Capítulo 86: Estigmas

Los días que le suceden a aquella mañana en la que llegó la invitación de boda de Gale y Serene pasan entre nubarrones, tanto dentro como fuera de casa. Fuera llueve como si no fuese a haber un mañana, y dentro me paso el día sumida en mis pensamientos, temiendo de antemano una reunión para la que aún quedan unos cuantos meses, haciendo y rehaciendo las cuentas una y otra vez intentando auto convencerme de que los ocho meses de embarazo que tendré para ese entonces apenas se me notarán. Apenas.

La fecha de la boda está fijada para marzo, más o menos cuando empiecen a salir los primeros brotes de primavera. Como aún estamos en octubre son cinco los meses que quedan hasta el día X (como ya lo he bautizado para mis adentros). Cinco meses que sumados a los tres que llevo ya de gestación hacen un total de ocho. ¡Ocho!

Lloro de solo pensar en reaparecer ante las cámaras a puntito de dar a luz.

No quiero ir; es más, no pienso ir, pero estar tan convencida de mi postura no me salva de pasarme horas y horas reviviendo mis peores pesadillas. Mientras yo salgo y entro de un estado de semiinconsciencia, la tarea de mantenernos alimentados a mí y a mi por ahora plano vientre recae sobre los hombros de Peeta. Me obliga a comer tres veces al día, me sube y baja de la habitación a la hora de dormir y me habla sin parar durante todo el proceso, dulce y suave, como solo él sabe hacer. Como retribución por todo esto, lo único que recibe por mi parte son pequeñas muestras de afecto cuando rara vez vuelvo al presente: un abrazo correspondido al calor de la chimenea; un pequeño beso en la mejilla antes de irse a trabajar; un "buenas noches" antes de caer en el olvido al abrigo de las sábanas de franela. Exiguo pago para alguien que da su vida por mí y por mi hijo.

Como cada mañana, Peeta me prepara el desayuno antes de ir a la panadería. Me siento con un poco más de energía de la habitual, así que le acompaño hasta la puerta para despedirle hasta la hora de comer. La pequeña mueca que se forma en sus labios ante un gesto tan poco usual estos días no hace otra cosa sino demostrarme lo poco que está sonriendo. De la misma forma que sus flashbacks me afectan a mí de forma negativa, mis periodos depresivos le llevan a él a un extremo parecido. Por supuesto, se trata de Peeta así que no encontrarás nunca una mala cara por su parte, pero no es de hierro y puedo oler a kilómetros su bajo estado anímico.

Le veo marchar pisando la hojarasca tras darme un casto beso en los labios y cierro la puerta al exterior. Mis pies enseguida toman el camino que tan bien estudiado tienen tras tantas recaídas y no tardo cinco segundos en ocupar mi rincón favorito en el sofá. Me quedo observando el cielo teñirse de un gris turbio, tan turbio como el de mis ojos, y el arrullar del viento que precede a la tormenta me trasporta suavemente al mundo de los sueños.

Cuando despierto, lo hago aún con el viento de telonero pero mirando esta vez a un gris distinto. Un gris pálido, fatigado, casi enfermizo. El gris de los ojos de mi mentor.

Me sobresalto al ver a Haymitch con su nariz aguileña prácticamente pegada a la mía y boto hasta el extremo opuesto del sillón, lo más lejos que puedo de esa expresión que tan bien conozco: la de reproche.

- ¿Se puede saber qué coño estás haciendo? – espeta Haymitch en el mismo tono malhumorado de siempre.

Si algo nunca he sido capaz de negarle a mi mentor es una buena discusión, por muy falta de ánimo que esté.

- ¿Se puede saber qué coño haces tú en mi casa y despertándome así? – respondo de vuelta en su mismo tono y recuperándome aún del susto.

- Lo que hago es sacarte la tontería del cuerpo, ¿qué diablos pretendes conseguir así?

Me señala con un gesto de desdén, como si fuese el mayor despojo humano que hubiese visto nunca. Por supuesto, no es así. Haymitch me sufrió en mis horas más bajas, me vio hundida y desarmada tras la muerte de mi hermana, y sé que sabe de sobra que esto no es tocar fondo, ni mucho menos.

- Nada. ¿Acaso una ya no puede tener un día malo?

- ¿Día malo? – pregunta incrédulo. - ¿¡Día malo!? – reitera ofuscado. - Día malo es tener un humor de perros como el que llevas a todos lados el noventa y nueve por ciento de las veces o que se te caiga una cazuela en el pie y te deje lisiado durante tres horas haciendo que te tropieces con todo a tu paso. Eso es tener un día malo, no olvidarte de subsistir por completo y dejar tu vida en manos de otros. Si fueses solo tú te dejaría hacer lo que quisieras, pero ahora estás embarazada preciosa, no lo olvides.

Su acusación me sienta como una patada en el culo. ¿Quién se cree él para ir regalando por ahí consejos que no es capaz ni de seguir por sí mismo?

- No, no lo olvido. – contesto con rabia. – Y precisamente porque no lo olvido estoy así. Tú mejor que nadie deberías de entenderlo.

A Haymitch las cámaras y el circo mediático le hacen la misma gracia que a mí. Somos los mismos dos inútiles fingiendo para gente que nos importa un rábano, y menos aún ahora que toda la parafernalia de las propos ha quedado atrás.

- Sí, y entiendo perfectamente que hayas decidido no asistir a la boda de Gale. Por mí como si mañana coges al chico y desapareces para siempre en los bosques con él y el retoño, siempre y cuando estéis sanos y salvos. Pero eso no es excusa para que te dejes llevar por la depresión, Katniss. Ya no. A partir de ahora pensar en ti misma es un lujo que no te puedes permitir, al menos no mientras lo lleves dentro.

Su voz se dulcifica a medida que avanza en el discurso y acaba posando una mano sobre mi tripa, dejándome ver lo mucho que le importa cada miembro de esta inusual familia, incluso los no natos.

Bajo mi mirada al suelo cuando noto las lágrimas agolparse en mis ojos y le oigo suspirar pesadamente antes de acercarse a mí y pasar su brazo sobre mis hombros.

- Escucha, preciosa. – susurra. – Sé que es duro. Sé que no era como tenías planeado que saliese esto. Personalmente opino que es demasiado pronto, pero ya no hay vuelta de hoja. Ahora tienes que seguir viva.

Es el mismo consejo que nos dio a Peeta y a mí las dos veces que fuimos a los Juegos. "Seguid vivos", esa fue su premisa y esa sigue siendo. No son unos terceros Juegos, pero tener que criar a un niño es casi tan terrorífico como el tercer Vasallaje de los Veinticinco.

- Lo sé. – es lo único que soy capaz de verbalizar.

Me deja llorar en silencio un buen rato sobre su hombro antes de atrapar mi cara entre sus manos y poner nuestros ojos al mismo nivel.

- Katniss, no es malo tener miedo. El miedo nos mantiene vivos. Pero ahora, sin Juegos ni hambre, ya no es hora de sobrevivir. Ahora tenemos que vivir como mejor podamos. Para mí quizá sea demasiado tarde, pero vosotros dos aún tenéis toda la vida por delante y la oportunidad de ser felices juntos. – suspira. – Tienes al chico en un sinvivir. Ayer mismo me vino llorando a casa, derrotado por el agotamiento mental al que le has sometido los últimos cuatro días. Sé que no es tu intención, pero le haces sufrir si estás así, y sé que es lo último que quieres en este planeta. Si no es por ti, al menos hazlo por él y verás cómo en cuestión de poco tiempo nada pinta tan mal como parecía. Has pasado por cosas mucho peores, no la cagues ahora.

Hacer daño a Peeta ha sido siempre uno de mis mayores temores. Herir sin remedio a la única persona que queda en este mundo que me ame por lo que soy, con mis defectos y mis virtudes. Y ahora tengo que sumarle a esto el miedo de herir a su hijo, de no ser capaz de convertirlo en la persona que todo el mundo espera que sea: fuerte, sensato, hijo de dos Vencedores, hijo del Sinsajo.

Sé que las etiquetas que llevará pegadas a su espalda me pesarán a mí mil veces más que al bebé. Él puede que las lleve incluso con orgullo si así se lo enseñamos, pero yo jamás podré separar los conceptos de Vencedor y Sinsajo de las palabras muerte y destrucción. Es por eso que, cuando devuelvo mi mirada a los ojos de Haymitch, veo más allá de ese gris de la Veta que nos acompañará a ambos durante el resto de nuestros días. Es otra marca más que nos caracteriza, igual que el pasado de sus padres marcará a mi hijo. Ser de la Veta nunca ha sido una vergüenza para nosotros, a pesar de las malas lenguas que nos acusaban hasta de los brotes de enfermedades incurables cada invierno. Hipocresía barata cuando ellos acudían con ojos vidriosos a una sanadora que se casó con un minero de la Veta y le confiaban su vida cuando caían enfermos.

Quizá Haymitch tenga razón y dentro de un tiempo nada parezca tan malo como lo parece ahora. Quizá pueda enseñarle entonces a nuestro hijo la forma de llevar con orgullo todos los errores que cometimos en el pasado, porque él será la muestra viviente de que nada está perdido si se tiene esperanza. La prueba de que podemos y debemos aprender de los errores.


¡Aquí está! Siento mucho la larga espera para este capítulo. Sé que no es nada habitual en mí, pero ya os avisé de que iba a estar bastante atareada durante un tiempo. De todas formas, aquí tenéis el nuevo capítulo que espero hayáis disfrutado, una vez más. ¡Nos leemos pronto! Abrazos :D

P.D: Os animo a todos y todas a pasaros por la página de facebook del fic www facebook com/unlagoyunacancion (los espacios son puntos), espacio que compartimos con los lectores de Potterfics. ¡Os espero por allí!

En respuesta a los reviews:

Guest: Estoy segura de que Peeta sabrá brindarle el apoyo que necesita ;) ¡Dejadme vuestros nombres, por favor! :) Nos leemos ^^

Sammy: Me alegro de que lo disfrutaras :) Estoy deseando de descubrir con vosotros qué tipo de madre será Katniss. ¡Nos leemos! Besos.