Capítulo 84: Canto de sirenas

Estamos a finales de octubre. El frío otoñal se deja ver cada vez más a menudo y los cielos grises y borrascosos vuelven a ser una constante en nuestro día a día. De lunes a viernes, Peeta se hace cargo de la panadería y ha decidido dejar los sábados a cargo de Dough y Bun, que se están convirtiendo en grandes panaderos y en un inestimable apoyo para Peeta. Con eso y que los domingos no abrimos, tenemos le fin de semana para dedicárnoslo a nosotros mismos. Hasta ahora los habíamos aprovechado yendo al lago a nadar o saliendo a dar un paseo por el Distrito; sin embargo, desde que los días han empezado a acortarse y las horas de sol se han visto reducidas notablemente, cada vez pasamos más tiempo encerrados en casa. Unas veces horneando, otras descansando y, en los peores días de lluvia, metidos en nuestra habitación por dos días completos. Sin duda, más de lo que la vergüenza me permite reconocer.

La panadería va viento en popa, sobre todo gracias a la mejora económica del país, y nos hemos podido permitir contratar a un par de ayudantes más para trabajos de almacén. A pesar de eso, Peeta sigue madrugando muchísimo para supervisarlo todo y ayudar en lo que haga falta con la hornada del día. Yo por mi parte soy incapaz de quedarme en la cama mucho más después de que él se vaya, así que suelo aprovechar para ir a cazar y pasear a solas por el bosque, tratando de alejar de mi cabeza todas las preocupaciones por unas horas.

El embarazo nunca se va de mi mente. De una forma u otra siempre, siempre, está presente. Miles de millones de preguntas me acechan día tras día y cuanto más avanza el tiempo y más consciente soy de mi estado más se me oprime el pecho. Sigo teniendo miedo, no puedo negarlo. Es un miedo que está latente, avivándose con el paso de las semanas y evidenciándose cada vez más al ritmo que mi vientre crece. Sigue siendo plano, pero no durará mucho en ese estado.

Si fuese capaz de obviar mis propios miedos, lo cierto sería que el embarazo no me está dando ningún problema. No tengo nauseas, me encuentro con energías para salir a cazar todos los días e incluso me siento sexy de vez en cuando. Peeta me dice que cada vez estoy más guapa, que no creía que eso fuese posible pero que el bebé está haciéndome serlo aún más. Obviamente está sugestionado por el hecho de saber desde hace dos meses que estoy embarazada. Realmente ahora sería cuando deberíamos de empezar a sospechar de mi embarazo, así que no le atribuyo una opinión muy objetiva, aunque en lo que a mí respecta nunca es objetivo ni por asomo. Aun así, he aprendido a sobrellevar los cursis cumplidos de Peeta mucho mejor y de vez en cuando (solo de vez en cuando) incluso consigo devolverle una sonrisa en vez de una cara roja. A él le da igual, es feliz hasta si le tiro platos a la cabeza. En fin…

Hoy, como cualquier otro jueves a mediodía, estoy volviendo a la Aldea después de haberle dejado las piezas cazadas a Sae y llevando conmigo el exiguo pago de dos ardillas. Para mí sigue siendo demasiado después de todo lo que esa mujer hizo por mí. Las hojas de los árboles que ahora adornan los laterales del camino se amontonan en el suelo creando un crujiente lecho marrón rojizo. Acompañada por el triscar de las hojas secas al pisarlas, llego a casa para mi ducha diaria. Suelo dejarme media hora de margen para ducharme antes de que llegue Peeta a comer y hoy no es una excepción. Cierro la puerta tras de mí y suelto la bolsa con las ardillas sobre la mesa de la cocina antes de dirigirme escaleras arriba. El día ha sido un poco más caluroso de lo que debería para ser otoño, por lo que la abrigada ropa que me cobijaba a primera hora de la mañana ha acabado sobrándome a última.

Sudada y pringada de barro como estoy, agradezco la ducha caliente más que nada en el mundo y me quedo bajo el chorro de agua largo rato antes de enjabonarme el pelo. Como viene siendo habitual últimamente, tarareo antiguas canciones de cuna y versiono pequeños fragmentos de música comercial que se quedaron grabados en mi mente durante mis estancias en el Capitolio. Empecé a cantar de nuevo hace relativamente poco. Al principio eran inconscientes y temblorosos tarareos de camino a casa, pequeñas estrofas del árbol del ahorcado que cruzaban por mi mente sin querer o sonidos que salían de mi boca al ritmo que marcaban mis dedos golpeando sobre la encimera. Poco a poco el repertorio se fue ampliando, abarcando estrofas mayores, ritmos más fuertes y canciones más modernas, a pesar de haberlas oído solo un par de veces en mi vida. Todo eso desemboca en unas irrefrenables ganas de cantar bajo la ducha a pleno pulmón, dejando salir con la melodía la felicidad o las preocupaciones, según el día.

- Me encanta oírte cantar.

El inesperado susurro de Peeta sobre mi oído junto con sus brazos rodeándome la cintura desde atrás hacen que la nota alta en la que estaba cantando se quiebre en un agudo chillido y que mi cuerpo bote a la defensiva lejos de él.

- ¡Joder, Peeta! ¡Qué susto me has dado! – le recrimino llevándome una mano enjabonada al pecho. Me ha puesto las pulsaciones a mil de una forma que no acostumbra.

- ¡Venga ya, quejica! No me creo que no me hayas oído. – me contesta robándome la esponja que estaba a punto de usar y metiéndose debajo del chorro de agua.

Trato de contestarle que no le he oído porque el ruido del agua habrá amortiguado sus sonoros pasos, además de que estaba demasiado concentrada cantando una absurda letra de amor del Capitolio, pero las palabras mueren en mi boca cuando, pasado el susto inicial, le observo.

Le miro, desnudo como está, con la cabeza inclinada hacia atrás y dejando que el agua caiga por su cuerpo antes de empezar a jabonarse. Sus rizos rubios alisándose por el poder del agua y su pálida tez tiñéndose de un rojo saludable al contacto con el calor de la ducha. Sus músculos contrayéndose levemente para mover la esponja a lo largo y ancho de su amplio pecho y alrededor de su estrecha cintura. Me sonrojo fuertemente cuando me doy cuenta de que sus músculos no son lo único duro ahora mismo y soy consciente de que mi desnudez es tan plena como la suya. Agarro como puedo la toalla que cuelga hacia el otro lado de la mampara y me tapo con ella.

- Peeta, me estaba duchando yo. – le digo mientras lucho por esconderme un poco de su acusatoria mirada.

- Lo sé, pero he llegado antes y me ha parecido buena idea que nos duchásemos a la vez. ¿Por qué te tapas? – me pregunta confuso, fijándose por primera vez en que ya tengo la toalla alrededor del cuerpo.

No tengo una respuesta lógica a esa pregunta. Ha sido un acto reflejo por lo expuesta que me he sentido de repente tras su estelar aparición. Hemos hecho muchas cosas que jamás reconoceré por vergüenza, pero este tipo de situaciones fuera del contexto sexual me siguen sobrepasando. Todo es demasiado familiar, demasiado lógico, demasiado normal. Después de haber llevado una vida tan poco usual, la normalidad me asusta.

- No… no lo sé. – le contesto llevando la vista a cualquier lugar menos a su cuerpo. – Me da vergüenza.

Trata de contener la carcajada, pero no puede. Se ríe estrepitosamente, golpea la pared con los puños y se agarra el estómago mientras el agua sigue corriendo sobre su espalda y él ya no le hace ningún caso. La vergüenza deja paso al cabreo, como suele hacer siempre, y trato de salir de la ducha completamente airada.

No llego lejos.

Peeta pone su mano sobre la mía aún entre risas, impidiéndome abrir la puerta transparente y con su otra mano sobre mi cadera me gira hasta dejarme cara a cara con él. El espacio es bastante reducido, por lo que la proximidad de nuestros cuerpos es mayor de lo que me gustaría.

Forcejeo un poco tratando de soltarme, pero desisto pronto sabiendo que es inútil, así que me cruzo de brazos y evito mirarle a los ojos poniendo mi mejor cara hostil.

- No te enfades. Sabes que no me reía de ti, pero comprende que la respuesta me haga gracia después de todo lo que hemos hecho ya. – me dice con una sonrisa deslumbrante, levantando mi barbilla hacia él con la mano con la que había aprisionado la mía impidiendo que saliera de la ducha.

Antes de que me dé tiempo a recordarle mi reminiscente pureza a la hora de abordar estos temas, su otra mano tira de la toalla y la arranca de mi cuerpo, dejándome en sus mismas condiciones y a punto de morir por una repentina subida de tensión. No me da tiempo a objetar o a reprocharle nada. Empuja su cuerpo contra el mío, dejándome sentir el contraste del frío de la mampara por detrás y el calor de su cuerpo por delante, y me besa en algún punto medio entre la fiereza y la ternura, como solo él sabe hacer.

A los pocos segundos ya no soy capaz de pensar en nada más que en la sensación que provoca el agua caliente corriendo entre nuestros cuerpos y en el tacto de sus dedos recorriendo mi espalda desde su parte más baja hasta la base del cuello. Le devuelvo el beso como mejor puedo y entrelazo mis manos en su nuca, enredando los dedos en su mojado cabello.

- Eres idiota. – le digo entre un beso y otro cuando me doy cuenta de lo fácil que me desarma.

- No es nada nuevo. – contesta en el mismo tono confidencial que yo antes de reanudar la marcha y besarme con hambre. A los besos les sigue una más que esperada sesión de sexo rápido y torpe bajo la ducha, pero no por ello menos satisfactoria.

Cuando terminamos, me relajo bajo el agua y dejo que sea él el que me frote la espalda con su dulzura tan característica. Estoy llegando al séptimo cielo cuando caigo de golpe a tierra firme:

- Por cierto, ha llegado la invitación de boda de Gale. – comenta Peeta de repente. – La he dejado sobre la mesa de la cocina, es muy bonita.

Sigue jabonando mi espalda como si nada, pero ha tenido que notar como cada músculo de mi cuerpo se ha tensado ante la noticia. Me hielo a pesar del calor del cuerpo de Peeta contra mi espalda y del agua templada corriendo por mi piel, porque enfrentar la realidad del embarazo ante tanta gente conocida no entraba dentro de mis planes, al menos no tan pronto. Y es que cuanto más alto uno vuela más dura es la caída.

Peeta sigue hablando sobre ello pausadamente, tratando sutilmente de relajarme con su maldito canto de sirenas.


Ante todo, siento haberme ausentado más de lo habitual, pero ando con examenes y me ha sido imposible actualizar antes. Ya os adelanto que en el próximo capítulo (el número 85) me pillo a mí misma con lo que ya tengo escrito por lo que las actualizaciones pasarán a estar más espaciadas en el tiempo. Siento las molestias.

Después de tanta palabrería, espero que hayáis disfrutado del capítulo y que sepáis perdonarme, pero lo primero es lo primero. No dudéis que seguiré dando guerra por aquí con nuevos capítulos, pero se harán esperar un poco más del siguiente en adelante. Un fuerte abrazo a todas y todos, ¡nos leemos pronto! :D

En respuesta a los reviews:

natiii: Me alegro mucho de que disfrutes tanto como yo de éste fic :) No te preocupes, yo misma he estado ocupada y os he hecho esperar más de la cuenta. ¡Nos leemos! Un abrazo :D

Sammy: No pasa nada, me alegro de que el capítulo te encantara ^^ ¡Te espero pronto! Besos :D