo poder fijar la vista sin que la luz me moleste, giro mi cabeza hacia la derecha y observo que Peeta aún duerme plácidamente. Descansa de costado, mirando hacia mí, en la misma posición en la que ha dormido toda la noche. Su brazo derecho todavía rodea mi tripa sobre las sábanas. Ronca levemente, sin haberse inmutado por mis movimientos. Me fijo en su cuello y en el hueco de su clavícula derecha, rojos y un poco amoratados. Creo que le mordí anoche durante nuestra batalla campal, porque eso es lo que fue, una tremenda batalla campal.
Nunca habíamos sido tan duros ni tan salvajes. Y digo "habíamos" porque recuerdo al pie de la letra todas y cada una de las palabras subidas de tono que le dije mientras hacíamos el amor. Aunque al principio me sentí algo abrumada por la repentina fogosidad de Peeta, tardé en dejarme llevar lo mismo que tardó en venir mi primer orgasmo de la noche: dos minutos. Después de aquello, todo fueron "dame más", "oh, sí", "no pares" y un sinfín de chillidos, gemidos, gruñidos y jadeos tanto por mi parte como por la suya. Tengo grabada a fuego en mi cabeza la increíblemente excitante voz de Peeta susurrando un "¿te gusta así, nena?" en mi oído. Mi respuesta fue un gemido tan alto que, ahora que se acerca el alba, solo puedo desear con toda mi alma que las paredes estén insonorizadas.
Aparto suavemente el brazo con el que Peeta me rodea y retiro las sábanas aprovechando que está dormido para dirigirme a la ducha. Cierro la puerta detrás de mí y me apoyo contra ella, intentando apartar de mi mente todas las imágenes que han venido de golpe al despertar. Siento las piernas como si fuesen gelatina y todo músculo susceptible a padecer agujetas, las padece. Estoy hecha un ocho. Soy capaz de generar un único pensamiento ajeno a esas ideas, y es que Peeta es un hombre de palabra. Me dijo que me haría el amor hasta la extenuación y ha cumplido demasiado bien.
Trato de no hacer recuento de las veces que lo hicimos (porque no fueron ni una ni dos ni tres…) y abro la llave de la ducha, dejando salir el agua fría. Pondría la tonta excusa de que no la necesito caliente por ser verano, pero no dejaría de ser mentira. La necesito fría porque Peeta no se ha limitado a pervertir mi cuerpo, sino también mi mente. Y bien podría decir que yo he hecho lo mismo con él, porque en ningún momento le dejé de alentar con mis "sigue" o mis "ahí, ahí". Por favor, esta no soy yo.
Lo malo de amanecer después de una noche así es que soy incapaz de recuperar la normalidad por un buen rato. Es uno de mis múltiples defectos: la vergüenza extrema. Incluso me siento incómoda si estoy desnuda frente a él cuando el contexto no es sexual. Y lo peor de todo es que no sé cómo lidiar con ello o, al menos, cómo ser capaz de no sucumbir a sus encantos tan fácilmente. No sería la primera vez que me planteo ser menos pasional en estas dos semanas, pero, de una forma u otra, siempre acabo sucumbiendo a su olor, su sabor o, incluso, a su voz. Haga lo que haga, Peeta, con el mero hecho de ser él, derrumba hasta el último muro que yo pueda construir, haciendo inútil cualquier intento por evitar un contacto físico más explícito de lo que dictan los cánones de buen comportamiento.
Dejo que el agua fría alivie mis magullados músculos y se lleve por el desagüe parte de mis pensamientos impuros. Ya tengo más que asumido que tendré que aprender a vivir con ellos. Enjabono mi pelo con un champú de almendras dulces y vainilla que traigo de casa y me lo desenredo con un cepillo bajo la cascada de agua que expulsa la alcachofa. Uso la esponja para esparcir el jabón por mi cuerpo y, tras aclararme por completo, salgo del plato de la ducha y me seco con una toalla. Como mujer previsora vale por dos, dejé mi maleta en el cuarto de baño, sabiendo que por la mañana me apetecería una ducha, aún sin saber lo que Peeta tenía en mente. Me seco y visto en un abrir y cerrar de ojos, esperando llegar a tiempo para el desayuno. No me querría ir sin despedirme de Hugh, aunque no sé si será buena idea recorrer las zonas comunes del tren si, finalmente, las paredes dejaban pasar más sonido del que me gustaría…
Antes de volver a la habitación, saco otra toalla seca y guardo lo que sé que Peeta no usará para su ducha. Cuando vuelvo a entrar, él sigue dormido todavía. Parece que no fui la única en acabar exhausta. Me siento al borde de la cama y me inclino sobre su cara para darle un beso de buenos días:
- Despierta, dormilón. – le digo en un susurro.
Peeta se remueve un poco y entreabre los ojos cuando lo llamo. Al verme, esboza una preciosa sonrisa.
- Buenos días. – me dice con la típica voz ronca de un recién despertado.
- Te he dejado el baño preparado para que te des una ducha en lo que yo recojo las cosas. Acabamos de parar en el cinco y en un par de horas llegaremos al cuatro. – le vuelvo a susurrar. No quiero levantar la voz y romper el delicioso silencio que nos rodea.
- Está bien. Gracias, amor.
Se despereza y se estira tanto como puede y, sin importarle lo más mínimo que siga mirándole, se levanta de la cama completamente desnudo. Yo giro la cabeza hacia el otro lado, tratando de disimular el rubor de mis mejillas lo mejor que puedo, pero la risa de Peeta antes de entrar al baño me hace saber que no ha servido de nada.
Me trago mi orgullo herido de niña inocente y empiezo a recoger la habitación en lo que Peeta se ducha. Oigo el agua correr un buen rato, mismo rato que aprovecho para arreglar el desaguisado que montamos ayer a la noche. La ropa está esparcida por todo el suelo, las sábanas fuera de su sujeción bajo el colchón y, cuando levanto del suelo la camisa que yo llevaba, descubro que le faltan los dos botones superiores. Menudo desastre.
Guardo la ropa en las maletas y le saco a Peeta un pantalón corto, una camisa de lino para que aguante mejor el calor del cuatro y una muda limpia. Le dejo también unas chanclas fuera por si las deportivas que llevaba ayer le resultan demasiado agobiantes. Aún me asombro y repugno a partes iguales al darme cuenta de la cantidad de ropa que tenemos hoy por hoy, cuando hace cuatro años no tenía más que un par de cada cosa y remendado todo a más no poder. Es increíble lo mucho que puede cambiar el panorama en cuestión de poco tiempo. Ojalá Prim hubiese podido disfrutarlo…
Cesa el repiqueteo del agua sobre la ducha sacándome de mi estupor y por la puerta aparece Peeta, envuelto de cintura para abajo en la toalla que le dejé, con pequeñas gotitas esparcidas por su torso y el pelo mojado. Condenadamente sexy.
- Katniss, ¿dónde dejo esto? – me dice mostrándome el bote de champú y la esponja.
- Eh…, - por favor Katniss, céntrate. – Trae, dámelo. Lo meto en el neceser.
Cojo de manos de Peeta el bote y la esponja y me doy media vuelta para guardarlo todo. Aunque estoy de espaldas a él, noto su mirada sobre mi nuca y si a eso le añado que yo, aún sin estar viéndole, me lo estoy imaginando con esa toalla como única barrera ante la desnudez, la habitación se me hace pequeña de golpe. O salimos de aquí ya o tengo el presentimiento de que nos perdemos el desayuno y hasta la parada en el cuatro.
- Katniss. – me llama Peeta.
No le veo, pero conozco bien ese sugerente tono de voz. Esto no me gusta ni un pelo.
- ¿Sí, Peeta? – le contesto lo más tranquilamente posible pero sin girarme a mirarlo.
- ¿Recuerdas lo que te dije anoche?
El sonido de la cremallera de la bolsa al cerrarse corta la tensión que hay en el ambiente como si de un cuchillo se tratara. ¿Cuál de todo lo que me dijo? El "¿te gusta esto?" o el "soy tuyo" o quizá el "dámelo, cariño. Dámelo.". Un más que conocido escalofrío me recorre por completo (ya lo he bautizado como mi mayor enemigo desde que Snow muriera) dejándome entender que, por el bien de mis músculos faltos de descanso y mi salud mental, debo desviar esta conversación a unos terrenos en los que me pueda manejar mejor. Peeta sería capaz de convencerme hasta de viajar a la Luna si seguimos por ahí.
- Sí, - respondo. – que te gustaría pasar tiempo con Annie y Finnick. No te preocupes, iremos a verles.
¡Bien, Katniss! ¡Por una vez en tu vida has improvisado en condiciones! Recuerdo que Peeta me dijo algo de aquello durante la cena. Ahora, con un poco de suerte, podré eludir lo que diablos sea que Peeta esté pensando.
- No, no me refería a eso. – dice con deje risueño.
Trago sobre seco y sigo mareando la maleta. Ya no sé ni cuantas veces la he abierto y cerrado sacando y metiendo cosas de ella. Peeta tiene que estar divirtiéndose.
- ¿Ah, no? – pregunto aún de espaldas. Ya se me ha agotado el momento de inspiración divina que había tenido.
- No. Me refería a lo que te dije justo cuando volvimos del comedor.
Me giro para mirarle con expresión de terror. Peeta me observa, degustándome con la vista como si fuera un animalillo herido, sonríe de medio lado pícaramente y prosigue:
- Ya he cumplido con la noche. En cuanto lleguemos al cuatro, cumpliré con la mañana que te debo.
Madre mía…
Nueva rutina pero mismo estilo de capítulo que los últimos. No os preocupéis los amantes del drama, que habrá de todo ;)
En respuesta a los reviews:
Anónimo: Me alegro mucho de que estos capítulos estén haciendo tus delicias jajaja Son muy divertidos de escribir y espero que de leer también :) Supongo que serás Keka, pero como no me has dejado el nombre no lo sé a ciencia cierta. Si no lo eres, mil disculpas por el error. Seas quien seas, aquí tienes tu respuesta ^^ ¡Un abrazo y gracias!
Sammy: Siento esos días que he estado sin actualizar. Ya no te puedes fiar ni de los ordenadores jajaja Respecto a la rutina, me alegra saber que te parece bien. No me ha quedado más remedio que bajar el ritmo con el inicio del nuevo curso. Amar lo que haces y meter muchas horas, ese es el único secreto ;) Mil gracias, como siempre. ¡Nos leemos! :D
