Capítulo 70: Santuario
El camino desde la céntrica estación hasta la casa de mi madre lo hacemos en coche. Aquí, en el cuatro, son bastante más habituales de ver que en el doce, sobre todo por la diferencia de tamaño y población. Mientras que en nuestro distrito puedes desplazarte a pie allá donde vayas sin mayor problema, en distritos como el cuatro, el dos o incluso el once, el uso de vehículos es más que habitual desde el inicio de la República. Son distritos grandes, con una población numerosa y cuyos puntos neurálgicos están separados por kilómetros. Y lo agradezco, porque hubiese sido un verdadero calvario llegar a casa de mi madre cargando con las maletas y con este sofocante calor como compañero de viaje. Punto en contra del cuatro.
Son unos quince minutos en coche lo que tardamos en salvar la distancia desde la estación hasta la misma costa, precisamente donde se aloja mi madre. Es extraño, porque el Distrito 4 está organizado en pequeños pueblos costeros, además del centro de la ciudad, que es dónde se encuentra la estación de trenes y el bullicio de la capital. Cuando vine la anterior vez, mi madre vivía cerca del hospital situado en el corazón del distrito, por lo que no cubrí grandes distancias salvo para visitar a Annie. Aún así, recuerdo perfectamente la zona a la que nos lleva el hombre que conduce el automóvil. Fue uno de los lugares de retiro que escogí cuando estuve aquí. Es un pequeño pueblo pesquero, cercano a la residencia de Annie y del pequeño Finnick, bordeado por una hermosa playa de arena fina y blanca. Es un sitio tranquilo, perturbado solo por los alaridos de las gaviotas que sobrevuelan los barcos que hay en el puerto. Durante mi estancia con los Pies negros, añoré en incontables ocasiones los paseos que daba por la orilla del mar, con el rumor de las olas de fondo y el olor a salitre impregnándose en mi piel. Toda aquella calma fue la que me ayudó a encontrar la determinación que salí a buscar con aquél viaje, despertando mi mente del estado de confusión en el que se encontraba y ayudándome a madurar todo lo que me faltaba. Aún no lo comprendo muy bien, pero sentí a Finnick conmigo durante todo aquel tiempo, como si hubiese decidido servirme de guía cuando estaba perdida, sin cuerdas que anudar, pero con el espíritu vivo del pueblo que lo vio nacer y convertirse en el maravilloso hombre que un día fue.
Cuando llegamos a nuestro destino, mi madre le paga al conductor el viaje, obligando a Peeta a guardar la cartera, quién ya estaba dispuesto a pagar. Es él el que carga con nuestros bártulos y me impide ayudarlo, haciéndome ir un poco por delante junto a mi madre. Entramos por la puerta principal y lo que veo me gusta mucho. El anterior domicilio de mi madre estaba en el quinto piso de un edificio bastante alto, justo al lado del hospital y metido de lleno en el meollo de la capital. Llegué a odiarlo. Este, sin embargo, es un hogar de espacios grandes y diáfanos, con luz que entra a raudales por todas las esquinas y decorado con colores pastel y blanco. Además, todas las estancias parecen situarse en la misma planta, porque no veo escaleras por ningún lado.
- Es increíble, mamá… - le digo a mi madre, obnubilada.
- Sí, la verdad es que es una casa preciosa. Además, como está tan apartada de todo fue una verdadera ganga.
Peeta, que había entrado justo tras nosotras, deja las bolsas en el suelo y se para a nuestra altura, admirando de la misma forma que yo el lugar.
- Es magnífico, señora Everdeen. Tiene usted un muy buen ojo.
- La verdad es que llegué aquí por casualidad. Katniss sabe dónde vivía antes y el lugar no se parecía en nada a esto, pero cuando la encontré supe que la necesitaba. Para mí se ha convertido en una especie de santuario. – comenta mi madre.
Lo cierto es que no lo dudo. La casa es maravillosa, y la ubicación inmejorable.
- ¡Oh! ¡Casi se me olvida! – exclama de repente mi madre. – Creo que hay algo que os gustará. Venid.
Peeta y yo la seguimos hasta un extremo del salón. Mi madre nos sitúa frente a una enorme cristalera oscura que hace las veces de pared. Nos pide que esperemos ahí y, rápidamente, se dirige al sofá tras nosotros, de donde recoge un pequeño aparato que se asemeja mucho a los mandos a distancia del Capitolio. Cuando desliza su dedo índice sobre la pantalla táctil del cacharro, la opacidad de la cristalera empieza a desaparecer, hasta dejar ante nosotros el bello paisaje de una pequeña cala con el sol ascendiendo por el cielo.
- Vaya, es uno de esos aparatos como los que vimos en el Centro de Entrenamiento, ¿verdad Katniss? Esos que te mostraban el paisaje que tú querías ver con tan solo apretar un botón.
Miro a Peeta, sopesando sus palabras. Es cierto que fue el primer pensamiento que vino a mi mente cuando mi madre accionó el sistema, pero hay algo que no me cuadra. Todo es demasiado real, nunca antes había sido tan abrumadora la cercanía de un paisaje en uno de esos aparatos.
- No. – digo volviendo a mirar en dirección a la supuesta imagen virtual. – No es nada de eso.
Peeta me mira extrañado, pero mi madre enseguida nos saca de dudas:
- Claro que no lo es. Esto es un ventanal normal y corriente, solo que con un complejo sistema que inventó el Capitolio que permite oscurecer los cristales y poder prescindir de persianas. Aquí, en el cuatro, un sol justiciero golpeando de lleno en tu salón es lo que menos necesitas en verano.
Peeta se queda estático, asimilando lo que yo ya venía sospechando segundos atrás. Todo lo que ven nuestros ojos es real. Hermosamente real. Las vistas que hay desde el salón son extraordinarias y la pequeña cala que se asoma por detrás de la cristalera, simplemente maravillosa.
- ¿Quiere decir que tiene una playa en el jardín trasero de su casa, señora? – pregunta Peeta incrédulo.
- Compruébalo tú mismo… - le contesta mi madre con una sonrisa en el rostro, abriendo una puerta también de cristal que había pasado desapercibida hasta el momento.
Peeta avanza a paso ligero hasta cruzar la puerta, aún un poco reticente de que mi madre no se esté quedando con él, y se agacha a tocar la suave arena intentando auto convencerse. Yo me quedo un poco rezagada, más segura que él de que mi madre no está de broma, y aprovecho para dirigirme a ella:
- Es preciosa, mamá. – le digo en el umbral de la puerta de cristal. – Jamás habíamos visto nada parecido.
- Me enamoré de ella en cuanto la vi. A pesar de estar bajo techo, la sensación de libertad es increíble. – dice ella perdiéndose en sus pensamientos.
Vuelvo mi mirada hacia atrás observando toda la casa, que no puede ser más grande que el piso inferior de la nuestra en la Aldea. Sé de sobra por qué quedó mi madre prendada de ella. No por lo hermoso que le pueda parecer el entorno a Peeta, ni lo luminosa y diáfana que me pueda parecer a mí, sino por lo poco o nada claustrofóbica que resulta. Sería imposible sentirse aprisionado dentro de este lugar cuando con un solo botón puedes fundirte en el entorno y disfrutar del aire libre. Aunque nunca me lo haya confesado, sé bien que mi madre no soporta los espacios cerrados desde que murió mi padre en aquella maldita mina. Cuando vi donde estaba el trece, con tantos y tantos metros de tierra sobre nuestras cabezas, llegué a temer seriamente que sufriera un ataque de pánico, pero logró controlarlo refugiándose en su labor como sanadora. No me cuesta imaginar el día que mi madre descubrió este enorme ventanal. La casa merece la pena tan solo por eso.
Le doy un beso en la mejilla y la dejo con sus recuerdos para acercarme hasta Peeta, que sigue escudriñando la playa hasta la extenuación. Lo cierto es que la cala es muy pequeña (no puede tener más de cien metros de largo y veinte de ancho), por lo que prácticamente podríamos decir que es privada, teniendo en cuenta que es la única casa en un kilómetro a la redonda. Antes de llegar a la altura de Peeta, me fijo en que, después de las rocas, la cala se continúa con una larguísima playa que se pierde a mi derecha y llega hasta el pueblito. Un bonito paseo que, sin duda, daré un día de estos.
- ¿Te gusta? – le pregunto divertida por su más que evidente entusiasmo.
- ¿Estás de broma? ¡Me encanta! ¿Habías estado tú aquí antes? – contesta Peeta, muy emocionado.
- En esta cala precisamente, no. Pero sí en aquel pueblito de allí. –le digo señalándoselo. – Al otro lado de aquél acantilado hay otra playa en la que solía dar mis paseos cuando estuve de visita. Queda cerca de la casa de Annie.
Peeta me abraza por detrás y admiramos juntos el vasto océano que se extiende ante nosotros. Siento su aliento en mi cuello y el posterior beso en el mismo sitio. Su olor se mezcla con el de las olas saladas y su tacto quema más que el sol de verano que nos mira desde el cielo. Disfruto de un momento que jamás llegué a pensar que tendría.
- Nunca me hablaste de esto. – me susurra al oído sin moverse ni un centímetro.
- Prefería que lo vieras. Cualquier palabra se queda corta para describir este lugar. Es simplemente maravilloso. – le contesto en el mismo tono.
Peeta me gira para posar sus manos sobre mi cintura y acercarme suavemente a él. Me besa dulcemente en los labios, dejándome saborear su boca como tantas otras veces, y trasmitiéndome lo que siente sin necesidad de usar las palabras. A mí me resulta igual de convincente.
- Gracias. – me dice apoyando su frente sobre la mía cuando terminamos de besarnos.
- ¿Por qué? – le pregunto yo con el sabor de sus labios aún en mi lengua.
- Por dejarme descubrir el mundo contigo.
Capítulo 70 para todos ustedes ;) Siento haber tardado más de lo habitual, pero la universidad me deja el tiempo justito y hoy jugaba mi equipo de fútbol la Champions así que era cita ineludible jajajaja De todas formas, no falto a mi palabra y aquí está un nuevo capítulo cargadito de sentimientos.
En respuesta a Sammy:
¡Mucho más emotivo! jajaja es cierto ;) Este tampoco se queda corto creo yo. Felicidades por ese comentario número cien y espero que no tardemos mucho en celebrar el doscientos ^^ ¡Gracias por seguir ahí! ¡Besos! :D
