Capítulo 99: Condición humana

Nunca había pisado un sitio tan infernal como éste, y ya es decir. Es un antro de los horrores elevado a la quinta potencia, igual que los decibelios, el sofocante calor, la masificación y básicamente todo en este agujero. Bueno, todo menos la luz. No hay. Siento más que veo a la muchedumbre que está en el piso inferior, iluminada de vez en cuando por potentes luces intermitentes que te ciegan si tienes la mala suerte de que te acierten en el ojo, y yo parezco tener un imán.

Johanna está sentada a mi derecha, con su sexta copa de lo que sea que le ha pedido al camarero y hablando al aire frenéticamente, aunque dejé de entender lo que decía cuando acabó con la tercera.

–¿Y sabes qué te digo? Que a la mierda con todo. Yo no me lo creo y sé que tú tampoco.

–No somos quién para juzgarlo, Johanna... –le digo.

Salta de un tema a otro, pero éste es recurrente. Cada cinco o diez minutos vuelve a decir la misma frase, de una forma u otra y a cada cual más grosera. No deja de repetir que no se cree "la estúpidamente perfecta historia de amor" de Gale y Serene. Lo cierto es que no tiene nada de inverosímil (quizá sea porque la mía con Peeta deja atrás a cualquiera en lo que a inusual respecta), pero tiene razón cuando dice que "todo brilla demasiado".

–¡Venga ya, descerebrada! Tú lo has visto igual que yo y –hipa– sé que tampoco te lo tragas. Conozco a tu primo desde hace menos que tú y no me encaja por ningún lado. ¡Parece un perrito, no me jodas!

Suspiro y me giro un poco en el cómodo sofá del reservado para mirar a Serene, que baila con unas amigas en la pista a nuestra izquierda. Gale no está, se ha llevado a los hombres por otro lado, pero durante toda la cena y la sobremesa posterior es cierto que le he notado diferente, cohibido. Lo había achacado a lo inusual de la situación y a los nervios, con sus suegros, su familia y amigos atendiendo a la cena previa a su boda. Al fin y al cabo, es lógico dejar de ser tú con el circo que su futura esposa ha montado alrededor de la ceremonia. Yo estaría escondida en algún armario. Sin embargo, las teorías de una beoda Johanna han arraigado en mí como un germen y no sé si es producto del aburrimiento o de qué, pero yo también he empezado a planteármelas. ¿Y si no son tan felices como aparentan? Quiero decir, yo soy la mujer más feliz del mundo al lado de Peeta, con lo bueno y lo malo que conlleva, pero no "brillamos" así. Todo es mucho más interno, más privado, más nuestro.

Vuelvo a mirar a Johanna, que sigue con su diarrea verbal en pleno auge gracias a la bebida, y sacudo la cabeza cuando distingo las palabras sexo, playa y bocabajo entre el aluvión de ellas que suelta. Creo que no quiero captar ninguna más.

Antes de poder seguir ahondando en las teorías de Johanna y antes de acabar, involuntariamente, formando una desagradable imagen en mi mente con esas tres palabras, una mano me toca el brazo desde atrás.

–Katniss, ¿podemos hablar un momento?

Es Serene, más despampanante que en la cena si cabe, sonriéndome con su perfecta dentadura brillando bajo la luz azul que hace brillar todo lo blanco. Asiento, porque con la música a este volumen sé que no va a oír nada por mucho que le grite. Debí haberme ido cuando se fueron Annie, Hazelle y mi madre. ¿Por qué decidiría quedarme a cuidar de Johanna? Es una Vencedora, podrá con algo de alcohol, no sé en qué estaba pensando…

Sigo los pasos de Serene para salir a la terraza del palco en el que estamos, incómodamente unida a ella por la mano. Me ha tratado desde el principio como a una más de sus amigas. No es que sea malo, pero me agobia. Esta gente ama el contacto físico. Y, además, no nos conocemos de nada por mucho que se vaya a casar con Gale.

Cuando salimos por la puerta doble que comunica con el exterior respiro a todo pulmón el aire fresco y suspiro de alivio. Dentro, el aire es denso y está cargado por la masificación, el olor dulzón del alcohol que corre como un río y la algarabía. Me reitero, es infernal. Al menos las fiestas a las que asistí en el Capitolio eran tranquilas y yo me iba antes de que todo esto empezara.

–Bueno, ¿qué te está pareciendo esta nueva faceta del dos, Katniss? –me pregunta Serene a mi izquierda, mientras ambas nos agarramos a la barandilla del balcón y observamos las luces de la ciudad. No puedo negar que el antro éste tiene unas vistas espectaculares.

–Es bastante… sorprendente –opto por decir, rebuscando entre palabras que suenen amables para no despreciar su fiesta. Si dijese la verdad sobre lo que pienso de lo que ha montado desde luego que no ganaría una amiga.

–No hace falta que finjas, Katniss –me dice mirándome dulcemente, y yo me sonrojo y devuelvo mi mirada al paisaje que tenemos delante. Ojalá no hubiese luna llena y mi vergüenza pasara desapercibida…

–De verdad –prosigue–, sé que esto no es lo tuyo. Siento haberte apartado de Peeta para traerte aquí. Si te sirve de consuelo, tampoco creo que él esté disfrutando mucho el plan de los chicos –ríe–. No os conozco, pero por lo que Gale me ha contado y por mis propias impresiones creo que habéis tenido "diversión" suficiente para tres vidas. Entiendo que escogieseis volver a la tranquilidad del doce.

Me muerdo la lengua y no le corrijo el hecho de que nosotros no elegimos nada (al menos yo), que todo fue un castigo que a alguien le salió por la culata, aunque tarde o temprano hubiésemos acabado por volver al que siempre fue nuestro hogar. A veces me pregunto si en realidad no fue un favor que me hizo Paylor, a sabiendas de que era el único sitio en el que nunca me sentiría fuera de lugar.

–Tienes razón –le digo–. El Capitolio nos surtió con suficiente entretenimiento durante 75 años. Ya sabes, el pan y el circo lo ofrecemos los distritos.

Ahora es su turno de mirar al frente, sonrojada. Ha sido un comentario un tanto mezquino por mi parte sabiendo que toda su familia proviene del Capitolio, pero no he podido evitar dejar salir esa parte rebelde que hay en mí y que nunca terminará de irse del todo.

–Cuando pienso en cómo veía el mundo antes de la Guerra me siento ruin –comenta en un tono casi inaudible tras eternos segundos de incómodo silencio.

La miro y me parece ver lágrimas en sus ojos, brillando a la luz de la luna. Vale, ahora sí que me siento mal por haber sacado ese tema a relucir.

Al parecer, y según nos contó a Peeta y a mí en la sobremesa en el hotel, toda su familia es del Capitolio. Su padre trasladó a la familia al dos por cuestiones de negocios cuando su hermana y ella aun eran lo suficientemente pequeñas como para acordarse. A pesar de que su nombre y el de su hermana entraban año tras año en el sorteo para ir a los Juegos, no era más que un mero trámite. Asistían tranquilas a la Cosecha, sabiendo que sus nombres nunca saldrían elegidos y que, si lo hacían, había más de medio Distrito dispuesto a ocupar su lugar. Los voluntarios nunca fueron una rareza en el dos.

–¿Los conocías? –le pregunto tras un rato de silencio. No especifico a quién, pero ella parece entenderme aun así.

–De vista –contesta.

Bajo la cabeza, avergonzada de nuevo por haber sido la causante, directa o indirectamente, de la muerte de Cato y Clove, los dos tributos del Distrito 2 en los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre.

–Aquí nadie lloraba demasiado por sus tributos muertos, ¿sabes? Ninguno lo hacíamos. Formaba parte del juego. Macabro, sí, pero tan común que a nadie le caía de susto. Era un estilo de vida.

Y aunque sé que no debería de dolerme, lo hace, porque no puedo entender cómo lo que para todos nosotros era una condena a muerte para otros era la mayor recompensa que se podía recibir en la vida.

–Y, lo peor de todo –sigue Serene hablando con la mirada perdida en el cielo–, es que yo sería capaz de seguir siendo feliz si nada de esto hubiese ocurrido. Si tú no hubieses aparecido.

Me da la sensación de que oigo un deje de acusación y rabia en su voz cuando lo dice, pero su rostro sigue impasible, solo perturbado por las lágrimas que ahora surcan sus mejillas a ritmo lento.

–Jamás me había planteado mi existencia, Katniss. Nunca había tenido que hacerlo. Para mí la Guerra no fue lo peor, si no lo años que pasaron hasta que acepté que mi vida nunca volvería a ser la misma. Con tu revolución perdí todo lo que era, perdí mi identidad, y me di cuenta por primera vez de la horrible persona que era. Yo disfrutaba viendo los Juegos, Katniss. Apoyaba a mis favoritos, lo comentaba en clase y en la calle con mis amigos, y en casa era una fiesta el día que se proclamaba un vencedor. Y de un día para otro tú me arrebataste todo lo que conocía, toda mi vida, y tuve que aprender a volver a ser feliz.

Sus palabras me pesan, y soy consciente por primera vez del sufrimiento de la gente que estaba del otro lado. Nunca me paré demasiado a pensar en todas las vidas que destrozábamos con cada metro que la Rebelión avanzaba, cegada por la ira y el odio hacia todo lo que el Capitolio había creado. ¿Pero qué culpa tiene gente como Serene, que han nacido y crecido entre algodones, rodeados por la seguridad y la diversión que el Capitolio proporcionaba? Sospecho que ninguno de nosotros hubiese sido diferente de haber nacido en otro lugar o en otro tiempo. Yo jamás fui una idealista ni luche de buena gana por la rebelión de los distritos más que cuando me convenía, y eso que estuve a punto de morir de hambre por culpa de nuestro sistema. A pesar de todo, estaba dispuesta a marcharme, dejando atrás a toda la gente que seguiría muriendo año tras año en los distritos. Hubiese hecho felizmente oídos sordos a todo a cambio de seguridad y libertad para mí y para mi familia, así que no creo que sea quién para juzgar la ética ni la moral de nadie.

En cierto modo me veo reflejada en ella.

–Lo siento –atino a decir. Sinceramente no sé por qué, por todo supongo. Porque mi existencia haya supuesto tantas cosas, buenas y malas. Yo nunca pedí eso.

Serene me mira con el rostro mojado por las lágrimas, aunque parece tranquila, incluso en paz.

–No deberías –me dice–. Tú al menos puedes decir que has luchado por una causa justa, sea por el motivo que sea. Yo jamás en mi vida he luchado por nada que no fuera yo misma.

–Quizás entonces no seamos tan distintas –contesto abatida.

Y es que, ¿qué he hecho yo salvo eso? Me he pasado la vida luchando por sobrevivir, independientemente de lo que tuviera que llevarme por delante para ello. ¿Me hace más noble que el medio que usé para seguir con vida fuese tan populista? A mis ojos no. No soy mejor persona que ella ni que nadie por haber arrasado con un gobierno opresor hasta los cimientos. Mi objetivo siempre fue el mismo, sobrevivir, y sé que si el medio para conseguirlo hubiese residido en el bando contrario lo hubiese seguido de la misma forma.

No soy nadie especial. Sólo soy humana.


¡Muy buenas!

¿Qué os ha parecido el capítulo previo a la centena? Hemos conocido un poco más de Serene, que al parecer no es tan superficial como parecía al principio, ¿no? Espero que lo hayáis disfrutado y que estéis esperando el número 100 con ansia. Vendrá MUY pronto. ¡Estamos cerca del sprint final! ;)

Nos leemos pronto. Gracias a todos.

Besos.

P.

En respuesta a Gpe 77:

¿Qué te parece ahora Serene? La chica es más que una cara bonita, ¿no? Al menos eso parece ;) La decisión de Gale me sorprendió también hasta a mí, que fui la que lo escribió jajaja Ya veremos lo que da de sí este matrimonio... :P De Johanna no hemos hablado mucho más, de momento parece que ha elegido al alcohol por delante de Katniss como método para ahogar las penas jajaja Nos leemos en el próximo. ¡Gracias!