Capítulo 80: Cuando la felicidad no te hace feliz
Ver sus lágrimas brotar a borbotones hace que mi interior cruja por completo, como si una bola de demolición estuviese echando abajo los muros del hogar que he construido en mi corazón junto a ella. Y me siento ruin. Ruin y despreciable porque algo que a ella le provoca dolor y que está dentro de sus peores temores provoque en mí la mayor felicidad que haya experimentado jamás. Una rata asquerosa que, a fin de cuentas, no ha hecho otra cosa que mirar por sí mismo durante todos estos años.
Seamos francos. El más egoísta de todos los que pasamos por los Juegos y la guerra fui yo. El Chico del Pan, tan amable y bondadoso, que no ha sido más que un puto egoísta. Mientras los demás dejaban a un lado sus propias vidas en pos de una lucha justa por la libertad, lo único que siempre ocupó mi mente fue el bienestar de Katniss. Jamás miré por conseguir la libertad, jamás luché por que el resto del mundo sobreviviera. Cuando di el aviso de bomba sobre el trece lo único que hice fue salvarle a ella la vida. Ni a su hermana, ni a su madre, ni a ningún otro habitante de este planeta. Solo a ella. Nunca cruzó por mi mente la posibilidad de dejarla de lado a favor de un bien mayor, porque para mí no lo había. Incluso Gale, con todo su ego y su soberbia, fue capaz de renunciar a huir del distrito a su lado para intentar iniciar lo que, por aquel entonces, no era más que una utopía: la Rebelión.
Así que ahora que todo ha acabado, que yo con mi egoísmo he logrado más de lo que jamás hubiese soñado, sigo siendo el mismo idiota que antepone sus deseos a los del resto de la humanidad, incluida ahora la propia Katniss. Y eso es lo que más desprecio de mí mismo. Podría soportar carros y carretas, ser señalado por todo el mundo siempre y cuando a ella no le faltara de nada, siempre y cuando fuese feliz. Y me encuentro con que, ahora, lo que yo anhelo es lo contrario a lo que ella desea. Y soy feliz. Y me odio por ello.
Cuando se encoje en el sofá y llora desconsoladamente, el doctor decide que nos dejará el día de hoy para pensar en todo esto y que mañana volverá para una revisión más exhaustiva y las consultas pertinentes. La abrazo como puedo, sin sentirme más mezquino de lo que ya me siento por intentar consolarla cuando el motivo de su desconsuelo es el mismo que el de mi ventura. La madre de Katniss abandona el estado de estupefacción en el que se había sumido con la revelación de la noticia y acompaña a su amigo hasta la puerta, parándose allí a hablar con él unos instantes. No llega a mis oídos su intercambio de opiniones, pero no suenan muy animados.
Trato de ponerme ahora en el lugar de la señora Everdeen, para la que la última década de su vida ha sido un infierno. Y después de todo lo que ha vivido (o más que vivido, desvivido), tiene que hacerle frente a un nieto no nato y a los miedos de su única hija viva por traerlo al mundo. No sé si me odiará o no, pero yo lo haría. De hecho, lo hago. Me odio por ser el causante del sufrimiento de la mujer de mi vida. Y me odio aún más por haber disfrutado, aunque brevemente, de ello. La señora Everdeen lo sabe. Me conoce tanto como a su propia hija y sabe lo feliz que me hace formar una familia junto a ella. Y me odia, me debe odiar, yo lo haría.
Cuando vuelve a nuestro lado después de despedir a su compañero de trabajo, no me atrevo a alzar la vista del suelo. Los sollozos de Katniss han cesado, sumiendo la casa en un completo silencio que me perturba aún más que los sonidos de su llanto. El silencio significa la falta de respuesta, y temo con toda mi alma que este silencio se alargue para siempre entre ella y yo. Que nunca más me vuelva a dirigir la palabra, no por enfado (cosa que sería capaz de entender y aceptar), sino por desesperanza, por temor a lo que hemos creado juntos en un acto de amor tan puro y tan carnal que disfrutamos como niños. Que no me vuelva a hablar no solo a mí, sino a nadie más, tal y como un día su madre hizo, sumida en sus miedos y su autocompasión, sin ganas de luchar por lo más preciado que uno puede tener en esta vida: sus hijos.
Siento un suave y cálido apretón en el hombro derecho. Levanto mi mirada hasta los ojos azul mate de mi suegra, la mujer que trajo al mundo a la que tengo en mis brazos, y veo la preocupación reflejada en ellos. Me mira comprensiva, dedicándome una media sonrisa, haciéndome entender que sabe lo que siento y que no me culpa por ello. La mirada comprensiva de una madre hacia su hijo, a pesar de que yo perdí a la mía incluso antes de nacer. Y me siento querido. Y me odio por eso también. Por quitarle a Katniss lo que por derecho le pertenece. Por disfrutar de la mirada comprensiva y cariñosa de una madre que me acoge en su seno como suyo mientras yo acojo en el mío a la verdadera sangre de su sangre.
- Dejémosla descansar. – me susurra al oído.
Bajo mi mirada hacía Katniss, y veo que se ha quedado dormida en mi regazo, presa de todas las emociones del día. Me retiro suavemente, posando su cabeza en el sofá con la mayor delicadeza de la que soy capaz, y la tapo con una pequeña manta veraniega porque, a pesar de que haga calor, no me fío.
Sin mediar palabra, la señora Everdeen me coge de la mano y me lleva fuera, a través de la puerta de cristal en dirección a la playa.
- ¿Damos un paseo? – me pregunta con voz queda.
Asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra alguna y dirigiendo mi mirada hacia la casa en una pregunta no verbalizada.
- Tranquilo, estará bien. No nos alejaremos demasiado.
Su respuesta a mi pregunta es la acertada. Su tono, pausado. Parece que haya recuperado la fuerza y la determinación que un día tuvo. Sabe que estamos débiles, que tiene que cuidar de nosotros y, para mi sorpresa, lo hace. Retira el peso de los hombros de su hija, tan magullados por las responsabilidades que fue forzada a adquirir, y de los míos propios, permitiéndome ser el niño que nunca fui en brazos de mi madre.
Sigo aferrado a su mano cuando ya estamos llegando a las rocas que marcan el final de la cala, temeroso de que, si me suelto, la desolación me haga caer. Ella no permite que me suelte y se frena para mirarme frente a frente. Su gentil sonrisa no ha abandonado su rostro ni por un momento y me siento agradecido por su indulgencia y su comprensión. Porque sea capaz de arrojar algo de luz y esperanza sobre un laberinto al que no le encuentro la salida.
- ¿Cómo te sientes? – pregunta.
- Confundido. – contesto en un susurro.
- ¿Solo confundido? – vuelve a preguntar en tono perspicaz.
La miro a los ojos, tratando de entender su pregunta y, cuando lo hago, retiro mi vista de la suya, incapaz de sostenerle la mirada ante la tonta revelación de lo que quiere decir.
- Y feliz. – contesto avergonzado.
Su mano libre acoge en su palma mi mejilla y me invita sutilmente a levantar la mirada. Su sonrisa es permanente aunque no deslumbrante. Es una sonrisa preocupada y cariñosa, la sonrisa de una madre que ha comprendido todo mil años antes de que sus inexpertos hijos hayan llegado siquiera a entenderse a sí mismos.
- ¿Y qué tiene eso de malo?
- Todo. Tiene todo de malo. – rompo al final en un llanto.
Da un paso al frente y me deja llorar en su hombro, abatido por una situación en la que jamás pensé llegar a estar, mucho menos de esta guisa. Su mano frota mi espalda en un ademán protector y acaricia mi cabeza con el mismo gesto. Cuando calmo un poco mis sollozos, empieza a hablar en susurros sobre mi oído:
- No, Peeta. No tiene nada de malo. Es lo que siempre deseaste y es lógico que te haga feliz. Sé que te sientes culpable por verla así, pero tienes que darle tiempo. Soy su madre y te digo con seguridad que no es tristeza lo que siente, sino miedo. Miedo a perderte no solo a ti, sino también a su hijo. Es un miedo tan antiguo como su propia vida, consecuencia de crecer en un mundo que no la merecía. Ahora más que nunca necesita que estés a su lado, que la apoyes como siempre lo has hecho y que no pienses nunca que la haces infeliz, porque jamás en la vida la he visto vivir con tantas ganas, ni cuando Prim estaba aquí.
La realidad de sus palabras me golpea sin compasión alguna. Para ella Prim lo era todo en este mundo. La sacó adelante como si de su hija se tratara, haciendo las veces de una madre que las abandonó involuntariamente. Y la perdió. Y a pesar de todo volvió a vivir con aún más fuerza que antes, dispuesta a honrar su memoria y a ser feliz como un día se prometió que su hermana lo sería. Y decidió que debía ser a mi lado, que no podía ser de otra forma. Y luchó, luchó hasta la extenuación, hasta que pudimos volver el uno junto al otro para crear una nueva vida sobre los cimientos de toda la barbarie que vivimos.
Lo siento por aquellos que esperáseis más Katniss para éste capítulo. Se nos está haciendo de rogar la Chica en Llamas ;) Aún así, confío que éste tremendamente profundo POV Peeta haya causado sensación. El Chico del Pan nunca nos deja indiferentes ^^ No os acostumbréis demasiado, escribir desde el punto de vista de Peeta es una licencia que no me concedo muy a menudo, así que esperad a Katniss para el próximo :)
¡Nos leemos pronto! ¡Besos! 3
En respuesta a los reviews:
nati: Me alegro muchísimo de que te gustara tanto el capítulo de la primera reacción de Katniss. Ojalá éste cap te haya gustado tanto como el anterior y espero que los remordimientos del dulce Peeta hayan sido, cuanto menos, intensos de leer ;) ¡Mil gracias! Nos leemos ^^
Sammy: Creo que teniendo en cuenta el caracter de Katniss, era la mejor reacción posible, así que me alegro de que estemos de acuerdo :P Tendrás que esperar a los próximos capítulos para saber si el spoiler era tal... o no ;) ¡Nos leemos pronto! ¡Abrazo! :D
