Capítulo 91: Lecciones
Cuando era pequeña y mi padre me llevaba consigo de caza los domingos, solía hablarme durante todo el trayecto. Por supuesto, eso espantaba a las posibles presas y hacía del día un completo fiasco en lo que a ganancias se trataba, pero a él no parecía importarle. Por aquel entonces, a mis ojos mi padre y yo teníamos todo el tiempo del mundo para cazar juntos, así que por un día que no cazáramos mucho no pasaba nada.
Acostumbraba a enseñarme cómo disparar, qué huellas seguir, de cuáles alejarse, qué hierbas servían y cuáles no había ni que tocar, qué árboles se podían escalar con relativa seguridad… A esa edad, si me hubiesen preguntado qué pretendía mi padre con todo aquello, hubiese contestado con total seguridad que trataba de enseñarme a vivir del bosque, por si llegaba el día (como lo hizo) en el que él no pudiera proveernos. Acostumbraba a enseñarme a sobrevivir.
Sin embargo, si esa misma pregunta me la hiciesen hoy por hoy, después de todo lo que he vivido dentro y fuera (muy fuera) de esos bosques que tanto me dieron, contestaría lo mismo y sin embargo la respuesta sería distinta.
Me enseñó a sobrevivir, sí, pero sus enseñanzas no se limitaron a guiar mis pasos sobre un lecho de hierba y hojas. Me enseñó, muy sutilmente y sin que yo me diera cuenta, a sobrevivir a la vida, que tanto nos da y tanto nos quita. Me enseñaba de qué color eran las flores que le gustaban a mi madre y dónde conseguirlas. Con cada ardilla que mataba, me enseñaba a mostrar respeto por lo que la naturaleza nos brindaba. A cada paso silencioso que daba me recordaba que la ausencia de cualquier otro sonido era la presencia de paz. Me enseñó a valorar la vida, la mía y la de todo aquél que me rodeaba, y me hizo capaz de vivir el amor mucho antes de que yo supiera siquiera que significaba aquello. Y nunca dejaba de enseñarme, porque ese mismo respeto, ese mismo valor y esa misma determinación seguían brillando en sus ojos al llegar a casa. Amaba a mi madre y nos amaba a mi hermana y a mí. Era mi padre, y acostumbraba a enseñarme a sobrevivir.
Y le estaré eternamente agradecida, porque fue él el que me enseñó que hay cosas en la vida que con verlas y sentirlas una vez se nos quedan grabadas en la retina y en el alma. Como el olor a humedad en los alrededores del lago, el tacto sedoso del pelo de Prim entre mis dedos, el sonido de la flecha al impactar en su objetivo, la explosión de sabor de una fresa en un particularmente cálido día de primavera y el color, azul y profundo, de los ojos de Peeta cuando me mira.
El mismo profundo azul que me observa ahora, a la luz del crepitar de la chimenea, tras darme un beso como otro cualquiera y a la vez tan único y diferente que sé que lo guardaré en mi memoria, grabado a fuego, hasta el día que me muera.
Ahora soy suya, si es que no lo era ya, y él es mío, como siempre lo fue, para el resto de nuestros días.
- ¿En qué piensas? – me pregunta, limpiando de migas de pan tostado la comisura de mi boca.
- En el bosque… - comienzo dubitativa, sin saber muy bien como contestarle. Puede que decirle la verdad sea lo más sencillo.- En mi padre, en la Guerra, en Prim, en ti y en mí. En la vida. En todo y en nada a la vez.
- ¿Te arrepientes de algo? – me dice sin retirar su pupila de la mía. Sus ojos son sinceros, como su permanente sonrisa.
- No, ya no. – le contesto. Y le beso.
Le beso por segunda vez en mi nueva vida. Sabiendo que en algún momento, más próximo que lejano, perderé la cuenta de los que llevo. Y eso es lo que quiero, perderla. No saber cuántas veces nos hemos besado y que, sin embargo, cada una de ellas me recuerde al primer beso que le di. Que evoque esa maravillosa sensación, que me recorre de pies a cabeza y que estimula mis cinco sentidos, y que me recuerde una y otra vez por qué repetiría todos y cada uno de los errores que cometí en mi vida. Porque si este era el resultado, no podría estar más satisfecha.
No por ser el segundo es menos importante. Peeta profundiza el beso y pronto nos vemos consumidos por las llamas de nuestros corazones, que arden juntas más fuertes que ningún fuego que se haya desatado nunca sobre la faz de la Tierra. Nos consumen, nos calcinan y una y otra vez resurgimos de sus cenizas para volver a incendiarnos juntos.
Peeta me eleva del suelo sin mucho esfuerzo, llevándome escaleras arriba sin dejarme posar un pie en el suelo. Es delicado, no nos quiere hacer daño, pero bajo la mano que reposo en su bíceps puedo sentir la tensión, la excitación y la exaltación. La ferocidad que le dieron las celdas del Capitolio y que nunca se irá. Esa parte salvaje y posesiva, que tan bien canaliza.
Entramos a trompicones en la habitación, conmigo descolgándome de su cuerpo a medida que le quito la camiseta y lucho por mantener el ritmo frenético al que se mueven nuestros labios. Peeta no me suelta, me ancla a su cadera con una mano mientras que con la otra me ayuda en mi lucha contra su camiseta. En cuanto descubre su pecho, mis labios abandonan los suyos para ocuparse de su cuello, lamer su clavícula y viajar por sus hombros.
Como no hemos dejado de avanzar, enseguida encuentro la cama con la parte posterior de mis rodillas. Peeta, que no ha perdido el tiempo, lanza por los aires la ancha camiseta que nos cubre a mí y a mi barriga y desata con dedos hábiles el sostén. Cuando se deshace también de él se separa un poco y me observa con una sonrisa, como hace tantas veces:
- Eres preciosa. – susurra, y los pelos de la nuca se me erizan de solo oírle. Posa una mano en mi vientre y añade: - Y los dos me hacéis el hombre más feliz de este planeta.
Le sonrío, porque nunca sé cómo explicarle con palabras todo lo que me hace sentir en momentos como este, y le beso. El tercero o cuarto, ya no lo sé.
Nos tumbamos en la cama, mucho más calmados después del arreón inicial, y el resto de prendas empiezan a desaparecer a un ritmo menor que nuestras camisetas. Aun así, el mes tan malo que hemos pasado se nos nota en el temblor de las manos, los dedos torpes y las risitas esporádicas que rompen el silencio de vez en cuando. Parecería nuestra primera vez si no fuese por el enorme bulto que nos separa y que deja en mal lugar una afirmación como esa.
Cuando los dedos de Peeta recorren sin ningún impedimento mis costillas, me doy cuenta de lo mucho que le he echado de menos. Jamás habíamos pasado tantos días sin acostarnos juntos como este mes, y aunque para mí no haya sido tan notable hasta ahora (entre el embarazo y mi recaída había perdido bastante mi apetito sexual) no me pasa desapercibida la necesidad en cada una de las caricias de Peeta. Para él ha debido de ser realmente difícil y frustrante tenerme cada noche a su lado y tener que conformarse con un sutil beso, en el mejor de los días.
Es hora de recompensarle.
Nos giro, quedando a horcajadas sobre él. Para mí esta posición es más cómoda por dos motivos: uno, la barriga no me incomoda; dos, llevo yo el mando. La sonrisa que me dedica Peeta en cuanto lo hago me lo deja claro: a él tampoco le molesta.
A pesar de todo, sigo siendo la más agresiva y con eso él nunca ha tenido ningún problema.
Lentamente recorro con mis manos su desnudez, que ahora es completa, igual que la mía. Me recreo en cada curva, en cada cicatriz, memorizando por millonésima vez su figura, de la que tengo tanta noción como de la mía propia. Me fascino, de nuevo, con la ausencia de lunares en su cuerpo, a pesar de su tez blanca que contrasta tanto con mi piel olivácea y llena, sobre todo en la espalda, de esas pequeñas marcas más oscuras que a él le vuelven loco.
Me cierno sobre su cara y nos miramos a los ojos mientras él deshace mi trenza y deja que mi pelo nos sirva de cortina, cubriéndonos de la luz de la luna que entra por la ventana. Le beso, perdiendo la cuenta definitivamente, y me enfrento al roce de mi cuerpo con el suyo, a la caricia de sus manos en mis muslos, al sonido de sus labios contra los míos y de mis manos enredándose en su pelo.
Jugamos hasta que casi no puedo más y decido que ya le he echado suficientemente de menos. Me apoyo en su pecho para elevarme, con intención de volver a sentirle dentro de mí y volvernos a ambos locos de pasión. Sin embargo, justo cuando estoy a punto de descender, Peeta me para, sujetándome levemente con sus manos por la cadera.
- Eres mi mujer. – me dice, como si ahora hubiese caído sobre sus hombros la realidad de lo que hemos hecho hace no mucho frente a la chimenea. Sus ojos brillan, su sonrisa me ciega, y creo que jamás podré verle más guapo de lo que le veo ya.
Como el efecto en cadena de las piezas de domino cayendo las unas encima de las otras, noto como una sonrisa, más grande que la que haya podido ofrecer jamás, se extiende por mi cara, imitando el gesto de pura felicidad que tiene Peeta ahora mismo.
- Y tu mi marido. – le contesto.
Me dejo caer de nuevo, esta vez sin encontrar ningún impedimento, y no abandono los ojos de Peeta ni un instante, hasta que poco después una explosión de placer, amor y felicidad se extiende por todo mi cuerpo, haciéndome entender que todas las lecciones que he recibido en mi vida, incluso las de mi padre, me han llevado a este preciso lugar en este preciso momento. Y no cambiaría nada.
Nada de nada.
Y uno más ;)
De este estoy particularmente orgullosa (tengo mis favoritos a lo largo de la historia, igual que vosotros jajaja) y espero que os guste tanto como a mí. Nuevos y emociantes tiempos les esperan a nuestros protagonístas, así que os hago la misma recomendación de siempre: ¡preparaos para disfrutar! :D :D
A todo aquel que quiera, le espero en la sección de comentarios. A los demás, ¡nos leemos en el próximo capítulo!
¡Un beso enorme para todos! :))
En respuesta a los reviews:
Sammy: No pasa nada, leo tus comentarios cuando los dejes. Ya sean todos a la vez o capítulo a capítulo ^^ Me alegro mucho de que te hayan gustado en su faceta más profunda. Es un placer :) Espero que todo lo que dure el fic te siga gustando tanto como hasta ahora. ¡Nos leemos pronto! Un abrazo :D
nati: Ya dije que íbais a querer la sorpresa jajaja ;) Espero que lo hayas disfrutado. Me hacéis muy feliz con comentarios como este. Sé que no podré estar escribiendo esta historia para siempre (ya nos estamos acercando peligrosamente a la centena, y eso es mucho), pero si por mi fuese seguiría eternamente. Os estoy muy agradecida por vuestro apoyo, tanto a mí como al fic. Si en el comentario anterior digo que es un placer, ahora añado que es también un orgullo :) ¡Nos leemos pronto! Un abrazo ^^
Gpe 77: ¡Gracias! Sóis lo más :) ¡Nos leemos pronto! Abrazo :D
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