Capítulo 69: Mamá
"Hasta pronto" leo en los labios de Hugh una vez que nos hemos bajado del tren en la estación del cuatro. Nos despide asomado al cristal de la ventanilla de la cocina junto a un muy resacoso cocinero, al contrario que el propio camarero y Peeta, que no han notado apenas los efectos mañaneros del exceso de alcohol. Juventud divino tesoro, diría Sae. Agitamos nuestras manos en alto, con la promesa de escribirles pronto y con la esperanza de encontrárnoslos en el viaje de vuelta. Algo improbable teniendo en cuenta la cantidad de trenes que circulan hoy por hoy entre los distritos.
Cuando perdemos de vista el plateado metálico del tren, nos damos media vuelta y cargamos con los bártulos hasta la salida, sufriendo por primera vez el sofocante y pegajoso calor que caracteriza los veranos del distrito costero. Recorremos la enorme estación de un lado a otro, intentando hallar una salida. Aunque yo ya estuve hace dos años, esta nueva estación es, al menos, veinte veces más grande que la del doce y mucho más moderna que la anterior. La nuestra, a parte del andén, solo tiene un par de banquitos que alivian los pies de los que esperan a su tren y una pequeña taquilla al resguardo del sol donde poder sacar los billetes. El Distrito 4, sin embargo, tiene la suya cuidada al detalle, supongo que por la cantidad de turistas que reciben continuamente. Nada más entrar (y digo entrar porque es una estación cubierta de dos plantas), lo primero que notas es el aire frío que expulsan unos aparatos desde el techo para contrarrestar el calor de fuera; sin duda, un gran acierto. Partiendo ya de que dentro se está mejor que fuera, lo cual te invita a pasar más rato ahí, una serie de pantallas con información de todas las vías (tanto entrantes como salientes) sobresalen de la pared, informando en tiempo real del tráfico a todo el que espera en los sofás que hay frente a ellas. Justo frente a la puerta por la que entras desde el andén, unas escaleras automáticas suben a un segundo piso donde, presumiblemente por el olor, se encuentran varios establecimientos de comida. Nosotros nos acercamos a una de las puertas laterales a estas escaleras y comprobamos que, en efecto, es la de salida. Mi madre dijo que nos estaría esperando, pero no habló nada sobre por cual de todas las puertas deberíamos salir, así que confío en que vayan a dar al mismo lugar.
El calor nos golpea de nuevo cuando traspasamos el umbral, pero gracias a la tejavana que protege el trozo de acera frente a la puerta no sufrimos la justicia del sol. Dejamos las bolsas de viaje en el suelo y oteamos el horizonte sobre las cabezas del gentío que espera al resguardo del sol en la misma sombra que nosotros. El trajín de personas que van a toda prisa de un lado a otro es increíble. Es como si todo el doce se hubiese congregado en la estación del cuatro y anduviesen a una velocidad el triple de lo normal. Peeta hace algún comentario que otro sobre lo acelerados que son y lo nervioso que le ponen, pero yo no le encuentro grandes pegas. La gente va tan a lo suyo que no se da cuenta de quién pasa a su lado, así sea su propia abuela, así que es la perfecta estrategia para dos personas más que conocidas como nosotros que pretenden pasar desapercibidas. Acabamos de llegar y creo que el cuatro ya está ganando puntos conmigo.
- Peeta, ¿ves tú por ahí a mi madre? – le pregunto mientras uso la mano de visera y fijo mi vista en cada cabellera rubia que asoma por entre la gente.
- No. – responde él. – Esto es como buscar una aguja en un pajar.
Decidimos salir por la otra puerta que vimos junto a las escaleras de dentro de la estación, ya que no hemos visto ninguna otra salida por este lado y puede que den a diferentes lugares. Recogemos las bolsas del suelo y estamos a punto de entrar en la estación cuando una voz que reconozco al instante me llama de lejos:
- ¡Hija! ¡Katniss, hija! – grita mi madre.
Según la oigo, me giro en la dirección de la que proviene la voz y espero a la avalancha de personas que se nos echarán encima ahora que saben quiénes somos. Cierro los ojos y aprieto los dientes tratando de no agobiarme en exceso y mandarlos a todos a freír espárragos por incomodarnos en nuestras vacaciones, pero nada de eso ocurre. Abro los ojos y la única que se acerca a paso ligero de entre la gente es mi madre, con su rubia melena recogida en varias trenzas descuidadas, como siempre. La gente a nuestro alrededor sigue a lo suyo, hablando a decibelios ensordecedores y recibiendo o despidiendo familiares y amigos sin atender a lo que les rodea. Otro punto a su favor.
Suspiro de alivio y le indico a Peeta por dónde viene mi madre, para que se gire en la misma dirección que yo. Cuando ya casi está a nuestra altura, suelto mi bolsa, pero no la mano de Peeta, y me la quedo mirando, indecisa.
Ha pasado más de año y medio desde que la vi por última vez. Su rostro, envejecido más años de los que debiera a causa de los disgustos, refleja a una mujer muy distinta a la que dejé aquí junto a Annie. Tiene un gesto más templado y sereno, incluso me atrevería a decir que feliz si no fuera porque conozco de primera mano su historia. Es entonces cuando, en cuestión de segundos, recapacito sobre ella. Trato de imaginarme a mí misma pasando por las mismas situaciones que mi madre durante los últimos quince años. Imagino formar una familia con Peeta, una familia de la que estar orgullosa, e imagino también verle partir un día hacia la panadería para no verlo regresar nunca más. Imagino no poder volver a disfrutar de sus suaves manos, no poder ver de nuevo el sol brillar sobre sus rizos rubios, no poder admirar sus nuevas creaciones pasteleras o la maravillosa mezcla de colores que hace sobre su paleta de pintura. Imagino no poder volver a perderme en sus ojos, no poder volver a refugiarme en la calma que emanan esos dos zafiros o no poder volver a perderme entre las sábanas con su cuerpo enredado al mío y sus susurros de esperanza retumbando en mis oídos. Imagino tanto que las lágrimas comienzan a agolparse en mis ojos. Y aún después de imaginar todo eso, donde yo ya estaría perdida en un mundo aún más lejano que en el que mi madre se sumergió, imagino perder a uno de mis hijos, después haber luchado por alejarlos de las garras del hambre y la miseria, después de haber tenido que enviar a uno de ellos dos veces a la arena, aceptando entre bastidores y bambalinas que no volvería a verlo nunca más. Lo que no tengo que imaginar es el dolor que sentiría, porque solo con pensarlo, una enorme e invisible losa de piedra me oprime el pecho, dejándome sin aire y haciéndome derramar las lágrimas que había luchado por contener. Ahora, solo tendría que multiplicar esto por mil para equipararlo a la realidad de todo lo que he imaginado y sería consciente de lo que ha sufrido mi madre. No entiendo como he podido estar tan ciega.
La veo parase frente a mí, algo impactada supongo por verme llorar. Ya se habría resignado a que la tratase sin grandes muestras de afecto, simplemente porque mi carácter ya era así de por sí solo, aunque se acentuase después con la muerte de mi padre. La miro a los ojos, azules como los de mi hermana pero con la opacidad de los que han visto tanto y han disfrutado tan poco. Repaso una vez más todo lo que he sentido cuando me he puesto en su lugar y me recrimino a mí misma no haberlo hecho antes, no haber sido consciente de todo su sufrimiento y haberla dejado sola ante sus demonios, como el resto del mundo, salvo Peeta y Haymitch, hizo conmigo.
Miro a Peeta, con las lágrimas corriendo libres por mis mejillas, y le veo asentir levemente con la cabeza, dándome una vez más el apoyo que necesito para abrirme a los demás y no solo a él. Me giro de nuevo hacia mi madre, que espera estoica a que yo dé el primer paso, tratando de no incomodarme con sus "sensiblerías" como siempre las denominé yo. Una "mujer débil", recuerdo decirla. Qué equivocada estaba… Ahora sé que es la mujer más fuerte que haya conocido jamás. Ahora voy entendiendo que el mostrar tus sentimientos a la gente que amas no es ser débil, es ser valiente. Concluyo que Peeta se parece mucho a mi madre en ese sentido, ambos son lo suficientemente valientes como para no tener miedo de mostrar lo que sienten al mundo entero si es preciso. Por el contrario, yo me escondo tras una máscara de indiferencia, sarcasmo y frialdad que lo único que me hace es daño, porque me aísla de todo ser querido, me aleja de cualquier ayuda que me pueda brindar la persona a la que le importo. Porque me creo autosuficiente cuando, en realidad, no lo soy.
Me suelto de la mano de Peeta y reduzco a cero la distancia que me separa del delgado cuerpo de mi madre. La abrazo con fuerza, prometiéndome a mí misma que este será el primero de los miles de abrazos que le debo, y derrumbando sus barreras con mi llanto en su oído.
- Lo… lo siento, mamá. – gimoteo, y la abrazo tan fuerte como puedo, tratando de hacerla saber que la comprendo. Ahora la comprendo.
Mi madre me devuelve el abrazo de la misma forma y me acaricia la cabeza como hacía cuando era pequeña y lloraba después de haberme hecho daño.
- ¿Por qué, hija? Tú no tienes la culpa de nada de lo que haya podido pasar.
Increíblemente, mi madre no claudica. La situación es bastante irónica, puesto que soy yo la que llora por tratar de ponerme en su lugar cuando es ella la que lo ha perdido todo en realidad. Todo salvo a mí, y durante año y medio también me creyó perdida.
- Sí, sí que tengo la culpa. – le respondo más serena. – Tengo la culpa de no haberte comprendido hasta ahora.
No rompo el abrazo, por lo que no puedo verle la cara, pero sí noto como coge aire profundamente y lo suelta en un suspiro, tomándose su tiempo antes de contestar.
- Cariño, nadie aprende en cabeza ajena. Todos necesitamos vivir nuestros propios aciertos y errores para poder comprender ciertas situaciones y tú eras tan joven… La que lo siente soy yo por no haber estado a vuestro lado cuando debía.
Ahora sí, noto como un par de lágrimas caen sobre la tela de mi hombro, empapando mi alma más que mi piel, dejándome entrever lo culpable que se sintió todo este tiempo que yo me limité a ignorarla y esquivarla.
- Pero ahora, - vuelve a decir mi madre tras una leve pausa y separándose de mí, cogiéndome por los hombros. – voy a enmendar eso si me dejas. Bueno, si me dejáis. – mira sonriente a Peeta, presencia que yo había olvidado por unos instantes.
Le miro, sin apartarme del suave agarre de mi madre, y veo que ha dejado escapar una lágrima al observar la escena. No es débil, no es menos hombre, es valiente. Peeta nos sonríe y mi madre le invita a unirse a nuestro abrazo abriendo su brazo derecho. Él acepta sin mayor duda, nos envuelve a ambas con sus brazos y apoya su cabeza sobre las nuestras. Disfruto de ellos dos, de su aroma, de su calor. Disfruto del olor de Peeta, tan habitual ya en mis fosas nasales, y del de mi madre, tan olvidado por el paso del tiempo pero tan arraigado en mi interior que jamás podría confundirlo. Disfruto de mi familia, porque es lo que son, las dos únicas personas a parte de Haymitch que me quedan sobre la faz de la Tierra.
Bueno, pues en el día que se estrena el trailer de Sinsajo-Parte 1 *salta de alegría con pirueta mortal*, estrenamos nosotros el capítulo 69 *salta de alegría, sin pirueta mortal* (las cosas como son, el trailer es el trailer jajaja). Aún así, y desvaríos a parte, espero que también os haga mucha ilusión este nuevo capítulo de nuestro fic. ¡Nos leemos prontito! :D
En respuesta a los reviews del capítulo 68:
Sammy: Algo menos livianito, sí jajaja Me alegro de que te gustara. Este es más emotivo y ya empieza a hacer incursión en la relación madre-hija, algo rota aún. ¡Mil gracias por estar ahí! Besos :D
Keka: Cómo adivino, ¿eh? jajajaja Lo cierto es que más o menos por descarte puedo sacar de quién se trata. ¡Ojalá tuviese tantos reviews que me fuese imposible adivinar! No por ello resto importancia a los de siempre, me hacéis muy muy feliz :)) Me hace mucha ilusión que haya conseguido meterte tanto en la historia. Que repares en esos detalles (que si están es por algo) me recuerda lo muchísimo que merece la pena dedicarle horas y horas a esto. ¡Gracias! Un fuerte abrazo y nos leemos en el próximo ^^
