Capítulo 96: Bodas
Gale nos espera con su séquito a la salida del tren. Y digo bien, séquito, puesto que eso es lo que parece que lleva detrás, con más de cinco robustos hombres guardándole las espaldas (o guardándonoslas a todos, no sabría qué decir). Miran a un lado y a otro, se ocupan inmediatamente de nuestro equipaje y celan las puertas fieramente, para que nadie sin autorización pueda poner un pie en esta exclusiva y privada sala de la estación. O fuera de ella.
Desecho ese último e inquietante pensamiento lo más rápido que soy capaz.
En cuanto me ve, deja de dar órdenes a diestro y siniestro como un poseso y clava sus ojos en los míos primero, en mi vientre después. No se lo dije, tampoco creí que se lo debiera, pero cuando una sombra de dolor le nubla la mirada durante un instante desearía haberlo hecho. Rápidamente se recompone y vuelve a ser el Gale sonriente y emocionado que ya he conocido por teléfono y al que no termino de ubicar.
- Catnip. – susurra en mi oído cuando me abraza de una manera un tanto incómoda para ambos. Puedo contar con los dedos de una mano los abrazos que nos hemos dado a lo largo de toda nuestra vida.
- Hola, Gale. – saludo yo en respuesta, un tanto incómoda con su repentina cercanía.
- Peeta, - asiente en dirección a mi marido. - Haymitch, - dice, siguiendo el mismo proceso con mi mentor. - encantado de volver a veros.
Mis dos guardaespaldas particulares (huelga decir que apenas me han dado dos centímetros de cuerda desde que nos apeamos del tren) saludan igualmente a Gale y examinan a los gorilas que tenemos por todos lados rodeándonos, evaluando las distintas vías de escape. Es instintivo. Yo también lo he hecho nada más entrar. Cosas de los Juegos.
- Estás preciosa, Catnip. Y enhorabuena, imagino. No creo que eso sea obra de los bollos de Peeta.
El comentario de Gale, con toda la buena intención del mundo, queda un tanto forzado y enrarece el ambiente aún más si cabe, pero le respondo con una sonrisa y un gracias tan débil que hasta a mí me cuesta oírlo. Aun así, Gale parece hacerlo y, con una mirada que me deja entrever que hablaremos más tarde de esto, comienza a explicarnos en tono jovial lo que nos tiene preparado para estos dos días.
Distraída y oyendo pero sin escuchar realmente las banalidades que mi amigo suelta por la boca le sigo a través de la puerta, poniéndome en tensión cuando pasamos al lado de los dos hombres tan cuadrados que me recuerdan a los antiguos Agentes de la Paz. Peeta y Haymitch me flanquean los costados, mucho más interesados en lo que Gale cuenta, tratando de trazar un plan o de idear una estrategia por si las cosas se tuercen.
Toda información es poca en la mente de esos dos cuando se trata de los acontecimientos que me van a rodear durante las próximas cuarenta y ocho horas.
Aburrida, cansada y con ganas de dormir, recorro los pasillos por los que nos conduce Gale, sabiamente despejados para que nadie que no tenga su expreso consentimiento se acerque a nosotros. Me alegro de que con esto la prensa quede también fuera. Dos coches nos esperan en el pabellón subterráneo al que vamos a dar, negros como el tizón y relucientes como diamantes. Son grandes, enormes más bien, y tienen pinta de pesar una tonelada.
Partimos en el primer coche, seguidos de cerca por el segundo en el que viajan cuatro de los cinco gorilas con caras de pocos amigos. Sugirieron que Peeta y yo viajáramos por separado, por si las moscas, pero yo misma me encargué de aclarar ese punto con tan solo una mirada. Gale, en cuanto me vio, no dudó ni un instante en desestimar la sugerencia y apremiarnos para que entráramos los tres al coche.
El camino hasta el hotel en el que nos alojaremos todos los invitados a la boda se me hace eterno. Mi amigo no deja de parlotear desde su asiento de copiloto y es la primera vez en mi vida que le oigo discurrir tanto. Nunca, y repito, nunca jamás en la vida le he oído decir tantas cosas insustanciales seguidas. Siempre fue un hombre parco en palabras, y cuando le vi la última vez seguía siéndolo, pero ahora no le reconozco. Pensé que había empezado a recuperar a mi amigo.
Gracias a su monólogo (que dura todo lo que dura el viaje) nos enteramos de que Gale ha alquilado el hotel al completo para, y cito: "uso y disfrute exclusivo de los invitados". Además, y en sus propias palabras, no tendremos que preocuparnos por visitas indeseadas de la gente de la ciudad en busca de una foto o un autógrafo, porque todo el recinto está vallado y protegido por una seguridad privada que él mismo escogió.
¿Desde cuándo es un gilipollas redomado?
Gale jamás se hubiese referido a gente que ha pasado por la misma Guerra que él como"indeseados". Mi Gale, mi amigo, mi compañero de caza jamás hubiese alardeado durante media hora de lo maravillosamente exquisito que es el hotel, el banquete y su estúpida seguridad privada.
Mi mejor amigo jamás hubiese montado este circo mediático el día de su boda. Con tostar el pan en la intimidad de su hogar le hubiese valido, igual que a mí.
Me lamento en silencio por haberlo perdido sin darme cuenta y asumo mi parte de culpa por haberle dejado llevarse así por el dolor de la Guerra. Detrás de toda esa euforia y extravagancia sé que se esconde una gran losa con el peso de todos los muertos que lleva a sus espaldas, igual que yo llevo a los míos y jamás me los quitaré de encima. Y me culpo, porque algo más podría haber hecho para salvar la esencia de aquel hombre por el que algún día sentí tanta admiración, tanto respeto y tanto amor. Porque algo más podría haber hecho por no dejarle tapar los agujeros de su vida con la opulencia de la que vive rodeado desde que es el máximo dirigente militar del Distrito más próspero de Panem.
Ojalá no sea demasiado tarde.
Me reengancho a la conversación un par de minutos antes de llegar a nuestro destino, atraída por la pregunta de Peeta:
- ¿Han llegado ya todos los invitados o aún esperáis más?
Podría parecer una pregunta como otra cualquiera, simple rutina para hacer ver que te interesa lo que te cuentan, pero yo sé que va más allá. No tenemos una lista exacta de la gente que acudirá a la boda, pero por lo que hemos oído incansablemente y a todas horas en las noticias y por las molestias que se están tomando para hospedar a todo el mundo seguro que se alcanzan cifras estratosféricas. Si algo ha cambiado notablemente en la forma de ser de Peeta es que ya no se mueve como pez en el agua entre el gentío. Ha perdido esa cualidad suya de nadar entre masas tan grácilmente como Finnick lo hacía en el mar. Se agobia, no tanto como yo, pero lo hace. Sus ataques se precipitan cuantas más cosas escapan a su control y un gentío presumiblemente ebrio no es algo que se pueda controlar fácilmente. Estará en tensión constante, lo sé, pretendiendo divertirse cuando cada palmada en su espalda o empujón involuntario amenazarán con desencadenar un flashback.
Tendré que comentar esto con Haymitch más tarde.
Cesando su verborrea, Gale le contesta:
- De los importantes habéis sido los últimos. – nos dice con gesto cómplice. – Quiero decir, a la ceremonia de mañana asistirá mucha gente más, hoy solo estamos la familia y los amigos cercanos.
Me relajo notablemente sabiendo que no tendré que enfrentarme a la muchedumbre nada más llegar y pido para mis adentros poder disfrutar de una noche tranquila al lado de mi marido, aunque eso lo veo bastante poco factible. ¿En qué demonios consistirá una despedida de soltero? Como estoy perdida y temo lo que se me viene encima, pregunto:
- ¿Qué significa que vayamos a celebrar una despedida de soltero, Gale?
El gorila número uno (el conductor de nuestro coche) hace un par de maniobras, limpias hasta donde yo puedo juzgar, y aparca en otro pabellón subterráneo. Seguramente por debajo del hotel. El segundo coche hace lo propio un metro a la izquierda. Gale se gira en su asiento y nos mira a los tres con una sonrisa traviesa en los labios. Creo que no me va a gustar lo que tiene que decir. A mi pregunta, Haymitch resopla y se ríe con anticipación, confirmando mis sospechas.
- Señores, señorita, - me muerdo la lengua para no corregirle. – significa que van a pasar ustedes la mejor y más alocada noche de sus vidas.
Arqueo las cejas con incredulidad. ¿Pretende que pase la mejor y más alocada noche de mi vida con mi madre, la suya y algunas mujeres más? Sinceramente, ya tengo mis mejores y más alocadas noches clasificadas en la cabeza y Peeta es coprotagonista en todas ellas. Noto el calor ascender a mis mejillas mientras imágenes aleatorias de cuerpos desnudos pasan por mi mente. Desde luego, imposibles de superar. Al menos no en el Distrito 2 y lejos de mi marido…
Bajamos del tanque negro que nos ha traído hasta aquí y Gale toma la delantera de nuevo, sin cháchara esta vez para descanso de todos. Nos guía hasta un ascensor a escasos metros del parking y reparo en que nuestra seguridad privada se ha reducido de cinco a dos gorilas. Entre ambos cargan con nuestras maletas y a los tres restantes los pierdo de vista cuando las puertas del elevador se cierran, dejándoles solos en el aparcamiento, hablando entre ellos y comunicándose con otros compañeros que les dan vía libre para que subamos a donde quiera que debamos ir.
Ya echo de menos la sencillez del doce y solo llevo una hora aquí. No sé cómo Gale lo soporta.
El ascenso hasta la décima planta, que es el botón que ha pulsado Gale, es lento. Una tonta música de fondo nos acompaña. A mitad de camino, Peeta me da la mano y me acerca un poco a él, más para su confort que para el mío. Estar encerrado en espacios reducidos le provoca siempre cierto desasosiego, aunque no recuerdo que fuera claustrofóbico antes de que lo capturara Snow. Seguro que está ligado a alguna tortura a la que lo sometieron. No pregunto.
- ¿Todo bien? – me limito a decir en un susurro cerca de su oído. Le sonrío.
- Sí, todo en orden.
Su respuesta queda un poco manchada de duda por la capa de sudor que se le ha acumulado en la frente, pero me limito a asentir y apretarle la mano. Me alzo en puntillas como puedo y poso un suave beso sobre sus labios. No es real, le digo sin palabras.
Una voz neutra anuncia que hemos llegado a la décima planta y Gale, que ha estado observando nuestra complicidad por el rabillo del ojo, nos indica que podemos salir. Los gorilas uno y cuatro (dos, tres y cinco son los que se quedaron en los coches) se llevan nuestro equipaje sin mediar palabra y desaparecen, cada uno por una puerta, para reaparecer dos segundos después, ya sin maletas. Con un movimiento de cabeza, Gale da su aprobación y ambos descienden por las escaleras más próximas al ascensor.
- Bueno, - se dirige a nosotros, abandonando su pose de mandamás. – está planta es única y exclusiva para vosotros tres. Es la última en la que hay habitaciones y la última a la que hay acceso por el ascensor, por lo que estaréis más tranquilos aquí arriba. Supuse que lo preferiríais así. – asiento con la cabeza, agradecida. - Por encima solo hay un par de plantas más: la del servicio, a la que se accede por otro ascensor distinto, y la azotea, para la que es necesario introducir un código especial en este mismo ascensor. Las vistas son impresionantes, así que os recomiendo pedir la combinación en recepción y subir a echar un vistazo.
Otra azotea. Cuando Gale lo menciona me giro instintivamente hacia Peeta, que ya me está observando con media sonrisa en los labios. La última vez que estuvimos juntos en una fue una de las mejores tardes de nuestras vidas. Ajeno a todo, Gale prosigue:
- Ambas habitaciones son suites, por lo que el espacio no será un problema. Además, disponéis de una amplia zona común al final del pasillo, con unos cuantos sofás y un mirador estupendo.
Madre mía, parece que regente él mismo el hotel…
- ¡Ah! – exclama, cortando el hilo de mis pensamientos sarcásticos. – También tiene una zona de ocio con una pequeña pero bien surtida barra de bar. Licores de todo el país, Haymitch. Todo pagado, por supuesto.
El comentario consigue sacar a Haymitch de su estupor, que llevaba un rato bostezando y sacándose porquería de las uñas. Ya había empezado a contar los segundos que le faltaban para soltarle algún improperio a Gale.
- Por fin dices algo con fundamento, chaval. Llevas una hora hablando sin parar y es lo primero que dices que no me suena a chismorreo de vieja.
Eso está mejor, más Haymitch.
Sin más ni más, nos deja a todos plantados donde estamos y se dirige a la sala que ha indicado Gale. Peeta reprime una sonrisa y yo hago lo que puedo por no reírle la gracia, pero una pequeña carcajada me traiciona.
- Lo siento. – me disculpo con Gale, pero no debo de resultar muy convincente mientras trato de no reír de verdad.
- No pasa nada, - comenta él casualmente. – tiene razón. Llevo todo el viaje avasallándoos con detalles que seguramente no os importen para nada. Supongo que estoy nervioso. – se disculpa. – Como iba diciéndoos, en los pisos inferiores están alojados el resto de invitados. Justo debajo estamos Serene y yo, además de sus padres. Su hermana, Rory, Johanna y algunos amigos nuestros están en la octava planta – no comento nada de lo que puede suponer para él y sus suegros tener a Johanna justo debajo. – y en la sexta están Annie, su hijo, tu madre y la mía, además de Posy y Vick. Mi hermano me dio una buena tunda con que quería ir a la octava con Rory, pero aún no es mayor de edad, así que tendrá que quedarse con nuestra madre. Nada de juergas en mi presencia. El resto de pisos os guardan alguna que otra sorpresa que iréis descubriendo. Agradables todas, espero. – comenta en tono críptico. - Por lo demás, eso es todo. El comedor y el salón común están en la segunda planta. Espero que esté todo a vuestro gusto. La gente del servicio está a vuestra entera disposición para lo que necesitéis. Cenamos todos juntos a las nueve en punto. Os veo allí.
Dicho eso, Gale se mete al ascensor, pulsa el botón del tercer piso (que no sé a dónde lleva) y desaparece con una sonrisa de nuestra vista. Peeta y yo soltamos un suspiro en cuanto lo hace y nos reímos un poco.
- ¡Vaya! - comenta Peeta. – No sabía que Gale tuviera alma de guía turístico. - me río de su comentario y le golpeo cariñosamente el hombro.
- No seas malo. Se le ve nervioso. Creo que quiere cumplir muchas expectativas y se está olvidando de disfrutar del día de su boda. Menos mal que la nuestra fue mucho más bonita y tranquila.
- Pues claro que la nuestra fue más bonita. – me dice Peeta mientras me abraza por la cintura y me acerca a él. – Al fin y al cabo, se casaba la mujer más hermosa de todo Panem.
Me besa la sien y yo respondo a su abrazo. Quizá no nos casáramos por todo lo alto ni tuviéramos un séquito completo a nuestras espaldas, pero yo lo agradezco. Mi idea de una boda siempre había sido esa: un tueste al calor de tu propia chimenea con el hombre al que amas y que te ama de vuelta frente a ti, el silencio roto solamente por el crepitar del fuego a vuestras espaldas y promesas selladas con un simple trozo de pan tostado, alimentando a la persona que tienes delante, en cuerpo y alma, como pretendes hacer durante el resto de tus días.
Para mí fue la boda que nunca supe que había soñado. Aun así, una pequeña nota de anhelo en los ojos de Peeta me dice que a él le hubiese gustado ser quien me lo propusiera.
¡Hola de nuevo! Esta vez no me he hecho tanto de rogar ;)
¡La boda de Gale ya está aquí! Muchas cosas van a pasar en los dos días que nuestros protagonistas pasarán en el dos... :P Espero que hayáis disfrutado el cuarto capítulo anterior a la centena (oh, Dios) y que esperéis con ansia los próximos. Vendrán pronto, os lo aseguro ;)
Mil gracias, como siempre. ¡Nos leemos!
Besos,
P.
www facebook com/unlagoyunacancion
