Capítulo 78: Cuando todo se desmorona

"A pico y pala". Ese dicho que se usa en el doce para definir un trabajo arduo y laborioso haciendo referencia a los pobres mineros que se pasan, literalmente así, de lunes a sábado demasiadas horas al día. Y a pico y pala debe de estar trabajando también quienquiera que sea el que esté metido en mi cabeza, haciendo que me retumben los oídos y que la sien izquierda me palpite como el demonio.

Oigo voces lejanas, más bien un rumor de lo que pretenden ser voces, que se comunican entre sí en tono preocupado y más bajo de lo habitual, como si intentaran no molestar a alguien. No entiendo por qué no puedo ver la fuente o fuentes de donde provienen los sonidos, solo esta negrura que me acorrala y me fuerza a agudizar al máximo el resto de mis sentidos, tan poco útiles como la vista en estos instantes. Tengo la sensación de haber pasado días inconsciente y otro tanto en este estado de letargo en el que me encuentro ahora, rodeada por las voces que cada vez se tornan más claras y reconocibles, aunque ininteligibles, y por la profunda oscuridad que todo lo abarca.

El primer cambio significativo se produce cuando soy capaz de determinar mi posición en el espacio: estoy tumbada. Sobré qué, no lo sé. Algo mullido y no demasiado amplio. Trato de mover manos y brazos, pero es inútil. Solo tengo una vaga conciencia y sensación del tacto, lo justo y necesario para saber que no estoy boca abajo. Sigo acompañada por las voces, que de vez en cuando hacen un silencio que no sabría determinar cuánto dura, mientras la oscuridad deja de ser tan negra para convertirse en un abismo rojo, con tonalidades que van desde el granate más oscuro que recuerda a la sangre desoxigenada que mana de una herida abierta en la yugular, hasta un anaranjado rojizo que evoca en mí una sensación de paz que sé que comparto con alguien, aunque soy incapaz de precisar con quién. No tardo mucho en darme cuenta de que es la luz incidiendo sobre mis párpados cerrados. Trato de abrirlos sin mucho éxito la primera y la segunda vez, pero a la tercera va la vencida y logro despegarlos una rendijita, suficiente para que la luz moleste y deba volver a cerrarlos.

Poco a poco, siento como mis extremidades vuelven a ser mías y mi cuello aparece en mi mapa mental de conciencia corporal, recordándome que tengo cabeza aunque no la use mucho. Contraigo y relajo los músculos de mis piernas, probando que todo esté en su sitio, y paso a mis brazos, logrando acariciar la superficie sobre la que estoy recostada con la yema de mis dedos. En vez de brazos y piernas funcionales parece que tengo porras, pero menos es nada.

Distraída como estaba en recuperar algo de movilidad, no me he dado cuenta de que las voces han cesado y ahora es una sola la que se eleva por encima del silencio sepulcral, más cerca de mí de lo que habían estado las otras antes, aunque igual de incomprensible por ahora. Noto como algo cálido se posa en mi mejilla izquierda y como, desde la misma dirección, una única palabra susurrada consigue acertar en mi tímpano, mandando las señales propicias a mi cerebro para que sean interpretadas y me revelen el significado de lo que dice el ser sibilante.

Katniss.

De la misma forma que el gatillo de un arma acciona el mecanismo que propulsa la bala por el cañón, mi nombre susurrado por esa voz dispara una cascada irrefrenable de recuerdos macabros y sensaciones de angustia, terror y pánico. El olor a humedad y podredumbre, el sonido de las gotas de agua chocando contra el frío hormigón, sonidos de disparos reverberando en las paredes oscuras y eternas de unos profundos túneles y el mismo susurro sibilante procedente de las bocas de las bestias que Snow creo para matarme. El mismo susurro respondiendo a la llamada de los mutos desde los labios de Peeta.

Me pongo en tensión incorporándome como puedo y abro los ojos de inmediato, tratando de reconocer cuanto antes el terreno sobre el que me muevo. Estoy segura de que he vuelto a los túneles subterráneos del Capitolio, de vuelta con el pelotón estrella (o lo que queda de él), dispuesta a matar a Snow con mis propias manos. Pero todo a mi alrededor es demasiado blanco, luminoso y cálido. No huele a desechos humanos ni a sudor rancio. Tampoco huele a limpio, más bien huele a algo dulce, a algo familiar… huele a canela y a eneldo.

El olor consigue reubicarme de nuevo en la realidad. Me ayuda a fijar la vista en lo que me rodea, que no es un túnel sino el salón de la casa de mi madre en el Distrito 4, y me hace ser consciente de la cercanía y el calor que antes notaba en mi mejilla izquierda. Es la mano de Peeta acunándome el rostro.

- Katniss, ¿estás bien? ¡Doctor, se ha despertado!

Suena compungido y nervioso, a la espera de una reacción por mi parte.

- Peeta…

Cuando su nombre se desliza por mis labios, termino de unir todas las piezas en mi embotado cerebro. Recuerdo la borrachera, el paseo, el baño nocturno, la maratón de sexo. Recuerdo vomitar con él codo con codo por la mañana, recuperarme antes, ver a mi madre llegar a casa, entrar tras ella en el baño y encontrar a Peeta inconsciente. Recuerdo la fría baldosa chocar con mi mejilla, y lo siguiente que recuerdo es el olvido.

Un hombre que no conozco de nada se inmiscuye en mi campo de visión seguido por mi madre. Desconfiada por naturaleza, me encojo contra lo que ahora reconozco como el sofá de la sala, alejándome lo más que puedo de él.

- Katniss, tranquila. – me habla Peeta cogiéndome la mano. – Es un doctor del hospital del cuatro. Es amigo de tu madre.

- Hola, Katniss. – se dirige a mí el hombre. – Me llamo Areteo, trabajo con tu madre en el hospital.

Dirijo mi mirada hacia mi madre, que está de pie frente a mí mirándome con rostro preocupado pero más tranquilo que el de Peeta. Ella asiente al ver la pregunta en mis ojos, por lo que no me queda otra que confiar en su palabra.

- Hola. – le contesto al doctor. - ¿Qué me ha pasado?

La pregunta me carcome por dentro y no puedo evitar hacerla. Sé que perdí la conciencia, pero no entiendo por qué.

- Sufriste una bajada de tensión y al caer te golpeaste la cabeza. – eso explica los martillazos que me retumban en el cráneo. – No te preocupes, no es nada grave. Un pequeño chichón que te acompañará un par de días.

La actitud relajada y jovial del médico me ayuda a relajarme y consigo colaborar en las pruebas posteriores que me hace. Me pregunta cosas básicas sobre cómo me llamo, dónde vivo, si reconozco a mi madre y a Peeta… Cuando determina que todo está en orden, me dedica una sonrisa para nada forzada y concluye:

- Bueno, pues parece que está todo bien. De todas formas, me gustaría hacerte unos análisis de sangre. Hace tiempo que ninguno os hacéis una revisión, por lo que nunca está de más.

Veo que la sugerencia/imposición de someternos a un análisis de sangre abarca también a Peeta y recuerdo inmediatamente que él se desmayo antes que yo.

- Peeta, ¿tú cómo estás? ¿Qué te pasó? ¿Te encuentras bien? ¿Ya has dejado de vomitar? ¿Tienes frío? – le pregunto sosteniéndole la cara entre mis manos.

La que vomita las preguntas a una velocidad inhumana soy yo, provocando la risa de todos los presentes menos la mía. No le veo la gracia, estoy realmente preocupada.

- Tranquila, cariño. – se dirige a mí mi madre, que hasta ahora había permanecido en silencio. – Se desmayó por la deshidratación que le causó el alcohol. A parte del escarmiento, no le quedarán secuelas.

Capto perfectamente el tono irónico de mi madre, tirando la puya sobre nuestros excesos de ayer, pero poco me importa ahora mismo. Solo soy capaz de toquetear la cara de Peeta, que me mira con una sonrisa tierna en la boca y los ojos iluminados por la felicidad de tenerme consciente de nuevo.

- Estoy bien, mi amor. – me susurra Peeta.

Acerco mis labios a los suyos y le beso, feliz por poder hacerlo de nuevo, después de haberme perdido por unos instantes en los agónicos túneles del Capitolio, después de haber creído oírle susurrar mi nombre en respuesta a los mutos que Snow mandó para darme caza. Le beso feliz por recuperar la esperanza que pierdo en los malos sueños.

Areteo, el médico, se queda a comer con nosotros. Al parecer, y según el mismo explica, antaño los análisis de sangre tardaban días en mostrar los resultados; sin embargo, ahora, una maquinita que lleva dentro del maletín es capaz de concluir la prueba en un par de horas, pudiendo dar resultados igual de fiables en mucho menos tiempo y en cualquier visita a domicilio, sin necesidad de acudir al hospital.

Comemos tranquilamente en lo que la máquina hace su trabajo. Areteo nos asegura que es pura rutina y que estamos sanos como un roble. No discrepo, pero no me siento plenamente recuperada aún. La cabeza me palpita a cada movimiento que hago y no noto mi estómago asentado del todo. De hecho, me da un vuelco cuando el olor de la sopa de verduras que ha preparado mi madre llega a mi nariz.

- ¿Sopa de verduras? – le pregunto incrédula cuando ni tan siquiera ha destapado la olla.

- Sí, ¿cómo lo has sabido? – pregunta mi madre sorprendida posando la cazuela en el centro de la mesa.

- ¿Qué cómo lo he sabido? ¡Menuda peste echa eso! Se huele a kilómetros.

Peeta se ríe diciendo que él no lo hubiese adivinado nunca y le tiende el plato a mi madre para que le sirva un par de cazos. Según abre la tapa, una arcada me constriñe el esófago y salto de la silla, tratando de apartarme lo más posible del nauseabundo olor.

- ¿Cuánto ajo le has echado a esa cosa? ¡Joder! – exclamo abriendo la puerta de cristal que da a la calle, dejando pasar la fresca brisa marina al interior de la casa.

- Pues la misma cantidad de siempre, hija. – me contesta ella algo confundida. La sopa de verduras de mi madre siempre ha estado entre mis platos favoritos.

Le pido a Peeta que me cambie el asiento para quedar más cerca de la puerta y más alejada de los olores y, por supuesto, reniego de comer ni una sola cucharada. No sé por qué, pero el mero hecho de pensar en que eso pueda tocar mi lengua me provoca arcadas.

Mi madre trata de negociar conmigo, sin éxito, que coma al menos medio cazo. Me niego en rotundo. El médico me mira pensativo durante tanto rato, supongo que tratando de relacionar el traumatismo con mi falta de apetito, que llega a incomodarme. Aunque queda de manifiesto que no es falta de apetito lo que tengo cuando se sirve el segundo plato: jugosa carne con salsa de queso. Acabo comiendo el doble de la ración que se zampa Peeta y rebañando la salsa sobrante de la cazuela. Areteo vuelve a escanearme con la misma inquisitiva mirada de antes, acompañado esta vez por la de mi madre, quien no ha pasado por alto mi repentito gusto por la salsa de queso que nunca antes me había emocionado sobremanera. Se comía y punto porque era lo que había.

Cuando hemos terminado, el doctor, inusualmente serio de repente, nos lleva a la sala para tomarnos a ambos la tensión y leer los resultados de los análisis. Mi madre se sienta en el sillón individual a tomar su frío té de menta mientras observa trabajar a su compañero y comparte con él miradas que ni Peeta ni yo alcanzamos a comprender. Areteo se mueve a nuestro alrededor, apretando nuestros brazos con una bomba de aire con la que mide la tensión y nuestro ritmo cardiaco. Cuando da el visto bueno, abre la pantallita de la máquina que ha leído nuestra sangre y comienza con Peeta:

- Todo perfecto, señor Mellark. – nos dice sonriente. - Nada que objetar.

Miro a Peeta y le sonrío, feliz por saber que por dentro está tan sano como por fuera, y él me acaricia la pierna con su mano, tan sonriente como yo misma.

- Veamos la señorita. – nos interrumpe el doctor con cara más seria y, de nuevo, pensativa.

Cuando lee, lee y vuelve a leer sin decir nada, excediendo con creces el tiempo que ha tardado en darle un resultado a Peeta, el nerviosismo empieza a aflorar. Miro hacia mi madre, tratando de descifrar en su mirada algo que yo no sepa, pero la encuentro rígida e impenetrable, dándole vueltas a la cabeza como cuando le llegaba un paciente en el doce y tenía que encontrar la mejor manera de tratarlo con unas hierbas que, normalmente, de poco servían.

- Doctor, ¿está todo bien con Katniss? – pregunta Peeta, que ya ha empezado a sudar por las manos.

El médico, haciendo caso omiso a las palabras de Peeta, levanta la vista de la pantalla y la dirige inmediatamente a mi madre.

- Esto lo explica todo… - dice para el cuello de la camisa aunque todos somos capaces de oírle. En voz mucho más autoritaria y grave, añade: - Tiene la SGHB y la gonadotropina por las nubes.

Lo dice en dirección a mi madre, dando por hecho muy razonablemente que ni Peeta ni yo vamos a entender lo que sea que signifique eso. Ella, sin embargo, parece entender a la perfección a lo que se refiere el médico porque deja caer la taza de té helado al suelo nada más asimilar sus palabras. Noto a Peeta tensarse a mí lado y estallar en incertidumbre:

- ¡¿Qué demonios significa eso, doctor?! ¿Qué le pasa a Katniss?

El doctor, con cara de satisfacción por haber acertado el pronóstico sin necesidad de ver los análisis, me mira a los ojos para, medio segundo después, dulcificar su expresión y contestarle a Peeta su pregunta sin apartar la vista de mí:

- Significa que Katniss está embarazada.

Y así es como a una el mundo se le viene encima.


¿Sorpresa? Yo diría que sí jajajaja Espero que el capítulo haya sido tan interesante como prometía y que os haya dejado con la miel en los labios como debería ;) En el próximo más y esperemos que mejor. ¡Nos leemos pronto! Un abrazo muy fuerte a todos :D

En respuesta a los reviews del capítulo anterior:

natiii: Ante todo, mil gracias por seguir el fic y mención especial por haberte animado a dejarme un comentario. Es siempre un placer saber lo que opináis :) Me alegro mucho de que el fic te guste tanto y espero seguir sabiendo de ti de vez en cuando. ¡Mil gracias! ^^ Un beso :)

Sammy: Te entiendo perfectamente, yo también debería de dedicarle más tiempo a los estudios que a escribir, pero a veces me es imposible no caer en la tentación jajaja Espero al menos que el capítulo valga la pena y que compense ese tiempo que le restas al francés ;) ¡Un fortísimo abrazo! :D

Keka: ¡Hola de nuevo! Ya decía yo que hacía mucho que no te dejabas caer por aquí... ;) Respecto a Finnick, no podía pasar sin rendirle homenaje. Puedo asegurar que su muerte me impactó tanto o más que la de Prim, ahí es nada. Respecto a la relación amor-odio entre Johanna y Katniss, he tratado de describirla lo más fielmente a mi propia idea. Como bien digo, su relación es un tira y afloja constante, dos mujeres que se parecen tanto como para comprenderse con gestos y lo suficiente como para saber que jamás serán amigas del alma que se lo cuenten todo. Aún así, saben que pueden contar la una con la otra siempre que vengan mal dadas, y eso vale oro. Por último, en este cap descubrimos el pastel y... ¡sorpresa! ¿Te lo esperabas? ;) Gracias por pasarte de vez en cuando y, por supuesto, leer siempre que puedes. ¡Hasta el próximo! ¡Besos! ^^