Capítulo 82: Una nueva etapa

Después de mi encuentro con Peeta en la playa, el letargo no tarda mucho en irse. Los días que nos restan en el cuatro se suceden rápidamente después de aquello. Trato de aprovechar al máximo el idílico ambiente que nos ofrece el distrito pesquero, pero no consigo hacerlo al cien por cien. Peeta, cómo no, lo nota. El aura que me rodea es taciturna, como mi ánimo, a pesar de los esfuerzos que hago por integrarme en las exclamaciones de júbilo que sueltan Annie e incluso Johanna al enterarse de mi embarazo. Un par de noches, cuando nos acostamos y Peeta cree que estoy dormida, le escucho suspirar pesadamente y frotarse los ojos con cansancio. He llegado a la conclusión de que para él tiene que ser incluso más duro que para mí. Aunque él trate de negarlo, sé que se pasa el día reprimido, ocultando su permanente e incontestable sonrisa de mi vista, tratando de no hacerme sentir mal por su felicidad.

Ignorante de él que no comprende aún que su felicidad lo es todo para mí.

Y es que no estoy triste, aunque no lo parezca. Sé que tanto Peeta como Annie y Johanna lo creen así, pero no es cierto. Irónicamente, mi madre, tan lejos que ha estado de mí durante tantísimos años, es la única capaz de entenderme sin cruzar a penas una mirada. Y ha sido eso precisamente, el vínculo que inexorablemente une a mi madre conmigo a pesar de los años perdidos, lo que ha hecho que me asombre gratamente mi futuro como tal. No puedo imaginarme cambiando pañales, soportando lloros a media noche, practicando sexo silencioso y compartiendo a Peeta con alguien a quien, probablemente, quiera más que a mí. Y, a pesar de todo eso, de todos los contras que he sido capaz de sacarle a la maternidad, lo quiero. Quiero dar a luz a este bebé por algo más que ser de Peeta. Quiero darlo a luz por ser mío, porque ilógicamente, ya siento el vínculo que ha nacido entre nosotros, el mismo vínculo que ha permanecido intacto entre mi madre y yo después de tanta tragedia.

Así que no me siento triste ni resignada. No estoy taciturna ni renqueante. Estoy asombrada y aterrada. Tengo miedo a perder algo que, asombrosamente, ya considero mío.

A la mañana siguiente de la hecatombe, el doctor se pasó por casa de mi madre, tal y como prometió que haría. Me hizo un sinfín de pruebas, análisis, preguntas con a, b y c como únicas respuestas y una ecografía para terminar. Según él mismo nos comentó, no debería de haberme enterado de que estaba embarazada hasta dentro de unas semanas más. De hecho, si no llega a ser por el golpe es probable que no nos hubiésemos enterado aún.

Cuando vi que para la primera ecografía tenía que introducirme un aparato en la vagina, casi salgo corriendo de casa. A Peeta le dio la risa, mi madre trató infructuosamente de ocultar la suya bajo una sarta de toses y el doctor no paró de lubricar el cacharrito y de apuntarme con él mientras me amenazaba para que volviese al potro plegable que había traído expresamente para esto. Un cuadro.

Gracias al cielo, Haymitch permanece ignorantemente en el Distrito 12.

Toda la incomodidad y el pudor inicial se me fueron de un plumazo cuando, por vez primera, oí el galope acelerado del corazón de mi hijo. Areteo señalaba en la pantalla puntitos blancos sobre un fondo negro a los que yo no lograba encontrarles la forma mientras los fuertes latidos del bebé nos hacían de banda sonora. Me permití mirar a Peeta, que se había sentado a mi lado y sostenía amablemente mi mano entre las suyas. Cuando nuestras miradas se encontraron, pude ver la felicidad en sus ojos y no me cupo la menor duda de que eran un claro reflejo de los míos. Llevé nuestras manos juntas a mi vientre y las dejé reposar ahí durante el resto de la ecografía.

"Cuatro semanas" fue lo que salió de la boca del doctor tras retirar el molesto y helador aparato de mis entrañas. Un mes era lo que llevaba ese bichillo arraigado a mí sin que yo lo supiera.

"Un tiro, un tanto" le dije a Peeta en tono confidencial en cuanto el doctor nos comunicó el tiempo de gestación. Aunque al principio parecía desconcertado, no tardo en sonreír arrogantemente y hacer juego con mi sonrisa pícara.

Alrededor de un mes era lo que llevábamos Peeta y yo manteniendo relaciones sexuales.

Parece que haya pasado una vida desde aquello, a pesar de que no han sido más que cuatro o cinco días. Hace unas cuantas horas dejamos a Annie, Finnick, Johanna y mi madre en el andén del Distrito 4, rumbo de nuevo a nuestro hogar en el doce. Prometimos visitarlas de nuevo antes de que diese a luz y ellas a su vez prometieron visitarnos cuando naciese el bebé. Aún no me puedo creer que mi propia madre prometiese volver algún día de dentro de ocho meses a casa, al Distrito 12. Tendré que verlo.

El viaje de vuelta, al contrario que el de ida, lo hacemos de día, por lo que alternamos el vagón comedor con nuestros asientos. A última hora de la tarde, el conductor comunica por megafonía que estamos entrando en nuestro distrito y es ahí cuando el peso de todo este asunto empieza a recaer sobre mis hombros.

Estos días, arropada por mi familia y por un distrito en el que vivo en un relativo anonimato, he podido disfrutar de mi recién descubierto embarazo. Hemos paseado, reído y charlado como siempre, haciéndome sentir más cómoda con mi situación actual. Sin embargo, de vuelta al doce aun teniendo a Peeta a mi lado, ¿cuánto tiempo más podré conservar mi perfil bajo? ¿Tres semanas más? ¿Un mes, quizá? ¿Cuánto tardará en ser obvio a simple vista que estoy embarazada? Temo el día en el que lleguen las preguntas, los agobios de responder a gente que no me conoce de nada pero que cree hacerlo porque soy el Sinsajo. Temo el día en el que tenga que contestar con una sonrisa amable a los improperios de las chismosas que vienen a la panadería, cuando empiecen a sacarnos cantares por lo poco que ha tardado Peeta en dejarme embarazada. Temo que no seré capaz de hacerlo con una sonrisa y empezarán a rodar cabezas…

- Deja de decapitar a gente en sueños, cariño. – dice Peeta en tono burlón a mi lado mientras esperamos a que se abran las puertas del tren que nos darán acceso al andén.

- ¿Y tú por qué sabes que estoy pensando en decapitar a nadie? – le espeto de vuelta. A veces me exaspera que conozca mis pensamientos casi tan bien como el propio Haymitch.

- Porque siempre que te sale la vena asesina frunces el ceño. – contesta toqueteándome el entrecejo con el dedo. – ¿Ves? Justo así.

Me doy cuenta de que lo he vuelto a hacer como respuesta a su acusación y me crispo por ser tan obvia, pero ya es una lucha que doy por perdida después de tanto tiempo y no tardo en seguirle en sus carcajadas.

Las puertas se abren y Peeta se me adelanta, cargando él con ambas maletas, tal y como lleva haciendo desde que nos enteramos del embarazo.

- Nada de cargar con peso, señorita. – me dice cantarín, adelantándoseme a bajar al andén.

Resoplo y entorno los ojos con media sonrisa en mi boca. Otra batalla que doy por perdida. Solo me queda desear con todas mis fuerzas que se le suavice la vena protectora, aunque todo apunta a que esto empeorará con el paso de los meses. Paciencia, ven a mí.

Mientras caminamos por la sombra hacia la Aldea, vamos hablando de las mil y una posibles reacciones de Haymitch cuando se entere: desde el estupor más ojiplático hasta la risa más estruendosa, pasando por un ligero júbilo. Estamos seguros de que, reaccione como reaccione, no nos dejará indiferentes.

Tan absortos vamos en nuestra conversación que no nos damos cuenta de la sombra que nos observa desde el porche de su casa hasta que estamos a punto de entrar a la nuestra.

- Un rumor que ha traído el viento entre los árboles dice que os fuisteis dos pero que volvéis tres… - dice en tono burlón Haymitch, apoyado con el hombro contra la viga que sustenta el tejado del porche.

Peeta y yo nos paramos en seco al escuchar su frase de bienvenida y lo único que acierto a hacer es apretar los puños con fuerza comprendiendo tarde, demasiado tarde, la despedida de Johanna:

"¡Descerebrada! En cuanto llegues al doce, recuerda lo mucho que me gusta putearte."

Adiós a la diversión a costa de mi mentor.


Espero que hayáis disfrutado de éste nuevo cap. Annie y compañía se nos despiden del fic, al menos de momento, y Johanna nos deja una de sus perlas marca de la casa ;) Ojalá lo hayáis disfrutado.

¡Nos leemos pronto! ¡Mil gracias por estar ahí! :D

En respuesta a los reviews:

natii: Me alegro mucho de que el anterior capítulo te gustara tanto. Sin dudas, ha sido una decisión dura que traerá a Katniss de cabeza durante un buen tiempo ;) Nos leemos pronto. ¡Un abrazo! :D

Kekitha: ¡Wow! Gracias a ti por hacerme ver mejor de lo que soy y por apoyar este fic :) Es un placer contar con lectoras nuevas. Espero que a partir de ahora sigas disfrutando del fic igual que lo venías haciendo. ¡Nos leemos! ¡Un beso!

Sammy: Me alegra no haberme equivocado al definirlo ;) Intenté dejar etrever la huella que, en mi opinión, dejó Finnick en la vida de Katniss, así que me alegro mucho de que lo hayas disfrutado :)) ¡Gracias, como siempre! ¡Besos!

Guest: Bueno, pues aquí tienes el cap que tanto deseabas. Espero de veras que te haya gustado :) ¡Nos leemos pronto! ¡Un abrazo!