Capítulo 102: Volver
La cena es mucho más íntima que la ceremonia, a pesar de la gran cantidad de gente que acoge el salón principal del hotel. Todo son caras conocidas: Hazelle, los niños, mi madre, Annie y el pequeño Finnick, Johanna, Haymitch, la familia de Serene, sus amigas... Incluso pequeñas sorpresas que tanto Peeta como yo recibimos con gran alegría, como Beete, Cressida o Pollux. Hasta Paylor, la nueva y flamante presidenta de Panem, hace acto de presencia en el banquete de la boda de su máximo mandatario de Defensa.
Aun así, los huecos vacíos que dejaron los que se fueron durante la guerra no son reemplazables, por mucho que la mesa esté llena y todos rían. Junto a Rory veo sentada a Prim, que tanto hubiese disfrutado una boda como esta por el mero hecho de poder celebrarla libremente, por el significado que tiene, del mismo modo que disfrutó la de Finnick y Annie en el Trece. Siento a Cinna a mi izquierda, guardándome de todo mal igual que Peeta a mi derecha. Mi estilista, posiblemente el hombre más valiente de todos cuantos conocí desde que la locura de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre cambiara el curso de la historia para siempre. Le oigo hacer comentarios inteligentes a mi oído, a él, que dio su vida por una causa que creyó justa, a pesar de que su futuro hubiese estado más que resuelto con el antiguo régimen. Se sacrificó por mí, por Peeta, por Gale y por todo Panem. Porque todos tuviéramos la oportunidad de vivir bien. Porque ese derecho no le estuviese reservado a unos pocos como él.
Los veo a todos, sentados entre nosotros, como una parte más de la inmensa familia que somos. Mi padre sonríe frente a mí, echando un brazo sobre los hombros de mi madre, vigilando que Rory no se acerque más de la cuenta a Prim. "Aún son muy jóvenes, igual que tú" me dice con una mirada severa, aunque sé que no podría ser más feliz por mí. Castor habla por señas con su hermano, en esa actitud jovial que siempre irradiaba, aunque a su alrededor cayesen bombas y el mundo se viniera abajo. Observo a Portia pedirle un baile a Cinna y a Rue correr con la pequeña Posy de un lado a otro. Mags se afana en masticar la carne con sus encías, apreciando el placer que da una barriga llena, y Finnick solo tiene ojos para Annie y su hijo, que es la viva estampa de su padre.
Uno a uno, visualizo a todos y cada uno de los compañeros, familiares y amigos que se quedaron por el camino. Y aunque no estén físicamente con nosotros, de alguna forma sé que, si sonrío, ellos sonreirán conmigo.
La mañana que dejamos el Dos está llena de sorpresas. Esperábamos poder irnos sin hacer mucho ruido, mientras todos durmiesen tras la fiesta de por la noche. Con esa intención dejamos pronto la compañía de nuestros amigos tras el banquete y nos retiramos a nuestra habitación del hotel, deseando llegar pronto al Doce y retomar la tranquilidad de nuestro distrito. Sin embargo, todos parecían tener otros planes…
–Buenos días, mi vida.
La voz de Peeta se cuela suavemente por mis oídos, despertando dulcemente mis sentidos, alejándome gentilmente del sueño que, a medida que ha ido avanzando mi embarazo, cada vez ha ido ocupando más y más horas de mi día. Le sonrío, incapaz de encontrar mi voz tras toda una noche de descanso.
Aún me sorprende la tranquilidad que me aporta Peeta. Apenas recuerdo ya esos días en los que las pesadillas eran una constante cada noche y en los que los gritos ahogados en la almohada resonaban en la solitaria Aldea de los Vencedores del Distrito 12. Es como si mi vida hasta este momento hubiese sido un mal sueño que, a cada hora que paso al lado de mi marido, se diluye más y más, dejándome con solo unos pequeños retazos de miedo. Los mismos resquicios que me acompañarán toda la vida y que me atormentan a cada patada que da mi hijo en mi barriga. Las únicas pesadillas que Peeta no podrá ahuyentar.
Me besa en la frente y me recuerda que en un par de horas sale nuestro tren con destino al Doce. A casa.
–Tendrías que estar avisando a Haymitch –le recuerdo con voz rasposa. Nuestro mentor tiene tendencia a olvidar todo lo que lleva implícito un horario a seguir.
En realidad me lo he cruzado en el pasillo hace media hora. Me ha dicho que no vuelve al doce con nosotros.
–¿Qué? ¿Cómo que no vuelve al doce?
Primera sorpresa. Desde que le conocí, siempre he creído que le quería lejos y calladito, pero nunca supuse que ocurriría de verdad. Siempre ha sido un grano constante en el culo.
Peeta se vuelve hacia mí al oír el alarmado tono de voz en el que la pregunta ha abandonado mis labios.
Sí, –comienza a explicar como si no fuese algo digno de mención- llevaba una maleta de mano consigo y dijo algo del Capitolio y de volver antes de que dieses a luz. Jamás le había oído balbucear tanto –ríe. –Sinceramente, no sé cómo logré entender nada de lo que decía.
Mientras Peeta se gira para seguir recogiendo las pocas cosas que hemos traído, yo trato de digerir que Haymitch tiene algo más importante que hacer que volver a casa con nosotros y esperar el nacimiento de mi hijo.
–¿Y si doy a luz antes de que vuelva? –pregunto al aire.
–Katniss, aún quedan quince días. Volverá a tiempo –me contesta Peeta cerrando la cremallera de la bolsa de mano.
–Pero, ¿y sí doy a luz antes? –vuelvo a preguntar, esta vez con un deje de pánico en la voz. Por algún motivo no quiero a Haymitch lejos el día más importante de mi vida.
–Mi amor, volverá a tiempo –trata de tranquilizarme Peeta sentándose a mi lado en la cama, aunque su falta de argumentos no resulta muy convincente. –Te lo prometo, estará ahí cuando venga el bebé. No se perdonaría a sí mismo no estar.
Me besa en la frente y yo decido no pensar más en ello, aunque el miedo a que decida abandonarme precisamente ese día haya anidado ya en mi estómago. Sea lo que sea lo que se le haya perdido en el Capitolio, debe ser suficientemente importante como para arriesgarse así a que no le hable de por vida si no llega a tiempo.
Dejamos la habitación tal y como la encontramos al llegar, como si nunca hubiésemos estado aquí. Echo un último vistazo a mi alrededor, asegurándome de que no nos dejamos nada. Peeta sale delante de mí con las maletas de ambos y yo me encargo de cerrar la puerta con cierto aire de nostalgia. No es por el lugar. No es porque haya pasado nada especial en esa habitación. De hecho, no entiendo muy bien por qué siento como si estuviese cerrando la puerta a algo más que al cuarto de un hotel del Distrito 2. Es la sensación de que estoy diciéndole adiós poco a poco a la que ha sido mi vida hasta ahora. Y es absurdo, porque vuelvo a casa, a mi rutina, al hogar que siempre fue mío, junto a Peeta. Pero no puedo ignorar el hecho de que en unos días, por mucho que los bosques sigan siendo verdes y que la Pradera siga siendo mía, toda nuestra vida, la de Peeta y mía, cambiará por completo. No puedo hacer como si no supiera que la vida más valiosa de cuantas he tenido en mis manos dependerá absolutamente de lo que yo decida. Cada minuto, cada segundo de cada día durante el resto de mi vida.
Y me aterra.
Una vez en la recepción, mi madre (la única que sabía exactamente a qué hora nos íbamos) se une a nosotros. Quiso despedirse en persona por la mañana y no pude decirle que no.
–Hola, mamá.
–Hola, cariño.
Hago ademán de seguir a Peeta hacia el coche que nos espera en la puerta del hotel para llevarnos hasta la estación, pero mi madre me coge por el brazo y me detiene.
–Katniss, deja que yo ayude a Peeta a montar el equipaje en el coche y que me despida de él. Mientras tanto, hay alguien que quiere hablar contigo.
Sigo la dubitativa mirada de mi madre, que se dirige a lo alto de la escalinata que comunica la recepción con la primera planta del edificio y allí, en lo alto, veo a Gale, esperando como un niño pequeño a que su madre le dé permiso para bajar.
Segunda sorpresa.
No entiendo qué puede ser tan urgente para que Gale abandone su cama y a su mujer la misma mañana después del día de su boda. Debería de estar junto a ella, disfrutando del primero de los días del resto de su vida. Asiento a mi madre con el ceño fruncido, aunque mis ojos en ningún momento rompen contacto visual con mi amigo. Él, toma mi gesto como positivo hacia la pregunta implícita en su postura y comienza a recortar los pocos metros que nos separan.
Siento cómo mi madre abandona mi lado y oigo el taconear de sus zapatos hasta que sale del edificio. Cuando las puertas de cristal se cierran, el murmullo del exterior se apaga y solo estamos Gale y yo, rodeados por el frío que nos lleva acompañando cada vez que nos quedamos el uno frente al otro desde hace tantos años.
–Buenos días, Catnip –dice con una sonrisa que no llega a sus ojos.
–Buenos días –contesto yo, más duramente de lo que pretendía.–Deberías estar en la cama con tu mujer, no aquí. ¿Qué sucede, Gale?
Gale me mira, yo le miro, y el frío se multiplica por diez, por cien, por mil. En sus ojos grises ya no encuentro paz, ya no encuentro vida, ni tan siquiera encuentro el fuego que siempre parecía arder en sus pupilas. No encuentro por ningún lado a mi amigo, y me da miedo. Tengo miedo de que no solo yo le haya perdido, sino de que incluso él se haya perdido a sí mismo.
–Nada –contesta tras unos segundos de pausa. –Nada. Es solo que quería despedirme de ti y desearte… desearos un buen viaje.
–Eso ya lo hiciste anoche –respondo, suspicaz.
–Sí, lo sé. Es solo que…
Solo hay dos motivos por los que Gale se pasa la mano por el pelo. O está frustrado o está nervioso, y ahora mismo no sabría diferenciar si se trata de lo uno o de lo otro.
–¿Es solo que qué, Gale? –le presiono.
–Es solo que me ha extrañado verte así, ¿vale? –contesta un poco agitado.
–¿Así? ¿Así cómo? –pregunto sin entender de qué diablos está hablando.
–¡Así! –exclama. –Embarazada y casada y haciendo todas las cosas que juraste no hacer nunca.
Sorpresa número tres.
Su repentina subida de tono me sorprende y hace que el calor suba a mis mejillas y la ira empiece a agolparse en mi garganta.
–¿Y qué esperabas que hiciese, Gale? ¿Qué me encerrase en mi casa hasta que vinieras a salvarme? –pregunto yo, elevando también el volumen sin poder remediarlo y dando las gracias de que sea tan pronto que la recepción esté absolutamente vacía.
–¡No, claro que no! Pero creía que te conocía. Pensaba… pensaba que sabía quién eras y cuáles eran los principios que regían tu vida.
Le miro, incrédula. No entiendo a qué viene todo esto ahora.
–¿Sabes? Yo también pensaba que te conocía, hasta que decidiste que cualquier muerte era justificable si el fin era acabar con Snow y el Capitolio. En ese momento te perdí, perdí a mi amigo. Y lo peor de todo fue darme cuenta de que en realidad nunca te tuve. Lo peor fue darme cuenta de que jamás llegué a conocer quién eras.
Las lágrimas se agolpan en mis ojos y la culpa, el rencor y la ira acumulados por no haber hablado esto antes las impulsa a salir. Me resisto, porque sé que si sale una las demás lo harán detrás, así que cierro los ojos con fuerza y trato de calmarme. Cuando los abro, Gale sigue delante, dolido, pero no habla, no se mueve, solo espera a que yo siga.
–Esto no estaba planeado, si es lo que te preguntas. Y no me refiero al embarazo ni a mi matrimonio con Peeta. Lo que no estaba planeado era que me enamorase de él. Jamás quise enamorarme. Jamás pedí una historia de amor porque sabía lo que ello conllevaría. Sabía que atarme a alguien supondría formar una familia algún día y no podía siquiera plantearme esa posibilidad con Snow jugando a los bolos con nuestras cabezas.
Hablar con él, tratar de explicarle lo que siento y cómo he llegado a esto, es frustrante y liberador a la vez.
–Jamás te mentí, Gale. Sigo siendo aquella aterrada niña que tuvo que crecer demasiado rápido. Pero las circunstancias que nos rodean cambian, y gracias al cielo Peeta se cruzó en mi camino para hacerme ver que la moneda no siempre cae del lado negativo. Sigo siendo yo, Gale. Soy aquella misma niña, pero sin la presión ni el miedo pendiendo sobre mí o mi familia. Soy lo que esa niña hubiese sido de haber vivido en otro lugar o en otro tiempo. Nunca aborrecí el hecho de casarme o tener hijos, simplemente jamás me pude permitir el lujo de pensar en nada de eso.
El dolor deja la expresión de Gale y la tristeza ocupa su lugar.
–¿Qué hubiese sido de nosotros de haber huido al bosque, Katniss? –me pregunta abatido.
Le miro, sin ira ni rencor en mí, porque no se puede estar enfadado tanto tiempo con alguien tan fuerte que se vuelve tan vulnerable ante ti. Por eso, cuando le contesto, lo hago como si le hablara al Gale asustado que conocí hace tantísimos años en el bosque del lejano Distrito 12:
–No hubiese sido nada de nosotros, Gale. Porque el pasado es el pasado, y si tuviera que volver a tomar una a una todas las decisiones que me han traído hasta aquí, hasta este preciso momento –digo, posando una mano en su mejilla y la otra sobre mi barriga– lo haría con los ojos cerrados, sin cambiar ni una sola. Volvería a pasarlo todo, el hambre, los Juegos, la Guerra, las muertes… todo, con tal de tener lo que tengo ahora.
–Siempre fue él, ¿verdad? –me pregunta con media sonrisa sobre sus labios.
–Sí, siempre. Aunque ni yo misma lo supiera –le contesto.
–Cuídate, Catnip. Cuidaos mucho.
Me envuelve en un fuerte abrazo, en el calor del hombre con ojos de niño que siempre ocupará un lugar especial en mi corazón. Y yo me dejo mecer. Porque quizá sea la última vez que sienta a mi verdadero amigo, a aquél niño, apretar su cuerpo contra el mío.
–Tú también –le pido.
Antes de subir al coche, donde Peeta me espera sin cuestionar absolutamente nada, me giro hacia Gale.
–¿Estás seguro de esto? –le pregunto señalando hacia el hotel. Sé que él entiende a lo que me refiero. A su boda, a su trabajo, a lo que está haciendo con su vida.
–Supongo que el tiempo lo dirá –me contesta, encogiéndose de hombros.
Acepto la resignación en su voz, porque sé que tratar de dictarle a Gale lo que debe pensar es un esfuerzo absurdo, y termino de entrar en el coche.
Veo su figura alejarse a medida que avanzamos, aguardando estoicamente a que desaparezcamos frente a las puertas del inmenso hotel en el que le espera su futuro. Y no puedo hacer otra cosa sino despedirme en silencio de mi amigo, corroborando mi temor, porque ahora ya sé que hasta él se ha perdido a sí mismo.
Y... ¡capítulo 102!
Katniss y Peeta vuelven a casa, Haymitch no... Muchos cambios y sorpresas para todos en los próximos capítulos. De verdad, ¡va a ser un final de infarto!
Gracias, como siempre, a todos y todas por estar ahí capítulo tras capítulo apoyando el fic y haciendo de esta historia una de las más leídas. Es un orgullo :)
¡Nos leemos pronto! Abrazos :D
En respuesta al review de Gpe 77:
Gracias por comentar siempre. Es un placer leer lo que piensas de cada capítulo. ¿Qué piensas ahora de Gale? Estoy deseando oírlo ;) ¡Saludos!
