XLVII. De cómo perder ganando.
Había un disco, el único disco en realidad, que sonaba en el viejo tocadiscos de la casa. Era de un tal Abbey Lincoln. Así lo creyó hasta que escuchó con atención y no, no era un hombre, era una mujer de voz potente. Le gustó porque cantaba lento y pausado. No sabía que se podía cantar lento y pausado y de pronto se fue aprendiendo las letras. Sonaban como consejos historiados o historias aconsejadas. Alguna extraña combinación que le dejaba la sensación de una tarde muy tranquila. Le gustaba la tranquilidad de Abbey y la acidez azucarada de su pie de limón.
Nunca pensó que alguna de esas canciones le iba a servir de consejo. De consejo a un problema que le daba dolor de corazón más que dolor de cabeza. Un problema que, en realidad, no quería discutir con nadie.
—No lo hice al propósito… me había olvidado… y bueno, antes de entrar a la clase. Yo… —Alzó la mirada, decidido—. Ya lo sé, Helga.
—Sabías. —Lo corrigió con crueldad—. Sabías algo que ahora no es cierto y, la verdad Arnold, espero que no seas tan arrogante para seguir creyéndolo.
—Lo escuché. —Se enfadó.
—En pasado.
—¿Qué quieres decir?
—Pregúntame tú. —Dijo molesta—. Pregúntame si quieres.
—¿De quién estás enamorada? —Demandó, enojado.
—De Stinky.
Él se había enterado antes que Arnold. Se enteró después, eso sí, cuando escuchó que Helga decía Stinky y sus ojos se prendían de rabia y la rabia no era suficiente para camuflar la mentira. Era cierto. No se hacía problemas con el doble sentido o los recovecos. A él le gustaban las cosas simples. Las cosas brillantes, también, pero mucho más las cosas simples que eran sencillas hasta el final y que no hablaban de rabia, ni de dolor, ni de confabulaciones. Le gustaba que las palabras dijeran lo que significaban, lo que él creía que significaban y nada más. No le gustaban las sustituciones. Y claro, Helga hablaba de él, de Stinky Peterson, pero no sabía mentir. Arnold tendría que darse cuenta que no sabía mentir.
Helga estaba mintiendo descaradamente. Ahí donde la alegría le cruzó el rostro en una sonrisa de satisfacción, una vocecita aguda y muy sabionda le repetía que no tenía que estar sonriendo. De qué te ríes, por qué sonríes, cómo puedes alegrarte Stinky Peterson. No tenía problemas en admitir que estaba enamorado. Estar enamorado era sencillo y muy ligero. Era emocionante y como el mejor pie de limón en su boca. Pero la vocecita insistía. Por qué crees que has ganado. Exigía respuestas. Respuestas claras y sencillas, porque a la vocecita también le gustaba lo que a él le gustaba. Sabes que es mentira. Y sí, era cierto. Sabía que era mentira porque le sudaban las manos y tenía miedo. Tuvo miedo antes de que Helga contestara y ese miedo se volvió euforia y era muy fácil distinguirla de la alegría, pero esa euforia era alivio. Sabía que Helga no estaba enamorada de él, pero quería creer que tenía tiempo. No tienes tiempo, Stinky, para qué sonríes. Era cruel la voz, era muy directa y no titubeaba. Quizá era su falta de confianza. Pero no era posible que hubiese una falta de confianza. Había rechazado un contrato de un millón de dólares, por supuesto que tenía confianza. No te mientas, sólo la gente complicada miente. Stinky tuvo que darle la razón.
Le tuvo que dar la razón y dejó que Abbey, la chica de la voz potente, le dijera straight ahead. Tenía razón ella, para algunos el camino era limpio y fácil, simple. On this road you got a problem y si al final hubiese agregado un Stinky se habría sorprendido muy poco. No se sorprendía nada, en realidad, porque hasta él entendía que cuando se tenía el corazón roto cualquier canción se adecuaba al dolor punzante. Cualquier canción y más si había saxofones y una voz potente que iba lenta sobre la tarde.
For some this road is smooth and easy.
XLVIII. De cómo comer naranjas.
Pobre Eugene. Pobre ingenuo, desafortunado Eugene. Pobrecito él y pobrecitos los que como él, traían naranjas sin pelar a la hora del almuerzo.
Sheena buscó en su morral, pero tampoco encontró un cuchillo. Lo miró con pena unos segundos y correspondió a la sonrisa resignada que el pelirrojo le lanzó antes de guardar la fruta nuevamente en su lonchera. Sheena buscó entre sus propias provisiones y sacó una manzana que le alcanzó con una sonrisa.
—Así sólo tienes que morderla. —Le recomendó de buena voluntad.
Helga bufó. Sheena dio un respingo. Por alguna extraña casualidad estaban los tres, Eugene, Helga y ella misma, sentados en una sola mesa en el comedor. Helga normalmente compartía su tiempo del almuerzo con Phoebe y, desde que era novia de Stinky, con Sid y Harold, pero ese día se sentó ahí con ellos sin decir nada. Y no era tan raro como para pedirle una explicación coherente, pero era inusual y estaba atrayendo las miradas de todos los demás.
—Dame tu naranja, Eugene. —Ordenó la rubia con el brazo extendido y la mano abierta—. Te voy enseñar cómo se hace.
El pelirrojo le lanzó una mirada a Sheena, pero Sheena sabía tanto como él. Suspiró, sacó la naranja y se la entregó todavía mirándola con curiosidad.
—Está bien, Helga. Gracias.
Helga hizo un gesto de desdén con la mano y tomó la naranja en su mano derecha.
—Mira bien, pequeño fenómeno histriónico. —Lo llamó—. A las naranjas las tienes que agarrar en el centro. ¿Ves?, metes la uña y desde donde estaba agarrada al árbol, jalas. El corazón siempre es lo más débil, ¿entiendes?, sólo tienes que tomarlo y jalar. —Explicaba mientras su índice se hundía en la parte superior de la naranja y hacía un agujero—. Tomas uno de los bordes con cuidado y estiras la piel para arrancarla en tiras parejas. No quieres ensuciarte. —Decía muy concentrada y con una sonrisa irónica en la comisura de los labios. Sheena y Eugene intercambiaron una mirada temerosa mientras pensaban, en sintonía, que Helga se había puesto intensa.
—S-sí, tienes razón Helga. —Dijo Eugene por decir.
—Ahí tienes, zopenco. —Dijo una vez que terminó. Jaló su brazo, abrió su mano y depositó la naranja pelada en su palma—. Ahora cómetela sin hacer un desastre.
Helga tomó su emparedado y lo mordió con fuerza, masticó, tragó y dijo nuevamente, en voz críptica.
—Siempre en el corazón, es más fácil pelar si le haces un agujero en el centro.
Sheena guardó su kiwi, de pronto, ya no tenía más ganas de comer.
XLIX. De cómo el pay de limón se come sin fresas.
El problema con vivir al borde del abismo era, precisamente, vivir al borde del abismo. Un día estabas dispuesta a lanzarte en nombre del amor y al día siguiente estabas dispuesta a lanzar al idiota que amabas en nombre del amor. Y claro, ella todavía amaba a Arnold, era imposible no amarlo de un día para otro, ya lo había intentado muchas veces. Pero ahora, como un velo espeso y anudado, el rencor parecía aliviar el amor. Aliviarlo, apagarlo, volverlo tenue y lejano. Era rencor, después de todo, porque Helga podía tirar su orgullo para amar a Arnold, podía ser humilde y aceptar la situación. Podía hacerlo todo y enfrentar a todos, pero lo que no podía y no iba a poder nunca, ni por Arnold, ni por nadie, era permitir que se burlaran de ella. El escarnio le dolía más de lo que le había dolido admitir que tenía sentimientos por él. Le dolía profundo y en el tiempo, le dolía todos los días y se infectaba y avanzaba y le carcomía la paciencia y la humildad. La llenaba de furia, pura furia, nada de cólera para cobardes, sólo tempestad y tormentas en el corazón, en la piel, en la sangre. Al final, siempre al final de las reflexiones, los peros y las miles de vueltas que le daba a la situación, llegaba a lo mismo. Arnold sabía, Arnold lo había sabido todo este tiempo. Ahí donde ella recordaba sus intentos inútiles por llamar su atención, ahí donde pensaba en lo mucho que le había costado vencerse a sí misma, ahí mismo Arnold lo había sabido todo desde el comienzo. Era injusto, más que injusto, porque entonces no sólo había recibido el rechazo, si no una burla constante y silenciosa. Casi rastrera.
Definitivamente rastrera. No lo soportaba. No podía lidiar con la idea de que la persona que ella había creído como la más honesta, la más gentil, el más perfecto en ese cochino y miserable universo, hubiese sido capaz de hacer algo tan ruin. Hacerle algo tan ruin. Entonces el amor se iba, se escondía, se asustaba de sus nuevos sentimientos y sus nuevas convicciones.
Entonces Helga decidía que Arnold podía ser todo lo ruin que quisiera, pero ella jamás, JAMÁS, sería como él.
—Stinky, tengo que hablar contigo. —Le dijo después de los entrenamientos del equipo de básquetbol.
—¿Sí, Helga? —Le sonrió alto, bobalicón y pura honestidad Stinky Peterson.
Caminaron un poco, mientras Stinky arreglaba sus cosas y se lavaba el rostro. Caminaron por el patio de la escuela, por el parque y por la ciudad. Helga esperaba que Stinky se hartara, pero Stinky nunca se hartaba, siempre la seguía, siempre observando, comentando y era fácil. Fácil como las tardes de otoño, el viento en la cara y las luces de la ciudad. Fácil, tan fácil y seguro.
—Lo siento, Stinky.
Fue extraño. Fue difícil y conflictivo, fue como liberar la esperanza y la culpa. Fue peor de lo que imaginó y mucho mejor de lo que esperaba. Quería decir tanto más de lo que había dicho, quería explicarle y seguramente justificarse de alguna forma, pero no había justificación alguna. Stinky se merecía esa disculpa, completa, que asumía los errores y las consecuencias y más seguramente los errores que las consecuencias. Helga se sentía pequeña y egoísta. Pequeña, egoísta y libre, sin embargo.
—Ya lo sé, Helga. —Le dijo despacio, sin mirarla—. Supongo que estas cosas… bueno, simplemente lo sabes.
—Yo…
—Deberías ser más honesta. —La interrumpió—. Algunas cosas son mejores cuando no las complicas, ¿sabes? —Movía las manos para explicarse—. Algunos quieren ponerle chocolate al pay de limón, fresas, sirope. Está bien, creo, para los que les gustan mezclar y probar. Pero al final el pay de limón ya es grandioso sin todas esas cosas.
Helga se quedó en silencio y Stinky agregó, por una última vez esa tarde, un poco más animado que al inicio.
—El pay de limón es mi postre favorito en todo el mundo.
L. De cómo enojarse y no perder el corazón en el intento.
—No lo soporto más, Nadine. —Susurró Rhonda, reprimiendo un chillido, inclinada en su carpeta—. Es demasiada tensión.
—Lo sé, Rhonda, pero Helga ha estado de un humor de los mil diablos estos últimos días y yo no quiero que me golpee. —La miró preocupada—. Sé que nunca lo ha hecho, pero prefiero no arriesgarme.
—Entonces enviemos a Harold.
—¡Rhonda! —Siseó—. No puedes hacerle eso a Harold. Lo conocemos desde hace mucho.
—¿Y eso qué? —Dijo como si realmente no le importara—. ¿Cómo dijeron en historia?, ah sí, que sea carne de cañón.
—¡Rhonda! —Dijo Nadine nuevamente un poco más alto de lo normal y ambas sintieron la mirada de Helga penetrarles el cráneo. Cerraron los ojos como si les doliera y esperaron…
—A ver, par de golondrinas madrugadoras, ¿de qué rayos están murmurando y por qué la chica insecto me está mirando? —Exclamó de mal humor y todos se tensaron.
Rhonda y Nadine, sabiamente, prefirieron dejarlo pasar. Quien no lo dejó pasar de ninguna manera, fue Arnold.
—¿Por qué tienes que gritar cuando Rhonda y Nadine están a medio metro? —Intervino, irritado—. ¿Por qué las acusas de algo que obviamente no es cierto?
—¿Por qué no te metes en tus asuntos? —Respondió irónica—. Tantas preguntas, tan pocas respuestas.
—Si dejaras de ser tan desagradable quizá no pensarías que todo el mundo habla mal de ti.
Todos contuvieron el aliento.
—Si dejaras de ser tan metiche quizá no te pedirían que cerraras la bocota tan a menudo. —Una pausa—. Idiota.
El silencio se volvió a espesar y de pronto todos se estaban hundiendo en sus asientos. Rhonda estaba mordiéndose las uñas para no chillar y casi le da un ataque cuando se dio cuenta que estaba arruinando su manicura.
—¿Qué dijiste? —La voz de Arnold sonaba positivamente molesta.
—No tengo por qué repetir todo lo que digo. —Helga, también, había bajado los pies de la carpeta y se había sentado muy tensa—. Pareciera que sólo te lavas las orejas para escuchar lo que te conviene.
—Si no querías que lo escuchara, quizá debiste escoger un lugar menos público que la escuela.
—Quizá tú deberías aprender a tocar las puertas.
—¿Del salón?, ¿estás loca o qué?
—¿Qué?
Silencio. Todos escuchaban, nadie entendía nada y, ahí, en su ignorancia supina sabían que algo había pasado.
—No tengo por qué repetir todo lo que digo. —La imitó.
Helga se levantó y Arnold se levantó inmediatamente después de ella.
—Vete al diablo, Arnold. —Pasó como una tromba, empujándolo, mientras salía del salón con su mochila en el hombro.
—La clase todavía no empieza. —Dijo Eugene momentos después, pero nadie lo escuchó.
LI. De cómo enojarse y no perder el corazón en el intento (2).
Helga fue hasta su cama y se tiró encima. Las ganas de llorar por la furia le ganaban a las ganas de llorar por la humillación, pero ni las lágrimas de furia, ni las de humillación le ganaban a ese dolor profundo que era la constatación del rechazo. Si alguna vez había creído que vivir y morir en el intento de confesarse era algo que podía soportar, había estado muy, tristemente, equivocada. Dolía sobre varios años de infancia y otros tantos de juventud y se sentía impotente y pequeña. No soportaba sentirse impotente y pequeña y por eso se había estado negando a la posibilidad de la depresión, pero qué ganas tenía de hundirse en las sábanas y de no tener que volver sobre lo que ya conocía. No se hundió, sin embargo, porque Helga era más que llantos y depresión. Helga era fuerza de espíritu y carcajadas, era perseverancia y necesidad, era violencia y sangre y ritmo. Helga era una canción épica. Un cantar de gesta como esos que hablaban de los héroes inventados por los pueblo. Y Helga no sería Helga si se hundiera en esa cama, en esa tarde, pensando en un proyecto que había fracasado.
Se levantó atravesada por una corriente de inspiración milagrosa y abrió el último de los muchos libros de poesía que había empezado en honor a un amor no correspondido. Lo abrió y pasó sobre las tres hojas escritas y recorrió con sus dedos las páginas en blanco. Se llenó de emociones y tantas más mientras el corazón le latía como siempre. Como siempre, porque se le había roto algo muy importante, pero no se le había roto el espíritu.
En voz baja, como despidiéndose, Helga comenzó a susurrar mientras escribía:
Me dormí en la tristeza para apagarla,
la forcé en el olvido, en la fantasía la ahogué,
tristeza, siempre la misma, que me abrazaba.
Y abrazábamos mucho, tú y yo, cuando pensaba
cuando se abría la calle gris,
cuando el cielo gritaba furioso,
me preguntaba si acaso vendrías de nuevo, como el sol de mayo.
Es mi voz recitando, soy yo apagando el silencio,
se apaga,
se acaba,
te terminas tú en el crepúsculo
me termino yo, esta otra, en tu recuerdo.
Y se despidió mientras cerraba el cuaderno que no volvería a abrir.
LII. De cómo enojarse y no perder el corazón en el intento (3).
Para Arnold era muy sencillo saber. Él, de alguna manera, siempre lo había sabido. Pero saber, no en el sentido "yo sé que dos más dos es cuatro", sino más bien en el sentido "yo sé que me pasa algo con Helga Pataki porque siempre le estoy prestando atención". Algo así, quizá menos elaborado, pero así de claro y directo. Y sí, sabía, pero sólo hasta que realmente lo supo, se dio el trabajo de lidiar con ese conocimiento.
Le sucedió en varias tardes. Tardes que hablaban de olvidos, descuidos y chicas guapas de otras aulas. Las miraba, una por una, desfilar en su mente y en ese lugar de su corazón que se emocionaba cuando veía a una lo suficientemente bonita. Entonces, como era su costumbre, fantaseaba e idealizaba y se emocionaba cuando encontraba más y más en común con una o con otra. Se le hacía lógico, agradable, le parecía bien y soleado. Pensaba, muy creído de eso además, que una relación con cualquiera de estas chicas que escuchaban jazz, que eran bonitas y que le sonreían cuando les prestaba atención, iba a ser una larga compensación por esos días menos afortunados de la primaria. Pensaba, además, que quizá el amor no era tan intrépido y fulminante. El amor, más bien, era una caminata tranquila mientras se deshacía en nervios por tomar la mano de esa chica, quién sabía, que podría ser LA chica.
Se equivocaba desde luego.
El amor no era así en lo absoluto. El amor era climático, malhumorado, poderoso y certero. El amor se deshacía en sarcasmos y se fundaba en la risa. El amor erizaba la piel y provocaba el espíritu. El amor, el verdadero, era un a pesar de que rompía todos esos supuestos que parecían tanto más agradables. Y es que, al final de cuentas, el amor no podía ser aburrido. No podía ser todo sonrisas, todo dulzura, todo fácil y demasiado fácil y demasiado planeado. El amor, finalmente y para él al menos, siempre había sido una lucha.
El amor y Helga Pataki.
Le había costado entenderlo.
LIII. De cómo enojarse y no perder el corazón en el intento (4).
—¿Vas a hablar conmigo?
—¿Vas a seguir haciendo preguntas estúpidas?
—Helga, ya te pedí perdón, ¿no va siendo hora de que me escuches?
—Arnold, ya te dije que no me interesa lo que tengas que decir.
—Sí te interesa.
—No voy a caer en eso.
—¿En qué?
—En lo que pretendes. Mira Arnold, ya es bastante malo que haya hecho el ridículo delante de la escuela cuando tú ya sabías que me gustabas.
—Que me amas. —Corrige.
Helga rechina los dientes.
—Que te detesto.
—Si vamos a seguir con la lógica de la primaria…
—Si quieres seguir teniendo tu lengua en tu boca…
—Helga, tenemos que hablar. Me niego a sostener una conversación así.
—Y la física se niega a creer que tu cuerpo sostenga a tu cabeza, pero así sucede.
—Basta, Helga.
—¡Tú Arnold, basta! —Exclamó mientras cerraba su casillero con fuerza—. ¡Ya cánsate!, ¡ya pasó!, ¡ya no me interesas!, ¡no volveré a molestarte y tú no tienes que molestarme a mí!
Helga tenía los ojos encendidos, las manos vueltas en puños y la frustración y la furia y ese algo que Arnold siempre había sabido distinguir entre todo.
Arnold sonrió.
—¿Y qué si quiero molestarte?
Retoños, no me morí, pero ando un poco ocupada con la vida. Perdonen que mis notas esta vez (como siempre) sean tan cortas y apresuradas. Prometo que para la próxima diré cosas más emocionantes. Por ahora me queda agradecer a todos mis reviews no sólo en este si no en todas mis demás historias. Sin embargo, debo hacerles llegar mi profundo cariño a cada uno de ustedes, no he contestado ninguno (primero por la situación de mi muñeca y ahora porque no tengo tiempo) y siguen llegando. Es una situación que me llena de emoción y alegría. ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS! Prometo que cuando tenga tiempo responderé a todas los comentarios.
Les dejo recomendaciones a falta de mis notas kilométricas y un mensajito:
PRIMERO. Mi amadísima Ariel (a quien le debo la existencia de este fic) tiene cuenta en devianart y dibuja precioso. Por favor, no se pierdan de sus dibujos, son hermosos: : regilalgariet (punto) deviantart (punto) com (borrar espacios). ADEMÁS, está organizando un juego de rol en facebook asociado al grupo 'Oye Arnold! Salvemos la película de la jungla' Les explico, se trata de cuentas de todos (o casi todos) los personajes de hey arnold en facebook y a través de ellas y de documentos que suben al grupo, nos enteramos de los conflictos, relaciones, etc. que se generan entre ellos. Es, como dice Ariel, un "fanfic interactivo" pues existe la posibilidad de que nosotros podamos conversar con dichos personajes. Además que, como en cualquier fic, existe una historia que se va narrando. ¡No se lo pierdan! Yo lo estoy siguiendo y la trama es muy interesante. Nunca me había planteado el Brainy/Helga, pero por lo que he revisado es muy viable y divertido.
SEGUNDO, rocio-asakura ha hecho un cosplay ESPECTACULAR de Lila y además ha hecho un dibujo genial de Helga. Por favor, no olviden revisarlos aquí: lishaoling . deviantart art/Lila-Sawyer-Cosplay-4-378401881. Cariño, te debo tu fic, no lo olvido, dame un poco más de tiempo.
TERCERO: Sé que tengo muchos pendientes con mucho de ustedes, no pienso abandonar ningún proyecto (Lore, si estás por aquí, esto va especialmente para ti), pero ahora de verdad no tengo tiempo ni para dormir. Apenas lleguen las vacaciones podré ponerme al corriente de lo que me hace falta. ¡Por favor, un poco más de paciencia!
¡Gracias a todos!
Nos leemos pronto.
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