¡SORPRESA!

Aunque para sorpresa la mía. Cuando acabé de escribir la historia jamás imaginé que el número de seguidores en facebook fuese a seguir creciendo, así que en honor a la maravillosa cifra que alcanzamos esta semana pasada (¡300 y subiendo!), he vuelto por un breve periodo.

Antes de irme me guarde algún que otro as en la manga (sí, más de uno :P) y hoy, después de unos cuantos meses tras terminar el fic, me dejo caer por aquí para ofreceros este breve one-shot que escribí mucho antes de acabar la historia que, como se indica en el título, es paralelo al capítulo 83. Espero que lo disfrutéis y que os dé la excusa perfecta para releer un poco el fic ;) A mí me la ha dado para volver a entrar en vuestro día a día (no os imagináis lo que os echo de menos).

Una vez más, gracias por todo lo que hacéis por este fic.

P.


One-shot: Mi sol (paralelo al capítulo 83, Hijos del bosque, Peeta's POV)

El agua fresca del lago a principios de otoño me despeja la cabeza y calma mi corazón. Una cabeza que está a rebosar de sueños y un corazón que cada vez late más fuerte y con más ganas por la misma mujer.

Jamás pensé que el amor platónico que siempre sentí por Katniss fuese a pasar de eso. Pensaba que estaba abocado a un futuro en tonos grises, donde la única mota de color la pusiera ella, paseando de la mano de otro hombre por nuestro distrito. Nunca imaginé que pudiera ser de otra forma; preferí no darme esa ilusión, al menos no mientras estuviese despierto. Sabiendo todo lo que tengo ahora suena derrotista, pero en aquel momento, cuando no era más que un chico enamorado de dieciséis años, poder contemplarla desde la distancia, como llevaba haciendo desde que tenía uso de razón, era el mejor futuro que pudiera presentarse ante mí.

Pero sin duda, no el peor.

El peor fue cuando en cuestión de minutos me vi perderla en la cosecha, presentándose voluntaria por su hermana, muerta desde ese instante aunque ninguno lo supiéramos, y me vi perderme a mí mismo, en la misma lotería. El único consuelo que me quedaba era que quizá pudiera ayudarle a volver a casa.

Aquel día acepté muchas cosas. Acepté mi muerte inminente; acepté los pocos días que me quedaban para poder contemplarla; acepté morir por ella; acepté darle una salida, un futuro que yo nunca tendría. Lo que nunca acepté fue su muerte, que era lo único que no podía concebir. Si tenía que morir lo haría sabiendo que serviría de algo.

Aún hoy, después de todo lo que hemos vivido y sufrido, ese sigue siendo el peor día de mi existencia. A pesar de todas las veces que le vi correr peligro, a pesar de todas las veces que soñé con matarla, ese día sigue siendo el peor, porque en aquel instante que pasó desde que Effie la anunció como tributo hasta que mi propio nombre salió cosechado, en ese preciso instante, creí sin duda alguna que la había perdido. Iba de cabeza a una muerte segura y yo tendría que seguir viviendo, sabiendo que mi nombre jamás sería cosechado, condenado a vivir una vida sin color, torturado hasta la muerte sabiendo que disfrutaría de todo lo que a ella se le negó. Todo lo que ella misma se negó con su valentía.

Por suerte, mi nombre salió elegido.

Y ahora la observo desde la lejanía, igual que cuando era niño, flotando en el agua de un lago que no supe que existía hasta que ella misma me lo enseñó. La contemplo, con la misma devoción y el mismo anhelo, pero a color. Y todo está impregnado de su esencia, de su tono: el bosque, las nubes, el cielo azul y el brillante sol, la irisada superficie del agua, los sinsajos, las rocas, mi propio cuerpo, el mundo entero, mi mundo. Todo. Irradia vida, irradia calor, me ilumina, mi sol.

Salgo del agua, porque el frío viene a mí cuando estoy lejos de ella. La observo mientras camino lo más sigiloso que puedo, recostada al sol sobre una lisa piedra apoyada sobre sus codos y con la cabeza y su larga trenza colgando hacia atrás. Es tan bella como solo ella podría serlo y sé que algún día la pintaré así. Así y de un millón de formas más.

La pintaré tumbada aquí, en su elemento, con la paz sobre su rostro como nunca había tenido ocasión de observarla de pequeño. La pintaré desnuda en nuestra cama, bocabajo y con la sábana solo hasta la cintura, los rayos de sol que se filtran por la ventana dando de lleno en su sedoso cabello suelto, como la mañana después de que hiciéramos por primera vez el amor. La pintaré de mil formas, para que no se me olvide nunca lo hermosa que es, para que nunca nadie pueda negar esa aura de fuerza y determinación que le envuelve hasta en sueños.

Y dentro de poco la pintaré con nuestra hija en brazos, como nunca pensé que la pintaría, ni tan siquiera después de que me dejara vivir mi vida a su lado.

Cuando casi estoy a su altura, su sonrisa de medio lado le delata y sé que ha hecho lo posible por ignorarme, como si de algún modo mi pierna y yo pudiésemos ser sigilosos. Le observo desde arriba, después de golpear mi pie contra un canto rodado y jurar por lo bajo, y ella fija sus ojos burlones en los míos. Y en ese instante la veo por dentro tanto como por fuera, sabiendo que le pertenezco, que nos pertenecemos. Nos veo, a los tres y ya no solo a nosotros dos, algún otoño próximo en este mismo lugar, juntos, siendo felices, viviendo a todo color.