IX. De cómo se logra la preparación mental.
—Phoebe, necesito preparación mental.
—Sí. —Respondió con vehemencia y Helga se sintió, un poquito, insultada.
—No tienes que estar de acuerdo conmigo tan rápido. —Le reclamó.
—Pero en esta ocasión estoy de acuerdo, Helga.
Abrió y cerró la boca, ni siquiera tenía cómo contradecirla.
—Bien. —Se cruzó de brazos—. ¿Qué es lo tengo que hacer?
—¿Practicar, quizá? —Sugirió—. Te pones nerviosa cuando quieres decirlo y piensas demasiado. Es mejor que encuentres una manera simple de decir lo importante para que no tengas que… er, complicarte.
Helga la miró preocupada.
—Espera… —Se acercó lento y expectante—. ¿Se dieron cuenta?
Phoebe tosió, incómoda.
—No…
—Dime la verdad, Phoebe.
—Quizá.
Helga soltó un grito desgarrado.
X. De cómo la práctica hace al maestro (1)
Helga tenía un tornillo suelto. Ahí arriba en medio de sus cabellos rubios y en los laterales de esa cabecita llena de imaginación. Tenía que habérsele aflojado alguna tuerca importante y tantas otras tuercas importantes porque, en ese momento, andaba haciendo cosas de gente loca. De gente clínicamente enferma y con pastillas recetadas.
Eso, claro, y que además, Helga, era un poco dramática. No era su culpa, la gente que leía mucho siempre era dramática.
Siempre.
—Hola Arnold. —Saludó con una mano en el aire y con una sonrisa tan forzada que le daba un aspecto siniestro. Varios, a su alrededor, la miraron alarmados y se alejaron murmurando teorías sobre las pesadillas que se vuelven realidad.
Arnold simplemente ladeó un poco la cabeza y cerró su casillero con cuidado, como si nada.
—Buenos días, Helga. —Sonrió (él sí, muy natural) —. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. —Contestó en un tono muy mecánico—. ¿Y tú?
—Bien también, un poco cansado. Tenía que terminar el proyecto de arte. —Contestó casualmente y le señaló la maqueta que tenía en el suelo, a su derecha—. Creo que tú ya lo presentaste, ¿no?
—Sí. —La voz le salió rara, como graznido. Quizá porque se había emocionado—. Je, lo he… ehem, lo he presentado.
Nope, lo siento Pataki. Cuando eres amable suenas como retrasada.
—Bien.
—Sí, bien.
Ver y ser parte, todo al mismo tiempo, de la muerte miserable de esa conversación se convertía casi en dolor físico. Casi en un dolor de cabeza monumental. Casi demasiado inconveniente para la conveniencia que quería soltar. O algo así, quién sabe.
—Nos vemos, Arnold. —Soltó muy rápido y se marchó antes de que se arrepintiera.
Arnold se quedó un momento en su lugar, parpadeando.
—Pero llevamos la misma clase…
XI. De cómo la fuerza de espíritu puede quebrarte el espíritu.
—Muy bien, Pataki, escúpelo. —Exigió en un chillido poco digno y muy agudo—. ¿Qué es lo que quieres?
—Nada que puedas darme. —Se mordió la lengua—. Eh… ¿por qué crees que quiero algo?
—Has dicho que te gusta mi vestido. —Explicó como si fuese obvio—. ¿Qué está pasando?
—He dicho que tu vestido es rojo. —Dijo exasperada—. ¿Qué te pasa a ti?
—Tú jamás te fijarías en el color de mi vestido y mucho menos harías un comentario en voz alta al respecto. Es obvio que te gusta. —Su perorata era petulante, pero todavía muy nerviosa—. No me gustan tus juegos mentales. Lo que sea que quieras, dímelo de una vez.
—¡Rayos, Rhonda, déjame en paz! —Parecía a punto de jalarse los cabellos—. ¡ES UN MUGROSO VESTIDO!, demonios, ¿no lo puedes dejar pasar?
—No hasta que me digas lo que quieres.
—Quiero que te muevas de mi camino antes de que comience a gritar. —Amenazó muy seria, cansada—. Lo juro.
Rhonda se movió a un lado, pero no sin antes recordarle que descubriría lo que estaba tramando. Helga soltó un chillido exasperado como respuesta.
XII. De cómo lanzar indirectas muy directas.
Esto era peor que arrancarse las uñas con un alicate. Era como arrancarse el orgullo con hierros hirviendo y como si la piel se le empezara a podrir. Helga, a pesar de todo, creía en las causas nobles. Catorce años de amor no correspondido era una causa más que suficiente.
—Johanssen. —Tragó saliva con fuerza—. Buenas tardes.
Gerald estaba sentado en el último escalón de la escalera de la entrada. Tenía la mochila colgada en el hombro izquierdo y un balón de básquetbol que hacía rebotar con su mano derecha. Cuando alzó la mirada y se dio cuenta de su presencia, arrugó el ceño.
—Pataki.
—Phoebe dice que demorará porque uno de los tubos de ensayo se rompió y tienen que reemplazarlo para el experimento de mañana. —Dijo de corrido y sin mirarlo a los ojos.
—Ok, gracias.
Y la conversación hubiera terminado ahí, pero Helga era una chica con un plan. Un plan estúpido, pero quién no tenía ese tipo de planes de cuando en cuando.
—Eh… tengo que llenar un cuestionario para la clase de… informática, ¿te importaría ayudar?
Claro que le importaba, Helga lo sabía viendo su expresión. La misma expresión que decía esto-es-demasiado-raro-para-estar-pasando. No lo culpaba, invertidos los papeles ella estaría pensando lo mismo, incluso peor. Incluso hubiese declinado y sin miramientos. Rogaba porque Gerald no pensase como ella.
—Supongo. —Se encogió de hombros—. Pero sólo hasta que Phoebe llegue.
—Sí, claro. —Sacó unas hojas de su cuaderno y fingió que leía mientras marcaba con un lapicero—. Hasta que venga.
Gerald asintió, incómodo, y Helga aprovechó para continuar.
—Entonces… en tu opinión, ¿hoy en día hay más gente inclinada a tener relaciones sentimentales serias? —Se aclaró la garganta—. Son respuestas sí o no.
—¿Qué clase de cuestionario es ese?
—Para medir el aumento de la población. —Explicó vagamente—. ¿Y bien?
—Eh… ¿supongo que no? —Respondió lanzándole una mirada desconfiada.
—Bien. —Hizo un garabato en su hoja—. ¿Dirías, en tu rango generacional, que las relaciones antes mencionadas no existen?
—No. —Alzó una ceja—. Yo y Phoebe tenemos una relación…
—Ya veo. —Asintió e hizo una mueca que no pasó desapercibida—. Entonces, ¿sólo tú?
—Claro que no. —Se exasperó—. Tú conoces a las parejas de la escuela, también.
—Sí, pero no desde tu perspectiva, de eso se trata el cuestionario. —Volvió a decir apresurada—. Por eso, dirías que en tu círculo más cercano, el más íntimo, digamos de tus mejores amigos, ¿hay relaciones sentimentales serias?
—Sí, claro.
Helga se sentó, pero Gerald no se dio cuenta.
—Oh, ya veo, y por simple curiosidad… ¿a quién te refieres?
Su tono era casi demasiado casual.
—A Sid. —Gerald sonrió en una mueca, parecía que se había dado cuenta de algo—. ¿Curiosidad, eh?
—Sí, curiosidad. ¿Solamente Sid? —Contestó sin mirarlo.
—¿Por qué quieres saber?
—¿Por qué no?
—¿Estás ocultando algo?
—¿Lo estás tú?
—¿Qué podría ocultar?
—El nombre de tus amigos con relaciones serias.
—¿Amigos? —Alzó una ceja—. ¿Como Arnold, dices?
—¿Arnold?, ¿quién dijo algo sobre el cabeza de balón?, ¿por qué me interesaría a mí saber algo sobre el melenudo?, ¿estás loco? —Soltó nerviosa, pero luego agregó en voz baja—. Pero en el caso hipotético que lo hiciera, ¿cuál sería la respuesta?
—Sería que… —Dijo pensativo—. Que este es el cuestionario más raro que he contestado en mi vida.
—¿No me vas a contestar?
—No.
—Te odio, Geraldo.
—Igualmente.
XIII. De cómo la práctica hace al maestro (2)
Estaban en uno de los salones vacíos, después de clase. Se hubiesen reunido en la biblioteca, pero iban a tener que coordinar las reuniones y el plan de trabajo antes de poder avanzar nada y la bibliotecaria no tenía nada de paciencia. Se decidieron por uno de los laboratorios, pues tenían la ventaja de los computadores y de las mesas amplias. Sorprendentemente, no había nadie más que el profesor encargado de vigilar a los visitantes. Estaba casi tan silencioso como si hubiesen decidido ir a la biblioteca.
—Dime Helga, ¿qué día tienes tiempo para reunirnos? —Preguntó mientras anotaba en un papel—. Yo puedo los viernes y los sábados.
—Martes. —Estaba mirando fijamente las imágenes de su libro y no se percató que Arnold había arrugado el ceño.
—¿Sólo los martes?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Así es.
—Bien. —Soltó exasperado—. Los martes, entonces.
Helga se atrevió a levantar la mirada y se encontró con la expresión contrariada del chico que más le había gustado en toda su vida. Era divertido fastidiarlo. Nadie más lo hacía. Arnold era tan bueno que casi todo el mundo perdía el ánimo de batalla. A Helga le gustaba ser la única que despertaba ese tipo de atención. Tenía un problema, sin embargo, porque tampoco era el único tipo de atención que quería generar siempre.
Dio un largo suspiro para darse ánimos.
—Eh… Arnoldo, si no puedes los martes, no tenemos que reunirnos. —Cuando el aludido la miró irritado, supo que no lo había fraseado correctamente y agregó de inmediato—. Es decir, no tenemos que seguir mis horarios. Mira, podemos dividirnos el trabajo hoy y pasarnos los avances en el almuerzo… ¿qué te parece, cabeza de balón?
—Eso… es muy considerado de tu parte, Helga. —Dijo sorprendido y su expresión recuperó su gentileza—. Gracias, pero creo que debemos reunirnos necesariamente. Tenemos que hacer una maqueta.
—¿Qué?, ¿una maqueta?
—Sí, aquí está. —Le enseño la consigna y la miró con curiosidad—. ¿No me escuchaste?
—¡Demonios! —Exclamó exasperada. No podía decirle que no lo estaba escuchando porque se había distraído tratando de mirarlo sin que se diese cuenta. Arnold se había puesto más guapo con los años y ahora que lo tenía tan cerca se estaba dando cuenta con más detalle—. Yo… sí, claro que te estaba escuchando, ¿qué más podría haber estado haciendo?
—Sí…
Helga soltó una risita nerviosa.
XIV. De cómo la práctica hace al maestro (3)
Ser o no ser.
Qué grande Shakespeare.
Había reducido el dilema de la humanidad en una frase.
Qué genio.
Qué conveniente y qué dramático. Felizmente Hamlet era puro teatro… y tragedia.
A Helga las tragedias le pasaban por seguir sus impulsos.
Justo cuando pensaba que las cosas estaban marchando bien o relativamente menos horribles que antes, el universo se las arreglaba para cagarle la felicidad. Esta vez no tan literalmente como las otras (¡malditas palomas!), pero con la misma sensación de mandar todo a la… a tomar el sol por un rato.
—¿Qué has dicho? —Le preguntó a Nadine, impaciente.
—Que… que Arnold y Lila estaban en el salón.
—¿Los dos solos?
—¿Sí?
Helga bufó, enfadada, y si hubiese tenido una capa su salida hubiese sido un poco más impresionante. Nadine y Rhonda parpadearon confundidas un par de segundos antes de seguirla.
La puerta se abrió con fuerza, rebotó en la pared y chilló como si hubiese estado viva. Arnold y Lila dieron un respingo asustado y casi sueltan una exclamación cuando vieron que Helga estaba en el marco de la puerta. Sorprendidos y todo, esas entradas erráticas y ligeramente espectaculares, empezaban a volverse rutina cada vez que la rubia estaba involucrada.
—¡Hey… hey Arnold… y Lila! —Saludó con una mano en el aire y con una sonrisa tiesa.
—Hola Helga, ¿cómo estás? —Respondió Lila un poco intimidada. Escuchó que Arnold también devolvía el saludo, su tono inseguro.
—Bien… bien… ¡perfectamente bien, sí! —Empezó a jugar con sus manos y los miró de reojo—. ¿Qué estaban haciendo aquí?, ehem, ¿los dos solos?
—¡Nada! —Respondió Lila vehemente—. ¡Stinky estaba aquí, porque somos compañeros en química, pero se tuvo que ir al baño!, ¡de verdad, Helga!
Arnold arrugó el ceño e intentó decir algo, pero el suspiro de alivio que soltó la rubia lo distrajo.
—Ah, era eso, ja… tonta Nadine… diciéndome… eh, ja. —Balbuceó y soltó risitas histéricas.
—Helga, ¿estás bien? —Preguntó Arnold, cada vez más preocupado.
—Bien, bien… estoy bien, ¿sí?, de hecho, Arnoldo, creo que estoy suficientemente bien para… —Tragó con fuerza y Lila soltó un chillido y se tapó la boca con las manos. Arnold las miró sintiéndose más perdido que nunca en toda su vida—. Sí… para decirte que…
—¿Para decirme algo? —Se levantó de su asiento y Helga casi se cae del salto para atrás que tuvo que dar—. ¿Esto tiene que ver con lo de la última vez?
—S-sí. Algo así.
—¿Qué es?
—Es… es… —Su rostro había comenzado a ponerse rojo. Las mejillas y, cuando se quitó el cabello del rostro con la mano, hasta la punta de las orejas—. Es algo que he querido decirte desde hace… eh, desde hace tiempo.
Arnold la miraba, paciente. Lila, por otro lado, parecía estar en shock.
—Sí… verás, eh, ya sabes q-que… no te odio, ¿no?
—Sí. —Arnold sonrió divertido—. Sé que no me odias, Helga.
—Genial. —La cara le ardía y el corazón le latía con fuerza en el pecho—. Sí, sí, digamos que… la situación es que… bueno, sí.
—Helga, no tienes que decirlo si no quieres. —Dijo Arnold tratando de ayudarla y se acercó un paso más.
Helga saltó en su lugar, más roja aún si era posible, y alzó un índice muy atrevido que no pegaba para nada con el saco de nervios que era en ese momento.
—Lo que tengo que decirte, Arnold. —Soltó de una vez, decidida.
—¿Sí?
Tensión.
Por el rabillo del ojo se dio cuenta que Rhonda y Nadine espiaban desde el pasillo.
Lila parecía a punto de hiperventilar, pero sus ojos brillaban con esa estúpida emoción empalagosa que le provocó nauseas.
Arnold estaba más confundido y parecía que en cualquier momento se iba a acercar y la tocaría. Faltaba más.
Más tensión.
El cuello y la cara, todo lo sentía muy caliente. El sonido de su corazón no le dejaba oír con claridad. No podía ver con claridad. Estaba a punto de desmayarse.
—¡Telodiréotrodíaporqueahoratengoqueiravomitar! —Gritó soltando todo el aire que había estado reteniendo y su salida, nuevamente, necesitaba de una capa. Empujó a Nadine y a Rhonda en su camino y en vez de tomar la ruta que iba al baño, se fue directo a los laboratorios de informática. Tenía que ver a Phoebe.
En el salón, Arnold se volteó a mirar a Lila.
—¿Acaso dijo que tenía que vomitar?
Lila movió la cabeza de una lado a otro, teatral, y sacó un pañuelo para limpiarse las comisuras de los ojos. Una pequeña lágrima había caído por su mejilla.
—Tú no comprendes el, oh tan, complicado corazón de una chica, Arnold.
XV. De cómo Helga hace las cosas que quiere hacer.
Se permitiría llorar de la frustración si llorar no fuera una de esas cosas que atentaban sus principios. Se resignaba a dejar que Phoebe le diera suaves golpecitos en el hombro mientras trataba de confortarla. No había tenido que explicar mucho para Phoebe, magnífica e intelectual Phoebe, la entendiera de inmediato.
Arnold y Lila. Salón vacío. Casi. Le dije. Vómito.
—Phoebe, esto de la práctica no me está ayudando para nada. —Confesó desesperada—. Encima tengo que ser amable y ahora todos creen que estoy enferma. Por cierto que no los culpo, pequeños bastardos. Pero ahora el estrés no me deja dormir y si no se acaba pronto terminaré vomitando, en serio.
—Lo siento, Helga. —Contestó simpática y le dio un vaso de agua.
—¡Y tu noviecito el melenudo tampoco me está ayudando!
Phoebe hubiese rodado los ojos de ser de esas personas que ruedan los ojos.
—Hablaré con él. —Prometió tranquila.
—¡Sí!, eso, dile que lo mataré… demonios. —Masculló—. Esto no está funcionando. Tengo que hacer otra cosa.
—Sí, quizá deberíamos tratar la situación de manera distinta.
—Sí. —Dijo sarcástica—. Antes de que Arnold crea que soy una completa lunática.
Phoebe calló por respeto, pero Helga aprovechó para seguir hablando.
—No queda otra salida. —Sentenció solemne, parecía que le había llegado una revelación.
—¿A qué te refieres?
—Necesito un plan.
Phoebe se preparó para escucharla, llena de interés y sólo, tal vez, levemente preocupada.
A la siguiente.
Mecanografiadas
¿Qué es genial de tener una mecanógrafa, se preguntan ustedes mis amigos? Que actualiza cuando termina de mecanografiar y no cuando Killa dice que es correcto actualizar (ok, estoy siendo un poco mala con ella, pero dejen que les cuente y se pondrán de mi lado). Es decir, me zurro en sus 'diez leídas antes de subir el capítulo' y su 'deja pasar una semana porque seguro se hartan'. Así que lo leí dos veces para hacerle el gusto y aquí estamos. Creo que cualquier error pequeñito de mis dedos se compensa por haber actualizado ya (estuve fastidiándola desde el domingo). La verdad es que me partí de risa con este capítulo y quería compartirlo pronto con ustedes.
Killa dice que los quiere 'con su amor amoroso universal' (joder, niña, mira las cosas que me haces escribir) y que lamenta no poder responder los reviews. Se los he leído yo y se ha puesto muy contenta (yep, yep, me deben una tarde llena de su hiperactividad). Dice que apenas esté 'back on track' (las cosas que escribo por ti... ¡las cosas que escribo!) les responderá uno a uno como debe ser. Ustedes tranquilos que la exprimiré para que se ponga a dictarme mientras tanto.
Por cierto, Killa y yo leemos casi los mismos fanfics y yo la verdad no suelo dejar review, pero empezaré a dejar reviews en nombre de las dos, para que me deje de chinchar. Yo no tengo cuenta acá, pero soy 'ariel'.
Je, no puedo creer que tenga que decir yo esto, pero, ¡de verdad no tienen nada que agradecer!, lo hago con mucho gusto. Digamos que yo también soy fan como ustedes y la verdad no me cuesta nada pasar por escrito lo que Killa me cuenta. Pero hey, gracias por notarlo, son muy buenos. Con razón Killa los quiere tanto. Eso me parece que es todo. No puedo alargarme más porque estoy aprovechando un cachito en el trabajo para subir esto.
¡Chaito!
P.S. Somos peruanas.
