Capítulo 83: Hijos del bosque

Me dejo mecer por la suave brisa de principios de otoño mientras escucho a los sinsajos trinar. El sol está alto en un cielo asombrosamente despejado para ser principios de octubre, pero ya no proporciona el mismo asfixiante calor que en agosto, cuando volvimos del cuatro, dos meses atrás. Ahora es más bien una suave caricia en la superficie de la piel, tan relajante como las olas del mar bañándote las piernas, el alma de mi padre acariciando la mía en lugar de Finnick. Los árboles empiezan a tornarse de un color rojizo espectacular y aquellos que son caducifolios comienzan a soltar sus primeras hojas formando el principio de un mullido lecho de broza. Los que son frutales muestran orgullosos sus semillas, prometiendo que en un mes alimentarán a todo el bosque. Castaños, nogales, almendros, avellanos y un sinfín de generosos arbustos con endrinas y las últimas moras del año hacen rebosar al bosque de vitalidad y esplendor, ofreciendo de sí todo lo que tienen para preparar a sus vecinos ante un nuevo y duro invierno. La abundancia que generan los bosques por estas fechas aún hoy me sigue fascinando. Huelga decir que el otoño siempre ha sido mi estación favorita.

Cierro los ojos y me recuesto en mis codos sobre la losa de piedra al borde del lago en la que estaba sentada. Echo la cabeza hacia atrás y respiro hondo, impregnándome de todos los olores del bosque, mi bosque, e intento visualizar en mi mente la tan estudiada imagen que se esconde tras mis párpados y que hace dos segundos estaba admirando. Puedo imaginar cómo se mecen las hojas de las altas copas de los castaños que se yerguen sobre mí, creando un hermoso juego de luces y sombras bajo la luz del sol. Puedo ver a las ardillas rojas saltar de rama en rama, almacenando las primeras almendras y nueces del año antes que nadie. Puedo oler el inconfundible aroma a eucalipto que viene hasta el lago cuando sopla viento del suroeste, desde donde sé que hay hectáreas y hectáreas de esos árboles lisos, altos y delgados. Casi puedo hasta saborear el jugo acido de las endrinas que crecen en un arbusto que descubrí a los quince cerca de la valla que rodea el distrito. Puedo sentirlo todo. Puedo sentir como el bosque se apodera de mí, de fuera adentro, reclamándome como suya, como parte de su ecosistema. Puedo sentir a mi padre llegar hasta lo más profundo de mi ser y puedo recrear a la perfección en mi mente su cara de asombro al descubrir que ya no vengo sola. Puedo verle sonreír con la más genuina felicidad al comprobar que ya no seré la única hija de los bosques, al comprobar que ahora tiene un nieto en camino que pertenecerá a todo esto de una forma mucho más sana que él y yo algún día pudimos hacerlo.

Le oigo acercarse a mí mucho antes de que él lo sepa. Sigo en la misma posición, haciéndome la desentendida a pesar de que sé que viene por mi derecha, y centro mi atención en el siempre estruendoso andar que lleva a todos lados. Le dejo que crea que no sé nada, pero una pequeña risita abandona mis labios cuando intuyo que choca su pie contra una roca y jura por lo bajo. Llega a mi altura en lo que él considera sigilo y se para, tratando de valorar hasta qué punto soy consciente de su presencia. Vuelvo a reír un poco al imaginarlo con el ceño fruncido sobre mi cabeza, como seguramente estará, y no puedo evitar entreabrir un ojo y mirarle con sorna.

- ¿Me oíste venir desde el principio, verdad? – pregunta con un fingido aire de resquemor y los brazos en jarras.

Visto desde abajo mientras se cierne un poco sobre mí impresiona más de lo que hubiera imaginado. Su silueta recortada a contraluz lo hace parecer un enorme hombre de los bosques, pero solo hasta que un breve rayo de sol ilumina su deslumbrante sonrisa y su profunda mirada azul. Con esa cara de inocente no podría dar miedo ni a propósito.

- No, hoy no. Solo a partir de cuando te golpeaste el pie en algún lado y te escuché relatar. – miento. – Lo vas haciendo mejor, Peeta.

Se deja caer a mi lado con un suspiro resignado mientras yo sigo sus movimientos con la vista, parcialmente cegada de nuevo ahora que se ha sentado y me ha dejado huérfana de la sombra que me proporcionaba.

- Sigues mintiendo fatal, Katniss. – me dice recostándose por completo sobre la losa. – Eres tan inútil en eso como yo andando por el bosque.

- Tienes razón, te oí desde que saliste del agua. Dejémoslo en que el oído que me reconstruyeron tras los Juegos sigue funcionando demasiado bien, ¿qué te parece? – le pregunto risueña.

- Está bien. – acepta. – Pero vas a tener que resarcirme por la desventaja.

- ¡Ah! ¡Peeta, que estás helado! – me quejo cuando me coge por la cintura y me tumba sobre sí mismo.

- No seas quejica, el agua está estupenda. ¿Está segura de que no te quieres bañar?

Desde que le traje a mi lago por primera vez hará cosa de un mes, Peeta me arrastra hasta aquí tantas veces como puede. Le encanta meterse al agua y flotar panza arriba o sentarse en la orilla y modelar figuritas de barro con el lodo igual que si fuera un niño. Me burlo de él por el cariño que ha llegado a tomarle al bosque con el miedo que le tenía no hace tantos años, pero en el fondo me hace inmensamente feliz que comparta conmigo algo tan importante. Cuando le observo admirar el paisaje con la misma intensidad que cuando pinta o me hace preguntas sobre frutos, plantas y animales con una genuina curiosidad (la cual procuro satisfacer lo mejor que sé), siento como si se llenara de nuevo el vacío que un día dejaron mi padre y, posteriormente, Gale. Siento como si esa presencia masculina que siempre me ha acompañado en mis idas y venidas volviese a su lugar, solo que esta vez bajo la forma de un hombre completamente distinto a los dos anteriores, nacido ajeno al mundo que me vio crecer y adoptado de buena gana entre los brazos de la naturaleza. Una alma pura, casi tanto como la de un bebé.

- Ya te he dicho que no me voy a bañar. Y tú acabarás cogiendo una pulmonía a este paso. – le reprendo. El tiempo ya no está como para bañarse en esas aguas.

- Vamos, mujer. Tampoco es para tanto. Te prometo que este ha sido mi baño de despedida hasta la primavera.

Me besa dulcemente mientras noto su amplio pecho calentarse bajo las palmas de mis manos. Peeta siempre irradia calor, ya sea verano o invierno, haga un sol de justicia o nieve. Es como una estufa humana, y lo amo por eso también.

- A lo mejor el próximo baño que nos demos sea ya con el niño en brazos. – me susurra al oído dulcemente cuando termina de besarme.

No me he permitido aún recapacitar sobre lo poco o mucho que me queda para dar a luz, pero dicho así parece como si fuera a suceder mañana mismo. Apenas llego a los tres meses de embarazo y físicamente todo sigue igual, pero con los comentarios que Peeta inocentemente deja caer de vez en cuando, no puedo ignorarlo por completo. Sé que en algún momento no muy lejano tendré que hacer frente a la realidad de que mi hijo abandone su protección en mi interior, que pase a estar al cuidado de las inexpertas manos de sus padres y se exponga a un mundo lleno de peligros y malas intenciones.

Me hundo entre los brazos de Peeta y me dejo arropar por su calor, al resguardo de la fresca brisa que azota de ciento en viento. Mientras mi cuerpo se refugia en el suyo, mi alma lo hace en sus ojos, como lo lleva haciendo desde el día que aquel niño rubio me dio de comer con una hogaza de pan quemada, y me recuerdo que si estamos juntos nada podrá hacernos daño. Me permito pensar que el bosque nos acogerá a los tres en su seno si necesitamos huir una vez más, como a buenos herederos de su legado.


Capítulo especialmente sobrecogedor para mí por la conexión con la naturaleza. Faltaba rendirle tributo al bosque que tanto le dio a Katniss durante toda su vida. Un bosque que ha permanecido ajeno a todo el horror y el sufrimiento que se vivieron tras la valla que lo separaba del distrito, prometiendo en silencio un futuro que siempre llega, por dolorosas que sean las pérdidas que suframos por el camino. Un abrazo especial a toda esa gente que cree haber perdido el camino, porque la vida sigue y es nuestro deber mantener la esperanza hasta el final. No desistáis, sean cuales sean vuestras circunstancias.

Nos leemos pronto. Un fuerte abrazo.

En respuesta a Sammy:

Ánimo con esas matemáticas :) Espero que hayas disfrutado también con este capítulo. ¡Nos leemos pronto! Besos :D