Capítulo 76: La Chica en Llamas
El ritmo de vida en el Distrito 4 es apabullante. Más aún para personas como Peeta y yo, acostumbradas a vivir en una sociedad en la que al panadero se le llama por su nombre y donde el mercado es la principal fuente de información para toda maruja cotilla. Ni turistas, ni edificios de más de cinco plantas, ni poblaciones de casi diez mil habitantes, ni tan siquiera hospitales con unidad exclusiva para quemados. Solo oriundos del doce, casitas de dos pisos con los negocios familiares en la planta baja, poco más de ochocientos habitantes (bastantes menos tras la guerra) y con una sanadora que trabaja con nieve y hierbas de la Pradera.
A pesar de que han transcurrido más de dos años desde la guerra, el Distrito 12 no ha recuperado ni un tercio de su antigua población, que ya de por sí era escasa. Los doscientos y poco habitantes que residimos ahora en el doce estamos empezando a levantar un lugar que fue arrasado por bombas incendiarias hasta los cimientos. Aunque los progresos son notables y tanto el nuevo Quemador como la planta destinada a la producción de medicamentos funcionan ya a pleno rendimiento, estamos infinitamente lejos del desarrollo que han alcanzado distritos como el cuatro que, con la ingente cantidad de visitantes que reciben solo en verano, ya cubren sin problemas el gasto que supone tener que adecentar el distrito y adecuarlo a las necesidades de una sociedad libre.
Así que aquí estoy hoy, último martes de agosto, dispuesta a ser arrastrada por Annie y Johanna hasta la playa más grande y más abarrotada del cuatro para comer, beber, cantar y bailar alrededor de una maldita hoguera. Peeta pareció más comprensivo cuando le revelé mis intenciones de huir a algún lado antes de cometer esta locura, pero solo lo pareció. Automáticamente, puso cara de pena y me extorsionó durante todo el día del lunes (y su consiguiente noche) para que aceptase ir con él. "Solo un ratito, Katniss" me suplicaba mientras me mordía el lóbulo de la oreja. ¿Quién demonios va a pensar con claridad así? Para mi desgracia (y como era de esperar) acabé cediendo.
- Haz el favor de ponerte ya el puñetero vestido y vámonos.
Es la enésima vez que Johanna me pide lo mismo en menos de diez minutos. Por si fuera poco castigo tener que pasar la noche rodeada de extraños y al abrigo del inhumano bochorno de la costa, Johanna se niega a salir de casa si no llevo un vestido blanco. "Como todas vamos" argumenta ella. Al parecer, Annie olvidó mencionar el, para ella nimio, detalle que "recomienda" ir vestido de riguroso blanco a la celebración. Vestido para ellas, pantalón largo para ellos. Y todo el mundo sabe que, en manos de Johanna Mason, cualquier costumbre se hace ley, por lo que no pude ni rechistar cuando me vino con un demasiado corto vestido blanco bajo el brazo y amenazó con atarme a una palmera hasta que aceptase ponérmelo.
- ¿Pero por qué diablos no puedo ir como me de la real gana? ¿Tan importante es que vaya con vestido? - pregunto yo por quinta vez. El vestido en sí es precioso. Lo cierto es que tanta reticencia a ponérmelo no es más que una excusa barata para tratar de no meterme entre tanta gente que pueda reconocerme esta noche.
- Mira, guapa. O te lo pones tú o te lo meto yo a la fuerza y sales por esa puerta como estés en cinco minutos. La tradición marca que las mujeres deben llevar un vestido blanco y tú, por poco femenina que seas, sigues perteneciendo a nuestro bando, así que no te queda otra. ¿Está claro?
Dando por sentado que ya no cabe lugar a discusión, Johanna sale por la puerta de la habitación dejándome con el claro mandato de vestirme a la de ya. Resignada, opto por terminar con esto de una vez. Como solía decir mi padre: "cuando antes empieces, antes acabas". Espero que eso valga también para noches interminables como las de hoy.
Como comimos con Annie a mediodía, el camino a la playa lo hacemos desde allí. Mi madre se quedará con el pequeño Finnick para que ella pueda disfrutar un poco de su juventud, a pesar de que lejos de su hijo vuelve a ser un poco más aquella desequilibrada Annie del Distrito 13. Johanna lidera la marcha, poniéndonos a Peeta y a mí al día de cómo funciona esta celebración en concreto. Parece una niña con zapatos nuevos. Al parecer, le ha cogido el gusto al clima y a las continuas fiestas del cuatro por lo que, con la excusa de visitar al pequeño Finnick y a su madre, se pasa casi medio año aquí. Yo reniego de escuchar su verborrea sobre alcohol y música y hago un escrutinio completo de Peeta. Él, como también marca la tradición, se ha puesto unos pantalones blancos largos de una tela llamada lino, tal y como mi madre la definió. Según me dijo él mismo, los compró estando en este mismo distrito antes de salir en mi búsqueda. La camisa, tan blanca como el pantalón, es aquella que usó para nuestra íntima cena la noche siguiente a mi regreso. Pocas cosas hay que no recuerde de aquella singular velada… En retrospectiva, me hubiese sentido un poco ridícula acompañando a un tan elegante Peeta con mis vaqueros cortos de siempre, por lo que (aunque me cueste admitirlo) tengo que darle la razón a Johanna de que el vestido ha sido una decisión acertada.
No tardamos mucho en llegar a la larguísima playa que se comunica con la pequeña y casi privada cala del jardín trasero de mi madre. En un primer vistazo, calculo que habrá una treintena de fogatas ya encendidas a lo largo y ancho de la playa y, deduzco, que a medida que vaya oscureciendo serán más las que se prendan, incluida la nuestra propia.
Eso era lo que yo pensaba.
Lejos de la medianamente tranquila noche que esperaba pasar alrededor del fuego junto a Peeta y Annie, Johanna nos conduce al centro de la playa, a la hoguera más grande y con la gente más escandalosa en kilómetros y kilómetros a la redonda. "Los amigos de Johanna" nos susurra Annie mientras nos acercamos.
En lo que ella asiente en dirección a sus vecinos, Johanna se abraza efusivamente a todos y cada uno de los cinco hombres presentes y planta un par de besos en la mejilla a las seis mujeres. Todos gritan y jalean su nombre, dándole la bienvenida en unos peligrosos decibelios. Yo me agarro más fuerte si cabe a la mano de Peeta, que me mira con resignación, mientras le hago un gesto de "ya hablaremos en casa por la encerrona". Que consiga arrastrarme a estas cosas es el colmo de los colmos.
- Descerebrada, panadero, acercaos. - nos llama Johanna cuando termina de saludar uno a uno a sus "amigos". - Venid que os presente.
Como era de esperar, las presentaciones solo suceden en un sentido, porque a Peeta y a mí nos conocen todos ellos. Nos abrazan, besan e invaden nuestro espacio vital de todas las formas humanamente posibles para saludarnos. Peeta, por supuesto, se maneja mucho mejor que yo y agradece con una sonrisa todas sus buenas palabras mientras que por mi parte, procuro no poner cara de asco y ser gentil, al menos. Odio que me toquen y esta gente del cuatro es demasiado dada al contacto físico.
A medida que las estrellas ocupan el lugar del sol y de la hoy ausente luna en el firmamento, me voy sintiendo algo menos invadida y más integrada. Al final no son tan desagradables como en un principio esperé y soy capaz de sonreír con verdadera naturalidad. Además, que no hagan preguntas indiscretas sobre nada relacionado con los Juegos, la guerra y los trágicos amantes del Distrito 12, ayuda bastante.
Suman aún más puntos conmigo cuando veo cómo tratan de bien a Annie. Obviamente, al igual que a nosotros, a ella también la conocen, pero no solo por su victoria en los Juegos. Finnick era un hombre muy respetado y admirado en su distrito. Todo el mundo conocía su historia de amor con Annie y ambos han estado siempre muy bien considerados entre sus conciudadanos, por lo que procuran hacerla sentir cómoda ahora que Finnick no está a su lado. A pesar de todo, apenas pasa de media noche cuando Annie decide irse alegando que tiene que volver con su hijo. Aunque no parecía a disgusto, sé de buena tinta que si pasa demasiado tiempo alejada de Finnick empieza a perderse en sí misma, tal y como le sucedía con su marido. Peeta y yo la acompañamos hasta uno de esos coches a los que mi madre y la propia Annie llaman taxis y nos despedimos de ella hasta el día siguiente.
Sentándonos de nuevo sobre la fina arena en el círculo de personas que rodea la hoguera, aceptamos una nueva copa de algo muy dulce que, sin duda, es alcohólico.
- ¿Qué tal te lo estás pasando? - me pregunta Peeta apurando los últimos sorbos de su bebida y sirviéndose otra. Menudo ritmo lleva el panadero…
- Bueno, - dudo. - bastante mejor de lo que esperaba, la verdad. Son bastante agradables. - digo señalando en dirección a la gente que termina de formar el círculo junto a Johanna y a nosotros.
Peeta asiente, pero no articula palabra, cosa que creo se debe a los efectos de las más de cinco copas que ya se ha tomado. No le culpo, porque yo misma voy por la tercera de esta endemoniada bebida que está riquísima y ya empiezo a notar los estragos que forma el alcohol en mi mente. Creo que no deberíamos seguir bebiendo.
Pero lo hacemos.
No sé si son las dos, las tres o las cuatro de la mañana, pero las existencias de la ingente cantidad de alcohol que trajo vete a saber quién ya se han acabado y noto perfectamente los efectos de haberme bebido media docena de cócteles yo solita. Hablo con todos por los codos, como la mujer locuaz que nunca he sido, y me encaramo a la espalda de Peeta cada dos por tres, haciéndonos caer a la arena una y otra vez. Y si yo llevo un pedo descomunal, lo de Peeta se sale de los límites. Baila como un poseso al son de la música que suena desde los chiringuitos del paseo marítimo y pierde el equilibrio a la mínima de cambio. Johanna es la que mejor está, a pesar de que no está bien en absoluto, y se ríe de todos y cada uno de nosotros a carcajada limpia. Sus amigos y ella misma han empezado a dispersarse y, cuando la mayoría ya se ha mezclado con gente de otras hogueras, Peeta me abraza por detrás, escondiendo la cara en mi cuello y dejando entrar por mis fosas nasales el dulzón olor de su aliento alcoholizado.
- Katnisssssssssss…. - sisea en mi oído.
- ¿Qué haces? Me estás haciendo cosquillas. - digo yo tratando de sonar seria, pero mi estado de embriaguez no ayuda en absoluto.
- Estamos solitosss. - vuelve a sisear.
Miro a nuestro alrededor y compruebo que, aunque no solos en el más estricto sentido de la palabra, sí que somos los únicos restantes en nuestra hoguera. Los demás charlan animadamente a unos metros de nosotros con otras personas tan borrachas como ellos y Johanna danza de una hoguera a otra sin hacernos caso alguno.
- ¿Por qué no vamos andando hasta casa? Necesito andar un poco. - le propongo a Peeta, aunque va a tener que hacer lo que yo le diga porque no está en situación de opinar coherentemente.
- Como quierass. Aunque yo - hipa - no sé si voy a ser capaz.
Tiro de su mano, tratando de evitar que se caiga o de caerme yo y llevármelo conmigo. Lo cierto es que todo me da tantas vueltas que no sé ni si yo misma seré capaz de andar hasta allí. Busco con la mirada a Johanna para avisarla de que nos vamos, pero desisto cuando la veo metiéndose en el agua como su madre la trajo al mundo, riéndose de la borrachera que lleva y acompañada por otro par de sus "amigos". Menudo panorama.
Tardamos siete siglos en llegar a la cala casi privada de mi madre y temo seriamente por nuestra vida en el momento en que tenemos que sortear el conjunto de piedras que dan acceso a ella. Con esta descoordinación es peor que escalar un acantilado.
Entre risas, tambaleos y algún que otro arrumaco, nos dejamos caer en la orilla frente a la casa de mi madre.
- Vaya paseíto, nena. Eso parecía un labirinto… - dice Peeta.
- ¿Labirinto? Será laberinto, Peeta. Laberinto. - contesto yo riéndome sin contención alguna. Un momento, ¿nena?
- Eso, como se diga. - contesta él restándole importancia con un gesto de la mano. - Bañémonos. - propone.
- ¿Ahora? Tú estás loco…
- Venga, que sí. Que tengo muchisísimo calorrr. - reitera quitándose la camisa y los pantalones.
No me da tiempo a negarme una segunda vez, porque nada más terminar, me alza en el aire y me echa sobre su hombro, llevándome consigo hacia el agua.
- ¡Peeta, no! ¡Ni se te ocurra!
Trataba de ser una exclamación imperativa, pero cuando te ríes a la vez que lo dices pierdes toda credibilidad.
- ¡Ale-hop! - exclama y, acto seguido, nos sumerge a ambos de un salto bajo el agua.
Salgo a la superficie con el vestido, el pelo y toda yo empapada hasta los huesos, esperando encontrarme con una sensación de frío similar a bañarse a finales de primavera en el lago de mi distrito. Sin embargo, la agradable temperatura del agua me recuerda que estamos en el cuatro y que aquí la media anual de temperatura ambiente no baja de los veintitrés grados centígrados. Peeta sube a la superficie justo después que yo y los dos nos echamos a reír sin ningún motivo a aparente más que la estupenda sensación de ser liberados de los cargos de conciencia que arrastramos desde la guerra, aunque solo sea durante el tiempo que nos dure el efecto del alcohol.
Me despojo del vestido y nos bañamos tranquilamente un buen rato, disfrutando del cielo nocturno más despejado que he visto en mi vida y del relajante sonido que hacen las olas al romper en la arena.
- Ojalá tuviésemos algo así en el doce… - comenta Peeta en voz alta mientras flotamos en el agua dados de la mano.
- Lo cierto es que lo tenemos.
- ¿Cómo que lo tenemos? - pregunta él hincando las rodillas en el fondo de arena y atrayéndome hacia su pecho. Yo me dejo llevar, flotando aún sobre la superficie del mar, anclada al seguro que es su cuerpo.
- Sí. - contesto. - En el bosque hay un lago en el que me baño yo desde que tengo uso de razón. ¿De dónde crees que saco los pececillos?
Peeta se lo piensa, aún algo embotado por el alcohol aunque mucho menos que antes, y contesta:
- No lo sé. Siempre supuse que habría un río y que allí aprendiste a nadar, pero no un lago. ¿Es grande?
- Mucho, y en la orilla hay un refugio que mi padre y yo usábamos cuando íbamos. No hay olas como aquí, pero el agua al menos no te deja sabor salado en la boca.
- Me gustaría verlo. - comenta Peeta.
- No hay problema. Cuando volvamos a casa podemos ir y despedir allí los últimos días de calor del verano si tú quieres. - le digo dejando de flotar y anclándome esta vez con mis piernas alrededor de su cintura y mis brazos alrededor de su cuello.
- Nada me gustaría más.
El beso que comienza suave y nos deja saborear la sal de los labios del otro, no tarda en abrir nuestro insaciable apetito y enseguida nos estamos devorando el uno al otro. Sus manos viajan rápidas y con determinación al broche de mi sostén, desatándolo y dejando mis pechos desnudos reposar contra sus pectorales. Yo me dejo guiar también por mis deseos y meto mi mano derecha bajo el agua, recorriendo sin pausa pero sin prisa su abdomen hasta llegar a la cinturilla de su ropa interior. Peeta sonríe contra mi boca y yo le correspondo, porque ambos sabemos que hemos empezado algo que terminará dejándonos exquisitamente exhaustos y con una sonrisa tonta en la boca para el resto de la noche y parte del día siguiente.
No me demoro más y, tras acariciar suavemente su erección sobre la tela, tiro de sus calzoncillos hacia abajo, liberando su entrepierna de la cárcel blanca en la que estaba presa. Lame mi cuello, besa mis ojos y mejillas, y me hace suplicar tres veces por cada roce de su lengua con mi piel.
- Peeta, por favor. No aguanto más… - ruego.
Él, obediente y sin mediar palabra, tira de mis bragas y las desliza por mis muslos con una habilidad pasmosa. Lo cierto es que la ingravidez que proporciona el agua es una aliada magnífica y nos abre un abanico completamente nuevo de posibilidades para añadir a nuestro aún escaso repertorio sexual.
Mis bragas vuelan por los aires hasta la orilla, donde ya se apila el resto de nuestra ropa, y Peeta retrocede un poco en la misma dirección para que el agua le llegue por la cintura a pesar de estar de rodillas. Apenas tiene que hacer nada para mantenerme enroscada a él, por lo que las manos le quedan libres para todo tipo de travesuras.
- No quiero eso. - me atrevo a susurrarle cuando su mano se acerca peligrosamente al espacio entre mis piernas y me doy cuenta de sus intenciones. - Quiero esto.
Cuando es mi mano la que abraza su miembro bajo el agua, Peeta deja mis labios y me mira arqueando una ceja. No vocalizo mis deseos casi nunca, principalmente por mi alto grado de vergüenza, pero en mi actual estado de fascinación por estar en el agua y con el alcohol aún corriendo salvajemente por mis venas, no tengo ni tiempo ni ganas de ser sutil ni mucho menos pudorosa. Eso lo dejo para mañana por la mañana.
Como un chico obediente, comienza a introducirse en mí suavemente, pero no es lo que a mí me apetece. Hoy me siento demandante, pasional, salvaje. Hoy quiero sentirme tan libre como las olas de mar que nos mecen mientras nos amamos. Hoy quiero rendir homenaje a mi sobrenombre de Chica en Llamas.
Me dejo caer de golpe, terminando el recorrido por mí misma y haciendo que Peeta pierda el equilibrio y se quede sentado sobre la arena conmigo a horcajadas sobre él. No tardo en coger el ritmo frenético de las olas que rompen en nuestros cuerpos y me muevo al son de la música que crea el rumor del mar. Peeta no parece a disgusto, ni mucho menos, pero sí asombrado, porque le pillo con un ojo abierto de vez en cuando y con una media sonrisa muy delatora pintada en su cara.
Enseguida me sigue el ritmo y mece sus caderas contra las mías al mismo compás. Me besa, me muerde, gime en mi cuello y lame mis senos, que cuando asciendo reposan propiciamente a la altura de su cara. Mis pezones sufren el ataque de su boca y sus dientes una y otra vez, y yo me deshago del gusto con cada arremetida.
- Más, Peeta. Más. - le pido cuando noto que estoy cerca del clímax.
Él gruñe y jadea como respuesta y baja sus manos a mis caderas para ayudarme a embestir más fuerte y más duro contra su erección. A la vez que una de las olas choca en mi espalda, todo mi interior se contrae en una réplica de esa ola, pero de placer esta vez, y a los pocos segundos noto como Peeta me sigue, acompañado de un gruñido que trata de acallar en el hueco de mi cuello.
Nos tumbamos en la orilla, uno al lado del otro, tratando de recuperar el aliento como nuestra primera vez en el jardín de casa, solo que esta vez no tardamos nada en levantarnos y correr dentro de casa a la habitación a por el segundo asalto.
Capítulo extra largo para saciar esa sed de lectura que sé que teníais ;) Espero que el capítulo os haya dejado buen sabor de boca y que ya estéis esperando impacientemente el próximo. ¡Mil gracias como siempre por estar ahí! ¡Nos leemos pronto! :D
En respuesta a Sammy:
Comparto tu opinión sobre Johanna. Es un personaje único. Creo que este largo cap ha compensado la brevedad del anterior, ¿no? ;) Espero que te haya ido muy bien con tu examen y te deseo suerte en los que estén por venir. ¡Nos leemos pronto! Un abrazo :D
