L. De las propiedades del ladrillo.
No había sido al propósito. Unas veces olvidabas tu libro en clase y otras te acordabas que Helga Pataki no te había tirado bolitas de papel en todo el día. Fue un proceso. Recordar el libro y recordar que tu abusiva personal se había olvidado de ti.
El problema con las nuevas carpetas era que podías poner todas tus cosas en el compartimento que tenían al nivel de las manos. Podías meter de todo. Libros, cartucheras, hojas y hasta el compás que se había hecho popular en trigonometría. Cada dos o tres días, se olvidaba una u otra cosa y siempre le tocaba regresar corriendo al aula vacía y esperar encontrar lo que tocaba. Un día regresó por su libro de matemática y recordó que ese día había sido muy normal. Casi demasiado normal. Se tocó la cabeza por inercia y se maravilló cuando pasó sus dedos por las hebras de cabello y no encontró nada. Intentó sacudirse los hombros y se quitó la chamarra para verificar que no hubiera nada siniestro que no hubiese notado, pero nuevamente se tuvo que decepcionar. Nada de nada. Ni torturas, ni papeles, ni bromas pesadas. Algo bueno que se sentía muy mal. Se asustó cuando pensó que quizá se había acostumbrado a la tortura. Nunca era bueno acostumbrarse a esas cosas.
Tomó su libro y se fue.
Las cosas se pusieron peor. Olvidaba las cosas con más frecuencia. Incómodo en ese limbo en el que no sabía si el cambio era temporal o permanente. No sabía, incluso, si le parecía bien o mal. No sabía si conversar y volver a lo normal y, lo más importante, no sabía si debía preocuparle tanto toda la situación. Supuso que no. Si Helga había decidido madurar y dejarlo en paz, sería de locos pedir por lo contrarío. Decidió asumirlo como un cambio permanente y había pensado tanto en el cambio que cuando saludó Helga al día siguiente y ella lo ignoró, se ofendió sinceramente.
Algo comenzó a asentarse. Algo que parecía más lógico que el cambio radical. Era progresiva y muy Helga. No lo torturaría más, al parecer, pero tampoco reconocería su existencia. Bueno, era mejor eso a nada. Nuevamente se guardó sus comentarios y luego de una breve suposición, decidió dejar el asunto a un lado. Tampoco le interesaba tanto.
Tomó su compás y se fue.
Pasó algo raro. Algo que se sentía familiar y extraño y se resignó a sentirse confundido porque la verdad era que Helga siempre lo hacía sentir así. La mayoría del tiempo. Así que se limpió una bola de papel que se había atorado en el cuello de su camisa y cerró los ojos para contar hasta diez. No era tan malo. Simplemente tendría que volver a acostumbrarse y esperar al fin de la secundaria. Esperó. El primer, segundo, tercer periodo. Llegó el almuerzo y los periodos después de este. Llegó la salida y sonó la campana y había sido una sola bolita de papel en su camisa. Qué raro. Arnold sinceramente no lo entendía.
Tomó su cartuchera y se fue.
Más raro todavía, fue lo que pasó después. Le llegaron dos bolitas de papel. Una en la clase de geografía y otra en la de sociales. No tenía ningún sentido. Helga ni siquiera se había sentado detrás de él y había sido con rigurosidad extraordinaria porque ni siquiera el profesor se había dado cuenta. Había que tener talento hasta para hacer esas cosas. Se volteó, más curioso que enfadado, pero Helga jamás le dirigió la mirada. Lo ignoró tan bien y tan natural, que por un momento dudó que hubiese sido ella. Supuso, nuevamente, que se había tratado de una recaída amistosa y que era mejor no hacer ningún comentario.
Tomó su cuaderno y se fue.
Entonces las cosas comenzaron a ponerse erráticas. Dos o tres bolitas de papel una vez por semana. Los lunes y los miércoles. Más los lunes que los miércoles, pero no quiso ahondar en el tema. Suficiente era que supiese los días en los que Helga se iba a molestar con él. De nada sirvió que se volteara e insistiera con una expresión amistosa. Helga volvió a ignorarlo y lo hizo sentir tan incómodo que ni siquiera se preguntó por la ridiculez que era mirar amistosamente a quien te tira bolitas de papel. Ya ni siquiera tenía ganas de hablarle.
Tomó su borrador y se fue.
La verdad es que era bastante curioso que la tortura se hubiese reducido tan dramáticamente y tan selectivamente. No tenía ningún sentido. No se sentía como Helga para nada. Ella que era tan drástica y decidida. Dos o tres miserables bolitas de papel no valían la pena y era como que muy mediocres. Helga hacía las cosas bien y hasta el final. Incluso las que eran con malas intenciones. Le creció la curiosidad y, esta vez, cuando Helga volvió a ignorar su saludo, una idea se le fue clavando en la cabeza.
Tomó su lápiz y se fue.
Helga tenía algo. Estaba muy rara. O la clase estaba rara. O él hacía algo raro. El caso es que algo muy evidente tenía que estar sucediendo delante de sus ojos. Algo que explicara ese comportamiento errático e inexplicable. Ya ni siquiera le importaba toda la importancia que le estaba dando. Si eso ayudaba a devolver el orden a las cosas, bien valía la pena. Así que geografía y sociales y Helga. Ya tenía la ecuación, sólo le falta resolverla.
Tomó su lapicero y se fue.
No tenía ni la menor idea. Se machacó el cerebro pensando qué podría hacer en esas dos clases que irritaran tanto a Helga para molestarlo, pero no encontró la respuesta. Tanto se distrajo que ambos profesores le llamaron la atención dos veces. En sociales, incluso, tenía tarea extra. Frustrado, decidió dejar el asunto en paz. Un par de bolitas de papel no eran razón suficiente para ganarse castigos toda la semana.
Tomó su tajador y se fue.
Y quizá era peor tratar de ignorar el asunto al que le había estado prestando atención en primer lugar. Quizá era peor y mejor y, definitivamente, peor. Ya era demasiado tarde para reconsiderarlo y, sin embargo, seguía perdiendo el tiempo con tanta indecisión.
Tomó su escuadra y se fue.
Algo tenía que ser. Algo en particular. Algo que sólo Helga pudiese observar desde su carpeta al otro lado del aula. Algo que fuese especialmente irritante. Algo insoportable. No sería él mismo, desde luego, pues se había establecido que la tortura era muy selectiva. Algo tenía que ser. ¡Algo!
Tomó su examen de geometría y se fue.
En realidad era una respuesta muy tonta. Se demoró semanas en descubrirla y era tan evidente que seguramente no era la respuesta. Como cuando en álgebra terminabas el ejercicio a los cinco minutos. No, definitivamente no podía ser la respuesta.
Tomó su fólder y se fue.
No había otra respuesta. La había buscado. En tres clases diferentes intentó no hacer nada tan bien que Gerald se acercó para preguntarle si todavía respiraba. Había sido inconsciente, claro, pero probaba un punto. Un punto que, siendo sinceros, había creído jamás volver a tocar en toda su vida.
Las cosas eran sencillas. Sí, todavía recordaba lo que había pasado en lo alto de Empresas Futuro. Todavía recordaba a voz ronca y el walkie talkie. Las nubes de tormenta, el escape al nivel de cualquier película de acción y la espectacular huída en bus. Su vida era tan increíble algunas veces. Más importante, incluso, recordaba el trato al que habían llegado. Un trato bastante razonable. Un trato que Helga parecía haber roto, pero sin romper y sin incluirlo en el asunto. Le parecía un poco injusto, pero nada le aseguraba que fuese sobre el trato en primer lugar.
Dejó la hipótesis.
Tomó su corrector de papel y se fue.
Supuso que nada perdía si pasaba a la experimentación. Se animó luego de un par de semanas. Sólo para confirmar. Para ver si funcionaba. Para ver si no estaba equivocado y para confirmar que no era simple paranoia. Además, las cosas se le estaban olvidando con más frecuencia.
Tomó su resaltador y se fue.
Cuando lo descubrió le entró un escalofrío tan grande que la única salida posible que encontró, fue entrar en negación. Lo negó una y mil veces. Lo negó de maneras distintas y desesperadas. Lo negó, lo volvió a negar y se durmió pensando en negarlo. Tuvo sueños negativos, sueños tensos y despertares en menos. Le dio vueltas, se enojó, se frustró, se rió, pasó por momentos francamente muy patético y, finalmente, lo volvió a negar.
No. En serio, no. No puede ser. No.
El día en el que olvidó su mochila se dio cuenta que tenía un problema.
LI. De cómo los ladrillos son porosos.
poro1.
(Del lat. porus, y este del gr. πόρος, vía, pasaje).
1. m. Espacio que hay entre las moléculas de los cuerpos.
2. m. Intersticio que hay entre las partículas de los sólidos de estructura discontinua.
3. m. Orificio, por su pequeñez invisible a simple vista, que hay en la superficie de los animales y de los vegetales.
Era muy estúpido. Seguir a Helga y pretender que no la estaba siguiendo y dar vueltas y pretender que no estaba dando vueltas. La negación tampoco era una idea muy inteligente, para comenzar. La idea de Helga lanzándole bolitas de papel cada vez que hablaba con Lila, bueno, era una tontería que había comenzado a considerar. Las cosas estaban tan mal, no había forma en que pudieran ponerse peor. Tenía derecho a un poco de estupidez.
—¿Por qué rayos me estás siguiendo? —Gritó Helga enfadada. Ni siquiera se había dado la vuelta.
Arnold perdió el corazón, las tripas y la intrepidez en cuestión de segundos. Se quedó inmóvil y con los ojos muy abiertos, dándose cuenta de que jamás sería un espía lo suficientemente capaz para burlar las defensas Pataki. Se puso a elaborar millones de excusas y de respuestas casuales en cuestión de segundos. Decidió que diría la verdad, si lograba alzar la voz y que esperaría lo mejor. Era un optimista, después de todo.
Alzó la mano y antes de que el sonido escapara de su garganta, una respiración fuerte y asmática le llegó a los oídos. Tuvo un deja vu con lo sucedido en la cueva del jadeante Ed.
—Uh… eh… yo… —Una fuerte aspiración y una risita asmática y breve—. Hola.
Helga soltó un bufido exasperado. Se le ocurrió que quitarse del camino antes de que lo descubrieran, era una idea muy buena.
Muy buena, sí.
¿Es que Brainy siempre hacía lo mismo?
LII. De cómo los ladrillos son permeables.
permeable.
(Del lat. permeabĭlis, penetrable).
1. adj. Que puede ser penetrado o traspasado por el agua u otro fluido.
2. adj. Que se deja influir por opiniones ajenas.
—¿Qué? —Arrugó el ceño—. ¿De qué rayos estás hablando, hermano?
—Es sólo una suposición, Gerald.
—¡Por supuesto que es una suposición! —Exclamó histérico—. ¡Lo que me preocupa es lo que hay detrás de esa suposición!
—¿Qué sería…?
—¡Sería que has perdido la cabeza y que debo internarte inmediatamente en nombre de todos nuestros años de amistad!
Arnold rodó los ojos.
—Gerald, cálmate.
—¡Tú cálmate!
—¿Cómo puedo contarte si te vas a poner así?
—¡No me cuentes!
—Gerald…
—Oh rayos…
—¿Ahora qué?
Gerald suspiró, se dio palmaditas en la frente, volvió a suspirar y le lanzó una mirada llena de compasión.
—Estás perdido, Arnold.
—¿Qué quieres decir? —Arrugó el ceño.
—Todo este interés… lo he visto antes… con otras chicas. Arnold, tú nunca te obsesionas tanto a menos que… —Movió las manos—. Estés…
—¿Qué?
—¡No me hagas decirlo!
—Gerald, perdona, pero parece que estás haciendo un berrinche.
—¡Enamorado!
Arnold parpadeó.
Gerald dejó escapar un gruñido frustrado.
Silencio.
—Gerald, por favor, estás exagerando. —Dijo muy tranquilo.
Pero Gerald sabía que estaba muy equivocado. Tristemente equivocado. Terriblemente equivocado. Pensar que Helga G. Pataki terminaría siendo su ¿cuñada?, ¿cómo rayos se le decía a la novia de tu mejor amigo?, aunque, ¿Helga aceptaría a Arnold en primer lugar?
Que no, que no, que no, que no. Por favor.
—Lo que tú digas, Arnold. —Suspiró—. Lo que tú digas.
LIII. De cómo los ladrillos son higroscópicos.
higroscopicidad.
(De higroscópico).
1. f.Fís. Propiedad de algunas sustancias de absorber y exhalar la humedad según el medio en que se encuentran.
—¿Qué quieres?
Cuando Helga se ponía las manos en la cintura y lo miraba como si fuese el insecto más asqueroso sobre la faz de la tierra, intimidaba… un poco.
—¿Hablar?
—¿De qué?
—¿De la escuela?
—Tienes cinco segundos antes de que te golpee.
—¿Por qué estás tan molesta? —Sintió que el enojo se le escapaba en la pregunta.
—¡Porque estás aquí!
Silencio.
—¡Quiero decir… porque me estás interrumpiendo! —Gruñó—. Zopenco cabeza de balón.
—¿En medio del pasillo?, ¿al final de las clases?, ¿un martes? —Incrédulo.
—¿Qué te importa?
—Mucho.
—¿Qué?
—¿Qué de qué?
Y ahí, en medio del pánico, Arnold por fin lo notó. Él solo. Sin ayuda de nadie, o mejor dicho, con la ayuda de Helga.
Sonrió, tranquilo, de medio lado.
LIV. De cómo los ladrillos son rugosos.
arruga.
(De arrugar).
1. f. Pliegue que se hace en la piel, ordinariamente por efecto de la edad.
2. f. Pliegue deforme o irregular que se hace en la ropa o en cualquier tela o cosa flexible.
3. f. coloq.Perú. Deuda cuyo pago se demora.
Era un defecto muy grande, la indiscreción. Muy grave. En su caso, muy (des)afortunado.
Se había olvidado el libro de biología en la carpeta y para cuando regresó al salón, dos voces femeninas lo detuvieron en la puerta. Helga y Phoebe se había quedado atrás, aparentemente conversando.
—Tengo que hacerlo.
Phoebe lanzó un chillido dramático y se cubrió la boca con la mano derecha. El silencio no fue roto hasta momentos después, cuando la morena susurró estupefacta.
—¿Estás segura?
—Estoy segura, Phoebe. —Su voz temblaba—. Tengo que decirle a Arnold.
Arnold. Él. Es decir, él, Arnold Shortman. La verdad. Verdad. La verdad a Arnold Shortman, o sea, él. Él que estaba escuchándolo todo detrás de una puerta. Él. O sea, yo. ¿Qué verdad?
Y Helga, nuevamente, se lo dijo.
—Tengo que decirle que lo amo.
A él. Helga Pataki estaba enamorada de Arnold Shortman. Ella y él.
¿Por qué estaba ahí en primer lugar?
No podía pensar con tanta emoción debatiéndose en su pecho.
LV. De cómo no decirle a Helga G. Pataki que la has espiado.
—Estabas conversando con Phoebe. —Dijo apenado—. Lo siento.
—¿Qué?
—No lo hice al propósito… me había olvidado… y bueno, antes de entrar a la clase. Yo… —Alzó la mirada, decidido—. Ya lo sé, Helga.
—Sabías. —Lo corrigió con crueldad—. Sabías algo que ahora no es cierto y, la verdad Arnold, espero que no seas tan arrogante para seguir creyéndolo.
—Lo escuché. —Se enfadó.
—En pasado.
—¿Qué quieres decir?
—Pregúntame tú. —Dijo molesta—. Pregúntame si quieres.
—¿De quién estás enamorada? —Demandó, enojado.
—De Stinky.
Tenía que estar bromeando.
A la siguiente
Mecanografiadas
Pues verán que me demoré un poco con los exámenes. Esto me lo dictó Killa mientras hacíamos Skype. Tengo sueño y sólo quiero compartir el capítulo por puro fangirlismo. Nos vemos pronto, amigos del internet. No olviden seguir presionando. Esta vez fue mi culpa, mucho qué hacer. Más capítulos pronto... Oh sí, Killa me pidió que avisara: Cuando Helga G. Pataki perdió la paciencia tendrá un anexo.
Killa sigue enyesada :/
¡Chaito!
