Capítulo 89: Propósitos
Cuando por fin se marcha el último cliente, ya son casi las cinco de la tarde. Tras darle un par de vueltas más a lo que me dijeron los chicos, decidí salir a la parte delantera a enfrentarme a mis nuevos demonios con la excusa de echarle una mano a Peeta. Él se basta y se sobra solo y lo hace estupendamente, pero nunca me pone un pero si decido ayudarle, sea por el motivo que sea. Suscité mucha curiosidad al principio, como si fuese la primera vez en la vida que me veían, a pesar de que llevo medio año atendiéndoles en la panadería y cruzándomelos por el distrito. Aun así, y para corroborar definitivamente la más que lógica teoría de Bun, al rato fueron perdiendo el interés y creo que era más mi imaginación la que me jugaba malas pasadas que la gente en sí. Al fin y al cabo, es el último día del año y todos van a tener un plato caliente sobre la mesa para celebrarlo. Sería demasiado narcisista, incluso siendo yo, si pensara que puedo ser más importante que eso.
Cerramos la tienda y nos despedimos de Dough y Bun, que se van con sus amigos a celebrar el fin de año. Peeta les ofreció venir a nuestra casa si no tenían con quién quedarse, teniendo en cuenta que ambos perdieron a sus respectivas familias durante la guerra, pero rechazaron amablemente la propuesta y bromearon un poco acerca de que no querían interferir en la relación a tres bandas que mantenemos con Haymitch. Los muy idiotas son capaces de insinuar cualquier barbaridad con tal de hacerme rabiar.
El camino de vuelta a la Aldea lo hacemos en un cómodo silencio, con Peeta cargando con las bolsas en una mano y con la otra abrazándome por los hombros. La tarde está preciosa, e incluso el sol ha hecho una breve aparición para despedirse del año que dejamos atrás.
Pienso en Dough y Bun, que son lo más parecido a amigos que tenemos Peeta y yo fuera del círculo de amistades que hicimos durante los Juegos y la Guerra. Para mí son dos personas agradables con las que estar, que siempre están de buen humor y tratan de hacerte reír sin necesidad de saber qué es lo que te ocurre. A pesar de lo mucho que se meten conmigo, sé que se preocupan por mí tanto como yo por ellos.
La relación que mantienen con Peeta es un tanto perturbadora. Vistos desde fuera pareciera que no le tienen ningún respeto como jefe, todo el día vacilándole sobre "sus maneras", como ellos le dicen, cuando está decorando una tarta o metiéndose con él porque le ponen en duda su paternidad. Ambos a coro le recuerdan una y otra vez que "no eres lo suficientemente hombre para domar a esa fiera, Mellark. El embarazado deberías de ser tú y no ella". Peeta se ríe y les da la razón. No se lo discute.
He de reconocer que siempre me río mucho con ellos, porque cada día tienen una nueva salida de tono preparada. Hace poco llegué a la conclusión de que son como dos niños metiéndose con su hermano pequeño.
Miro hacia Peeta, que parlotea algo sobre pájaros y copos de nieve mientras me estrecha más contra sí, y pienso en lo mucho que debe de echar de menos a sus hermanos. Aunque su madre no fuese la mujer más agradable de este planeta, su padre, sus hermanos y él eran como una piña. Siempre les veías juntos en la panadería, de buen humor, atendiendo a los clientes sin dejar de gastarse bromas y de incordiar al pequeño de la familia.
Peeta siempre fue el más reservado, por sorprendente que parezca. Aunque todos estaban físicamente cortados por el mismo patrón (espaladas anchas, mandíbulas fuertes y rubios de ojos azules), ahí acababa cualquier tipo de parecido entre ellos. Ryan, el mediano e inmediatamente mayor a Peeta, era físicamente casi igual que su hermano, pero no podía ser más distinto en todo lo demás. Hablaba por los codos, decía idioteces por un tubo sin tan siquiera inmutarse y era el rompecorazones oficial del colegio. Estaba en el curso de Gale y recuerdo que las pocas veces que hablábamos de las clases, mi compañero de caza siempre contaba alguna de sus peripecias acabando con un "ese Mellark parece sacado de entre una jauría de perros salvajes" y se echaba a reír mientras desplumaba un pavo silvestre o despellejaba un conejo.
A George, el mayor, le conocía bastante menos. Me sacaba cuatro años y sé que estaba comprometido cuando Peeta y yo fuimos a nuestros primeros Juegos. Era un hombre más reservado y menos amigable, aunque compartía ese aura de calidez que poseían todos los hombres Mellark. De los tres era el más parecido a su madre, con una nariz aguileña y un cuerpo más estilizado que el de su padre y sus dos hermanos. Aun así, tampoco compartía nada más con la bruja que les trajo al mundo. Sé que era amable y bondadoso por los comentarios que corrían por el Quemador cuando se comprometió y todo el mundo quería saber más sobre los nuevos novios del distrito. Alguna vez le oí sumarse a las burlas de Ryan sobre Peeta cuando iba a venderle al panadero las ardillas a la parte trasera de la tienda.
Me sorprende saber tanto como sé sobre la familia Mellark a pesar de que Peeta casi nunca habla sobre ellos. Me doy cuenta de lo ajenamente cercana que he sido siempre a su familia y me quita un poco la carga de su muerte saber que Dough y Bun son algo parecido a sus hermanos para él, aunque nunca será lo mismo.
Llegamos a casa cuando empieza a caer la helada de las últimas horas de sol. Sorprendentemente, Haymitch ya ha dejado el ganso desplumado y listo para guisar sobre la mesa antes de pasar a la inconsciencia en nuestro sofá. Parece que hoy es uno de sus buenos días.
Le quito de la mano la petaca de licor que siempre lleva consigo y le tapo con una manta antes de prender el fuego en la chimenea y volver a la cocina con Peeta.
- ¿Ha bebido mucho? – me pregunta Peeta mientras corta unas zanahorias para el guiso.
Miro la petaca y veo que está prácticamente llena, así que le contesto algo más animada:
- No, esta vez ha tenido que ser el efecto de madrugar. Ya sabes, la falta de costumbre.
Peeta me dirige una sonrisa triste y sigue con el guiso en lo que yo preparo la mesa y los entremeses.
Tras la Guerra, Haymitch ha bajado bastante el pistón con la bebida, pero no ha sido capaz de dejarlo del todo. Además, los años pasan para todos y, aunque nosotros estemos mejor con cada año que pasa, a él el tiempo no le trata tan bien. Lleva más de veinte años dedicados única y exclusivamente a la bebida. Su cuerpo, joven hasta ahora, no había tenido problema en soportarlo e incluso podía parecer saludable cuando se arreglaba. Ahora, sin embargo, ya está a mitad de sus cuarenta y poco a poco han empezado a pasarle factura los excesos con la bebida. Cada vez necesita menos alcohol para caer K.O, lo que por una parte es mejor, y los dolores de cabeza le duran el triple de lo habitual. Peeta y yo hemos intentado convencerle de que deje de beber, pero es una batalla perdida. Simplemente está demasiado hecho al hábito de olvidarse de todo destrozándose el hígado. Ambos tememos que llegue el día en el que no haya vuelta de hoja…
Sacudo la cabeza e intento apartar las preocupaciones por esta noche. Ya habrá tiempo de lidiar con lo que venga, pero hoy no. Hoy no.
- Voy a casa de Haymitch a por la bebida, se le ha debido de olvidar traerla. – le digo a Peeta una vez he acabado de colocar la mesa.
Me hace un gesto distraído de aprobación para dejarme saber que me ha oído y sigue a lo suyo en los fogones.
Con la bufanda a medio enroscar y el abrigo sin atar, salgo a paso ligero por la puerta. El frío aire invernal amenaza con cortarme la cara si no encuentro pronto cobijo. Por suerte o por desgracia, Haymitch vive a dos casas de distancia.
Entro con la nariz arrugada por defecto, preparándome para la habitual ola de hedor a vómito mezclado con el olor a licor blanco que parece impregnar cada veta de madera de cada rincón de la casa. No sé si es ya por la costumbre o es que hoy Haymitch realmente ha limpiado algo, pero no es tan malo como lo recuerdo. Me muevo en sigilo por la casa, contagiada por el silencio y porque es mi modo estándar después de tantos años cazando, y alcanzo la alacena sin apenas hacer un ruido más que cuando la madera del suelo cruje bajo mis pies. Rebusco entre las baldas de licor que tiene almacenado hasta dar con una botella de vino y otra de algo que en el Capitolio llaman champán. Personalmente, no soy muy fan de ninguna de las dos bebidas (y menos ahora que no puedo beber), pero a Peeta el vino sí que le gusta y a Haymitch… bueno, Haymitch es Haymitch. Se bebería hasta el agua de un florero.
Saco las botellas con un pequeño tintineo al chocar un vidrio contra el otro y me dispongo a dar media vuelta cuando algo pegado a la puerta llama mi atención. En la penumbra de la alacena no lo reconozco, parece algo así como un pequeño papel rectangular, así que lo despego y salgo a la luz de la cocina con la sensación de que quizá si está ahí escondido sea porque precisamente no se quiere que se vea. Me debato un segundo entre salir o dejarlo donde estaba, pero la curiosidad me puede. Al mirarlo bajo la luz artificial de la bombilla me doy cuenta de que, si bien parece un papel, no lo es. Es una foto. Antigua, como la de la boda de mis padres que mi madre tiene en un marco. Ha perdido un poco el color y está algo raída por las esquinas, pero por lo demás está intacta. Los fotografiados son dos jóvenes, calculo que de la edad de Peeta y mía, abrazados bajo la nieve en lo que pudiera ser un invierno cualquiera como este. Ambos parecen felices. Ella lleva un gorro de lana en el que esconde una presumiblemente larga y rubia melena y la bufanda que le tapa media cara no consigue ocultar su sonrisa, que se le puede ver en los ojos. Se está aferrando fuertemente a la cintura de un chico de buen porte con pelo oscuro y una sonrisa arrogante que no confundiría ni en un milenio. Es Haymitch con treinta años menos.
Le doy la vuelta a la foto con la esperanza de encontrar una fecha, una nota, algo que me confirme lo que ya sospecho. En la esquina superior derecha encuentro lo que quería: la foto es del treinta y uno de diciembre de hace treinta años, el último día del año en el que Haymitch se proclamó Vencedor de los Quincuagésimos Juegos del Hambre y Segundo Vasallaje de los Veinticinco.
- A veces Prim me recordaba mucho a ella.
La voz de mi mentor rompe el silencio sepulcral de la casa y me hace pegar un bote del susto. Me giro con la foto aún en la mano y le veo de pies en a la entrada de la cocina, apoyado casualmente contra el marco de la puerta como si no acabara de inmiscuirme en su pasado de la forma más rastrera posible. Me sonríe con arrogancia porque sabe que me ha pillado con las manos en la masa, con tanta arrogancia como con la que me mira el chico de la foto, solo que de una forma mucho menos genuina y más forzada. Haymitch puede ser un mago mintiendo y ocultando cosas, pero a estas alturas sus ojos a mí me hablan casi tanto como los de Peeta.
- Yo…, lo siento. – balbuceo. Tengo que estar roja hasta las orejas de la vergüenza. Si yo estuviese en su lugar ya le estaría chillando obscenidades.
Le tiendo la foto sin mirarle a la cara y Haymitch, después de pensárselo un poco, se acerca a paso lento hasta mí. Sorprendentemente, cuando llega a mi altura no la coge, sino que aparta una de las sillas que hay alrededor de la mesa y me indica que me siente. Le hago caso sin saber muy bien qué hacer con la foto, así que la dejo sobre la mesa en lo que él toma asiento a mi lado. Levanto un poco la vista y un breve destello de una lágrima en sus ojos capta mi atención antes de que se la lleve por delante con la manga de su camisa. Espero a que hable, que chille o que haga algo más que mirar al infinito. Me sorprende que con tanto alcohol a mano no le haya echado aún el guante a nada.
Cuando creo que se ha quedado perdido en algún tipo de recuerdo y estoy a punto de decir algo con tal de cortar el silencio, empieza a hablar:
- El chico me mandó venir a buscarte al ver que tardabas.
- Haymitch, lo siento de veras. No era mi intención… - trato de excusarme de nuevo, pero me corta con un breve gesto con la mano y sigue hablando:
- Aquel invierno – dice refiriéndose a la foto. – se prometía como el invierno más feliz de mi vida. Acababa de ganar los Juegos, un Vasallaje nada menos, y había vuelto a casa sano y salvo. Quizá más sano que salvo, aunque en aquél momento yo no lo supiera.
Haymitch nunca nos ha hablado a ninguno, ni a Peeta ni a mí, sobre su pasado. Jamás. Lo poco que sabemos es por las cintas de vídeo que nos mandó Effie para prepararnos para nuestro propio Vasallaje y lo que mi madre haya podido contarnos alguna vez. Así que, a pesar de lo incomoda que me siento, le dejo seguir.
- No recuerdo una nieve tan perfecta, un frío tan acogedor ni una sonrisa tan brillante como las de aquel invierno. Ella me estaba esperando en la estación del tren cuando llegué a finales de verano, con su amable sonrisa y su "te lo dije" pintado de oreja a oreja. Era perfecta…
Tras un rato más de silencio, sigue hablando:
- Cuando me instalé en esta misma casa se vino a vivir conmigo. Sus padres no lo aprobaban, nunca lo hicieron en realidad, ¿qué hacía un chico de la Veta con una hermosa hija de comerciantes? – comenta en tono burlón, - pero después de que ganara los Juegos ya no les importó tanto. Llegué a pensar, te juro que llegué a creer – me dice con rabia, mirándome a los ojos por primera vez desde que nos sentamos a la mesa, - que por fin lo había conseguido. Me creí toda esa mierda de que el dinero y la fama de ganar los Juegos podían servir para algo al fin y al cabo. Pero trayéndola conmigo lo único que hice fue firmar su sentencia de muerte.
La furia de sus ojos sería evidente hasta para un ciego, pero no es eso lo que me hace apartar la vista, sino la tristeza en el fondo de su mirada. La desesperanza. El vacío.
Carraspea, se recompone y prosigue tras recuperar su postura desenfadada mirando a algún punto de la pared:
- Snow me dio un tiempo de tregua, el justo y necesario para hacer crecer en mí la chispa de la esperanza que se encargaría de destruir unos seis meses más tarde, durante la Gira de mi victoria. Aquella Gira empezó antes de lo habitual, justo el día de Año Nuevo. El número de tributos había sido el doble del habitual, así que había al doble de niños muertos a los que rendir tributo. Irónico. Esa noche – me dice señalando la foto – fue la última vez que la vi. No me enteré de lo que había pasado hasta que no volví de mi particular "fiesta" por los Distritos. Que, al igual que empezó antes, también terminó más tarde. Al volver al doce, con todas mis esperanzas guardadas en el bolsillo al lado de un anillo de compromiso, me enteré de lo sucedido. Un "fortuito y trágico" incendio había arrasado hasta los cimientos mi antigua casa en la Veta que mi familia se empeñó en no abandonar. Casualmente también, mi chica estaba allí cuando ocurrió el accidente. Me marché a la Gira enfadado con mi hermano por haberme tirado una bola de nieve a la cara y habiendo discutido con mi madre por lo consentido que tenía al pequeño. Craso error creer que tienes todo el tiempo del mundo para arreglar las cosas. Pagué con la vida de mis seres queridos mi burla al Capitolio durante los Juegos y fui tan estúpido que llegué a creer que saldría indemne.
Las palabras de Haymitch consiguen que me ponga en su piel y que me imagine a mí misma volviendo a casa sola, sin ningún Peeta en el que apoyarme, y encontrándome más sola aún tras la Gira cuando, al volver al doce, todos mis seres queridos están muertos. Las lágrimas acuden a mis ojos sin ser llamadas y me abrazo a Haymitch dándole tanto apoyo como el que yo misma necesito en estos momentos. Para mi sorpresa, Haymitch me devuelve el abrazo y apoya su cabeza en mi hombro, llorando de verdad por primera vez desde que le conozco.
No decimos nada. El silencio y sus sollozos mezclados con los míos llenan cada rincón de la cocina y no puedo más que seguir llorando por todas las veces que he juzgado a Haymitch desde que se cayó del escenario el día de mi cosecha. Tras un par de viajes a los Juegos y una guerra a mis espaldas, creí que ya había comprendido lo que él había sufrido. Con la muerte de mi hermana a sobre mis hombros y la horrible tortura de Peeta creí que nada podría escapar a mi juicio sobre lo que es humanamente posible soportar. Y sin embargo me equivocaba. Jamás se puede valorar y clasificar el sufrimiento de otra persona, porque solo uno es capaz de comprender todas las circunstancias que lo rodean.
- Katniss, - me llama Haymitch irguiéndose y cogiéndome la cara entre sus manos. Las lágrimas aún resbalan por sus mejillas. - prométeme que nunca darás por sentado nada de lo que tienes. Prométeme que nunca te irás a la cama sin haber hecho las paces con quien hayas discutido o sin haberle dado un beso de buenas noches a Peeta o a tu hijo. Prométemelo.
Su tono, tan desesperado, tan inusual y tan urgente, me hace clavar mi mirada en la suya, cortando de raíz cualquier sollozo que pudiera salir de mis entrañas. Su iris, de un gris tan de la Veta como el mío y con el que me identifico tanto, me ruega lo que el tono de sus palabras acaban de rogarme hace unos instantes.
- Te lo prometo. – le digo.
Y por algún motivo, sabiendo todo lo que ha sufrido, la promesa que le hago a él tiene más peso que cualquiera que me pudiera hacer nunca a mí misma.
¡Hola, hola!
Había prometido sorpresas para este capítulo, pero una cosa me llevo a la otra y lo he aplazado para el siguiente (habrá sorpresa, no se preocupe nadie jejeje). Aun así, creo que es un capitulazo, al menos para mí, y esta faceta tan paternal de Haymitch es otro sorpresón, sin duda alguna. Espero que este cap haya sido para vosotros tan conmovedor y especial como ha sido para mí escribirlo :)
Una vez más, infinitas gracias por leer, comentar, marcar como favorito, tenerme en vuestras alertas etc, etc, etc. Sóis lo más de lo más y no podría estar más orgullosa de vosotros, mis Venced... digo, lectores :P
Ahora sí, nos leemos en el próximo capítulo con la sorpresita inicial ;)
¡Un beso a todos!
P.D: Tengo pensado actualizar una vez más antes de que acabe el año, pero por si acaso, FELIZ AÑO NUEVO ^^
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En respuesta a los reviews:
Sammy: ¡Muchas gracias! Vuestros comentarios son para mí un regalo exquisito :) Me alegra saber que el fic os gusta tanto, ¡sóis increibles! Espero que este último capítulo te haya hecho pasar un buen rato. ¡Un abrazo! ¡Nos leemos pronto! Feliz Navidad ;)
nati: ¡Gracias! jajaja Fue un alivio quitarme todo de encima a la primera. No podía esperar para volver a pasarme por aquí ;) Como ya he dicho, he pospuesto la sorpresa un capítulo más, pero creo que este cap está muy a la altura del siguiente. Absolutamente conmovedor, ¿no crees? Me encanta Haymitch y se nota jejejeje ¡Un fuerte abrazo! Nos leemos pronto ¡Felices fiestas! :))
KEKA: ¡Sí! ¡Hola de nuevo! jajajaja Siento la espera, pero ahora que estoy libre no hago más que escribir y escribir y escribir... (bueno, y alguna que otra fiesta también me pego, que nunca viene mal jajaja) Me hace mucha ilusión que me digas eso, de verdad. Es todo un orgullo saber que amáis tanto esta historia como para que figure entre vuestra lista de posibles continuaciones. No te puedo prometer que sea eterna (en algún momento habrá que ponerle punto final...), pero aún queda mucho para que acabe. Solo deseo que disfrutéis de ella hasta la ultima letra del último capítulo. Creo que se lo pediré a los Reyes Magos... ;) Un abrazo y mis mejores deseos para ti también para estas fiestas. ¡Nos leemos pronto! ^^
