Capítulo 106: Allí, bajo el sauce…

Los primeros versos de la canción brotan en mi mente mientras la miro:

En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,

Hay un lecho de hierba, una almohada verde suave…

Imagino la Pradera, verde como sé que está ahora y no arrasada por el fuego y destrozada por las palas que allí enterraban cuerpos sin vida en una fosa común. Un cielo azul, tan azul como los ojos de mi hija, le sirve de manto y el sol, que brilla con tanta fuerza como mi amor por ella brilla en mi interior, calienta el lecho de hierba sobre el que mi niña juega. Las margaritas le acarician los pies y su sonrisa ilumina cualquier rincón oscuro que el sol no es capaz de alcanzar.

Yo soy la Pradera, tumba de tanta muerte y tanto horror que, iluminada por mi sol particular, florezco joven de nuevo, cubriendo con verde las cicatrices que siempre me acompañarán. El cielo despejado y azul es mi marido, libre de nubes salvo por un par que se cuelan de vez en cuando, amenazando con tapar el sol eterno. Y si nuestro amor, que bien podría ser el sol, no alcanzara a iluminar las zonas más oscuras de mi ser y no consiguiera despejar las nubes que acechan la mente de él cada día, ella lo haría, igual que lo hace el sauce de la canción, protegiéndonos a ambos de nuestro pasado y recogiéndonos entre sus largas ramas, aguardando pacientemente a que nuestros sueños vuelvan a ser dulces para hacerlos realidad.

–Willow –digo, cesando con el suave tarareo y sobresaltando a todos, que escuchaban atentamente.

La niña se altera un poco en su sueño y centro mi atención en ella, retomando la canción, hasta que se calma. Cuando lo hace, vuelvo a repetir en alto:

–Willow. Se llamará Willow.

Mis ojos buscan instintivamente los de mi madre, sabiendo que ella entenderá y temiendo lo que me encontraré cuando la mire. Como esperaba, sus ojos están bañados en lágrimas, aunque no sabría decir si empezaron a mojarse cuando tarareé la canción o lo han hecho ahora, al entender por qué quiero llamar a mi hija como el sauce que da cobijo a los bebés en la nana. A pesar de todo sonríe, con esa misma sonrisa triste que una adopta cuando la resignación es lo único que le resta en este mundo, pero con la ilusión que hacía mucho que no veía en las arrugas de sus ojos. Le gusta.

Es a Peeta al que busco el siguiente, aunque en sus ojos no encuentro las mismas lágrimas ni el mismo entendimiento. Sé que recuerda la canción de cuando se la canté a Rue en los Juegos, pero no sabe que es la misma que mi padre me cantaba a mí cuando era pequeña ni que es aquella que calmaba a Prim la mañana de la cosecha.

–¿Te parece bien? –le pregunto esperanzada. Sé que no se negará, pero tiene tanto derecho a decidir como yo.

–Es precioso –contesta él, posando un beso en mi frente y acomodando su cabeza en el borde de la cama, más cerca de ambas.

Ya en la tranquilidad de nuestra casa le contaré todo lo que no sepa y le recordaré todo lo que no recuerde, para que el pasado no le impida saber por qué he decidido que su hija lleve el nombre de un árbol que acompañó a una niña hasta su muerte.

Effie, Haymitch y mi madre nos dejan a solas en la habitación para ir a comer algo. Estamos un buen rato en silencio, la niña dormida sobre mi pecho y Peeta prácticamente recostado sobre él también. Cierro los ojos y me deleito con la presencia de ambos, permitiéndole a mi mente no pensar en nada por primera vez en los últimos nueve meses. Todo lo que antes era temor e inseguridad ahora es fuerza y amor, sustituido gracias a las dos cabezas que reposan sobre mí. El miedo sigue ahí, no se ha ido y temo que nunca lo hará, pero empiezo a creer que, tal vez, por fin la suerte esté de nuestra parte.

Cuando parece que han pasado eternidades, la voz susurrada de Peeta me saca de mi momento de relajación:

–Dime que esto es real.

La pérdida de su calor me hace abrir los ojos para encontrarme con los de mi marido, suplicantes, pidiéndome que le devuelva a la realidad tanto como con sus palabras. Busco en su iris azul cualquier indicio que me responda si su duda es otra vez fruto de la tortura que sufrimos, intentando desechar la idea de que la oscuridad está nublando su juicio y tratando de ensombrecer este preciso momento, el más feliz de nuestros días. Pero sus ojos brillan con orgullo y se abren como los de un niño tratando de absorberlo todo y es incredulidad lo que en ellos percibo, la misma que siento en mi pecho; incredulidad porque algo tan maravilloso nos esté sucediendo, después de todo.

Dejo que mi mano vuele a su mejilla y le sostengo la mirada, para que vea en mí lo mismo que yo veo en él: seguridad, amor y felicidad.

–Lo es. Tan real como las pesadillas y los episodios; tan real como nuestro matrimonio y nuestro amor –le contesto. Peeta aprieta su mejilla contra mi mano y cierra los ojos. – Tan real que da miedo.


Capítulo corto, lo sé, pero es que las actualizaciones ahora van a venir muy seguidas hasta el final y este será el punto de inflexión. ¡Comienza la recta final! (Además, me pareció tan bonito que quise dejarlo así, como está).

Espero que lo hayáis disfrutado y estaos atentos si queréis ir día a día a mi lado hasta el final, porque el próximo capítulo podría aparecer en cualquier momento... ;)

En respuesta a gpe77:

¡Me alegro mucho! Que hayas reparado en la reacción de cada personaje me hace estar satisfecha de lo que escribo. ¡Muchas gracias por seguir ahí! Nos leemos muy pronto... ;)

P.d: Quiero también agradeceros a todos los que dejáis review y os contesto por mensaje directo, que sois muchos, por el tiempo que dedicáis a emocionarme con vuestras palabras. Sin vosotros, TODOS los que estáis ahora mismo al otro lado de la pantalla, esto no sería posible. Gracias, gracias y gracias.