Capítulo 81: Tus labios son los míos
Es la misma sensación que sumergirse bajo el agua. No tanto por la capacidad de flotar, sino por la capacidad de aislamiento. Es como si el mundo a tu alrededor se ralentizara, estando presente en un perfil mucho más bajo del habitual. Es como si todo perdiera importancia, hasta los sonidos que te rodean, igual que cuando estalla una bomba cerca y te deja sorda por unos instantes. Aislada, inalcanzable, hermética. Es la misma sensación que tener morflina corriendo por tus venas. Palia el dolor evitando sufrimiento físico, pero no puede hacer nada en contra del origen del mal. Es como estar encerrada en una habitación con paredes de cristal a través de las que tú puedes observarlo todo, pero que a su vez impiden que a ti te observe nadie. Es como estar sola a pesar de que sabes que no lo estás, porque por mucho apoyo que te quieran brindar son tus miedos los que debes combatir y no los de los demás.
Me dejo bañar las piernas por las olas que vienen a morir a la playa, dejando que me acaricien suavemente, como si fueran conscientes de mi pesar. Y no puedo hacer otra cosa sino recordar. Recordar al dueño de los ojos verde mar, cuyo espíritu estará siempre presente en la delicadeza que puede poseer una ola al llegar a la orilla y en la bravura que ostenta la misma al chocar virulentamente contra las piedras. Son dedos largos y finos, rápidos y seguros, amigables. No es más que espuma de ola batida, pero si cierro los ojos puedo evocar las manos de mi amigo haciendo y deshaciendo nudos con la misma facilidad con la que yo puedo cantar, masajeando mis pies y a través de ellos mi maltrecha alma, tratando de mantenerme cuerda una vez más.
Y es que ahora solo lo tengo a él. Sentada aquí en su distrito frente a la puesta de sol que siempre lo vio pasear y que ya nunca más podrá iluminar sus rizos de color bronce. Resulta cómico que mi único y más fiel apoyo en un momento de supuesta felicidad sea el recuerdo de un muerto, porque no puedo pedirle a Peeta que me consuele por algo que a él le hace saltar de alegría. No quiero hacerlo porque no se merece mi egoísmo. Bastante lo he sido ya durante todo el día, llorando primero y cerrándome después, sin dirigirles ni una mísera palabra a él o a mi madre. Pero es que no puedo, no tengo el valor para enfrentarme a ellos y decirles que esto está mal, que no puedo con ello. No tengo la entereza suficiente para reconocer frente a esos ojos esperanzados que la maternidad me supera más que el temor a ninguna guerra o a ningún Juego. Tanta esperanza, tanta ilusión, tanto futuro concentrado ahora mismo dentro de mi propio cuerpo, tanta responsabilidad sobre mis hombros me hace claudicar. No podría soportar una vez más tener la felicidad al alcance de la mano y que me lo arrebaten todo. Y es por eso que daría lo que fuese por tener a Finnick conmigo ahora mismo, para poder hacer y deshacer nudos a su lado durante toda la noche mientras dejo salir mis miedos por la puerta de atrás, calmando la necesidad de arrancarme la piel a tiras por no saber qué voy a hacer de aquí en más.
- ¿Puedo?
La voz de Peeta tira de mí hasta la superficie del mar en el que mi mente se había sumergido, dejándome sentir su presencia más que lo demás pero lo suficientemente lejos como para necesitar un último empujón. Es Finnick el que me lo da de algún modo, batiendo sus olas un poco más allá, haciéndome entender que esta vez no hay más nudos que atar. Que no me queda otro remedio más que afrontar la realidad.
Le miro de soslayo y asiento levemente, devolviendo mi mirada al frente con premura. Peeta se sienta a mi vera, no más allá de medio metro, pero tan lejos como dos almas lo puedan estar cuando la dicha de una es el sufrimiento de la otra.
Siento volver a la superficie de la realidad paulatinamente, como si todo lo demás fuese sumiéndose en una bruma marina a mi alrededor, dejándome sola y despierta ante la verdad. Ante un destino que no podré evitar.
- Lo siento. – murmura Peeta después de un buen rato envuelto en su propia lucha interna.
¿Qué siente? ¿Siente estar aquí sentado? ¿Siente la vida que hemos llevado? ¿Siente seguir a mi lado? ¿Siente haberme cargado con el fruto de su amor por mí? "No", me reprendo. "No lo siente. No siente nada de eso. Solo trata de consolarte, una vez más".
- No es cierto. – le digo encontrando mi voz después de un día sin usarla más que para sollozar. Suena ronca, seria, dura, hosca. Suena mía una vez más.
Él no lo niega. Se limita a mirar al frente, imperturbable. Dejándose envolver por un silencio relativo que él mismo se encarga de romper segundos después:
- No sé qué hacer.
Yo no contesto y dejo la puerta abierta a que siga hablando. Temo que yo no podría hacerlo aunque quisiera. Enseguida comprende mi ausencia de palabras y reanuda el escueto monólogo:
- Si te digo la verdad, contigo nunca sé qué hacer. Eres impredecible. A veces creo que te conozco tanto como alguien pueda llegar a conocer a otra persona y otras veces es como si nos acabáramos de ver por primera vez. – suelta un pequeño suspiro. – Y me encanta, te juro que me encanta, pero en ocasiones como ésta no saber qué estarás pensando es la peor tortura a la que me puedas someter. Y créeme cuando te lo digo, que de torturas se bastante… - Es un pequeño deje cómico añadido al final de unas pocas palabras de su subconsciente. Una gracia a la que ninguno le hace caso. Una ironía.
Peeta gira su cara hacia mí, esperando pacientemente por una respuesta que no llega.
- Lo siento. – vuelve a insistir cuando comprueba que no doy señales de estar escuchándole y mira de nuevo al frente.
¿Por qué insiste tanto en que lo siente? Si no es cierto, y ambos lo sabemos, ¿por qué lo dice? ¿Acaso no sabe que para mí las condolencias no sirven de nada?
- ¿Por qué? – le pregunto.
Él se sobresalta un poco ante el fuerte sonido en el que ha salido mi pregunta, pero se toma con calma la respuesta.
- Por todo. – dice al fin. – Por mi egoísmo, por haberte arrastrado conmigo a un final que tú nunca quisiste.
Aparta la mirada una vez más, tratando de ocultar sin éxito la mueca de dolor que asoma en su semblante. Y yo le miro. Me pierdo en su gesto alicaído, la forma en la que sus hombros se hunden aún estando sentado, la tan poco usual curvatura triste de la comisura de sus labios. Mis labios. Y lo medito, terminando de salir de esa bruma marina en la que está embotado mi cerebro, haciéndome una vez más la pregunta que lleva rondando todo el día mi cabeza y que en sus labios es tan severa como una afirmación: "¿No es lo que quiero?"
Y es que, ¿acaso no le amo? ¿Acaso no quiero pasar el resto de mi vida a su lado? ¿Acaso no es él todo lo que pude siempre desear y lo que tardé en descubrir que necesitaba? ¿Acaso sus labios no son los míos? Lo son, claro que lo son. Entonces, ¿no es esto lo que quiero? ¿Ser feliz a su lado? ¿Compartir penas y alegrías junto a él? ¿Apoyarme en su hombro y prestarle el mío para juntos atar y desatar los nudos imaginarios de una vida compartida?
- Tengo miedo. – confieso al fin. Y es que más que miedo es pavor. Pavor porque pueda perder todo lo que he sido capaz de construir a su lado.
- Lo sé. – contesta girándose hacia mí y fijando sus ojos en los míos. – Yo también.
- ¿Tú?
- Sí, yo. – responde con una media sonrisa. – Tengo miedo a hacerte daño con mis deseos. Tengo miedo a que me des algo que tú no quieres solo porque creas que me lo debes. Tengo miedo a perderte por desear algo que tú no.
Su mano acaricia mi mejilla mientras habla, recortando el espacio que había entre ambos.
- Renunciaría una y mil veces a todo en este mundo con tal de poder seguir a tu lado, Katniss. Solo haz lo que te haga feliz y deja que te acompañe en el camino. Lo demás es secundario.
No sé cuando nos hemos acercado tanto, pero puedo sentir su aliento en mis párpados y su calor propagarse por todo mi cuerpo. Apoyo mis manos en su pecho e inspiro su aroma una vez más, tratando de entender las consecuencias de lo que estoy a punto de hacer. Apoyo mi frente sobre la suya y cierro los ojos anticipando un beso que yo misma inicio, dejándome ir a la deriva en un mar de sensaciones que ya echaba de menos con su ausencia de nada más que medio día.
Quiero a mi hijo. Lo quiero desde el mismo instante en que supe de su existencia. Y fue eso, el haberlo querido tanto tan súbitamente lo que me dio miedo. Quererlo tanto por el simple hecho de que Peeta es su padre y yo la mujer que se lo está dando.
- ¿Y si lo que tú quieres no es tan distinto a lo que yo deseo? – susurro sobre sus labios cuando finalizo el beso.
- En ese caso, nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que me estás ofreciendo.
El amor conlleva el miedo y el miedo el temor, pero yo he guardado mis fantasmas dentro de un cajón.
Está mal que lo diga yo, pero... CAPITULAZO. Espero que os haya conmovido y que ya estéis deseando saber que va a pasar de ahora en adelante con nuestros protagonistas ;)
Como siempre, mil gracias por hacer subir las lecturas de éste fic y por convertir mi afición en pasión. ¡Nos leemos pronto! Besos :D
En respuesta a los reviews:
natiii: Gracias a ti por leerlo :) Espero que éste cap también te haya gustado y que ya estés deseando el próximo. Veremos si son capaces de salir adelante el uno junto al otro ^^ ¡Nos leemos prontito! :D
Sammy: Los POV Peeta son regalos que dejo pocas veces, pero me encanta la buena respuesta que reciben por vuestra parte :) Aún así, esta historia es de Katniss, por lo que ya hemos vuelto a la normalidad. Espero que sigas disfrutando ^^ ¡Mil gracias! Nos leemos :D
WonWon Galla: Me alegro muchísimo de que el anterior capítulo te gustara tanto. Ojalá éste también te haya hecho vibrar y haya sido lo que esperabas. Sin duda, parece que la charla con la madre de Katniss ha dado sus buenos frutos... :) ¡Nos leemos pronto! ¡Abrazo! ^^
