Capítulo 77: Consecuencias

Ha sido una de las noches más largas que recuerdo, y eso que, según tenía entendido, los excesos con el alcohol provocan lagunas mentales. Bien es cierto que, para cuando la verdadera noche empezó (en términos poco descriptivos), nosotros ya nos habíamos despejado lo suficiente con el paseo "labiríntico" y el baño en el mar. Otra de las secuelas de una gran borrachera son las nauseas matutinas y el dolor de cabeza, y de eso sí que no nos hemos librado…

El suelo del baño nos acoge gentilmente en su seno desde, aproximadamente, las diez de la mañana. Peeta vomita hacia la bañera y yo hacia el retrete, mano a mano. La primera en despertarse con vómitos y un terrible mareo fui yo, que tuve que ir al baño a todo correr para no echar hasta la primera papilla sobre Peeta, sobre mí y sobre el propio colchón. Alarmado y medio dormido aún, me siguió a toda prisa hasta el aseo. Quiso retirarme el pelo de la cara mientras me deshacía en arcadas, pero solo quiso, porque apenas tuvo tiempo de posarme una mano en la espalda cuando los espasmos le alcanzaron también a él y, a falta de retrete, se tuvo que lanzar hacia la bañera.

Y así, unidos de una forma muy pero que muy distinta a la de anoche, seguimos sentados en el suelo del váter media hora después, verdes por las nauseas y con la cabeza dándonos vueltas. Yo hace ya como diez minutos que dejé de vomitar, así que, algo más animada, me he puesto de rodillas al lado de Peeta para darle apoyo moral más que otra cosa mientras echa bilis por la boca. Procuré también echar agua en la bañera antes de que el olor le hiciese vomitar de nuevo, esperando que así remitieran poco a poco las arcadas, pero ha sido en vano. Al pobre le ha dado fuerte. Tras la que debe ser, al menos, su quincuagésima arcada de la mañana, parece que las convulsiones van disminuyendo así que le ayudo a apoyarse en la pared y dejo que descanse su cabeza en mi hombro, sentándome a su lado.

- ¿Te encuentras mejor? – le pregunto suavemente y sin levantar mucho la voz. Si a mí mi propia voz me está matando no quiero ni imaginarme lo que será para él.

- Más o menos. – contesta. – Creo que no volveré a beber en mi vida.

- Estoy completamente de acuerdo contigo.

Nos quedamos así un rato más, rato que aprovecho para comprobar que mis sentidos empiezan a volver a la normalidad y que ya no me encuentro mareada. Peeta, sin embargo, sigue teniendo una capa de sudor frío cubriendo todo su cuerpo, no deja de eructar y, por pequeño que sea el movimiento que haga, parece que vaya a caerse de un momento a otro. Cuando noto que empieza a temblar, decido que es hora de levantarme e ir a por una camiseta para él. Hace calor, pero su tiritona parece sacada de uno de los peores días de invierno en el doce.

- Voy a buscarte una camiseta. Te vas a quedar helado.

- No… - susurra. – Tú tampoco estás bien. No te levantes no vaya a ser que te caigas. Ya estoy mejor.

Me dedica una mirada realmente preocupada ante la que no puedo hacer otra cosa que sonreír. Tiene los ojos rojos y entrecerrados, el sudor brilla por toda su cara, tiene el pelo completamente pegado a la frente y se abraza a sí mismo en un ademán de darse calor para hacerme creer, insatisfactoriamente, que ya no tiene frío. Cabezota…

- No seas bobo. – le digo. – Estás tiritando de frío. Deja que vaya a buscarte algo con lo que taparte, te prometo que no me caigo.

Me levanto sin dejarle objetar más y le ayudo a recolocarse en la pared antes de volver a la habitación. Con mis primeros pasos, compruebo que ya no queda rastro de malestar en mi cuerpo, así que me apresuro en llegar al armario. Cuando entro a la habitación de nuevo, un millón de imágenes de hace no muchas horas se burlan de mí paseándose una y otra vez por mi mente. Desde luego, después de semejante noche, ninguno esperaba un amanecer como este…

Al ver que en el armario lo más abrigado que tiene Peeta es una camiseta de tirantes, me afano en buscar entre las sábanas la sudadera con la que me cubrí anoche después de nuestra sesión de sexo (de la que, por cierto, aún no he tenido ni tiempo de avergonzarme) para ir a la cocina a tomar un chocolate calentito. Aún con el calor que hace aquí, el ejercicio (incluido el tedioso paseo desde la otra punta de la playa grande) y las bebidas alcohólicas nos abrieron el apetito, por lo que qué mejor que un buen chocolate para reponer fuerzas. El propio calor del chocolate, más el que se le sumó cuando Peeta decidió beberse su parte directamente de mi boca, hizo que la sudadera desapareciese de mi cuerpo en algún momento de nuestro recorrido dando bandazos desde la cocina a la habitación de vuelta a nuestro nido de perversión.

Me desespero al no encontrarla sobre la cama o por el suelo bajo ella, por lo que decido buscarla por el resto de la casa. Gracias al cielo que es pequeña…

- ¡Katniss! ¿Estás bien? – oigo que me grita Peeta desde el baño cuando estoy mirando bajo el sofá. ¿Dónde diablos eché la maldita sudadera?

- ¡Sí! – le grito de vuelta mientras sigo mirando tras los cojines. - ¡Estoy buscando la sudadera! ¡Enseguida voy!

Miro, miro y remiro, pero no hay ni rastro de la maldita prenda. Justo cuando estoy a punto de desesperarme, oigo una llave colarse por la cerradura de la entrada y, un segundo después, veo aparecer por la puerta la cansada y familiar cara de mi madre. Ya ni me acordaba de ella.

- Buenos días, hija. – me saluda mientras deja las llaves colgadas en su sitio. – No esperaba encontraros levantados tan pronto.

- Hola, mamá. ¿Qué tal se ha portado Finnick? – le pregunto recordando dónde ha pasado la noche.

- Muy bien una vez que estuvo dormido. – me dice divertida. – Ese crío es un terremoto.

- Katniss, ¿con quién hablas?

Es la voz de Peeta la que nos hace girarnos a ambas hacia el baño y recuerdo que he dejado al pobre allí tirado.

- Es mi madre, que ya ha llegado. – le contesto evitando la inquisitiva mirada que me dedica la mujer que me trajo al mundo.

Me escudriña de arriba abajo, y es entonces cuando me doy cuenta de que las pintas que llevo invitan a pensar cosas poco decentes de mí: camiseta de talla masculina, descalza, pelo sudado y revuelto y, aunque no me veo, sospecho que unas ojeras dignas de competición. Por no hablar del sudor que copa mi frente y recorre mi cuello, las marcas de los dientes de Peeta en mi hombro derecho y el olor a feromonas alteradas que tiene que sobreponerse incluso al desagradable hedor a vómito que aún no me he quitado de encima.

- Está vomitando. – le suelto casi de golpe y atropelladamente a mi madre, haciendo que dirija su mirada de nuevo a mis ojos y deje de quemar con la vista mi marcado hombro derecho. – De hecho, ambos estábamos vomitando hasta hace un rato.

Mi madre se olvida por un rato de hacerme preguntas con la vista de las que ya sabe la respuesta y empieza a preocuparse por lo que realmente importa ahora.

- ¿Qué os ha pasado? – pregunta siguiéndome hasta el baño. - ¿Algo de lo que habéis comido estaba en mal estado u os habéis pasado con la bebida?

- Digamos que lo segundo. – le contesto algo cohibida. No estoy acostumbrada a darle explicaciones a nadie (mucho menos a ella), pero a sabiendas de que nos hemos pasado de la raya estando en su casa, siento que se lo debo.

Tras dedicarme una mirada reprobatoria, negar con la cabeza y susurrar un "jóvenes…" que no sé bien cómo interpretar, irrumpe en el baño donde se encuentra Peeta. Entro justo tras ella tratando de lidiar con la vergüenza de haberme comportado así en casa de mi propia madre (y eso que no ha salido a relucir nuestra lujuriosa noche… aún), pero me quedo absolutamente en blanco cuando veo a Peeta tirado en el suelo, inconsciente, y a mi madre tomándole el pulso y tratando de hacerle reaccionar.

Milésimas de segundo después de procesarlo todo, me sobreviene una ola de calor, haciendo ascender el suelo hasta mi mejilla y envolviéndome en la más estricta oscuridad.


Y con este capítulo le decimos adiós a las idílicas (y brevísimas) vacaciones de nuestros protagonistas. ¿Qué les habrá sucedido? No os preocupéis, no tengo pensado haceros esperar mucho para descubrirlo. ¡Se aceptan apuestas!

Una vez más, gracias por estar ahí día tras día. ¡Nos leemos pronto! Besos :D

En respuesta a Sammy:

¡Ojalá te vayan todos los exámenes estupendamente! :) Estudia mucho y si necesitas distraerte un rato ya sabes dónde encontrar éste fic ;) Gracias por todo. ¡Abrazo! ^^