XXXV. De cómo enamorarse de Stinky Peterson.
Decirle la verdad a Stinky había resultado ser una tarea mucho más difícil de lo que se había imaginado en un comienzo. No era sólo por la (¡irritante!) costumbre del larguirucho de parlotear sin medida y mirándola como si lo que estuviese diciendo fuese súper intenso. Que no lo era, claro. Era porque, y esto la sorprendía, había descubierto una cierta debilidad que la atacaba en lo más profundo de la culpa. Un tipo de debilidad extraña que jamás había experimentado y que la entretenía profundamente, la verdad. Quizá porque tenía una cierta inclinación cruel que jamás había tratado de reprimir.
Era fácil. Stinky hablaba y hablaba y no sabía cuándo parar, la miraba de reojo y sonreía y hablaba y jamás sería sutil con ese tamaño, pero presenciar sus intentos era divertido. No lo escuchaba, lo miraba nada más. Le miraba los ojos pequeños, las cejas casi inexistentes, la sonrisa bobalicona, las orejas raras y la nariz enorme. Le miraba el rostro en conjunto y no, no encontraba nada que dijese que Stinky era guapo, pero tenía tiempo para mirarlo. No estaba apresurada por una sensación arrebatadora, ni por la urgencia de una confesión, ni completamente aterrada por si la descubrían. Mirar a Stinky se hacía con paciencia, con buen humor y sin esperar encontrar nada. Quizá por eso aceptar que lo encontraba simpático, cursi hasta el hartazgo, pero simpático, había sido una transición sencilla.
Simpático. Stinky era un bobo muy simple, sencillo y bastante honesto. Siempre había encontrado esa cualidad muy atractiva. Era muy entretenido verlo hacer cosas que ni ella misma sería capaz de elaborar con tanta tranquilidad. Era ver, como ver, el amor tras un cristal encantador, sin trampas, sin escenarios, amor simplemente y una sonrisa que desvanecía el pasado y el futuro.
Y había descubierto algo.
—A mi pá realmente no le gustan las películas de terror. —Explicaba lentamente, sólo con su voz. Sus manos estaban apoyadas en la mesa y su mirada se perdía en el recuerdo que estaba tratando de explicar—. Así que realmente fue una sorpresa que me llamara anoche para que le hiciera palomitas de…
Casualmente, bajando la mirada y emocionada por su propia osadía, dejó caer su mano sobre la de Stinky.
Silencio.
La mano se Stinky era grande. No había fuegos artificiales ni conexiones eléctricas. Su piel era áspera y sus dedos eran largos. La comparó con su propia mano y le pasó algo que no le pasaba muy a menudo. Se sintió femenina. Su mano era pequeña y delgada, apenas si podía cubrir la otra, masculina y pasiva. Le causó gracia, su mano pequeña era suficientemente poderosa para cubrir otra muchísimo más grande. Más grande, pesada y torpe. Se le calentó el pecho y lo miró, por fin.
Stinky todavía la miraba sorprendido. Ni siquiera estaba intentando ocultar el nerviosismo que siempre camuflaba en su expresión boba. Tenía la boca ligeramente entreabierta y no parecía dispuesto a moverse. O a reaccionar. Era por ella, comprendió de a pocos, era porque lo estaba tocando y seguramente era extraño y seguramente era mucho más de lo que normalmente le daba. Seguramente, Helga también se sorprendió, era porque estaba enamorado. Apretó ligeramente y sin querer, sobrecogida por su descubrimiento. Stinky parpadeó y su expresión ya no era la misma. Era un cambio suave, apenas perceptible, que se llenaba de ilusión y se quedaba quieto, aceptándola.
Casi nadie la aceptaba con tanta facilidad. Casi nadie se concentraba en su toque hasta callarse. Casi nadie la miraba tan lleno de calidez emocionada.
Por un segundo, en un intervalo apenas, Helga dejó de sentir culpa.
XXXVI. De cómo contestar la pregunta de Arnold.
—Imagina que en toda tu vida, sólo has tenido un árbol. —Explicó—. Es tu árbol favorito, claro. Lo conociste desde que eras pequeño e inútil y es el único que nunca te ha abandonado. Tienes un árbol para los días de verano, para el invierno, para la primavera y el otoño y no importa nada porque siempre lo tendrás. Es un árbol magnífico.
—¿Estás hablando del viejo Pete?
—Sí, Arnold. —Contestó exasperada—. Estoy hablando del viejo, gran y extraordinario Pete.
Arnold arrugó el ceño.
—¿Estás segura?
—Es una cochina metáfora, chico listo, que no me has dejado terminar. —Sonrió en una mueca—. Pero si es más fácil para tu cerebro, entonces está bien. Es el jodido viejo Pete.
—Bien.
—Lo que sea. —Rodó los ojos—. Entonces estás bien porque tienes tu árbol. Es como…, es tranquilo y gentil y le puedes hablar y nunca te va a contestar pero sabes o quieres creer que de alguna forma funciona. Eh, la comunicación, digamos.
—¿Sí?
—¡Sí! —Dijo determinada—. Pero entonces… eh, entonces encuentras un perro.
—¿Un perro?
—¡Un perro! —Tose—. Un perro, como un cachorro. Te sigue a todas partes, es un inútil y siempre tiene expresión idiota cuando lo dejas todo un día y regresas a tu casa. Ya sabes, como si todo su mundo fueras tú y no pudiese vivir sin ti.
—Bueno, es un cachorro… evidentemente no puede vivir sin ti.
—¡Es una metáfora!, Arnoldo, concéntrate.
—¡Está bien, está bien! Lo siento.
—Y bien… el cachorro te necesita, te obedece, responde cuando le hablas. Ladra mucho, sí, no lo entiendes, pero es más fácil decir si tiene hambre o no. Es más fácil saber si cuando lo acaricias de una u otra manera le gusta. Sabes que le gustas.
—Es tu cachorro.
—¡No es mío! —Se sonrojó.
—Dijiste que era una metáfora…
—¡Eso no importa! —Exclamó desesperada—. ¡El caso es que el cachorro te quita tiempo para pensar en el árbol! Es inevitable. Pasa sin darte cuenta. Un día quieres que el árbol te conteste o te diga si le gusta cuando le hablas y al otro estás paseando con tu cachorro… ¡con el cachorro! Sí, eso, y… el cachorro se mea en el árbol.
—Qué sutil.
—Es para que lo entiendas.
—No estoy entendiendo nada.
Helga lanzó un chillido frustrado.
—¿Sabes qué, Arnold?
—¿Qué?
—Eres un tarado.
Se marchó furiosa.
XXXVII. De cómo tomar decisiones importantes en la vida.
—Helga… no puedes… no es correcto.
—Lo sé, pero ¿qué mejor manera? —Dijo en voz alta—. No tengo otra opción. Además, esta es una decisión absoluta. Necesito un método que sea absoluto y que no me deje pensando en otra cosa.
—Eso no es posible.
—Lo es. Me he preparado mentalmente a aceptar la decisión. Una vez tomada no pensaré en nada más que vivir el presente.
—Helga, aún así, ¿no deberías tratar de tomar tú la decisión?
—Yo estoy escogiendo la manera, esa es una forma de tomar decisiones.
—Igual creo que es una mala idea.
—He estado teniendo malas ideas desde el pre-escolar, Phoebe, ¿por qué no sólo tener una más y arreglar el desastre?
—Porque cuando decidas arreglarlo de verdad, quizá sea demasiado tarde.
Helga la miró un largo rato antes de lanzar la moneda.
XXXVIII. De cómo vivir después del amor.
—Me gustaría hablar contigo, Helga.
—¿De qué?
Miró a su alrededor.
—De… eh… un asunto privado, si es posible.
Helga suspiró.
—Está bien, sígueme a mi oficina.
Lila la miró dudosa, no sabía que Helga tenía una oficina.
—¿A dónde?
La rubia ya se había levantado y caminaba dando largos pasos. La siguió de inmediato y trato de no ver a nadie mientras avanzaba. Llegaron rápidamente a los salones del club de teatro del tercer piso y Helga se aseguró de que no hubiese nadie antes de cerrar la puerta y cruzarse de brazos.
—¿Y bien? —Dijo, impaciente.
—Eh, sí. —Dio un respingo—. Quería hablarte de Arnold.
—No, por favor, no. —Respondió en un susurró rápido y cerró los ojos, mortificada. Cuando habló, su voz sonaba amenazante—. ¿Por qué quieres hablar de Arnold conmigo?
—Porque estás enamorada de él. —Lila sonrió.
—Estaba, en pasado. —Respondió tranquila—. Ahora estoy saliendo con Stinky.
—Helga, tú no amas a Stinky. —Dijo con firmeza y, quizá en otra persona, arrogancia.
—No.
—¿Entonces por qué insistes en salir con él cuando estabas tan cerca de…? —Se calló cuando Helga le lanzó una mirada venenosa.
—¿Tan cerca de qué, exactamente? —Preguntó con la voz extraña, como si estuviese reprimiendo un grito—. ¿De confesarle a alguien que no me quiere, que lo amo?, ¿tan cerca de un final feliz?, ¿tan cerca que seguramente me hubiese correspondido?
Lila la miró, nerviosa.
—Tú no sabes nada, ¿está bien? —Se acercó dos pasos—. Yo se lo dije hace tiempo y la respuesta fue bastante clara. Trata de adivinarla. Sí, estoy enamorada de Arnold, pero eso no significa nada. Quizá te has acostumbrado a la idea, pero no es natural que yo lo quiera cuando él ni siquiera se fija en mí. ¡Estoy cansada!
Se veía cansada, triste, como si le costara mucho trabajo hablar. Lila no sabía cómo contestarle.
—¡Lo odio! —Dijo con saña—. Me ignora constantemente y yo sólo tengo que aguantarlo. Quizá ya no quiera aguantarlo más. Tú no lo entiendes, Lila. Todo el mundo te quiere. Dime, ¿quién me quiere a mí?
De pronto, Lila se dio cuenta que nunca había estado sola.
—Yo puedo querer a alguien más. —Dijo desafiante—. Puedo hacerlo. Puedo cambiar mis sentimientos y ser feliz. Nunca antes me había permitido la posibilidad de enamorarme de alguien que no fuese Arnold.
Fue entonces que Lila lo entendió. Se acercó los pasos que faltaban y en un movimiento fluido, encerró a Helga en un abrazo muy fuerte, lleno de todo lo que no podía decirle con palabras. Muy lentamente, Helga le correspondió.
XXXIX. De cómo Stinky conversa con Lila.
Stinky estaba esperando a que Helga terminara su reunión en la biblioteca para poder acompañarla a su casa. Helga había dicho que no era necesario y Stinky le había dado la razón, así que se estaba quedando sólo para sorprenderla. Cuando Helga se sorprendía, su expresión ganaba gentileza. Era agradable.
Sintió que le tocaban el hombro con golpecitos muy suaves y delicados. Como estaba sentado en una de las gradas de la escalera principal, pensó que tal vez estaba bloqueando el paso, por lo que simplemente movió su mochila y se perdió nuevamente en sus elucubraciones.
Nuevamente, esta vez con más insistencia, sintió los golpecitos distractores. Alzó la vista y se encontró con la expresión sonriente de Lila Sawyer.
—Buenas tardes, señorita Lila.
—Buenas tardes, Stinky.
Lila bajó las escaleras y aunque no se sentó, se aseguró de dedicarle una expresión amable que le indicaba que se encontraba cómoda de pie. Stinky siempre encontraba mucha naturalidad en sus acciones, como si Lila se esforzara en hacer más fácil la vida de los demás.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—Sí, me preguntaba si sabrías dónde está Helga.
—Está con Arnold, en la biblioteca.
—Ya veo. ¿Están ocupados?
—Sí, Helga dice harán un proyecto y que ni siquiera han comenzando a armar la maqueta. —Se rascó la nuca—. No entiendo muy bien qué es lo tienen que hacer, pero Helga no quiere que la interrumpa.
—Oh, bueno, seguramente encontrarán la manera de presentarlo a tiempo. —Comentó confiada—. Sólo quería ver a Helga para devolver el libro que dejó en el laboratorio de química.
—Helga siempre deja sus cosas por ahí. —Comentó Stinky con una sonrisa y su mirada se perdió en algún lugar. Lila lo miró con curiosidad y tosió para llamar su atención.
—¿Podría pedirte que se lo entregaras?
—¡Sí, claro! —Asintió—. De cualquier forma, me quedaré aquí esperándola.
—Oh… bueno, eso es muy considerado de tu parte, Stinky. —Comentó distraída mientras sacaba el libro de su mochila y se lo entregaba.
—Helga se pone de buen humor cuando la espero y cargo sus libros. —Explicó—. Normalmente no me habla demasiado, pero cuando está de buen humor me cuenta cosas que no conozco. Una vez, incluso, me compró un helado de limón y fuimos al parque.
Lila lo miró, todavía amable, pero muy apenada.
—¿Te diviertes mucho?
—Me gusta cuando Helga conversa.
Era la primera vez en su vida que sentía que un chico ponía una barrera tan poderosa para separarla. Lila se despidió con una sonrisa y con la curiosidad creciendo en su interior.
XL. De cómo Arnold y Helga conversan.
—Helga, tengo que confesarte algo.
Era bastante frustrante que Arnold Shortman, benefactor público, fuese capaz de asustarte. Más aún, cuando se suponía que eras el terror encarnado.
—¿Qué? —Susurró—. ¿Confesar?, estamos estudiando.
—Sí, pero tengo que decirte la verdad.
—No, no tienes. Puedo vivir felizmente ignorante. —Aseveró apurada—. No quiero saber nada, Arnoldo. Francamente, sólo quiero terminar con esta parte del trabajo para poder irme a mi casa a dormir. Lo que sea que quieras decirme no me interesa.
—Necesito decírtelo de todas maneras, Helga. —Arrugó el ceño—. Sospecho que te interesará cuando lo escuches.
—Yo creo que no.
—Yo sé que sí.
—Es porque eres un cabezón sin nada de tacto. Créeme, no quiero saber.
—No puedo simplemente no decírtelo.
—Sí, sí puedes. Ahora deja de ser tan llorón, trabaja y no me hables.
Helga se dejó engañar por el silencio, se convenció que había ganado y no se dio cuenta que en realidad era una pausa que servía para asumir las verdades. Arnold asumía su verdad mientras la miraba fijamente y decidía si seguir pidiéndole permiso o no. La conclusión fue bastante inesperada.
—Te escuché.
—¿Perdón?
—Cuando conversabas, escuché sin querer.
Helga se puso pálida.
—E-escuchaste que conversaba… ¿con quién?
De su respuesta dependía todo su futuro.
A la siguiente
Mecanografiadas
Estoy en época de exámenes amigos D:
Hoy no habrá mucha cháchara porque el tiempo es oro y yo necesito polvos mágicos (?). En fin. Resumiré las Killa-quotes de hoy diciendo que les agradece mucho por los reviews y que tiene y tendrá en cuenta todas sus sugerencias. Espera poder seguir leyéndolos y que la recuperación está yendo mejor que antes.
Nos seguimos leyendo pronto, no olviden presionar a Killa :'D aunque esta vez no prometo apurarme porque necesito tiempo.
¡Chaito!
P.S. Para los que quieran saber, el fanfic Alan/Helga se llama 'Amor en cuatro tiempos' y está horrible D': Me ha dictado la primera parte y les aseguro que es la cosa más dolorosa emocionalmente que he tenido que mecanografiar/leer D': Killa es mala con "M" de MALDITA SEA MIS SENTIMIENTOS.
D':
