Capítulo 74: Hermanos de guerra
Observo de reojo desde la cocina a Peeta jugar con el niño en la alfombra del luminoso salón. Juegan con unas piezas de construcción de muchos colores, aunque Finnick más que construir destruye todo lo que Peeta levanta con esmero más de medio palmo del suelo. Cada vez que lo hace, Peeta le dice que "es un niño muy malo" y vuelve a afanarse en construir lo mismo bajo la atenta mirada de Finnick y su risa divertida. Tengo mis serias dudas sobre quién es el niño aquí…
Annie, mi madre y yo estamos sentadas en la cocina, tomando algo fresquito para combatir el calor mientras supervisamos a los dos "niños" que están a escasos tres metros de nosotras. Ellas dos charlan animadamente mientras yo centro más mi atención en Peeta y Finnick que en seguir su verborrea. No han callado desde que entramos.
Finnick es un niño muy avispado para los escasos dos años que tiene. Habla sin mayor problema, a excepción de su pronunciación infantil, y camina y corretea de arriba abajo atormentando a todo el que está a su alrededor. Su madre dice que es un bicho. Nos ha explicado que los gritos que oímos cuando llegamos se debían a que Finnick estaba haciendo de las suyas, para variar. Al parecer, se había subido a la isla de la cocina (vaya usted a saber cómo) atraído por el bol de chocolate fundido que Annie había dejado allí para recubrir la tarta que preparaba. El niño, ni corto ni perezoso, aprovechando que su madre vigilaba el horno de espaldas a él, metió sus regordetas manos dentro del recipiente y chupo y rechupeteó todos y cada uno de sus dedos, dejando por supuesto un hermoso reguero de chocolate para repostería a lo largo y ancho de su cara, su pecho, la encimera, el suelo y hasta el techo de la cocina. Un desastre.
Además del espíritu inquieto, físicamente también es igual a su padre. De Annie solo tiene el haber salido de su vientre. Sus carnosos labios, la nariz que ahora es redonda pero que en el futuro no cabe duda que será recta y perfecta, sus rizos color bronce, su complexión atlética ya desde tan pequeño, sus ojos verde mar tan exactos, tan profundos, tan de Finnick… Todo, absolutamente todo, evoca irremediablemente al hombre por el que alguna vez suspiró todo Panem. El mismo hombre que dio su vida por el futuro de su mujer y su hijo.
- Katniss, hija, ¿estás bien? – pregunta mi madre.
Me había quedado trabada en algún punto de su conversación mirando al niño, perdiendo completamente el hilo.
- Eh… sí, perdón. ¿Qué decías? – pregunto un poco aturdida aún por la viva estampa de Finnick.
- A mí también me pasa. – comenta Annie de repente.
- ¿El qué? – pregunto yo aún más desconcertada.
- Finnick. Le mirabas a él, ¿no es cierto?
Annie me mira con ojos suspicaces, cristalinos, como si pudiese ver a través de los míos y aseverar con total confianza lo que estoy pensando.
- Sí. – contesto un poco cohibida.
- Por eso. Decía que a mí a veces también me pasa. Finnick es la viva imagen de su padre. – dice ella con cierto rastro de melancolía en el brillo de sus ojos. – Te he visto mirarle completamente absorta y me has recordado a mí misma cada vez que le observo. Es como verle a él de nuevo. Como si estuviese aquí, con nosotros.
Miro a Annie, esperando encontrármela al borde del llanto y a punto de desmoronarse como las construcciones que levanta Peeta para que Finnick las destruya después. Sin embargo, no es eso lo que me encuentro. Aún sin ser alegría, no es tampoco tristeza lo que refleja su mirada. Es amor, entrega, devoción, incluso me atrevería a decir que algo de feliz nostalgia. Nada que ver con la imagen de la Annie destruida que tenía en mente.
- Lo es. – contesto animada por su entereza y volviendo la mirada al niño, que sigue jugando inocentemente bajo la protectora mirada de Peeta.
Nos quedamos en silencio un rato, observando las tres al par de hombres que ocupan el salón ajenos a nuestra conversación, cada una perdida en su mundo.
El horno pita, avisándonos de que el pastel en el que trabajaba Annie cuando llegamos ya debería de estar hecho. Al oírlo, todas nos sobresaltamos y Peeta mira en nuestra dirección con una sonrisa de oreja a oreja. Suyos o no, Peeta ama los pasteles.
- Finnick, creo que va siendo hora de merendar. – le dice al niño levantándose del suelo y ayudándolo a su vez. No parece fiarse mucho de los bandazos que aún pega el pequeño al correr.
El niño, que ha congeniado con Peeta a las mil maravillas nada más conocerlo, se aferra a su cuello como si lo llevase haciendo toda la vida y le da un baboso beso en la mejilla mientras vienen andando hacia nosotras. Parece ser que el niño es tan inmune al encanto de Peeta como yo misma; es decir, cero.
- Bueno, creo que esto ya está. – dice Annie abriendo el horno y dejando salir el humo de dentro. – Es un bizcocho más que un pastel, pero me temo que tendremos que comerlo sin chocolate dado que cierto diablillo nos ha dejado sin él. – Exclama levantando una ceja en dirección a su hijo, que sigue en brazos de Peeta.
El niño se ríe, como si la cosa no fuera con él, y se coloca inocentemente el chupete en la boca, apoyado por la risita de confidencia que le dedica Peeta. Vaya par de dos…
- ¡Ay! ¡Qué se desparrama entero! – exclama Annie asiendo como puede la bandeja del horno. El bizcocho se tambalea cosa mala. - ¡Peeta!, ¿qué hago?
- Toma, coge al niño. – me dice rápidamente Peeta.
- ¿Qué? No, yo no… - trato de objetar.
Tarde, Katniss. Tarde.
Peeta me pasa, prácticamente me lanza, al niño a los brazos y corre a socorrer a mi madre, Annie y su bizcocho, que está a puntito de tocar suelo.
Miro al bebé, que parece divertirse con la escena circense que tenemos delante, y me lo apoyo en la cadera como hacía con Prim cuando era más mayorcita que Finnick o con la propia Posy cuando iba de visita a casa de los Hawthorne. No creo que haya sostenido en brazos a muchos niños más.
Me resulta extraño, lo cercano e incluso cómodo que siento al niño. Nunca he sentido un especial apego por los bebés, excepto por los hermanos menores de Gale y mi propia hermana. El resto me parecían carne de cañón para la Cosecha. Triste, pero cierto.
Entre los tres consiguen rescatar el maltrecho bizcocho que, por algún azar del destino, no ha querido hacer caso de la levadura y se ha quedado a medias de subir. El niño se ríe a carcajada limpia al ver a su madre relatar porque se le ha estropeado el dulce y esconde sin avisar su cara en mi cuello, tratando que su madre no le vea. La respiración irregular del bebé contra mi hombro y el sonido contagioso de su risa en mi oído me hacen reír a mí también y lo abrazo instintivamente contra mi pecho un poco más. Es una sensación extraña, pero reconfortante.
- Muy bien, señorito. – dice Annie con los brazos en jarra y haciéndose la enfadada. – Te vas a quedar sin tu trozo de bizcocho por reírte de tu madre. La doble ración se la voy a dar al tío Peeta, te chinchas.
Fue algo que me chocó nada más oírlo cuando llegamos esta tarde, pero, al parecer, Annie le ha estado hablando al niño de Peeta y de mí como si fuésemos sus tíos. Incluso a mi madre la llama abuela. Annie nos pidió perdón, algo avergonzada, por si nos molestaba, pero ni Peeta ni yo tuvimos problema al respecto y tranquilizamos a Annie negándole malestar alguno. En realidad, es un halago tanto para Peeta como para mí que Finnick nos llame así. En el fondo, todos los Vencedores compartimos lazos más fuertes que los de la sangre. Somos hermanos de vivencias, de sufrimiento, de supervivencia. Hermanos de guerra.
Capto la atenta mirada de Peeta, que nos observa con ternura o algo parecido, y me ruborizo. Trato de asimilar el por qué de mi súbito e irracional sonrojo, pero mi madre nos apremia a sentarnos a la mesa sirviendo los tés helados que había preparado y Finnick, tirando de mí con su peso hacia las sillas, termina de cortar cualquier hilo de pensamiento racional que pudiera hilvanar en esos instantes.
Merendamos el aún caliente bizcocho que, a pesar de su horrenda estructura, está buenísimo. Al parecer, lleva ralladura de naranja, lo que le da un sabor fresco perfecto para el verano. Finnick moja su trozo una y otra vez en la leche fresca que su madre le ha puesto previsoramente en un vaso de plástico y nosotros reímos y charlamos animadamente alrededor de la mesa de la cocina.
- ¡Oh! ¡Casi se me olvida! – exclama Annie cortando una conversación sobre pañales y polvos de talco. - ¿Ibais a quedaros una semana, verdad?
- Sí, más o menos. – contesta Peeta por ambos mientras yo degusto el que es mi segundo trozo de bizcocho. Es casi tan bueno como los de Peeta. Casi.
- Pues entonces no os podéis perder la fiesta que se celebra el último martes de agosto. – prosigue Annie muy entusiasmada. – Se hace una pequeña hoguera en la playa al anochecer y se come y bebe alrededor de ella. Se empezó haciendo para celebrar el regreso de los marineros que pasaban el verano pescando en alta mar, aunque me consta que antaño se festejaba algo parecido en junio para celebrar el comienzo del periodo estival y ahuyentar los malos augurios del invierno.
"Distrito 4: lugar supersticioso donde los haya" pienso para mí.
- Por mí estupendo. – contesta Peeta con los ojos suplicantes ya en mi dirección.
- ¿Otra fiesta? – vocifero yo con tono cansino.
- Venga, Katniss. No seas agorera. Tenemos una semana de vacaciones, habrá que aprovecharla. – vuelve a decir Peeta en todo de súplica.
- Es muy bonita de ver, Katniss. – se confabula Annie con Peeta. Perfecto. – Además, es muy familiar y acogedora. Nada de multitudes a no ser que las busques. Que por haber de todo hay.
Miro a Peeta (que está sentado a mi lado) y junta sus manos a la altura de su pecho pidiéndome en silencio que acepte ir, aleteando melodramáticamente esas eternas pestañas doradas en las que tiene enmarcados los ojos. Zalamero…
- Está bien. – claudico finalmente sonriendo resignada y negando con la cabeza. No puedo negarle nada, y tampoco puedo negar que me pique la curiosidad por saber más de la cultura del cuatro.
- ¡Gracias, mi amor! – exclama él, plantándome un sonoro beso en la mejilla y poniéndome en vergüenza bajo la atenta mirada de mi madre y Annie. No me acostumbro a sus apelativos cariñosos. Soy así de arisca.
Terminamos de merendar un rato después. Yo recojo la mesa y le doy los platos y vasos a mi madre para que los vaya fregando en lo que Annie le cambia los pañales a Finnick sobre la misma mesa que acabo de despejar. Peeta parece muy interesado en aprender, poniendo como excusa que él fue el pequeño de la familia y que nunca tuvo a nadie a quién ayudar, y cose a la pobre Annie a preguntas como "¿y para qué se les echa el talco?" o "¿Y cómo sabes si la caca está bien o mal?" y un millar más de cuestiones escatológicas que yo aprendí en su día con el nacimiento de Prim porque no me quedó más remedio y que Annie parece entusiasmada por comentar.
El timbre reverbera en la casa, pillando a mi madre con las manos en el fregadero y a Peeta, dirigido por Annie, poniendo polvos talco en toda la cocina menos en el culito del niño. La pobre mujer, cubierta ya al igual que Peeta y el bebé de polvo blanco, me pide entre risas que abra la puerta si no es mucha molestia.
- ¡Deberías desistir de enseñarle! – le grito a Annie casi desde la entrada. - ¡Está echando más talco sobre ti que sobre Finnick!
La oigo reír y a Peeta relatar porque no es capaz de atar ahora el pañal en su sitio. Riendo yo también por la falta de experiencia de Peeta, abro la puerta, sin esperar encontrarme a quien me encuentro detrás.
- ¡Vaya! Hola, descerebrada.
Hoy no tengo mucho que decir. Simplemente que espero de todo corazón que os haya gustado :) GRACIAS UNA VEZ MÁS.
En respuesta a los reviews del capítulo anterior:
Sammy: Me alegro de que la reacción de Katniss fuese como te la figurabas. No siempre es fácil acertar jajajaja Ay, Johanna, Johanna... espero que estés contenta porque vaticinaste su aparición ^^ Que conste que el capítulo ya estaba escrito para cuando tú dejaste el review, pero enhorabuena por ser tan intuitiva. ¡Acertaste de pleno! :D Espero que el cap te haya gustado. ¡Nos leemos pronto! Besos.
Natalie: Me alegro mucho de que, por azar o no, este fic siga captando nuevos adeptos :)) Espero que de aquí en adelante la historia te atrape tanto como lo ha hecho hasta ahora. ¡Nos leemos! ¡Un abrazo! :D
