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Epílogo
Los niños juegan en la Pradera. Willow corre por delante de su hermano, con su oscura melena recogida en dos trenzas, como a Peeta le gusta. Rye es más pequeño y solo puede tambalearse de un lado a otro tratando de alcanzar a su hermana. Sus rizos rubios brillan bajo el sol de su segunda primavera.
El miedo estuvo presente en ambos embarazos, aunque llevarlo a él dentro fue un poco más sencillo. Supimos que sería un niño meses antes de que naciera tras una ecografía de rutina, pero yo ya había decidido que lo sería. Simplemente lo intuía.
Escogimos su nombre una fría noche de invierno, mientras Willow dormía en su cama y nosotros nos acurrucábamos frente a la chimenea. Miré por la ventana. Fuera caían copos de nieve del tamaño de una galleta y el distrito estaba cubierto de polvo blanco. Polvo blanco que ya no se volvía gris porque ya no había carbón por ningún lado. Mientras Peeta le hablaba a mi tripa en el mismo tono suave que usaba cuando le hablaba a Willow, recordé las noches de invierno como estas en las que no tenía nada que llevarme a la boca. Cuando el frío se colaba por las grietas de mi antigua casa en la Veta y apenas había madera en la chimenea que nos calentase. Y me di cuenta de la ironía, de lo que la vida puede cambiar sin que uno lo busque ni lo pida, porque yo jamás luché por mí misma. Lo único que pedí se me negó, que fue el futuro de mi hermana. Y cuando dejé de pedir, de luchar, de vivir, todo me fue devuelto, de un golpe, como si alguien en algún lado acabara de decidir que ya me tocaba dejar de sufrir. Y se acabaron los Juegos, se acabó la Guerra y el hambre. Y volvió Peeta y vino Willow y después lo hizo Rye. Y los inviernos cobraron sentido de nuevo. Ese mismo sentido que perdieron el invierno que murió mi padre.
Si Willow nos trajo la calma, Rye nos trajo la vida. Nos empujó a ser osados de nuevo, a disfrutar más allá de las paredes de nuestro hogar y a compartir nuestra alegría con todos los que nos rodeaban. Como aquella fría noche de invierno, cuando el niño respondió con su primera patada a las palabras de su padre, que llevaba semanas insistiendo. Vi la vida, toda la vida que pueda hallarse en la Tierra, brillar en los ojos de Peeta, igual que brillaban mis ojos y los de todos los niños de la Veta cuando había cereales en casa. Preciosos cereales de los que hacer pan y llenar la barriga.
Se lo conté a Peeta, cómo sus ojos al notar al bebé me recordaron a los de Rory y Prim el día que Gale y yo volvimos con una partida doble de los cereales de las teselas. Ellos eran pequeños y no entendían que pagaríamos con nuestra sangre aquellos exiguos sacos. Pero la esperanza, la vida, nos inundó a todos, sabiendo que aquél invierno no sería lo último que viviríamos.
Así que le llamamos Rye, por eso y porque Ryan era el nombre del padre de Peeta y a él le traía buenos recuerdos.
La vida en el doce ha seguido tranquila. Cada vez somos más vecinos y, después de diez años, la Aldea de los Vencedores está completa. Esto a Haymitch le ha costado algún que otro disgusto con los gansos, pero le ha obligado a meterlos en un corral y a cuidarlos como es debido. El año pasado el médico le advirtió de que debía dejar el alcohol completamente o su hígado no lo soportaría. Aunque había moderado su consumo, seguía bebiendo todas las semanas un par de botellas del mismo licor asqueroso de siempre. Aun tras las visitas de Effie tratando de convencerlo, hizo falta que Willow llorase a pleno pulmón al oírme decirle que se moriría de seguir así para que Haymitch entrara en razón. Todos le necesitábamos, aunque él no quisiera darse cuenta.
Rory volvió al doce, dándome la sorpresa una mañana de caza cuando me encontré ciertas trampas que yo no había puesto repartidas por mi zona de rastreo. Jamás podría confundir esa forma tan delicada de dar la lazada que sostendría por el cuello a la presa. Pensé que era Gale, incluso cuando lo vi de espaldas a mí, porque ¿quién si no iba a llevar aquel chaleco raído y aquella espesa melena negra en mis bosques? Rory, al que le había perdido la pista desde la boda de Gale en el Distrito 2, era la viva estampa de su hermano a los dieciocho años.
Me contó que había abandonado su carrera militar, una que en realidad nunca le había gustado, y que tras una acalorada discusión con su hermano, cogió las maletas y se vino al doce. Ese niño, que se escondía tras el delantal de su madre cuando Prim iba conmigo de visita a su casa, ahora era un hombre y vivía sólo en la Veta.
No le solemos ver mucho, pero las pocas veces que me lo encuentro por el bosque, sólo, igual que vive, me recuerda que para algunos niños el cambió llego demasiado tarde.
Su hermano, Gale, dejó el dos años después que él. Dejó el dos y dejó a su mujer. Lo dejó todo y se fue al siete, con Johanna. Cuando me enteré, tras hablar con Hazelle, que volvía a casa tras años sin pisar el Distrito 12, casi me da un ataque de risa. Hazelle se rió conmigo, feliz de que su hijo por fin se apartara del ojo público y de la vida que tanto daño le había estado haciendo. Según me dijo su madre, aquel matrimonio y su cargo militar le habían costado unas cuantas canas. Aquella noche, mientras le daba de cenar a Willow, se lo conté a Peeta, que casi se ahoga con la sopa. Decidí esperar al día siguiente para llamar a Johanna, que no me había dicho absolutamente nada a pesar de que hablábamos de vez en cuando. Cuando no tardó ni tres meses en quedarse embarazada supe que le había ganado la partida de por vida a esa descerebrada.
Jamás lo harán oficial, pero ya van por el tercer hijo.
Willow, que ha dejado de correr hace rato, se sienta entre mis piernas, trenzando coronas de flores y haciéndomelas probar una tras otra. Se ríe, porque ninguna es suficientemente larga como para valerme, y le dice a su padre que es mi culpa, por tener la cabeza tan grande. Rye está exhausto de tanto correr y su pequeño cuerpecito descansa entre el de su padre y el mío.
El viento sopla suave aunque todavía es un poco frío, así que Peeta echa una manta sobre nuestros hombros. Me apoyo en él y juego con la perla que descansa sobre mi pecho, llevándomela a los labios como hacía en el Distrito 13 y mi marido parecía estar tan fuera de mi alcance que la única manera de recordar sus labios era besando la fría superficie iridiscente.
–¿Sabes? Desearía poder congelar este momento, justo aquí, justo ahora, y vivir en él para siempre –dice Peeta, con aquella misma voz melancólica que le recuerdo en el tejado del Centro de Entrenamiento.
Recuerdo contestarle que se lo permitía con la misma claridad con la que recuerdo la sonrisa que me dedicó, sabiendo que era a su lado donde quería pasar los que creía los últimos momentos de mi vida.
Ha pasado tanto tiempo que parece como si hubiese sido otra vida, una anterior a esta que tengo ahora, que es mejor y más real. Resulta curioso lo rápido que pasan los días cuando eres feliz. Incluso los años van y vienen sin que nos demos cuenta. Nos mantenemos ocupados, ajenos al paso del tiempo, hasta que un día cumplimos otra década y nos paramos a pensar en lo que nos queda y en lo que ya se ha ido y no volverá jamás.
Yo perdí mucha vida, porque viví para otros hasta que dejé de ser una pieza en los Juegos de los demás. Ahora vivo para mi familia. Es otro juego, en el que las piezas del pasado siguen rigiendo el camino de vez en cuando. A veces me tengo que forzar a mí misma y hacer una lista mental de todos los actos de bondad de los que he sido testigo para poder encontrarle sentido al mundo en el que vivimos. No es fácil, porque la injusticia y la maldad siguen abarrotando las calles, acechando en cada esquina, aunque no de la misma cruda manera que antes. Somos otras piezas y jugamos sobre otro tablero, pero ser peón en las anteriores partidas me dio la ventaja de ver más allá, de ir siempre un paso por delante de los demás. Sigo jugando, pero esta vez yo soy la reina.
FIN
Se acabó. Hace dos años este momento me parecía tan lejano como ahora me parece poder publicar mi propio libro. Pero, como este final, espero que eso también llegue algún día y podáis leerme, estéis donde estéis, aunque no sepáis que soy yo. De momento, el proyecto está en marcha y ojalá dentro de no mucho pueda decir con orgullo que os he hecho disfrutar, a vosotros y a muchos más, con una historia de la que estoy tan orgullosa como de esta. No dudéis nunca de que, consiga mucho o poco, ha sido todo gracias a vosotros, que me apoyasteis incluso cuando no sabía que ésto era lo mío. Una vez más, y jamás me cansaré de repetirlo, GRACIAS. Mi último deseo para esta historia es que el epílogo os haya hecho disfrutar tanto como a mí me ha hecho feliz cada palabra, cada letra, que he escrito sobre estas líneas.
Un fuerte abrazo a todos. Quizá nos leamos pronto :)
"Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final" - Harry Mulisch
En respuesta a gpe77:
Una última vez, aquí estoy :) Ojalá toda la suerte que me deseas te llegue a ti también en tu día a día. No puedo estar más orgullosa de vosotros y que hayas estado hasta el final, como prometiste ;), es el mejor regalo que me puedas dar. Espero que el epílogo haya estado a la altura de tus expectativas. Como siempre, leeré todo lo que tengas que decirme. Una última vez, gracias. Una última vez, adiós :)
