Capítulo 103: Inesperadamente esperado

Han pasado quince días desde que volvimos de la boda de Gale y Serene. La última vez que supe de ellos fue hace una semana por boca de Hazelle, que llamó para interesarse por mí y por el bebé y me contó que se habían ido de luna de miel a unas islas frente a la costa del Distrito 4. Como me pasó con la jungla y los monos de mis segundos Juegos, la palabra aparece en mi cabeza de buenas a primeras, probablemente por haberla leído en algún libro ilustrado del colegio. Nunca he estado en una isla, pero a juzgar por las asociaciones que hace mi mente con la jungla (y las malas connotaciones que la misma conlleva tras el Vasallaje) no creo que ni a Peeta ni a mí nos hubiese parecido un buen destino turístico. Aun así, me alegro de que estén disfrutando de cosas de las que hasta ahora solo la gente del Capitolio podía.

Los primeros días tras nuestro regreso, y a pesar de que solo habíamos estado dos días fuera, fueron como un bálsamo para Peeta y para mí. El estrés de la boda, las cámaras volando a nuestro alrededor en cuanto poníamos un pié fuera del hotel y la cantidad de malos recuerdos en torno al Hueso nos tenían a ambos al borde del abismo. Por suerte, nuestro pequeño y gris distrito siempre nos acoge con los brazos abiertos, y la tranquilidad que tan desesperadamente habíamos buscado acabó por encontrarnos tras las puertas de nuestro hogar.

Incluso los graznidos de los gansos de Haymitch son bienvenidos por la mañana.

Nuestro mentor volvió hace un par de días del Capitolio. Su paso por la capital del país no le ha hecho ganar en buenas maneras y sigue comiendo la carne con las manos, como en este preciso instante, a pesar de que tiene los cubiertos al lado del plato.

–Haymitch, querido, ¿te importaría usar los cubiertos por una vez en tu vida?

Peeta aguanta la carcajada lo mejor que puede, yo me afano en devorar mi filete de ternera para no echarme a reír y Haymitch, tan imposible como siempre, se chupa los dedos uno a uno con premeditación y alevosía. Effie resopla, resignada.

No son malos modales, son ganas de tocarle la moral.

Effie vino en el tren con Haymitch. La última vez que la vi fue la mañana de la ejecución de Snow, cuando aún vestía su fachada superficial y su cara estaba pintada de tristeza y soledad. Acababa de perder su vida y aunque no tuviese cicatrices en la piel que reflejaran su sufrimiento, jamás me atreví a preguntarle qué fue lo que vivió mientras estuvo en manos del Capitolio. Con mis propios fantasmas me bastaba.

Por suerte, ahora Effie parece mucho más feliz y natural. No ha abandonado sus tacones imposibles ni sus maneras refinadas, pero en el brillo de su rostro se refleja el buen corazón de la escolta que siempre nos acompañó a los tres en nuestros viajes al Capitolio. Es una mujer nueva, una más a la que la Guerra ha transformado por completo.

Cuando Haymitch la mira a los ojos, ya sin ningún tipo de burla, y ella le devuelve la mirada no hago nada por esconder mi sonrisa. Sé que él la salvó de morir ejecutada a manos de los Rebeldes cuando tomamos el Capitolio, que le dio una nueva vida. Nunca quise saber más, con eso me basta.

Cenamos en harmonía, entre más bromas groseras de Haymitch que sacan a Effie de sus casillas y que nos llevan a Peeta y a mí al borde del llanto por la risa. Es durante el postre cuando reparo en que es la primera vez que cenamos juntos, los cuatro, sin que la muerte esté acechando ni el miedo nos esté atenazando.

Somos libres. Y a pesar de todo, seguimos siendo un equipo.

–Ya recojo yo –dice Peeta, impidiéndome retirar mi plato de la mesa y posando un beso en mi frente.

Effie se ofrece a ayudarle y ambos desaparecen por la puerta de la cocina mientras charlan animadamente. En cuanto lo hacen, busco a Haymitch con la mirada, pero parece que me esté evitando a propósito mientras se saca la grasa del filete de las uñas con un cuchillo.

–No me evites –le reprocho en el mismo tono de advertencia que usaba mi madre conmigo cuando era pequeña y sabía que había hecho algo malo pero quería que confesara.

–No te estoy evitando –contesta imitando mi voz sin dejar de escarbar en la uña del dedo gordo.

–Lo que tú digas –cedo.

Le observo mientras reposo mis manos en mi prominente barriga hasta que durante una fracción de segundo sus ojos se encuentran con los míos, sucumbiendo a la tentación del que trata de ignorar a alguien. Es solo medio segundo, unas milésimas de nada, pero es tiempo suficiente para que dos personas que se conocen tan bien como nosotros se lean de dentro a fuera y de fuera a dentro tres veces. Haymitch resopla y saca su petaca. Yo me echo a reír.

Está feliz.

Todos toman un par de copas de vino frente a la chimenea mientras nos sentamos a hablar. El tiempo de primavera ya empieza a dejarse notar durante el día, pero las noches aún son frías así que seguimos prendiendo un par de troncos al atardecer. Effie no para de hablar desde que ha llegado al doce, aunque se le nota mucho más comedida de lo que era antes. Peeta le da conversación y suple con elegancia el vacío verbal que dejamos Haymitch y yo en tantas ocasiones. A ninguno de los dos parece importarles. Sería absurdo después de tantos años.

–Parece que estés a punto de reventar –comenta Haymitch en un segundo plano a la conversación que mantienen Effie y mi marido.

Le miro, un poco confundida porque no sé si se refiere a mí o a la vena que sobresale en el cuello de Effie cada vez que habla de algo que le emociona y que me tenía absorta hasta ahora.

Voy a responderle, a soltarle algún tipo de respuesta hosca y malintencionada, siguiendo ese antiguo ritmo entre ambos que consiste en pincharnos hasta que uno de los dos estalle, cuando siento como sí las entrañas se me estuviesen retorciendo.

Llevo semanas sintiendo leves contracciones de las que el médico del doce ya me advirtió. "Simples simulacros" dijo, con una sonrisa en los labios. Pero esto no es un simple simulacro.

Resulta casi cómica la respuesta inmediata de mi cuerpo al comentario desdeñoso de Haymitch. El sudor copa mi frente en un instante y mis ojos se clavan en los suyos, gritando en silencio tantos improperios que mi boca no daría abasto en pronunciar. Tan pronto como llega se va, pero ha sido tiempo suficiente para que mi mismo miedo, ese que me anula cada vez que siento a mi hijo moverse dentro de mí, se refleje en su semblante.

Me pregunta con las cejas y yo asiento.

Ya viene.


¡Hola, hola!

Poco a poco voy cogiendo ritmo. Sé que no estoy actualizando todo lo rápido que os gustaría, pero quiero redondear bien el final. ¡Qué menos!

Espero que el breve capítulo os haya dejado mordiéndoos las uñas jajaja Ya sé, ya sé. Soy una malísima persona por dejaros así, que no es justo que os haga esto... blablabla. Lo sé, lo sé todo. Pero no os queda otra que confiar en mí cuando os digo que así es mejor. ¡El próximo capítulo será épico!

Gracias, mil gracias por leer cada una de las palabras que escribo. Sois la razón de ser de esta historia. ¡Nos leemos pronto! Besos para todos ;)

En respuesta al review de Gpe 77:

Gale, Gale, Gale... Te adelanto (y a todos los que leáis esto, ya de paso) que en él tenéis una pista del desenlace de esta historia. ¿Qué será? Escucho apuestas ;) La respuesta a por qué fue Haymitch al Capitolio ha quedado respondida, ¿no? jajaja Mil gracias por estar ahí siempre. ¡Nos leemos pronto! Saludos :D