Capítulo 107: Declaración de intenciones

–¿Tenemos todo? –pregunta Peeta.

–Sí, estamos listas.

–Muy bien, pues en marcha.

Estamos a finales de mayo y la primavera ha estallado a todo color a nuestro alrededor. Le costó, pero por fin hace un par de semanas empezó el buen tiempo. Cada día que pasa ganamos unos pocos minutos más de luz y la Pradera ha florecido como en mis sueños lo hago yo al lado de Peeta y nuestra hija. Hoy hemos decidido aprovechar que es domingo y que Peeta no trabaja para pasar el día en familia en el lago. Entre las nevadas, el embarazo y el parto no lo he visitado desde otoño, por lo que tengo unas ganas inmensas de volver a respirar el aire de mis bosques y sentir la presencia de mi padre en las raíces de las saetas por las que me nombró. Quizá podamos incluso recoger algunas para cenar.

Caminamos hasta la valla mano en mano, con Willow acomodada sobre el pecho de Peeta en una especie de arnés que fue el regalo de Effie por el nacimiento de la niña y que ha acabado resultando verdaderamente útil. El sombrerito que le hizo mi madre las semanas que estuvo aquí le protege la delicada piel del sol y sus manitas no dejan de juguetear con el cuello de la camiseta de su padre, cosa que a Peeta no podría importarle menos.

Antes de abandonar la Pradera y adentrarnos en el bosque, algo me llama la atención y giro la cabeza su busca, aunque no sé de qué. Un pequeño brillo blanco y amarillo capta mi atención en el otro extremo de hierba cercano a la Veta, o lo que solía ser la Veta. Es un diente de león, el primero de la primavera. Me giro y sigo el camino que ha emprendido Peeta, sonriendo.

Cuando llegamos al lago, es como si el tiempo perdiese sentido. Resulta atemporal, evocando en mí recuerdos de cuando era pequeña y mi padre me traía aquí, a nuestro lugar secreto, a disfrutar lo poco que la vida nos podía ofrecer entonces. Y aun así, con lo poco que teníamos, son los únicos recuerdos felices que conservo que pueden equipararse a la felicidad que disfruto ahora. Después de aquella explosión en las minas cambiaron tantas cosas que este lugar dejó de tener sentido para mí, profanado como estaba por la presencia de Snow en cada una de las almas que tuvieron que refugiarse aquí tras el bombardeo al doce. Las primeras veces que vine tras saber que Gale tuvo que refugiarse aquí con los pocos supervivientes del bombardeo, sentí una rabia que no debía. Sabía que Gale tuvo que traerlos aquí por fuerza mayor, porque fue el único lugar relativamente seguro del bosque en el que pudo pensar. Pero no era a él a quien culpaba por haber contaminado el único lugar que me unía a mi padre, sino a mí misma, por habérselo enseñado años atrás, cuando la perspectiva de un pez y unas raíces sobre la mesa vencían al deseo de mantener en secreto un lugar tan hermoso. Me culpé por haber permitido que la sed de venganza de Snow tiñese de rojo las aguas de este lago, que solo había conocido bondad bajo la protección de mi padre.

Con el tiempo y la influencia de Peeta, he sido capaz de verlo como un buen acto de mi padre, que incluso después de muerto logró salvar las vidas de tanta gente que me importaba, incluidas las de mi hermana, mi madre y los Hawthorne. Gracias a él aún hay Distrito 12.

Aposto mi arco y carcaj contra un tronco, por si algún animal del que podamos hacer la cena se cruza por delante, pero teniendo en cuenta lo mucho más que cada vez tengo que adentrarme en el bosque para encontrarlos me hace ser escéptica al respecto. Hasta eso ha logrado profanar el egoísmo humano.

La merienda pasa entre risas y el sol de media tarde nos acaricia y calienta cuando nos tumbamos sobre la manta en la hierba. Willow se duerme entre nosotros, y tal y como llevamos haciendo prácticamente todos los días desde que nació, Peeta y yo velamos su sueño, observando en silencio como sube y baja su pecho a cada respiración, como si así pudiésemos calmar el temor de que un día deje de hacerlo y no podamos impedirlo.

Me estoy quedando dormida, mecida por la suave brisa que viene desde el lago, cuando Peeta comienza a hablar:

–Katniss, nunca te he contado cuando me enamoré realmente de ti.

Su tono es rítmico y pausado, sin ninguna nota estridente que pueda despertar a nuestra hija de su delicado sueño. Son sus ojos, aún clavados en Willow, los que guardan cierta melancolía.

–Creía que llevabas loco por mis huesos desde parvulitos –bromeo. Peeta sonríe y niega con la cabeza, aunque sigue sin dirigirme la mirada. Antes de que pueda elaborar nada más, prosigue:

–Siempre me gustaste. Incluso llegué a creer que haber salido elegido en la Cosecha junto a ti podría considerarse un golpe de suerte, pero cuando tuve la oportunidad de vivir, cuando por fin ni mi vida ni la tuya corrían peligro por primera vez desde que nacimos, después de toda la masacre de los Juegos y la Guerra, me di cuenta de que no era así; de que no te había querido nunca.

Sus palabras duelen y se me clavan dentro como un puñal, a pesar de que sé lo mucho que me quiere, porque no entiendo su repentina seriedad ni por qué siente ahora la necesidad de decirme esto.

Levanta los ojos, aún con su dedo aprisionado por el puño de la niña, y me mira con tanto dolor que la que no puede sostenerle la mirada esta vez soy yo. Su mano libre acude a mi mejilla, incitándome a que le mire a los ojos, como prometimos que haríamos siempre que las cosas se pusiesen feas.

–Te amé por primera vez cuando me dieron la oportunidad de hacerlo sin temer por tu vida. Me enamoré de ti cuando volví al doce y te vi tan rota, tan hundida, que era imposible reconocer a ningún Sinsajo en ti. Me enamoré durante todos esos meses de sufrimiento y de lucha contra las pesadillas, mientras llorabas en mi hombro como la chica frágil que nunca pudiste ni te permitiste ser. Te amé por vez primera cuando dejaste caer aquella barrera que siempre sostuviste entre nosotros, haciéndome sentir algo tan intenso que me hizo desechar cualquier idea sobre el amor que había preconcebido, porque nada de aquellos sueños se acercó jamás a la realidad que suponía amarte. Todo se multiplicaba por mil, la felicidad, el dolor, el odio –sus ojos, de un azul tan intenso como la primera vez que me perdí en ellos, me perforan, de fuera a dentro, hasta llegarme al alma. –Me enseñaste a amar, Katniss. Con tus lágrimas y con tu dolor, aprendí a amar. Y te estaré eternamente agradecido por ello.

Jamás he entendido cómo es capaz de crear magia con las palabras. Cómo es capaz de pintar cuadros sin la necesidad de usar un pincel o cómo es capaz de desarmar a un país entero sólo con la fuerza de su voz.

Y como yo no sé hacerlo, hago lo único que he sabido siempre, actuar sin pensar en nada.

Nuestro beso es largo y suave, como una caricia de la hierba en los pies desnudos o como el susurro de las olas del mar en calma. Siento cada palabra silenciosa que le digo con mis labios calentar mi corazón y le susurro con mi alma todas las cosas bonitas que me hace sentir y que jamás seré capaz de expresar en condiciones.

–Te amo –atino a decir cuando me separo, con mi frente pegada a la suya y los ojos aún cerrados.

–Entonces cásate conmigo.

Abro los ojos, confundida por la urgencia de su voz. Ya estamos casados.

–Ya estamos casados –repito, esta vez en voz alta.

Su iris pierde el brillo de la confianza con el que me miraba hasta ahora y su mano abandona mi mejilla cuando se incorpora, dejándome huérfana de su calor.

–Lo sé –dice, mientras se pasa las manos por el pelo y se acomoda sentado mirando hacia el lago.

Yo me apoyo sobre mi antebrazo y le observo, curiosa, deleitándome en el hecho de que las únicas veces que le he visto quedarse sin palabras haya sido por el efecto que ejerzo en él. Creo que empiezo a comprender aquello que me dijo hace tantos años.

–Lo sé –repite. –Es solo que desde que fuimos a la boda de Gale y Serene… he estado pensando, que quizás, con el nacimiento de la niña y todo… –Es tan gracioso verle balbucear que no puedo reprimir una sonrisa. No está logrando hilar nada con sentido.

La sonrisa se me borra cuando se lleva la mano al bolsillo y de él saca un colgante adornado simplemente con una perla que en algún momento del pasado contuvo la vida de mi marido bajo su irisada superficie. Los recuerdos de tantas noches besándola como si fuera él, protegiéndola de todo, como si así pudiese proteger también de algún modo la vida del hombre que me la regaló, se agolpan en mi mente. Las lágrimas acuden a mis ojos sin previo aviso y me incorporo de golpe, tan nerviosa como hacía tiempo que no estaba.

–Sé que para ti no es necesario, y te juro que para mí con el tueste es más que suficiente, pero quiero que ambas estéis seguras si a mí me pasara algo. No quiero que lo mío deje de ser tuyo si en algún momento no puedo seguir protegiéndoos.

–No digas eso –le suplico con la poca voz que soy capaz de reunir. La sola idea de perderle me arrastra en segundos a la oscuridad más absoluta.

–Quiero que el gobierno os reconozca en pleno derecho de todo lo que es mío, como la parte fundamental de mi vida que sois y que jamás dejaréis de ser. Quiero que seas mía a ojos de todos, Katniss, y quiero ser tuyo para toda la vida, para que hagas de mí el hombre que solo a tu lado puedo ser. Así que, por favor, ¿quieres casarte conmigo, otra vez?

Y así, con esa misma sonrisa de medio lado y el símbolo que me recuerda que tengo una familia que me ama esperando por mí, me desarma. Tal y como hizo aquella vez en la playa del Vasallaje de los Veinticinco. Dejándome vendida ante su corazón; desnuda de la única forma que solo él es capaz de verme.


Como siempre, lo prometido es deuda. Espero que hayáis disfrutado de este capítulo, más largo que el anterior e igual de cursi jajaja

¡Nos leemos MUY PRONTO en el próximo! Y FELIZ AÑO NUEVO A TODOS. Besos 3