Capítulo 73: Verde mar

El paseo marítimo del Distrito 4 está muy diferente a como lo recuerdo. Hace dos años era prácticamente un pequeño puerto en el que atracaban los pocos pesqueros que quedaron tras la guerra, bordeado por completo por lonjas en las que cada mañana a primera hora se vendía el pescado, algo así como un Quemador. Ahora, una flota diez veces mayor que la anterior espera salir a faenar en un superpuerto artificial que se ha construido al otro lado de la bahía, dejando libre el paseo marítimo para los turistas que vienen, o venimos, en busca de playa y sol. Pequeños establecimientos con terrazas bordean el paseo, ocupando el lugar de las lonjas que se han trasladado a un enorme emplazamiento junto al nuevo puerto pesquero. Es evidente que aún queda mucho por hacer, pero la mayor parte del trabajo ya está hecho, por lo que se puede disfrutar de un largo recorrido junto al mar antes de toparse con las monstruosas máquinas que apuran el tiempo para terminar con la obra.

- ¿Por qué no vamos yendo a casa de Annie? Finnick ya debe de haberse despertado de la siesta. – propone mi madre tras echar un vistazo al reloj de pulsera que se compró para llegar a tiempo al trabajo. Personalmente, lo odio. Es como llevar a Effie en sus buenos tiempos colgada de la muñeca, solo que con la ventaja de que este no te despierta a las seis de la mañana para "un día muy, muy, muy importante". Siempre y cuando tú no lo programes para ello, claro…

Prefiero regirme por el sol y el único reloj que tenemos en casa, que bastante es.

En un acuerdo tácito, los tres nos levantamos de la mesa en la que nos habíamos sentado a tomar un refresco y resguardarnos del calor y nos despedimos del tabernero con una sonrisa amable de parte de los ya-no-tan-trágicos amantes del Distrito 12. Con este hombre no tuvimos tanta suerte…

Pidiendo en voz baja que la noticia de nuestra visita al cuatro no empiece a correr como la pólvora, llegamos casi sin darme cuenta a la coqueta casita en la que vive Annie con su hijo. Lo único que tiene en común esta Aldea de los Vencedores con la nuestra es eso precisamente, el nombre. Por el resto, no tiene nada que ver. La Aldea del cuatro forma una media luna a pie de playa, recibiendo luz solar las más de doce horas que está aquí brillando el Astro Rey. Cada casita, de dos plantas cada una, mira al horizonte, con la única distracción del par de palmeras que separan un solar del contiguo. Vamos, exactamente iguales a las grises e imponentes caseronas en las que vivimos nosotros…

Veo a Peeta abrir y cerrar la boca en repetidas ocasiones, incapaz de decir una sola palabra ante la belleza del lugar. Observa la majestuosa altura que alcanzan las palmeras y baja de nuevo la vista para observar la tranquila playa que se extiende ante nosotros, indicando al mundo entero que pisa suelo sagrado. Suelo de Vencedores.

Espeluznante.

Cuando hemos llegado casi a la mitad de la docena de casas, diviso la de Annie. Cualquiera podría equivocarse entre una y otra, teniendo en cuenta que por fuera nada las distingue. Sin embargo, yo sé que jamás me confundiré de residencia, porque Annie nunca jamás en la vida quitará de entre las dos palmeras del porche de su casa la hamaca de su difunto marido. La hamaca de mi amigo, Finnick Odair.

- Es esa. – le indico la casa a Peeta, que sigue embelesado por el paisaje.

Subimos los tres escalones, blancos como la arena de la misma playa, y nos paramos frente a la puerta con mi madre a la cabeza. Antes de tocar, unos gritos provenientes de dentro de la casa nos alertan.

- ¿Qué ha sido eso? – pregunta Peeta un poco tenso.

Mi madre se voltea a mirarnos. Nos ve rígidos, estáticos, preparados para hacer frente a lo que sea y con el miedo de dos Arenas y una guerra en los ojos. Nos sonríe amablemente y nos dice:

- Tranquilos, chicos. Nada de qué preocuparse.

Peeta y yo nos miramos, algo desconcertados por la pasividad de mi madre, hasta que comenzamos a oír más claramente lo que dice la voz de la mujer que chillaba:

- ¡Finnick Odair Cresta! ¡Baja ahora mismo de ahí y haz el favor de venir a limpiarte la boca, que la tienes llena de chocolate!

Es Annie y, al parecer, tiene más problemas con el pequeño Finnick que los que tuvo para ganar sus Juegos.

Peeta y yo nos miramos, comprendiendo a la vez la situación, y nos giramos con una sonrisa cómplice hacia mi madre, que espera nuestra reacción con las cejas levantadas.

- Creo que será mejor que vayamos a su rescate. – comenta burlona y, acto seguido, llama al timbre de la puerta.

Tras lo que suponemos un par de tazas de café rotas y un par de risotadas de bebé, la puerta se abre ante nosotros, dejándonos a la vista a una Annie Cresta mucho más radiante que el último día que la vi. Su pelo, castaño oscuro, ha recuperado su lustre y el brillo rojizo que tenía y sus ojos, de un verde mar parecido pero no igual al de Finnick, dejan entrever a una mujer mucho más sana que, a pesar de sumirse a veces en su propio mundo, consigue reunir cada mañana el coraje suficiente para salir adelante por su hijo. El último y mejor recuerdo de Finnick en la Tierra.

Annie nos mira de arriba abajo, con los ojos como platos, intentando dilucidar si somos alguna jugarreta de su inusual cerebro o si realmente somos nosotros, en carne y hueso, los que acabamos de llamar a la puerta de su casa. ¿Acaso mi madre no le iba a avisar de que veníamos?

Casi me he cansado ya de mantener la sonrisa en la boca cuando, por sorpresa para todos (o al menos para mí), Annie se lanza a mis brazos, hecha un mar de lágrimas y riendo entre hipido e hipido. Miro a mi madre y a Peeta por encima del hombro de mi amiga con cara de pánico, porque nunca se me dio bien manejar este tipo de situaciones, y advierto que me indican en silencio que la abrace. Les hago caso, un poco cohibida al principio, pero más relajada después cuando oigo a Annie susurrar un "te he echado de menos" en mi oído.

Antes de la guerra, durante nuestra estancia en el trece, nunca tuve una relación más allá de la cordialidad y el mutuo respeto con Annie. Es cierto que es una mujer muy agradable y amistosa, incapaz de hacerle mal a nadie, pero su condición de mentalmente desorientada mucho más severa que la mía propia, me hizo imposible poder acercarme mucho a ella si no era con Finnick alrededor. Aquella mujer, que se perdía en su mundo si su marido no estaba a su lado, no tenía nada que ver con la que me encontré hace dos años durante mi paso por el cuatro y con la que entablé una bonita amistad, preparada para dar a luz a la última pero más grande prueba de amor que le dejo Finnick como legado. Y, después de todo, está mujer que me encuentro hoy es aún mucho más expresiva y mentalmente estable que la de hace dos años. Creo que Annie es la mujer que más admiro en este asqueroso planeta.

Cuando se ha calmado un poco, la separo de mi cuerpo gentilmente y bajo mi vista para encontrarla con la suya, roja por las lágrimas y en contrapunto con la gran sonrisa que adorna su cara.

- ¿Mami?

Aparto mi mirada bruscamente de la suya, en dirección a la suave voz que ha dicho eso al no encontrar en mi archivo mental una cara a la que asociarla. Annie, que parece recuperarse instantáneamente al oír dicha voz, se gira incluso antes que yo, omitiendo por completo todo detalle externo que la rodea y fijando su dulce mirada en un pequeñito y rechoncho ser que nos observa escondido tras las piernas de mi madre.

- Finnick, cariño. Mira quién ha venido. – exclama Annie en dirección al niño.

Mi madre, dándose cuenta de que Finnick se acaba de agarrar a sus piernas, se agacha para levantarlo por los aires y cogerlo en brazos, dejándolo cara a cara con nosotros. Es a la única que conoce y, por lo que sé, ve al menos tres veces por semana, por lo que no me resulta extraño que el niño no le haga ascos y se agarre a su cuello como al de su propia madre.

Todo lo que pasa a mi alrededor durante el minuto siguiente es como si estuviese envuelto en una extraña niebla. Veo a Annie dirigirse a Peeta y darle un sentido abrazo también a él, disculpándose por no haberle hecho caso desde un principio. Veo como Peeta le devuelve la sonrisa con su característica facilidad y como se preocupa sinceramente por su estado y por el del niño. Les observo a ambos girarse hacia mi madre y hacia el bebé y veo como Annie le saluda a ella con un beso en la mejilla y le coge al niño de sus brazos con un "deja a la abuela en paz, que ya pesas mucho". Lo veo, lo observo y lo oigo todo, pero es como si pasara en una galaxia lejana y yo lo estuviese divisando a través de la fría lente de un telescopio, impersonal, carente de importancia, perdida de lleno en los ojos verde mar de la réplica exacta del Vencedor Finnick Odair.


Mil perdones por este retraso tan poco usual. No tengo grandes disculpas. Simplemente he estado atareada con la universidad y no he encontrado tiempo para actualizar. A partir de hoy volvemos a la normalidad :)

Disculpas a parte, espero que este capítulo tan conmovedor (al menos a mi criterio) os haya gustado y que me dejéis vuestra opinión con algún review ;) Por cierto, enhorabuena a todos. Hemos pasado las 20.000 lecturas. TODO MÉRITO VUESTRO. ¡Mil gracias por el apoyo! :D

En respuesta a Sammy:

Me alegra mucho saber que te gusta dejar reviews tano como a mí recibirlos :) Que haya feedback entre lectores y escritor es la mayor y mejor característica de los fanfictions, al menos en mi opinión. Y siento la tradanza. Como ya he explicado más arriba, ha sido cuestión de estudios, nada que ver con mi salud, pero muchísimas gracias por preocuparte :) Espero de corazón que hayas disfrutado de este cap. ¡Nos leemos! Besos :D