Capítulo 101: Campanas al vuelo
Cuando salgo del ascensor en la planta baja el hotel está revolucionado. Los empleados corren de un lado a otro "disculpen" tras "disculpen", ultimando los detalles de una boda que tendrá lugar en pocas horas. A pesar de que la ceremonia se celebrará en el antiguo Edificio de Justicia, el hotel es el que va a encargarse de acoger a todos los invitados para el banquete, tanto a los que estamos aquí ya como a los que se sumarán a última hora.
Busco a Peeta entre la gente, como lo he hecho los pisos superiores, pero al igual que en todos, no logro encontrarle. Estoy agobiada por nuestra discusión, cansada después de la noche que he pasado y el dolor de espalda me está matando. Si a esto le sumo el flujo constante de estrés que recorre el hotel de abajo arriba, el mal humor está asegurado. Decido probar suerte dando un paseo por las calles de la ciudad, pero nada más poner un pie fuera del hotel me doy cuenta de que es tan mala idea como quedarse dentro.
Las calles, tan distintas a las del doce, están abarrotadas de gente y una atmósfera de festividad envuelve la ciudad al completo. Los coches pitan, las farolas se engalanan, incluso hay carreteras que están siendo cortadas al tráfico. ¡Y todo por una boda! Me escondo tras las puertas antes de que nadie pueda notar mi presencia y me refugio de nuevo en la entrada del hotel. La sensación es tan familiar que asusta. Es esa sensación de estar atrapada, encerrada en un lugar que es seguro, o al menos más que lo que hay afuera. Es lo mismo que volver a estar en el Trece, bajo metros y metros de tierra comprimida, esperando a salvo que bombardeen nuestras cabezas. Es como estar de nuevo en el Centro de Entrenamiento, rodeados de gente que apuesta por nuestras vidas (o mejor dicho, por cuándo las perderemos), esperando a salvouna muerte inminente.
Busco con impaciencia un lugar en el que esconderme del mundo, de los recuerdos, como hacía en el Distrito 13. Antes de perder el control encuentro una puerta doble que comunica el enorme salón de la entrada con lo que sea que haya al otro lado. Cruzo a prisa, sin pararme a comprobar si esto será algún almacén de acceso restringido. Lo cierto es que eso jamás me importó lo más mínimo, así que no veo por qué debería empezar a hacerlo ahora. Respiro hondo cuando la suave brisa de media mañana me golpea el rostro y el agradable sol de primavera me acaricia la piel. Es un jardín trasero, ajeno al bullicio del otro lado de la valla, perfecto para dejar de hiperventilar. Observo durante unos segundos el jardín, que es bastante más grande de lo que en un principio me había parecido. El terreno, llano y verde hasta donde alcanza la vista, está dividido en parcelas irregulares por un camino empedrado que recorre toda la parte trasera del hotel. Hay árboles de decoración, como los que vi en la mansión de Snow, y arbustos que separan ciertas zonas y dan algo de intimidad cuando paseas por ellas. Echo a andar casi sin darme cuenta, recorriendo en silencio los serpenteantes patrones que sigue el camino a lo largo y ancho del jardín y sintiendo cómo, poco a poco, mi respiración se normaliza y el cerebro deja de querer estallarme dentro del cráneo.
En la parte más alejada del hotel, de espaldas a mí y observando las flores que la rodean, me encuentro a mi madre. La observo desde lejos con cautela, consciente de que aún no se ha percatado de mi presencia. Seguramente haya salido buscando lo mismo que yo, tratando de poner un poco de cordura en su vida. Podría dar media vuelta, marcharme ahora mismo y ella no se enteraría jamás de que estuve aquí contemplándola, pero no lo hago. Descalza, me salgo del camino y dejo que la cuidada hierba se encargue de acariciar mis pies mientras me acerco a ella. El sol brilla sobre su pelo, devolviéndole, aunque solo sea por un rato, el precioso color dorado que un día tuvo. Así, de espaldas, se parece mucho a la madre que recuerdo.
- Hola, mamá –saludo.
- Hola, cariño. Pensaba que estaba sola –contesta ella sobresaltada llevándose la mano al pecho.
Su rostro, tan ajado por los disgustos más que por los años, se ilumina un poco al sonreír. Y aunque no sea la madre que recuerdo, aunque no sea aquella que murió en la misma explosión en la que lo hizo mi padre, sigue siendo mía. Porque sé que si sigue aquí, en este mundo que tanto le ha quitado, es por mí. Porque soy lo único que le queda. Porque me quiere como solo una madre pude amar a un hijo.
- Lo siento. He caído aquí de rebote. Allí afuera es una locura –comento señalando detrás de mí, hacia la calle, hacia el hotel y un poco hacia el mundo también.
Mi madre asiente y vuelve a acariciar con aire distraído la flor que mimaba cuando yo llegué. Le dejo espacio. Paseo un rato en círculos, disfrutando de la agradable temperatura y el mullido suelo, acariciando las flores a mi paso, oliendo alguna de vez en cuando. Al cabo de unos minutos, parece que vuelve en sí:
- Estas flores me recuerdan mucho a las que solía traerme tu padre cuando éramos jóvenes. Nunca supe de dónde las sacaba, pero siempre se las arreglaba para encontrar flores más bellas que las del propio florista que las vendía tres tiendas más abajo que la de tus abuelos.
- El bosque da para mucho más que para comer. Es mucho más que eso –le respondo yo, viniéndome a la mente más de media docena de lugares en los que recogí flores para mi madre cuando era pequeña y mi padre me llevaba con él. Él regaba los arbustos, los mimaba y protegía de los animales, porque sabía que aquellas flores eran uno de los pocos caprichos que podía concederle a mi madre. Después de su muerte nunca volví a visitarlos.
- Los lugares, al igual que las personas, importan por lo que significan para nosotros, no por lo que nos proporcionan. Para tu padre el bosque siempre fue su hogar, no solo una fuente de alimento. Allí, lejos de las ataduras que tenía en el distrito, era verdaderamente él. Igual que tú.
Y por fin veo a mi madre como llevaba milenios sin hacerlo. La miro con respeto, la miro con amor, viéndome reflejada en el pálido azul de sus ojos y sintiendo su sonrisa en mi pecho. La admiro. Después de tanto que proclamé odiarla por dejarme, descubro que la admiro. Porque se lo han arrebatado todo, hasta el último aliento de esperanza, hasta la última gota de fe que habitara su cuerpo, y sin embargo sigue aquí, luchando.
Y por primera vez en la vida deseo con toda mi alma ser como mi madre.
Nos miramos sin decir nada durante tanto rato que el tiempo pierde todo sentido y lo único que soy capaz de procesar es la ternura que ablanda el cansado rostro de la mujer que me dio la vida. Y su sonrisa, esa que no ha abandonado su boca desde que aparecí a su lado, me retuerce a mí las entrañas, haciéndome lamentar los años que perdimos la una junto a la otra.
- Te he echado de menos, mamá –le digo, aguantando las lágrimas como puedo.
- Ya estoy aquí, mi niña –responde sin dejar de sonreír.
Y cuando nos abrazamos casi puedo sentir otro par de brazos rodearnos, unos a la altura de la cintura y otros por encima de los hombros, como si mi hermana y mi padre aún estuvieran aquí. Porque, en realidad, mientras sigamos recordándolos nunca se irán del todo.
- ¿Dónde tienes pensado dar a luz, hija? –me pregunta mi madre ya de camino al hotel. Me hubiese gustado seguir contemplando el jardín durante más rato, pero ambas tenemos que prepararnos para la ceremonia.
- En el doce, por supuesto –contesto. Tampoco es que me haya planteado en ningún momento hacerlo en otro sitio y Peeta tampoco lo ha sugerido. Simplemente es algo que damos por sentado, algo que siento como correcto.
- Sé que es decisión tuya, ¿pero por qué no venís al cuatro? El hospital es el mejor después del propio del Capitolio y estaríais ambos bien atendidos.
En casa también tenemos un buen hospital. No es grande ni tiene muchos médicos, pero quizá sea por eso también que yo lo prefiero. Es familiar, conozco a la gente de la que va a depender la vida de mi hijo y, sobre todo, está construido sobre los cimientos de La Veta. Es como estar en casa.
- Ya lo sé, mamá. Pero quiero hacerlo en el doce, en casa.
La mirada significativa de mi madre habla por ella, haciéndome saber que entiende mis motivos, aunque para ella el doce ya solo provoque dolor. A pesar de que para ella ya no sea su hogar porque lo poco que quedaba de él murió con mi hermana.
Resignada a no encontrar a Peeta, subo a la habitación para terminar de prepararme. No me gusta estar enfadada con él, pero el orgullo me puede a veces aunque no debería. Siempre lo he considerado el peor de mis muchos defectos, mi mayor rival, mi propio ego. Con los años voy controlándolo un poco más, pero no del todo. Creo que es parte de mí y jamás podré deshacerme de él del todo; destructivo, sí, pero mío.
Alivio es lo que fluye por mis venas cuando veo a Peeta atándose la pajarita frente al espejo de la cómoda. Está de espaldas a mí, pero me observa por el reflejo cuando cierro la puerta. Incluso el ceño fruncido le favorece, oscureciendo sus ojos casi hasta el punto que parecen negros, ofreciendo una versión más oscura y humana de sí mismo. Es como si fuese otro Peeta, un hombre más cercano a la tierra que al cielo, pecando de orgullo como cualquier ser humano. Pero lo es sólo durante una décima de segundo, exactamente el mismo tiempo que tarda en registrarse la preocupación en la comisura de su boca, esa que he besado tantas veces y que conozco como la palma de mi mano. Y vuelve a ser él, el chico del pan, el niño que se preocupaba por mí incluso antes de conocerme, incluso antes de conocerse a sí mismo. Vuelve a ser mi marido, el padre de mi hijo, el hombre que, pase lo que pase, jamás dejará su lugar a mi lado.
- Lo siento –le susurro al oído cuando me abrazo a él por detrás. Le echo de menos hasta cuando me falta tan solo por una décima de segundo.
- Yo también lo siento.
Y eso es todo lo que nos decimos, porque no nos hace falta más. Nos amamos, y nada más importa.
El camino al Edificio de Justicia es una tortura. La gente se agolpa tras las vallas que forman el estrecho pasillo para que circulen los coches de la comitiva nupcial. Es un circo al más puro estilo Capitolino, otro paseo hasta el Círculo de la Ciudad, saludando desde las carrozas a gente que nos jalea a pesar de no conocernos de nada. Peeta me aprieta la mano más de la cuenta, inconsciente de que me hace daño, pero no le digo nada. Para mí es repulsivo más que duro. Para él es una lucha constante contra sus demonios, que lo acechan con falsos recuerdos sobre la arena.
A petición mía, nosotros vamos en un coche distinto, con mi madre y Annie acompañándonos. Las ventanas están tintadas y no se nos ve desde fuera, pero la gente saluda y grita a cualquier coche que pasa, aunque no lleve las ventanillas bajadas ni nadie saque la mano para saludar por ellas. A pesar de todo, los flashes de las cámaras siguen perforando nuestra escasa intimidad, haciendo del vehículo una trampa para el cerebro de mi marido, que mire a donde mire solo encuentra recuerdos brillantes amenazando con asaltar su juicio.
Observo la capa de sudor que se le ha formado sobre el labio superior y se lo seco con un beso, mostrándole el orgullo que siento por él (un orgullo muy distinto esta vez) por ser capaz de pelear contra Snow día tras día y por no dejar que gane.
Dentro del Edificio todo está mucho más tranquilo. Aunque el número de invitados es muy elevado, la mayoría de los asistentes son gente que ya nos conoce y ha tratado en algún momento con nosotros y los que no, son gente acostumbrada a lidiar con personajes públicos. Eso o Gale ha hecho algún tipo de amenaza generalizada que prefiero no conocer. En cualquier caso, estoy agradecida.
La ceremonia es preciosa, independientemente de lo ostentosa que sea, y Serene está radiante en su vestido blanco y del brazo de su padre de camino al altar. Gale, mi amigo, la espera con una sonrisa en la boca, aunque algo en su postura me tiene intranquila. Su planta es la de siempre: segura, fuerte y protectora; sin embargo, será por la cantidad de tiempo que he pasado a su lado, sé que no está cómodo. No tiene esa sonrisa soñadora que siempre adornaba sus labios cuando estábamos en el bosque, ni esa mirada penetrante que hacía que sus ojos parecieran poder hacer arder un mundo entero por sí solos. Se lo achaco a los nervios y a que está completamente fuera de su medio, pero no he visto a mi amigo, al que recuerdo, por ningún lado desde que puse un pie en este distrito. Es como si no fuera él, como si estuviera esforzándose por ser alguien que no es. Por su bien, espero estar equivocada.
Serene sin embargo es la viva imagen de una mujer feliz, aunque me pregunto si lo es por ver a su futuro marido esperándola en el altar o por algo distinto. Es una chica maravillosa, a su modo, y no me atrevo ni por un segundo a cuestionar su amor por Gale, pero sabiendo su ascendencia no puedo hacer otra cosa que cuestionar si parte de esa felicidad no será por la boda en sí, independientemente del novio que la espera.
Han sido muchos años cuestionándolo todo y quizá los prejuicios me cieguen ahora más que nunca, después de haber visto tanto, a pesar de que debiera ser al revés. Pero cuanto más ves y más conoces más desconfías de las intenciones de todo el mundo. Y aunque todos digan lo contrario, a mí eso me salvó la vida. Es por eso que no puedo evitar ver a Serene tan diferente, tan irreal. No su pelo esponjoso ni su cutis de porcelana. No su cintura de avispa ni sus largas piernas. Sino su forma de actuar alrededor de todo a lo que a la boda respecta. Es como si cuando Gale y ella están juntos todo brillara demasiado, con el mismo brillo que imagino cuando Peeta me describe sus recuerdos falsos. Una Serene muy distinta a la que habló conmigo en el balcón del bar esta misma noche.
Me reitero en lo que he pensado hace un rato, mientras observaba a Peeta por el espejo de la cómoda. Cómo, a pesar de lo opuestos que somos, me siento conectada a él de una manera que jamás podré explicar. Que no es el pan ni el hecho de que diera su vida por la mía, sino que es él por sí mismo, su innata identidad, lo que me enamoró antes, mucho antes, de que yo me diera cuenta. Es su bondad, su ternura, su amabilidad, su fortaleza, lo que hizo tambalear los cimientos de mis principios, poniendo mi mundo patas arriba y haciéndome descubrir que más allá de los límites que por miedo yo misma me había puesto había más mundo, más tierra, más vida. Que hogar era una palabra de la que no conocí su verdadero significado hasta que no lo perdí a él y yo misma me sentí perdida, sin rumbo, como quedarse sin luz de luna en plena noche, sin nada que te guíe de vuelta a casa, a tu hogar.
Seguramente sea por lo ciega que estoy de amor que no soy capaz de imaginar que existan parejas que se amen tanto como nosotros. Egocéntricamente pienso que nadie puede amarse tanto porque nadie ha pasado lo que nosotros, pero entonces veo a Annie, sentada justo a nuestro lado con el pequeño Finnick en su regazo y, egoístamente también, me recuerdo que podría ser peor y que la tragedia no está ligada con el amor que pueda sentir una persona por otra. Que sea más fácil no significa que el amor de Gale y Serene sea menos real, así que decido alegrarme por mi amigo y disfruto del resto de la boda con una sonrisa en mis labios y la mano de Peeta entre las mías.
Gale le da el sí a Serene y ella se lo da de vuelta. Todo son vítores y aplausos mientras se besan y yo, mientras les miro, reflexiono sobre lo mucho que puede cambiar la vida de una persona, que una vez con tanta rabia destruyó el suelo sobre el que hoy empieza a construir los cimientos de su futuro.
Vale, ante todo, MIS MÁS SINCERAS DISCULPAS por haber tardado tantísimo en actualizar. Si no me equivoco, es la vez que más me he demorado y, aunque tengo una escusa más que válida, me siento en la obligación de pediros perdón. Sé que me había comprometido a actualizar mucho más seguido en el verano (y os juro que esa era mi intención), pero a veces las circunstancias que lo rodean a uno cambian de la noche a la mañana y los planes se nos van al traste. Por esto y porque sé a las mil maravillas la buena acogida que tiene el fic entre vosotros, me he sentido ruin cada día que pasaba sin escribir nada.
Dicho esto, quiero aclarar que mi compromiso con la historia y con vosotros es MÁXIMA y que si, por algún casual, tardo más de la cuenta en subir un nuevo capítulo es porque circunstancias externas me lo impiden y no porque haya decidido que ya no me interesa seguir aquí. El final está más que pensado y medio escrito, así que no penséis ni por un instante que esto quedará inconcluso.
Pedidas las disculpas, espero que sepáis perdonarme y que disfrutéis de este largo capítulo 101. No creo que exista mejor manera de compensaros :)
Mil gracias a todos por quedaros conmigo, siempre ;)
¡Nos leemos pronto! Besos :D
En respuesta al review de Gpe 77:
Sí, por fin la centena ;) Espero que lo hayas disfrutado tanto como los 99 anteriores. Me alegro mucho de que el fic esté entre tus favoritos. Es un orgullo. ¡Mil gracias por estar ahí! Nos leemos pronto :)
