Capítulo 100: Inconsciente

–Por todos los cielos, Johanna. ¡Colabora!

Tras el quinto traspiés con la moqueta de la entrada consigo meter a Johanna a trompicones en el hotel. Son algo más de las cuatro de la madrugada y el coche que ha estado pendiente de nosotras toda la noche nos acaba de dejar en la puerta. Doy gracias porque la boda sea por la tarde…

–¿Pero dónde está todo el mundo? –pregunta Johanna cuando se da cuenta de que no estamos exactamente en el bar al que prometía estar llevándola.

–En la cama –le contesto, haciendo acopio de todas mis fuerzas para arrastrarla hasta el ascensor. Será pequeña, pero la energía no la ha perdido–, igual que vamos a estar nosotras en diez minutos.

Forcejea conmigo unos segundos, pero el alcohol que lleva en el cuerpo no le deja hacerlo durante mucho rato y consigo meterla en el elevador.

–Que sepas que no me resisto más porque estas preñada, descerebrada –me escupe casi con desprecio mientras intenta recobrar el equilibrio apoyándose en la barra metálica del interior del ascensor.

Ruedo los ojos y pulso el número de su planta. Si no fuera porque la conozco…

Tres cuartos de hora, un numerito digno de los suyos y mucha paciencia después, meto el brazo en el lector de la pared de la puerta de mi habitación. Son casi las cinco de la madrugada. Estoy agotada y lo único que me apetece es meterme a la cama y recostarme sobre Peeta, que a buen seguro llevará horas en el hotel esperándome, preguntándose dónde demonios estoy.

Pero no. No hay Peeta que valga. La cama está tan vacía y bien hecha como cuando la dejé esta tarde. Salgo de nuevo por la puerta, preocupada, y algo menos a hurtadillas de lo que entré. Inmediatamente pienso en Haymitch. A estas horas de la noche, si no sigue con el séquito masculino de Gale, ya sé dónde encontrar a mi mentor.

Me encamino hacia la sala que nos indicó Gale ésta tarde y a la que se dirigió Haymitch nada más llegar. Me sorprende el gran ventanal que domina el lugar, dejando vía libre a la luna para que ilumine la estancia. A pesar de estar las luces apagadas la sombra que es Haymitch se intuye en uno de los taburetes cercanos a la barra de bar. El tintineo de los hielos perturba el sepulcral silencio de nuestra planta y su rostro, iluminado por la luz plateada, guarda una mirada distraída, menos ebria de lo que cabría esperar.

–Los viejos hábitos nunca mueren, ¿eh? –le digo cuando llego a su altura. Lejos de sobresaltarse, esboza una melancólica sonrisa. Sabe que no lo digo por el alcohol.

–Supongo que no. Ya no sé dormir de noche –contesta con voz ronca.

Ambos miramos hacia la calle, iluminada tanto por la luz artificial como por la luna. Es todo tan diferente al doce que parece mentira siquiera que pertenezcamos al mismo planeta.

–¿Sabes dónde está Peeta? Aún no ha vuelto a la habitación –indago unos segundos después.

–Y yo que pensaba que venías porque aún te preocupas por tu viejo y decrépito mentor…

Pongo los ojos en blanco y me río:

–Vamos, tampoco eres tan mayor. Un poco decrépito, sí, pero nada alarmante con tantos Juegos tus espaldas.

Haymitch me empuja suavemente con el hombro y ambos reímos. Con el tiempo me he dado cuenta de que es mejor su humor negro que mis mil lágrimas de arrepentimiento.

–Si aún no ha vuelto debe de estar con Gale y sus colegas todavía. Cuando yo me marché le dejé allí –contesta en tono despreocupado.

Asiento, como si con eso se solucionara todo, pero no puedo negar que llevo toda la noche pensando en él. No me gusta ni un pelo que esté tan lejos de mí en un lugar con tantos recuerdos que pueden desencadenar un episodio. La sola idea de que le pase algo y yo no me entere me aterra. Tengo la misma sensación de inseguridad que la última noche de nuestros segundos Juegos.

–Tranquila, preciosa. Estará bien –trata de apaciguarme Haymitch, tan consciente de mis pensamientos como yo misma–. Deberías irte a dormir. Mañana nos espera un día muy, muy, muy importante a todos.

Hace la referencia con una mueca de disgusto, pero sé que en el fondo la echa en falta. Aunque sabemos que está bien, no hemos vuelto a ver a Effie desde el fin de la Guerra. Ella trabaja en el Capitolio y nosotros no hemos querido pisarlo en todo éste tiempo. Aún están las heridas demasiado abiertas. Quizá con el tiempo.

Haciendo caso del consejo de Haymitch, paso las siguientes horas en un duermevela, porque no soy capaz de descansar tranquila sabiendo que Peeta aún anda por ahí fuera. Tengo pesadillas fugaces sobre torturas, muertes y soledad y al despertar no hayo el consuelo que tanto necesito. Me acaricio la barriga con movimientos suaves, anclándome a éste mundo a través de mi hijo, la parte de Peeta que siempre va conmigo. Le susurro, le digo que se calme cuando me despierto sobresaltada por algún mal sueño y él lo nota, pegándome patadas y moviéndose inquieto.

Minutos, horas, días para mí, pasan sin que Peeta vuelva y estoy al borde de un ataque de nervios cuando el sol empieza a despuntar por el horizonte del Distrito 2 y la puerta se abre. Me incorporo en la cama lo más rápido que puedo y observo una sombra entra a hurtadillas, o intentarlo al menos, porque de camino a la cama choca con más muebles de los que hay en la habitación. Cuando se pega con la mesilla del otro lado de la cama y tira un jarrón a la moqueta, opto por hablarle de una vez:

–¿Se puede saber dónde estabas?

Peeta se sobresalta, pierde el equilibrio y cae al suelo. Es entonces cuando la tenue luz que entra por la ventana le alumbra y le puedo observar bien. Camisa arrugada y a medio sacar del pantalón, pelo alborotado, ojos entrecerrados y una bonita pero ebria sonrisa en los labios.

No me lo puedo creer.

–Hola, mi amor. Pensé que estarías dormida –dice lánguidamente tratando de incorporarse.

–¿Estás borracho? –le pregunto, intentando controlar mi mal genio. ¿Cómo puede haber sido tan inconsciente? ¿Acaso no es suficiente exponerse al dos que tiene que tentar a la suerte emborrachándose?

–¿Qué? ¡No! No, yo… sólo estoy un poquito… mareado. El coche, ya sabes.

Hace un gesto con la mano para restarle importancia en lo que se sienta en la cama y comienza a desabrocharse los cordones de los zapatos como puede.

–¡Peeta Mellark! Ni se te ocurra mentirme de ese modo. ¿Me tomas por tonta? –le grito, estallando al fin. El cansancio acumulado, la preocupación y mi propia tendencia a perder el control se apoderan de mí.

Peeta se gira, sobresaltado, como si la cosa no fuese con él y yo estuviera sobreactuando. Cuando me mira a los ojos pasa saliva y espera a que diga algo más, a que le chille, le mande al sofá a dormir o a que haga algo por el estilo. Pero no hago nada de eso. Rompo a llorar como una chiquilla, liberándome por fin de la tensión y la preocupación que arrastraba desde que llegué a la habitación y vi que no había vuelto. Tarda unos segundos, pero por fin parece recobrar algo de lucidez y me acuna entre sus brazos, tratando de calmar mi llanto de la misma forma que yo calmo a mi hijo.

–Katniss, mi vida, no llores. Por favor, no llores –me suplica al oído. Huele a licor, así que entierro la nariz en su pecho, aspirando su verdadero olor que aún perdura en la camisa.

Lloro hasta que me quedo dormida, recostada sobre su cuerpo mientras me susurra y me calma, como cuando despierto de una pesadilla.

Cuando amanezco horas después tengo los ojos acartonados por las lágrimas. Mi cabeza reposa sobre la almohada en vez de hacerlo sobre el pecho de Peeta como cuando me dormí. Su peso está ausente en el colchón y el calor ha desaparecido. Me incorporo azorada, creyendo que lo de anoche fue en realidad un sueño y que Peeta aún no ha vuelto, pero el sonido de su voz al otro lado de la puerta me llega a los oídos segundos después.

–Debí haberme vuelto contigo –le dice a alguien.

–Deberías –contesta Haymitch–. Siempre te he tenido por el responsable de los dos, chico. No hagas cambiar las tornas ahora.

Resoplo y niego con la cabeza. Aunque puede que, ciertamente, nunca haya sido la mujer más celosa de su propia seguridad…

La puerta se abre y un muy ojeroso Peeta entra por ella con una bandeja en las manos. Huele a chocolate, pan y café.

–Oh, estás despierta. Quería darte una sorpresa –dice con gesto un tanto contrariado–. Pero bueno, no importa, te he traído el desayuno.

Posa la bandeja sobre mis piernas y se sienta a mi lado.

–Buenos días, cariño –me saluda con una sonrisa dándome un dulce beso en la mejilla.

–Sabes que lo que hiciste anoche podía habernos costado muy caro, ¿verdad?

Mi peculiar saludo le pilla un poco a contrapié, aunque no mucho. Fijo mis ojos en los suyos sin tan siquiera mirar la bandeja que está a rebosar de comida que me gusta. Ya lloré anoche, ahora me toca exigir explicaciones.

–Lo sé. No pretendía acabar como acabé, lo siento. Es que empezaron a sacar rondas y rondas y…

–Y tú tenías que beber a la fuerza, ¿no? Sabiendo que puedes perder el control y que nadie sabe cómo ayudarte tú tenías que beber como los demás –le digo, irónica–. ¡Esto no es un juego, Peeta! ¡Estaba asustada! Me pasé más de media noche pensando en ti, sintiéndome mal por volver tan tarde, pensando que tú estarías ya en la habitación. ¡Y ahora pretendes arreglarlo con un desayuno, como si hubieses roto sin querer el jarrón de la sala!

–Lo siento, ¿vale? ¡Lo siento! Solo quería pedirte disculpas, pero ya veo que no piensas aceptarlas –comenta con tono agrio. Su voz es dura, como pocas veces lo es a mis oídos–. No era mi intención que te preocuparas, pero yo también me equivoco, Katniss. Estoy harto de que todos esperéis de mí siempre lo mejor.

Con un portazo sale de la habitación y yo me quedo muda, escuchando el sonido de sus pasos amortiguados por la moqueta del pasillo hasta que dejo de oírlos. Miro la bandeja, que sigue donde la dejó, con sus panecillos untados de mantequilla, un chocolate caliente recién hecho y un café que imagino sería para él. Una flor descansa al lado de la taza de chocolate y a su lado una pequeña tarjeta en la que pone "te amo".


¡Hola!

Me avergüenza haber tardado tanto en subir éste capítulo, más aún cuando llevaba escrito casi semana y media, pero me ha sido absolutamente imposible. Estas últimas semanas no están yendo como tenía planificado, pero espero que las aguas vuelvan pronto a su cauce y poder dedicarle al fic tanto tiempo como merece. Mis más sinceras disculpas. Os aseguro que sigo trabajando para actualizar tanto tiempo como tengo.

Nos leemos pronto (de verdad de la buena).

¡Besos! :)

P.

En respuesta a Sammy:

¡Aquí está el 100! Siento la espera, pero como ya he explicado arriba, me ha sido absolutamente imposible actualizar antes. No importa lo que tardes en leer o en comentar, siempre y cuando la historia te haga disfrutar. Si es hoy o mañana, da absolutamente igual :) Muchas gracias por acordarte de mí y seguir dejándome un comentario de vez en cuando. ¡Nos leemos pronto! Abrazo :D