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Capítulo 110: Un lago y una canción

La niña corre en mi dirección con las manos llenas de barro por delante y una sonrisa que reconozco como mía en sus labios:

–¡Mamá, mira! ¡Soy el mostruo del lago! –grita mientras se me echa encima y me pringa los brazos con sus manitas.

–¡Oh, no! ¡El monstruo del lago ha convertido a mi niña en barro! –finjo yo siguiéndole el juego. – Creo que tendré que revertir el hechizo con besos.

–¡Ah, no! ¡No, mamá, me haces cosquillas! –dice Willow con el poco aire que la risa deja entrar en sus pequeños pulmones. – ¡Papá, socorro!

–Desde luego, no tenéis remedio ninguna de las dos. Os estáis poniendo perdidas –dice Peeta aparentando estar enfadado, aunque jamás un mohín haya ido acompañado de esa radiante sonrisa.

–¡Papi!

La niña salta a su regazo cuando Peeta se sienta a nuestro lado en la toalla, se le agarra al cuello y le da un sonoro beso en la mejilla.

–No te enfades, papi. Luego vamos al agua otra vez y nos limpiamos.

Les observo a ambos hablar, mientras Peeta le explica a nuestra hija que antes de que ella naciera las cosas se lavaban a mano porque éramos pobres y no había máquinas que nos hicieran el trabajo. Observo sus ojos, tan iguales que nadie dudaría de que son padre e hija, aunque el resto de la niña sea una copia exacta de mí misma a su edad. Incluso su carácter, tan cariñosa y tan inocente, es parecido al que se escondía debajo de la armadura que la realidad me obligó a construir tras el desastre en una mina. Cuando miro a mi hija y pienso en todo lo que a su padre y a mí se nos negó, me doy cuenta de hasta qué punto volvería a pasar por todo lo que pasamos por conseguir que esa sonrisa que adorna ahora su boca fuese eterna.

A veces, cuando las mañanas son malas y las noches peores, me anclo a la almohada mientras Peeta se la lleva a dar un paseo con la excusa de que a mamá le duele la cabeza. No es habitual, pero doy gracias de que aún no ha coincidido con esas tardes en las que Peeta se encierra durante horas en su estudio y pinta cosas tan horribles que sé que luego las quema, para que nuestra hija no tenga que verlas.

Por ahora nos las apañamos y Willow es el cobijo que predije que sería, ayudándonos a ambos a enfrentarnos a nuestros demonios. Y aunque las cosas se pongan feas, tenemos a nuestra familia, la que escogimos, para que tire de nosotros. Haymitch, que hace tiempo dejó de ser nuestro mentor para convertirse en nuestro padre; mi madre, que prácticamente vive en el doce con nosotros, aunque viaja al cuatro cuando los recuerdos resultan demasiado dolorosos; incluso nuestros amigos, Dough y Bun y Delly y Thom, están ahí siempre que los necesitamos. Nuestra hija no estará nunca sola, igual que nosotros jamás tendremos que enfrentar el miedo sin ayuda.

–¿En qué piensas, cazadora? –Peeta me saca de mi estupor con un beso cerca de la oreja.

–En todo lo que hemos conseguido –le contesto, sin dejar de mirar a nuestra hija. La niña juega con las pequeñas flores que sobresalen en la orilla del lago mientras tararea la canción del Valle. Hace poco que descubrió que mi nombre viene de esas hojas en forma de flecha y desde entonces clama que son sus flores favoritas.

–Sí, a mí a veces también me cuesta creer que esté con nosotros.

Peeta me echa el brazo por los hombros y me acerca a él y, por primera vez en mi vida, me siento moralmente superior a mi marido:

–No, no me refiero a Willow. Quizá, junto a ti, ella sea lo único que tengo seguro en esta vida –Peeta me mira, sin comprender del todo. –Me refiero a esto, –prosigo, abarcando con mis brazos el bosque, el lago y a nosotros mismos –a la libertad de poder estar aquí sentados, sin la preocupación de tener que cazar para sobrevivir o el miedo de que nuestra hija crezca y cumpla doce años.

El silencio del bosque nos acoge, mientras ambos observamos a la niña jugar. Una mariposa se posa en su pelo sin que ella se dé cuenta. Se queda ahí largo rato, aunque Willow no para de moverse y de chapotear con su piececillos en el agua. Cuando echa a volar y extiende sus alas de colores, no puedo evitar imaginar que la naturaleza, de una forma u otra, siempre nos devuelve lo que alguna vez perdimos. A mí me devolvió la vida y la felicidad.

Antes de que el sol se ponga nos bañamos los tres juntos y nos limpiamos el barro con el que nos habíamos manchado antes. El agua está tibia y el sol de verano dura alto hasta bien entrada la tarde. Cuando nos secamos, nos tumbamos a ver la puesta de sol. Hemos decidido pasar la noche en el pequeño cobertizo que descubrió mi padre junto al lago hace tantos años y que yo me encargué de acomodar tiempo después, así que no tenemos que volver antes de que se haga de noche.

Canto para Peeta y Willow mientras ellos descansan sobre mí. Willow se acomoda en el pecho de su padre y Peeta apoya su cabeza en mi regazo. Los sinsajos se callan y escuchan los primeros versos de la canción que siempre me recordará a mi hija:

En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,

hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;

recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo

y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.

Los sinsajos empiezan a entonar la canción después de ésta primera estrofa. Les cuesta un poco, pero sé que para cuando termine la siguiente ya habrán cogido el ritmo:

El sol te protege y te da calor,

las margaritas te cuidan y te dan amor,

tus sueños son dulces y se harán realidad

y mi amor por ti aquí perdurará.

El sol se pone, los sinsajos me hacen el coro y la respiración de Willow, que había empezado a cantar conmigo, se calma. El agotamiento del día le ha podido y es cuestión de una estrofa más para que se quede dormida:

En lo más profundo del prado, bien oculta,

hay una capa de hojas, un rayo de luna.

Olvida tus penas y calma tu alma,

pues por la mañana todo estará en calma.

Hago una pequeña pausa mientras los sinsajos vuelan de rama en rama, congregándose todos a nuestro alrededor, y esperan pacientemente a que siga con la melodía. Acaricio el pelo de mi hija, que descansa bocabajo sobre el pecho de su padre. Le miro a él, que me absorbe con esos ojos azules tan inmensos y, antes de terminar la canción, le digo lo que tanto sé que quiere oír:

–Estoy embarazada.

Sus ojos brillan con esa misma intensidad que siempre supe que encontraría en ellos cuando se lo dijera. Me inclino hacia delante para darle un beso y, sin darle la oportunidad de hablar, termino la canción:

El sol te protege y te da calor,

las margaritas te cuidan y te dan amor.

Tus sueños son dulces y se harán realidad

y mi amor por ti aquí perdurará.

Los sinsajos terminan de cantar justo cuando el sol se esconde del todo y ya solo queda el tinte rosa en el cielo. Peeta se ha dormido con la última estrofa. Sé que cuando se despierte me preguntará si lo que le he dicho es real, como hará muchas veces más durante toda su vida, para asegurarse de que todo lo que ha conseguido es tangible y que nadie se lo va a arrebatar.

Me llevo una mano al vientre, sabiendo que dentro de poco volverá a ser redondo. Y aunque el miedo sigue estando ahí, me centro en lo que me rodea, en la imagen de mi marido y mi hija dormidos plácidamente, sin tener que temer al hambre ni a una muerte inminente. Me centro en ellos y me doy cuenta de que un lago y una canción serán suficientes para ser feliz mientras los tenga a los tres conmigo.


¿Habéis adivinado ya? Seguro que sí, pero por si no... el siguiente es el epílogo ;)

Ante todo, quiero agradeceros el apoyo que todos, en un momento u otro, me habéis prestado con vuestros comentarios, favoritos, lecturas y demás. Han sido casi dos años estupendos descubriendo una faceta que desconocía, tanto de mí misma como del mundo literario. Espero haber mejorado con el paso de los días y, sobre todo, haberos hecho disfrutar tanto como yo he disfrutado escribiendo ésto. En la próxima (y última) actualización me desharé en halagos hacia vosotros otra vez y me despediré definitivamente. Lo de hoy es solo un adelanto de toda la gratitud que siento. Muchísimas gracias, de corazón.

Como siempre, en respuesta al review de gpe77:

Muchas gracias por el cumplido :) Sólo con haceros disfrutar ya merece la pena el esfuerzo y las noches en vela. A tu pregunta de si escribiré otro fic al acabar éste, he de responder que no, no lo haré. Tengo un proyecto en marcha del que os hablaré a todos en el próximo capítulo y que me impedirá dedicarme por completo como hasta ahora al mundo de los fanfiction, aunque estoy segura de que en algún momento del futuro volveremos a encontrarnos por aquí, con otras historias de las que disfrutar :) Gracias por todo el apoyo que me has brindado hasta el final. ¡Un abrazo muy fuerte!