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Capítulo 108: Futuro

Los días pasan en un abrir y cerrar de ojos. Willow nos acapara las veinticuatro horas del día y dormir resulta una verdadera quimera. Las ojeras, el silencio y el cansancio, tanto físico como mental, regresan a nuestro día a día. Y, sin embargo, somos las personas más felices del mundo por tener bolsas azules bajo los ojos, los hombros hundidos por el cansancio y la casa más silenciosa del distrito cuando los llantos de nuestra hija lo permiten. Porque todas las noches, cuando nos vamos a la cama a todo correr después de haber conseguido calmar a Willow, y a pesar de saber que sólo tres horas nos separan del próximo llanto, no nos podemos borrar la sonrisa de la cara. Como tontos enamorados; como padres recién nacidos.


Hoy es verano. Es verano y algo más. Es futuro, es paz, es real. Y es nerviosismo, aunque no quiera admitirlo. Es aire, brisa y mar. Es pasado y presente, todo en uno. Es amor. Hoy lo es todo y nada a la vez, porque me caso con el hombre al que ligué mi vida mucho antes de firmar ningún papel ni tostar ningún pan.

Desde que nació, es la primera vez que me separo de ella. Ha hecho falta toda la fuerza de voluntad (y física) de Haymitch y Peeta para sacarme de casa a primera hora, sin el bultito de mi hija entre los brazos, con la fría forma del arco y el carcaj de flechas ocupando su lugar. Cuando me quiero dar cuenta, la superficie del lago brilla potente ante mis ojos bajo el radiante sol de mediados de julio. No he cazado nada de camino aquí, porque los pies me trajeron solos sin pedir opinión alguna a mi cerebro, ocupado como estaba en digerir el miedo, aunque débil, que siento al alejarme de mi hija. Lo controlo, pero menos de lo que debería.

Me han forzado a salir porque no quieren que vea lo que sea que a mi marido se le ha ocurrido preparar en el jardín trasero de casa. Es absurdo, todo esto del paripé de la gran boda, porque apenas serán más de media docena de asistentes, pero a Peeta le apetece darme una sorpresa y jamás podría negarle nada a esos ojos azules que me han despertado con besos y un desayuno en la cama esta mañana. Está tan emocionado que cuesta no emocionarse con él. No sé cómo no vi antes en sus ojos lo mucho que quería compartir nuestra felicidad con la familia y los amigos.

Me entretengo en la orilla, rompiendo la tensión superficial del agua con la punta de mi flecha mientras paseo descalza por el barro. El bosque me engulle y poco a poco sus sonidos me hacen olvidar la preocupación por Willow, que no podría estar en mejores manos que las de su padre. Ni tan siquiera en las mías. Y de un padre salto a otro, sin quererlo, y los recuerdos (los buenos esta vez), me arrastran mar adentro, como la corriente lo haría si me dejara llevar por ella. Mi padre ocupa mis pensamientos, tan contento que hubiese estado hoy, de seguir entre nosotros. Y reflexiono sobre lo absurdo que resulta que, a pesar de los años que han pasado ya y a pesar de que apenas recuerdo detalles de su hermosa voz, su olor reviva en mi mente cuando regreso al lago. En realidad creo que no es su olor, por agridulce que resulte darse cuenta. Creo que es una asociación que hizo mi cerebro, rebuscando entre mis recuerdos más dulces y ligando la calma y la seguridad que sentía con mi padre al mismo torrente de sensaciones que descubrí tras su muerte cuando pise el lago por primera vez. Es por eso que recuerdo el olor de mi padre como si lo tuviera enfrente y pudiera hundir mi nariz en su camisa de cuadros de cazar. Es por eso que, cuando vengo al lago, le siento más presente que nunca, porque su verdadero olor se perdió en el tiempo y lo sustituí en algún momento de aquellos años por la esencia del lago en los meses cálidos.

No se puede olvidar algo que se revive todos los días. Es una lección que me enseñaron las pesadillas.

Decido volver a casa cuando el sol empieza a apretar lo suficiente como para saber que se acerca el mediodía. Me despido del lago, o de mi padre, ya no lo tengo muy claro, y regreso a paso suave hacía los límites del distrito.

En mi casa (mi antigua casa) me espera mi madre, con todo ordenado y presentable como lo dejó la última vez que estuvo aquí. Fue una sorpresa para todos que aguantara casi tres semanas en este distrito y en esa casa. Aún más sorpresa fue que decidiera limpiarla y acondicionarla para vivir en ella cada vez que viniera de visita al doce. Jamás imaginé siquiera que fuera a poner de nuevo un píe en este lado del país.

–¿Qué tal ha ido el paseo, cariño? –dice mi madre al salir a mi encuentro al pasillo.

Un escalofrío me recorre la espalda al oír esas palabras. Inspiro hondo, para que el olor a verano me ancle al presente y para que el miedo no me haga correr a comprobar que no hay rosas frescas en el jarrón del estudio. No hay Agentes de la Paz. Tampoco hay hermana.

–Bien, me ha ayudado más de lo que pensaba –contesto yo, recibiendo el beso que me da mi madre, ajena al pequeño juego mental por el que me acaba de hacer pasar.

Subimos las escaleras en un cómodo silencio hasta mi antigua habitación, donde descubro que mi madre me tiene preparado un vestido muy distinto del que habíamos acordado.

–Mamá, ¿de dónde lo has sacado?

–Creí que te haría ilusión, por eso lo mandé hacer de nuevo a partir de la foto.

Mi madre se casó de blanco con un vestido que mi padre compró de segunda mano. Lo habitual era que la gente de la Veta lo alquilara para el día de la boda, pero mi padre le compró aquel vestido a mi madre, el único que pudo regalarle en toda su vida, y que les costó tres meses de sueldo íntegro de la mina. Apenas comieron bien, pero ella sostiene que fueron los tres meses más dulces de su vida.

–Me dio tanta pena saber que lo había perdido el día del bombardeo… Siempre pensé que Prim y tú os casaríais con él algún día y cuando llegue al trece… llámame estúpida, pero cuando se asentó sobre mí el peso de la realidad, lo que estuvo a punto de romperme fue saber que jamás os vería enfundadas en aquel vestido, siendo felices como merecíais.

Hace unos años la hubiese tachado de débil y estúpida por estar tan apegada a algo tan banal como un vestido viejo. Pero ahora que he vivido comprendo que no se trataba del vestido, sino de la idea que representaba. El futuro, algo que en aquel momento mi madre pensó que nunca tendríamos.

–Es perfecto, mamá. Gracias.

Me fundo en un sentido abrazo con mi madre, como si éste fuera el día de la Cosecha y yo me estuviera despidiendo para ir a morir a los Juegos del Hambre. Es curioso lo que el futuro nos acaba deparando. Vida a los destinados a morir y muerte a los que se habían librado de ella. Pero nadie se libra de la muerte, porque el verdadero juego es la vida y el tiempo, su única regla.


Cuando suba el próximo capítulo (que será pronto) la mayoría empezaréis a entender de qué se trata el '3' de arriba. Aunque estoy segura de que los más atentos ya empezaréis a haceros una idea...

¿Qué os ha parecido el capítulo? Ya os adelanto que lo poco que nos queda será tranquilo, así que no esperéis sustos de última hora, no creo que estos dos pobres se lo merezcan después de todo lo que les ha tocado ya jajaja

Por lo demás, pronto tendremos que despedirnos. No quiero ponerme pesada desde ya, así que cuando llegue el momento me despediré de vosotros de una manera más apropiada. Mientras tanto, confío en que los capítulos sigan siendo el mejor regalo que puedo daros.

¡Nos leemos MUY pronto! Un abrazo a todos :)

En respuesta al review de gpe77:

Feliz año nuevo a ti también :) Me alegro mucho de que te gustara el final del 106. Respecto a la confesión de Peeta, creo que va mucho más acorde con el final que nos dejo entrever Suzanne Collins que otras versiones más "idealistas", por así decirlo. Al fin y al cabo, el verdadero amor solo se conoce y valora después de haber vivido suficiente, como bien explica Peeta en su diálogo con Katniss. Aún así, para gustos los colores, como se suele decir :) ¡Espero que 2016 te traiga tantas alegrías como mereces! Nos leemos pronto, un abrazo :)