2...
Capítulo 109: Sólo son papeles
–Estás radiante.
Una lágrima inocente resbala por la mejilla de mi madre mientras me lo dice. Ella se la seca con el dorso de su mano, como si nunca hubiese estado ahí, y me toma de los hombros para que encare el espejo que está a mis espaldas. He llevado vestidos cien mil veces más bonitos, un millón de veces más brillantes y mil millones de veces más espectaculares y, sin embargo, ni las habilidosas manos de Cinna me hicieron verme nunca tan hermosa como me veo hoy. Es el color de mis mejillas, la sonrisa en mi boca, la paz en mi mente y la felicidad en mi corazón lo que me hace sentir así. Enfundada en este sencillo vestido blanco reparo por primera vez en lo mucho que me parezco a mi madre y me doy cuenta de por qué rodaba esa lágrima por la prominencia de su pómulo. Soy ella, con el pelo castaño y la nariz un poco torcida, pero soy ella. Y aunque pueda seguir apreciando la herencia de mi padre en las facciones de mi rostro, por fin me doy cuenta de lo mucho que me parezco a mi madre en esa foto del día de su boda, con éste mismo vestido y ésta misma sonrisa adornando su boca.
–Gracias por peinarme.
Llevo el mismo peinado que el día de la Cosecha. Aquél bonito trenzado que mi madre se encargó de enseñarle a mi equipo de preparación y que ellos, con sus habilidosas manos, nunca fueron capaces de recrear del todo. Les faltaba la sencillez del doce; les sobraba la opulencia del Capitolio. No sabían hacer lo que mi madre hacía, magia con sus manos aun cuando no había recursos.
–¿Estás segura de que quieres llevarlo así? Aún tenemos tiempo si quieres cambiarlo –me ofrece mi madre.
Lo cierto es que yo se lo he pedido. Algo que a mi madre no le ha traído muy buenos recuerdos, pero que ha respetado porque así lo he querido. Es otra manera para mí de cerrar un ciclo. Cerrar una historia que comenzó el día de la Cosecha de los 74º Juegos del Hambre y comenzar otra hoy, real y sencilla, sin más muertes ni pesadillas.
–Estoy segura –le contesto. Tomo su mano con la mía, le doy un leve apretón y juntas bajamos las escaleras.
El camino al nuevo Edificio de Justicia se me hace demasiado corto. Todos los nervios absurdos que había estado conteniendo me desbordan a pocos metros de la entrada y tengo que pararme, agarrada al brazo de mi madre, para respirar hondo y obligar a mis piernas a que dejen de temblar. ¡Por todos los cielos, esto es absurdo! Ya estoy casada con el hombre que está dentro y tenemos una hija juntos, esto no debería ser más que un simple trámite, una firma de papeles que nos haga oficialmente marido y mujer ante el Gobierno recién formado. Y sin embargo la perspectiva de hacerlo real de cara a los demás me tiene temblando, como si firmar ese papel me fuera a traer más complicaciones que beneficios.
Finalmente recobro la compostura y me obligo a avanzar hacia Haymitch, que nos espera pacientemente a lo alto de las tres escaleras que coronan la entrada.
–Vaya, preciosa. Lo del blanco te lo podías haber ahorrado, dadas las circunstancias –suelta Haymitch con una carcajada en cuanto llegamos a su altura. La mirada que le dirige mi madre le hace retroceder y de la misma, añade:– Aunque estás bellísima, por supuesto.
Se excede con la reverencia completamente absurda que me hace, pero yo no estoy para mucha pelea verbal y mi madre decide omitir su alusión al Capitolio. Al fin y al cabo, es Haymitch.
–Te espero dentro, mi amor.
Mi madre me deja en manos de Haymitch, que será el encargado de acompañarme hasta Peeta, donde quiera que esté.
–Bueno, ¿preparada? –pregunta mi mentor ofreciéndome el brazo.
–Qué remedio –le contesto, aceptándolo y soltando un dramático suspiro.
Entramos al Edificio de Justicia y Haymitch me dirige a la sala en la que firmaré el papel que me unirá a Peeta oficialmente y donde ya esperan los pocos invitados que tenemos.
–No entiendo cómo aceptaste esto –pregunta al aire Haymitch mientras recorremos los escasos metros que hay de la entrada del edificio a la puerta de la sala.
–Me presenté voluntaria –le devuelvo, en tono mordaz. Haymitch se ríe, pero mantiene el silencio. Antes de que abra la puerta, detengo su mano y le pregunto, no del todo en broma: – ¿Un último consejo?
Se gira y me mira directamente a los ojos, como lo hizo la última vez que se lo pregunté. Y aunque me da la misma respuesta lo hace con una media sonrisa en los labios, porque sabe que ésta vez ya no hay secretos entre nosotros, porque ahora no me está pidiendo un imposible:
–Mantente con vida.
Con una leve sonrisa que imita la suya, asiento con la cabeza y, tras apretarme el brazo, Haymitch abre la puerta.
La claridad es lo primero que me sorprende, porque para nada me esperaba una sala con tanta luz dentro de un edificio tan frío, con paredes de piedra y techos abovedados. Lo segundo que lo hace es darme cuenta de que Haymitch lleva más de un minuto a mi lado y no huelo a alcohol.
–¿Te has duchado? –le pregunto, incrédula.
Me mira como si me hubiese crecido otra cabeza y me responde con otra pregunta:
–¿Tan nerviosa estás que es lo único que se te ocurre preguntar ahora mismo?
Me río, porque es verdad. Estoy como un flan. Él se ríe conmigo y me fuerza a avanzar y, ésta vez sí, a afrontar todo lo que esta sala contiene.
Peeta espera pacientemente a que recortemos los escasos metros que separan la puerta de la mesa sobre la que firmaremos los papeles. Su sonrisa hace brillar la sala más que toda la luz que entra por los ventanales. Sus ojos me desnudan el alma, reduciéndome a aquella escuálida niña que esperaba la muerte bajo el manzano del patio trasero de su casa, y por fin clasifico aquello que sentí por él cuando me lanzó el pan bajo la lluvia. Durante muchos años lo disfracé de deuda, como si Peeta hubiese estado esperando algo a cambio por aquel gesto. Tras los Juegos fue gratitud, tan inmensa como no podría haber sido nunca de otra forma, por darme la oportunidad de ver crecer a Prim muchos años más. Y tantos años después por fin comprendo que se trata de pertenencia, un sentimiento tan potente y egoísta que todo lo demás que he sentido en la vida jamás le haría sombra. Porque desde el día que recogí aquel pan quemado del suelo él es mío, igual que yo soy suya, y ningún papel de este mundo podrá jamás dejar constancia de lo mucho de él que llevaré conmigo, allá donde vaya, hasta el día en que me muera.
Haymitch le ofrece mi mano cuando llegamos a su altura y él la toma con tal delicadeza que cualquiera me tomaría por una mariposa capaz de convertirse en polvo al mero roce de sus dedos y no por la mujer que resurgió de las cenizas de un pájaro abrasado.
Antes de girarme hacia la mesa, dedico una mirada rápida a los pocos invitados que serán testigos de la unión. Mi madre sostiene a Willow en sus brazos a poca distancia de nosotros mientras la niña duerme plácidamente sin enterarse de nada de lo que sucede a su alrededor. Sae ha venido con su nieta, que juega con una muñeca nueva que le regalamos Peeta y yo en nuestra última visita al restaurante, y ocupan dos asientos cercanos a la puerta. Dough y Bun, prácticamente hermanos para Peeta después de tanto tiempo juntos en la panadería, se sitúan cerca de mi madre y la niña y no paran de hacerle carantoñas a pesar de que está dormida. La gran sorpresa me la llevo cuando miro en dirección a Delly, que volvió hace pocas semanas al doce sin su hermano (quien prefirió quedarse en el trece tras la Guerra), y veo a Thom a su lado, más cerca de lo que mandan los cánones de buenos vecinos. Tengo el presentimiento de que algún día volveremos a pasar por ésta sala por culpa de esos dos.
Cuando Haymitch toma asiento al lado de mi madre, la sala está completa. Ellos serán los testigos de mi boda, ni uno más ni uno menos. Y aunque me hubiese gustado contar con la molesta Johanna y el estrépito hecho tacones de Effie, no podría ser más feliz. Pocas personas más hay en el mundo que me importen como lo hacen las que están en esta sala.
–Estás preciosa –la voz de Peeta me hace devolver la mirada al frente.
–Gracias, tú también estás muy guapo.
Y lo cierto es que no miento, porque la camisa blanca y los simples pantalones grises le sientan mejor que cualquier traje a medida del Capitolio, devolviéndome por un rato al repeinado niño rubio de ojos azules que subió conmigo al escenario el día de la 74ª Cosecha.
Con aquella misma voz rota, la misma con la que me pregunto si conocía a Haymitch, Peeta me pregunta:
–¿Sabes por qué elegí éste día y no otro para casarnos?
Me sorprende la pregunta, porque nunca pensé que el día tuviera ningún significado en especial. Para mí hoy era tan buen día como cualquier otro de verano. El carácter retórico de su pregunta me salva de tener que contestar y enseguida se responde a sí mismo:
–Porque hoy se cumple exactamente un año desde que volviste –la breve pausa tras sus palabras hace que calen hondo. – Hoy hace un año que me juré a mí mismo que me casaría contigo.
Su confesión solo la oigo yo, camuflada intencionadamente tras el tono ceremonial del hombre que oficia el enlace. Mi sonrisa es para todos, incontestable.
El alcalde es rápido y pronto nos encontramos firmando los papeles. Nos declara marido y mujer cuando firmamos todos, tanto nosotros como nuestros testigos, mi madre y Haymitch; y cuando nos besamos, Dough y Bun nos vitorean como si fuésemos Vencedores recién coronados.
Quizá, en cierto modo, esta vez sí nos estemos coronando vencedores.
Otra boda, otro capítulo de clausura y cada vez más cerca de ese final. ¿Alguien se atreve con lo que significan los números? ¡Vamos! Es muy fácil ;)
Empápense bien de éste capítulo, señoras y señores. Puede que el próximo suponga prácticamente el cierre de ésta empresa...
¡Nos leemos MUY pronto! Besos a todos.
