Capítulo 98: Secretos a voces

–Deberíamos de ir bajando –le digo a Peeta.

Hemos estado viendo el atardecer en la azotea. Ninguno de los dos quería encontrarse demasiado pronto con el resto de invitados, con el pasado, así que preferimos subir y disfrutar de la puesta de sol. Una terapia alternativa a los métodos anti estrés del doctor Aurelius.

–Sí, deberíamos.

Aunque me ha oído y contestado, su mirada está fija en el horizonte, recorriendo con esos dos zafiros la silueta del dos recortada a contraluz. Dejo que el silencio nos meza un par de segundos más antes de tirar de él hacia el interior del edificio. Rompe contacto visual con la montaña que sepulta el Hueso y me sigue adentro, cabizbajo, pensativo.

Bajamos a nuestra habitación sin hablar. Casi puedo oír los engranajes de su cabeza girar, encajándose y desencajándose los unos con los otros, tratando de encontrarle sentido a una montaña que hace cuatro años no estaba ahí. No lo hemos hablado nunca, pero sé que tiene muchas lagunas de los meses que estuvo en rehabilitación en el trece, sin mencionar su cautiverio en el Capitolio. Sabe que hubo Guerra antes de llegar al Capitolio, mucho más cruel y sangrienta que lo que se vio y vivió en las calles color pastel del corazón del país. Al fin y al cabo, cuando los Rebeldes entramos al Capitolio la Guerra ya estaba decidida, era solo cuestión de tiempo reclamar la victoria. La muerte de Snow no era más que algo simbólico, no cambiaba absolutamente nada. El día de su ejecución me di cuenta de lo sincero que fue siempre conmigo, seguramente la única persona que fue brutalmente sincera conmigo en toda mi vida. Le miré a los ojos y lo vi. Escuché sus palabras de esa misma mañana retumbar en mi cabeza, que nos habían tomado por tontos, a ambos, y que nos habían usado otros en sus propios Juegos. Le escuché decirme de nuevo que estaba a punto de rendir la ciudad y entregarse cuando estallaron las bombas en el Circulo de la Ciudad. Coin lo supo antes de llegar, él lo supo poco después y ojalá yo me hubiese dado cuenta antes. Ya habíamos ganado. La Rebelión ya había ganado desde el mismo instante en el que yo saqué aquellas bayas. Era el fuego, propagándose, murieran los que muriesen, con Sinsajo o sin él. La Rebelión era del pueblo, no mía, no del trece, no de Coin. Todos fuimos peones en la partida de los que lo habían sido durante tanto tiempo. Prescindibles, independientes al resultado.

–¿Cómo fue? –pregunta Peeta mientras se abotona la camisa azul que me encanta. Sus ojos parecen tan profundos como el lago cuando se la pone.

Esquivo su inquisitiva mirada a través del espejo mientras me afano en subir la cremallera del suave vestido de gasa que llevo. Rumio mi respuesta mientras me pongo los pendientes, tratando de encontrar la mejor manera de explicar la barbaridad que vi suceder aquí no hace tanto. ¿Cómo se puede suavizar tanta brutalidad? ¿Cómo se explica sutilmente la asfixiante muerte de más de medio distrito? ¿Cómo se le esconde la verdad a alguien que ya lo ha visto todo?

–Horrible. –contesto al fin sin tapujos. Me agarro al borde del tocador que hay bajo el espejo, débil de pronto al recordar los gritos de terror, de puro pánico, de tanta gente saliendo entre humaredas negras por la boca de una montaña que se les venía encima. Solo para dar de bruces con una plaza de Rebeldes armados hasta los dientes. Con el Sinsajo presumiendo de su victoria.

Peeta me abraza por detrás pasando sus manos por donde debería de estar mi bazo, recordándome el disparo que recibí aquella misma noche. Recuerdo como si fuera ayer el calor abandonando mi cuerpo, chupado por las paredes de frío mármol que lo recubría todo en el Edificio de Justicia. Edificio en el que mañana se casará Gale, el hombre que dio con la tecla para destrozar este mismo distrito hasta los cimientos.

–Fue horrible, Peeta. –repito. Pensar en cómo tuvieron que sentirse las victimas de aquel ataque cuando se dieron cuenta de que tenían una montaña sobre sus cabezas me hace estremecer. Demasiado parecido a las minas–. Detonamos las laderas de las montañas circundantes para sepultar el Hueso, ¿recuerdas aquel edificio dentro de una montaña que estaba en el centro de la ciudad?

Veo cómo asiente a través del espejo y cierra los ojos contrayendo la cara en un gesto de dolor. Se tiene que acordar del Hueso antes de que yo lo nombrara así, de nuestra Gira. Por aquel entonces era un imponente arsenal de defensa, no el amasijo de hierro y tierra al que fue reducido después.

–¿Murieron muchos?

Nunca traté de hacer cálculos, era demasiado doloroso y sigue siéndolo, pero sí, debieron de ser muchos. Inocentes la mayoría, aterrados todos.

–Pudieron haber sido más. –contesto. Aún me escuece recordar la gélida mirada de Gale sugiriendo que no dejásemos ninguna vía de escape–. Pero sí, demasiados.

Una sola muerte ya es demasiado sacrificio. En algún lugar, alguien llorará sobre la tumba de esa persona y solo necesito recordar la muerte de mi hermana, tan insignificante e innecesaria, para reafirmarme. Su sacrificio no sirvió de nada, la Guerra ya estaba ganada, y aun así le arrebataron la vida como a tantos y tantos. ¿Cuánta gente podríamos haber salvado? ¿Cuántas familias podríamos no haber destrozado? ¿Cuántos suicidios podríamos haber evitado? Antes pensaba que la muerte era el peor castigo para el ajusticiado, cuando en realidad lo es para los que siguen vivos. Es el peor castigo para los que se quedan a ver las terribles consecuencias de sus actos.

–Lo siento. Siento haberte hecho recordarlo. –me dice Peeta al oído mientras me besa la mejilla y me aprieta contra su pecho. Nos miro en el espejo para recordar, una y otra vez, la suerte que tengo.

–No pasa nada. Puedes preguntar todo lo que quieras. Lo entiendo.

Me giro en sus brazos y le acaricio el borde de la mandíbula con la punta de los dedos. Mientras lo hago le miro a los ojos y me asombro y doy las gracias de nuevo por no ver nada más que devoción en su mirada. A veces aún me cuesta creer que después de todo lo que nos ha pasado seamos capaces de mirarnos a los ojos sin nada más que profesarnos que un inmenso amor. Siempre pensé que quedaría vacía de ese sentimiento, si es que alguna vez lo tuve dentro.

Hasta eso me ha devuelto él.

Mano en mano bajamos hasta la segunda planta donde se encuentra el comedor en el que Gale nos citó. Mientras el ascensor desciende planta a planta siento cómo los nervios acuden a mí sin que yo los llame. Peeta lo nota y me da un leve apretón de mano, pero poco puede hacer el pobre hombre para aliviar la tensión. Aun así se lo agradezco con una sonrisa.

El timbre que anuncia la parada del elevador suena y los dos segundos que tardan en abrirse las puertas son los más largos que vivo desde hace mucho tiempo. No entiendo por qué estoy tan nerviosa. En realidad toda la gente a la que veré hoy son familiares y amigos, nadie nuevo a quien enfrentarse salvo Serene, que no es ni de lejos el motivo de mi inquietud. Debe ser el ambiente; no estoy echa para compromisos sociales.

Nada más poner el pie fuera del ascensor nos recibe el salón común, con sus tres lámparas de araña colgando majestuosamente del techo y con sendos sillones de cinco plazas cada tres metros a lo largo de la estancia. Las cortinas cuelgan hasta el suelo y las paredes son tan altas que el techo parece que esté a kilómetros sobre nuestras cabezas. Si tuviera que definirlo de alguna forma sería diciendo que es la antítesis de la casa de mi madre en el cuatro. La opulencia llevada al extremo casi Capitolino.

Casi.

No tengo mucho más tiempo para observar el salón antes de que una cabellera negra vuele hasta donde estoy y se me abalance encima.

–¡Katniss! –exclama el torbellino hecho persona mientras se abraza a mi cintura.

–¡Possy, cuánto tiempo!

La observo desde arriba, con su lustroso pelo negro y sus hermosos ojos grises brillando bajo la tenue luz de las lámparas, y le sonrío. Ya no es aquella escuálida chiquilla por la que todos temíamos cada invierno desde que nació. Ahora come todos los días y no tiene que preocuparse porque su hermano no vaya a volver de las minas. Possy pertenece a la primera generación que crecerá sin Juegos ni hambre y verla sonreír me recuerda que cada pérdida mereció la pena.

–¡Pero mírate! –le digo mientras la hago girar frente a mí–. ¡Estás preciosa! Dentro de poco tu hermano no va a dejarte salir de casa. Estás hecha una mujercita –la última vez que la vi fue en mi breve visita al dos hace ya casi tres años.

–Ya tengo doce años. –contesta orgullosa.

Sacudo la cabeza para no intentar pensarlo, pero es automático: este año sería su primera cosecha.

–No le metas ideas raras en la cabeza –dice la voz de Gale saliendo de entre dos puertas enormes.

Está tan guapo como siempre, con su pelo color carbón bien peinado y una elegante camisa ciñéndosele a los músculos. Sin duda, es un hombre muy apuesto, aunque algo en su mirada nunca ha vuelto a ser lo mismo.

Gale nos saluda y Hazelle hace lo propio en cuanto aparece tras su hijo. La mujer ha rejuvenecido muchos años con el final de la Guerra. Ahora aprecio lo joven que es, sin sangre que decore sus nudillos ni ojeras que adornen sus ojos. Probablemente sea unos años menor que mi madre.

–Me alegro mucho de verte, Katniss –me dice cuando me abraza–. Me alegro mucho de veros a ambos. Y enhorabuena por el bebé, ¡menuda sorpresa!

–También lo fue para nosotros –ríe Peeta. Le da las gracias con la cabeza y recibe su abrazo amablemente.

Possy se marcha a armar jaleo a otro rincón de la sala y Gale nos guía hasta el comedor por el mismo lugar por el que él vino. No he soltado la mano de Peeta ni un segundo y dudo mucho que lo vaya a hacer ahora.

–Aún faltan Haymitch y Johanna, pero todos los demás ya estamos aquí.

Mientras lo dice, Gale nos abre la puerta doble que da al comedor y nos hace pasar los primeros. Y es cierto, están todos aquí, incluso gente que no conozco que presumiblemente serán familiares y amigos de Serene, aunque todavía no sé quién de todas es ella.

La gente nos mira y me siento pequeña, diminuta, como cuando Caesar Flickerman me entrevistaba delante de todo Panem.

–Hola, cariño.

Mi madre es la primera en romper el hielo. Se nos acerca y nos da un beso a cada uno en la mejilla.

–Estás preciosa, hija. ¿Qué tal mi nieta? –pregunta posando su mano sobre mi barriga.

–Mamá, no sabemos qué será. Ya te dijimos que no se deja ver –le contesto. Hemos ido a tres sesiones de control en las que me han hecho ecografías, pero en ninguna hemos podido saber qué será. Tendremos que esperar al parto.

–Tú madre es de las mías –interviene Peeta–. Será una niña.

Suena tan orgulloso como siempre imaginé que sonaría si algún día fuese a ser padre. Lo que nunca pensé es que yo sería la mujer que lo acompañara en esa travesía.

Antes de que nadie pueda decir nada más, Annie se acerca hasta nosotros con el pequeño Finnick en brazos. No hace tanto desde la última vez que lo vimos, pero el niño crece a una velocidad endiablada y a cada día que pasa se parece más a su padre.

Nos abrazamos con Annie también y el pequeño Finnick enseguida se echa a los brazos de Peeta para que le entretenga. Me río. Solo a Peeta podrían pasarle estas cosas.

–Vamos, Finn. Deja al tío en paz –le insta su madre entre risas mientras el pequeño esconde la cara en el cuello de mi marido en negativa. Todos reímos.

Casi logro olvidar dónde me encuentro, con mi familia alrededor casi me parece hasta que estoy en casa, un día cualquiera rodeada de la gente a la que amo. Como de costumbre, lo bueno no dura mucho y me veo obligada a hacer la políticamente correcta ronda de saludos y presentaciones con la parte de invitados que no conozco. No son muchos, nueve o diez a lo sumo, pero todos me conocen antes de que me presente Gale y eso me irrita.

Aguanto todo tipo de comentarios alabando al Sinsajo y su labor sin nunca dejar ir la mano de Peeta, hasta que por fin termina el martirio y Gale nos presenta a la mujer con la que se va a casar.

–Katniss, Peeta, os presento a Serene, mi prometida.

Una mujer despampanante nos saluda con mucha efusividad en cuanto Gale la presenta. Es alta, casi de la altura de Peeta, y tiene unas piernas morenísimas y larguísimas que luce con un precioso vestido rosa chillón. Por el color diría que lo ha elegido Possy…

–¡Oh, por favor! ¡Encantada de conoceros! No sabéis el tiempo que llevo deseando conoceros en persona. ¡Sois lo más!

¿Lo más? ¿Pero y esta…?

No me da tiempo a pensar nada porque nos suelta una retahíla digna de Caesar en una de sus grandes noches entreteniendo al Capitolio. Verborrea y más de lo mismo que oímos siempre sobre nosotros cuando alguien que no sea del doce nos reconoce por la calle. Dejo de prestarle atención a los dos segundos y me dedico a observarla más detenidamente.

Me siento un poco mezquina por hacerle esto a la futura mujer de Gale, pero es que la chica no calla.

Mientras nos habla, puedo distinguir claramente qué es lo que Gale ha visto en ella. Es guapísima. Tiene labios carnosos, una nariz perfecta, enormes ojos color miel y una cabellera rubia muy bien cuidada. Además de una piel morena y unas piernas kilométricas tiene un cuerpo moldeado por el ejercicio que seguro lleva haciendo toda la vida por pertenecer al dos y su ausencia de cicatrices da a entender que nunca ha sufrido mucho, al menos en el aspecto físico.

Miro de reojo a Peeta, que le presta atención a Serene y finge escucharla mucho mejor de lo que yo lo hago. Le veo sonreír a una de sus bromas y hago lo mismo por inercia. Tantos años dejando que me guie en estas situaciones nos ha convertido en un equipo inmejorable. Cuando Serene le toca el brazo mientras nos habla a los tres siento una punzada de celos, porque veo lo buena pareja que haría Peeta con una mujer tan bella como Serene. Nunca me consideré una mujer guapa (aunque tampoco fea), pero al lado de Serene me siento pequeña, insignificante, a pesar de todo lo que sé que Peeta me quiere. Jamás podré competir en igualdad de condiciones con una mujer así, porque mi cuerpo está parcheado a causa del fuego y mi mente tiene cicatrices tan profundas que jamás sanarán.

En el fondo, y aunque suene egoísta, doy gracias porque Peeta comparta también eso conmigo.

–Cariño, creo que deberíamos ir a sentarnos a la mesa. Están sirviendo la cena –le corta Gale amablemente.

–Oh, sí. Disculpadme, es que estoy muy emocionada por conoceros. Gale me ha hablado mucho de ti, Katniss.

Nos felicita por el bebé antes de ir a sentarnos a la mesa y veo que la expresión de Gale se endurece. Ha estado manteniendo la compostura desde que llegamos al distrito hace unas horas, pero sé que en algún momento tendremos que hablar. Me siento incómoda.

Nos han reservado sitio entre mi madre y Haymitch, en la zona de la mesa en la que nos sentamos los invitados de Gale. Nuestro mentor apareció por la puerta poco después que nosotros, justo cuando hablábamos con Serene. Se sienta a mi lado y huelo a alcohol. No le gusta mucho tener que salir del doce.

Johanna llega la última, justo cuando vamos a empezar a cenar, enfundada en unos pantalones de cuero negro y una blusa blanca. Esperaba un saludo efusivo o alguna disculpa poco correcta por su tardanza, pero se limita a saludar casi inaudiblemente y a tomar asiento frente a mí y junto a Annie. Me dirige una mirada furtiva por entre las pestañas, sin apenas levantar la cabeza, y automáticamente sé que algo va mal. La Johanna cabizbaja es una faceta suya que no había conocido aún, y me preocupa.

Trato de cenar lo más normalmente posible, integrada a medias en conversaciones que me suscitan poco interés, a excepción del par de veces que Rory comenta algo sobre su futuro como militar. Sospecho que es más cosa de su hermano mayor que suya. No le veo muy emocionado, aunque intenta disimular lo mejor que sabe.

Johanna está ausente toda la cena y Peeta y yo compartimos un par de miradas de preocupación. Él también se ha dado cuenta.

–Quizá deberías hablar con ella –me dice al oído señalando con la vista a Johanna.

–Sí. Creo que esperaré a quedarnos solas después, durante lo que sea que nos tenga preparado Serene.

Peeta asiente y seguimos cenando con un ojo puesto en nuestra amiga. Lejos de lo que cabría esperar, no somos ni mucho menos el centro de atención (cosa que agradezco enormemente) y Gale y Serene se llevan todos los vítores y brindis de la noche. Al fin y al cabo, es suya.

Muy a mi pesar, en cierto momento de la velada Serene dirige la conversación hacia nosotros:

–Bueno, la próxima boda será la vuestra, ¿verdad, Katniss?

Peeta se atraganta con la bebida y Haymitch se parte de risa mientras yo trato de que mi marido (oh, sí, mi marido que toda esta gente no sabe que lo es) no se ahogue.

–¿Estás bien? –le pregunto cuando deja de toser.

Asiente con la cabeza y toma el vaso de agua que le ofrezco. En fin, creo que no tendremos mejor oportunidad que esta.

–En realidad, Peeta y yo ya estamos casados.

La respuesta de la gente a la noticia es bastante dispar. La parte invitada de Serene le da poca importancia, suponiendo que me refiero a la "boda secreta" que presuntamente celebramos antes de ir al Vasallaje. Obviamente el resto saben que no fue más que un farol, así que son mis amigos y mi madre los más sorprendidos.

–¿Cuándo? –pregunta mi madre asombrada y con una pizca de incredulidad en los ojos.

Haymitch, quién yo no sabía que lo sabía, contesta por nosotros:

–Año Nuevo –antes de que pueda decir nada, prosigue–: No me hagas contestarte por qué lo sé, preciosa –me dice–. Estamos cenando y hay niños presentes.

Con eso es como si lo hubiese dicho todo, o incluso peor. La imaginación de cada uno es libre. Yo me pongo roja y a Peeta le asoma una sombra de sonrisa en los labios mientras reprende a Haymitch con la mirada.

–¡Vaya! –exclama Serene entre risas–. Sí que os habéis guardado sorpresas. Supongo que es normal, ya habéis sido durante demasiado tiempo el foco de atención de todo Panem. Enhorabuena.

Con ese comentario la chica consigue sacarme la primera sonrisa genuina de la noche y automáticamente gana puntos conmigo. Sospecho que es una buena mujer, a pesar de que hable mucho, así que hago una nota mental para darle una oportunidad y prestarle algo más de atención a partir de ahora.

La propia novia propone un brindis por los ya-no-tan-trágicos amantes del Distrito 12 que todos continúan con entusiasmo. Nos felicitan y seguimos con la cena como si nada. Miro a Peeta, que no me ha quitado los ojos de encima desde hace un buen rato, y le doy un beso sin importarme que los demás nos estén mirando.

Quizá no llevemos anillos de compromiso adornando nuestros dedos ni hayamos pregonado a los cuatro vientos que somos marido y mujer, pero yo no necesito nada de eso para sentirme unida a este hombre por el resto de mis días.


¡Hola a todos!

Ya he acabado mis tareas y estoy oficialmente de vacaciones, así que de aquí hasta el FINAL ;) Sé que es una noticia agridulce, pero os prometo que esta recta final será tan memorable como espero que haya sido el resto del fic. Pronto subiré un nuevo capítulo y adoptaré una rutina de actualización mucho más continua, así que permaneced atentos :)

Espero de corazón que hayáis disfrutado de este extra largo capítulo 98. ¡Nos acercamos a la centena!

Besos.

P.

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