Capítulo 71: Naranja

- Creo que me daré una ducha antes de salir. – comenta Peeta levantándose de la silla que ha ocupado durante la cena. – Estoy sudado.

- Vale, pero date prisa. No tardará en anochecer. – le contesto yo apurando los últimos sorbos del café helado. Sin duda, un placer exquisito para combatir el bochorno del cuatro.

- Enseguida salgo.

Peeta pasa por mi lado y me deja un beso en la mejilla antes de meterse en casa. Creo que la presencia de mi madre nos cohíbe un poco a ambos, a pesar de lo habituales que son las muestras de afecto por parte de Peeta.

Aunque llegamos pronto al distrito, entre ayudar a mi madre con la comida, sacar la ropa de las maletas y descansar un poco, se nos ha ido el día. Decidimos no movernos a ningún lado hoy y hacerle compañía a mi madre, aprovechando que se había pedido el día libre para estar con nosotros. Nos insistió en que fuéramos a conocer el cuatro, pero no quisimos dejarla sola, al menos no hoy. Ella le restó importancia diciendo que no hacía falta, pero no he podido evitar reparar en que le hizo ilusión que la desoyéramos. No me he dado cuenta hasta ahora de lo sola que debe sentirse mi madre, tan fuera de lugar en un mundo en el que no le queda nada, salvo yo. Mi madre, que cuando tuvo que encargarse de mí no pudo y ahora que quiere ya no debe. Madre a la que solo le resta el título y la sangre que compartimos, porque nada en el pasado nos unió, porque hasta eso perdió con la explosión de aquella mina: el cariño de su hija.

Disfruto del silencio y del rumor de las olas que mueren a escasos quince metros de la mesa en la que estamos sentadas. Entre Peeta y yo, sacamos una mesa a la pequeña tarima de madera que hay sobre la arena en la parte trasera de la casa. Queríamos cenar fuera, aprovechando la brisa que corre a orillas del mar y disfrutando de las maravillosas vistas. Mi madre no puso objeciones, emocionada, intuyo, por hacer algo que se salga de su rutina. La compadezco.

Poso el vaso vacio sobre la mesa con un leve titileo de los hielos semi-deshechos golpeando contra el cristal y aparto mi vista del horizonte, por donde ya empieza a esconderse el sol, para fijarla a mi izquierda, justo donde se encuentra mi madre. La escudriño, desde sus rubios cabellos, teñidos ya con algún brillo plateado, hasta sus dedos largos y finos, capaces de tratar con pocos recursos hasta el dolor más agónico. Sigo mirándola, tratando de encontrar algún rasgo de mi persona en ella. Obviamente, ni su tez ni su color de pelo son una opción, por no hablar del color de sus ojos. Sonrío al darme cuenta de que, si alguien no nos conociera (bonita utopía…), se decantaría antes por Peeta como su hijo que por mí, y no solo por el aspecto físico. Ambos tienen un carácter sosegado, muy distinto a mi actitud explosiva. Son expresivos, afables, cercanos, emotivos. No son malhumorados, fríos ni impulsivos. Los admiro.

Aún así, hay algo que me perturba y es que, de hecho, sí tengo un rasgo común con mi madre. Me ha costado mucho reconocerlo, sobre todo por la ironía del asunto, pero no puedo negarlo más. Viví mucho tiempo reprochándole su ausencia tras la muerte de mi padre. Delegó su responsabilidad como madre en mí, que no era más que una chiquilla de once años asustada por las injusticias de la vida. A pesar de todo, conseguí sacar adelante a la familia, gracias en parte a mi rudo carácter y mi naturaleza desconfiada. Creo que es de las pocas veces que puedo decir sentirme orgullosa de mí misma. Pero, después de todo aquello, después de que las aguas volvieran a su cauce, después de haber sufrido tanto y disfrutado tan poco, incluso después de aceptar la muerte de mi hermana, tengo que reconocer la realidad que me une a mi madre. Y no es nuestro carácter dispar ni su sangre que corre junto a la de mi padre por mis venas, sino nuestra debilidad, la misma que la llevo a ella al borde de la locura. El mismo punto débil que desestabilizó a esa mujer que se sienta junto a mí es el mío propio. Eso es lo que compartimos, un punto débil, igual que el de los campos de fuerza que me mostraron Wiress y Beete: el amor que ambas sentimos por un hombre.

Snow se dio cuenta pronto de aquello, no tardó mucho en sacarme el parecido con mi madre y usarlo en mi contra. Le sirvió con echar la vista atrás sobre los antecedentes familiares y equipararlo a la situación en la que me encontraba yo en mi segunda Arena, con Peeta yaciendo inerte en el suelo rodeado por mis sollozos y los jadeos de un desesperado Finnick tratando de reanimarlo. Incluso él, mi amigo del distrito pescador, me confesó haberse dado cuenta en aquel instante de lo mucho que significaba Peeta para mí. Todos lo supieron antes que yo misma. "Un libro abierto" le dije antes del desfile de carrozas del Vasallaje, premonitorio sin duda.

Así que aquí estoy ahora, intentando enumerar las incontables veces que llame débil a mi madre y sintiéndome culpable por habérselo repetido tanto, ahora que comprendo su dolor. Yo no podría imaginarme un mundo sin Peeta.

- ¿Vais a dar un paseo entonces?

La voz de mi madre me sobresalta y me saca de mis pensamientos. Se ha recostado un poco más en la tumbona y sigue mirando al mar mientras me habla. Verla tan resignada a la vida que lleva consigue estrujarme por dentro. Me recuerda demasiado a mí misma en los meses que le siguieron a la muerte de Prim.

- Sí, quiero enseñarle a Peeta la puesta de sol desde la playa. – le contesto. - ¿Está segura de que no quieres venir? Te sentará bien.

- No hija, tranquila. Id vosotros dos. Yo estoy cansada. – dice ella, ahora sí, girándose en mi dirección. – Además, haréis bien en dedicaros un tiempo para vosotros solos. Llevo todo el día incordiándoos.

Se ríe sola con su última frase, mientras yo sonrío levemente y niego con la cabeza.

- Sabes que no nos molestas, mamá. – le digo estirando mi brazo para posar mi mano sobre la suya. No quiero que se sienta excluida. – Si cambias de opinión no tienes más que decirlo.

Ella sonríe y vuelve la mirada al frente, apretando mi mano y dejándonos de nuevo en el mismo cómodo silencio en el que estábamos antes. Me pregunto qué pasará por su cabeza.

- Me alegro mucho por ti, hija. – dice tras unos diez minutos.

- ¿Por qué lo dices?

- Porque hayas decidido rehacer tu vida junto a Peeta. Es un chico estupendo.

- Sí, lo es. – digo yo en un susurro, perdiéndome en la imagen del hombre que le dio la vuelta a mi vida desde el primer instante en que cruzamos nuestras miradas bajo aquella intensa lluvia en la parte trasera de la vieja panadería Mellark.

- Siempre intuí que sería él. – vuelve a romper el silencio mi madre.

- ¿Ah, sí? – pregunto yo de vuelta, algo sonrojada. Hablar con mi madre de mi relación con Peeta siempre me ha dado un poco de vergüenza.

- Sí. Cuando lo secuestró el Capitolio y tú te hundiste en el trece no hubo mucho más que objetar. Ni la muerte de tu padre logró afectarte tanto como aquello, hija.

- Lo sé. – le contesto sin atreverme a decir más.

Durante mucho tiempo me reproché sentir algo así por él, que no era nada mío. Pero, simplemente, no lo podía evitar. Me frustraba mucho ser incapaz de controlar mis reacciones con él, algo que nunca me había pasado con Gale. Fue un cambio tan radical en mi vida que me sentí abrumada en repetidas ocasiones, hasta tal punto que estuve perdida en mi mundo todo el tiempo que estuvimos alejados el uno del otro tras la guerra. Era como si una parte de mí estuviese perdida, incompleta, renqueante. Como si a mi mecanismo, que había funcionado siempre como un reloj, le faltara de repente un engranaje, el último eslabón de la cadena.

Peeta aparece por la puerta instantes después, ataviado con unas bermudas y una camiseta de tirantes. El pelo, húmedo como de costumbre, se le pega a la frente y su sonrisa de oreja a oreja se me contagia sin querer.

- Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos? – dice muy alegre. A mediodía le prometí llevarlo a pasear por la playa cuando estuviese anocheciendo.

- Sí, vámonos. Que a este paso se nos hace de noche. – digo y me levanto de mi tumbona, dejando las chanclas cerca de la puerta de cristal. Me encanta pasear sobre la arena con los pies desnudos.

- ¿Usted no viene, señora Everdeen? - pregunta Peeta amablemente en dirección a mi madre.

- Oh, no. Lo siento chicos, pero estoy muy cansada. No creo que tarde en irme a la cama. Disfrutad por mí del atardecer. – contesta ella. – No hace falta que os llevéis las llaves. Siempre dejo abierto. Es una de las ventajas de vivir alejada de la civilización.

Nos despedimos de mi madre, que ya empieza a quedarse adormilada en la tumbona, y nos dirigimos por la orilla de la pequeña playa hasta sobrepasar las rocas que la comunican con la otra más larga. Caminamos entre risas y conversaciones superficiales, mientras le explico todo lo que voy recordando sobre el lugar. Cuando ya llevamos unos quince o veinte minutos andando, el sol comienza a ponerse sobre el horizonte, tiñendo el cielo de un tono naranja rojizo precioso. Allí donde el destello rojo se mezcla con el azul del cielo, un tono rosáceo alumbra la playa, haciendo que nos paremos a admirar la preciosa escena.

Nos sentamos en la arena mojada, dejando que las olas golpeen nuestros pies, y Peeta me abraza por los hombros, dejándome descansar la cabeza sobre él.

- Es precioso. – comenta.

- Sí, lo es. – reconozco. – Tienes buen gusto para elegir tu color favorito. – bromeo.

- La verdad es que, hasta los trece años, mi color favorito fue el azul.

- ¿El azul? – inquiero sorprendida. – Pensaba que era el naranja. Tú mismo me lo dijiste.

- Y lo es. Pero fue algo que descubrí con el tiempo.

- ¿Y por qué cambiaste de opinión? – le pregunto girando curiosa la cabeza hacia él.

- El azul siempre me había trasmitido calma, es por eso que pensaba que era mi color favorito. Lo relacionaba con el azul de los ojos de mi padre, con quien siempre me sentí a salvo. Sin embargo, una tarde de verano te vi regresar del bosque. Normalmente me iba antes a casa, pero ese día tuve que acercarme a la Veta a un encargo de última hora de mi padre, que quería hacer algún intercambio. Fue allí donde te vi saliendo de la Pradera, con un par de ardillas que yo mismo comía colgadas del cinturón, tu trenza recostada sobre tu hombro derecho y la más hermosa puesta de sol que haya visto hasta el momento haciéndote de fondo. Es por eso que me gusta el naranja, porque siempre lo relaciono contigo.

Le miro a los ojos, conmovida por su relato, y le dedico la mejor y más real sonrisa de mi repertorio. No contesto nada porque no soy capaz de decir algo que esté a la altura. Me limito a besarlo con todo el cariño que poseo y a disfrutar junto a él de todas y cada una de las muchas puestas de sol que me quedan a su lado.


Dicen que después de una tormenta siempre viene la calma... con lo cual, toda tormenta está precedida por la misma ;)

Nos leemos pronto... ;D