LXXIX. De cómo darse cuenta que uno más uno son tres
Tampoco es, pero es algo.
Algo.
Algo como la respuesta que daría Helga si le preguntaran (y nadie se atrevería a preguntarle, pero si lo hicieran): oye, ¿qué pasa entre tú y Arnold? Helga, con su elocuencia, diría que pasa algo, como algo que está ahí, pero no está, pero efectivamente es algo. Es irónico, porque Helga tiene nombres para todos, para todo, para su corazón y lo que su corazón siente, pero cuando se enfrenta a la realidad de ese amor desesperado de toda la vida, solo sabe que siente algo. Algo parecido al amor que imaginó que sentiría cuando, en sus fantasías, Arnold también sentía algo por ella. Sin embargo, como nadie le estaba preguntando y como, por primera vez, no estaba analizando lo que sentía, solo podía pensar en lo que estaba pasando.
Estaba pasando que era de noche, se había encendido la luz de las casetas, tenía arena en la cara y en el pelo, le dolían las piernas y su mano se entrelazaba con la de Arnold. Fue de casualidad, diría, fue una tontería. No es lo que parece, aseguraría con vehemencia, porque aunque habían hablado toda la tarde, todavía no había nada claro y Helga no entendía cómo es que sus brazos se habían tocado un poco, solo un poco, y luego sus manos se habían tocado mucho, con toda la palma. Helga no entendía si esa calidez calmada que le aceleraba el corazón era una cosa algo-algo o una cosa algo-tal vez no-nada. Helga no sabía si había llegado el momento para que se encontrara con Arnold. De verdad, como debía ser, como tenía que pasar desde que Arnold le regaló su galleta del almuerzo y Helga entendió que la bondad existía.
Entonces, Helga tiene que aprender a respirar de a pocos. Tiene que inhalar uno dos tres sin tragarse la noche, pero sí sus sentimientos. Tiene que aspirar el viento nocturno y tiene que evitar PORFAVORDIOSDELPASTRAMI intoxicarse en el aroma que seguramente, muy seguramente, es el olor de Arnold. Tiene que exhalar también, dejar ir todos sus sentimientos en un resoplido silencioso, pero en realidad no puede dejarlos ir a todos. Tiene que expulsar la ansiedad, el enojo y la impaciencia. Tiene que fingir que todo esto que está sintiendo es solo porque no le gustan los sorbetes y no por la mano que le está sosteniendo los dedos. Tiene que dejarse ir, pero es tan difícil abandonarse a la magnitud de sus sentimientos.
—Helga
—¿Sí?
—¿Estás molesta?
—¿Qué?, ¡no!, ¿por qué?
—Bueno, —Arnold se aclaró la garganta—, porque llevas apretándome la mano desde hace quince minutos.
Helga se horrorizó. Helga se espantó. Helga gritó en su cabeza. Helga miró con profundo bochorno su mano y la de Arnold. Arnold tenía razón. Helga quiso, con todo su corazón, dejar de apretarle la mano, pero hacerlo hubiera sido admitir que lo hacía y todavía no se sentía suficientemente valiente para admitir que, a veces, le ganaba la emoción.
—¿Desde hace quince minutos?
—Más o menos.
—¿Te molesta?
—Me causa curiosidad.
—¿Qué cosa?
—Que tengas tiempo para pensar, porque yo no puedo pensar en nada.
Helga se sonrojó superlativamente al infinitivo. Helga se mortificó de manera profunda y ridícula, tuvo que respirar en sucesiones de Fibonacci cero, uno, uno, dos, tres hasta el infinito y se negó rotundamente a mirar a Arnold. Sumó todos los números naturales que conocía, pero no dio con el resultado de nada. Por más que sumaba, cerounodos, no le encontraba la abstracción a las matemáticas. Helga nunca le prestaba atención suficiente a las matemáticas, así que respiraba lo mismo que contaba, mal, a cuestas, con el corazón en las yemas de los dedos. Ella y Arnold. Arnold y ella, pero no eran los dos, era otra cosa inexplorada y emocionante, un Arnold y Helga distinto de lo que había imaginado, distinto de lo que conocía. Arnold con ella y ella con Arnold en esa manera extravagante que tenían de estar juntos aunque estuvieran separados.
—Arnold
—¿Sí?
—No estoy pensando en nada.
LXXX. De cómo Gerald es un buen amigo
—Hey, Stinky, —lo saludó Gerald, de buen humor.
Stinky dio un respingo, sobresaltado. Ese día, Harold se había ido a almorzar solo y Sid estaba sentado en la mesa de miss Lila, así que le tocó ocupar la mesa que siempre ocupaban juntos, él solo. Gerald, que siempre se sentaba con Arnold, ya había acomodado su bandeja junto a la suya y parecía estar dispuesto a almorzar con él. No era extraño que almorzaran juntos, pero Stinky sabía que cuando Gerald no almorzaba con Arnold buscaba la forma de sentarse con Phoebe.
—Hola, Gerald, —le devolvió el saludo después de un rato.
—¿Pasa algo? Te ves distraído, —le preguntó con curiosidad.
—No, —masticó confundido—, bueno, no sé.
—¿Ah sí?, ¿es… por Helga? —Parecía que preguntar le causaba dolor. Stinky le sonrió.
—No, no es por Helga, —se encogió de hombros—, supongo que no. Tú pareces saber más que yo, Gerald, ¿te molesta si te pregunto?
—Mmmm… no sé a qué te refieres, viejo, pero si Helga no está involucrada, supongo que puedo saber algo, —hizo una pausa—, haré mi mejor esfuerzo. Se supone que Arnold es el que sabe sobre estas cosas, pero… —Gerald desvió la mirada un momento—. En fin, ¿qué querías preguntar?
—Gerald, tú pareces estar seguro de que te gusta Phoebe. Hasta hace un tiempo yo estaba seguro de que me gustaba Helga, luego me gustó Gloria y supe que Helga nunca me va a dejar de gustar. Helga y yo nunca vamos a estar juntos, pero ya dejó de dolerme, ¿sabes? Pero me preocupa, si alguna vez voy a tener a alguien que me guste y que quiera estar conmigo.
Gerald parpadeó un par de veces, dejó su comida a un lado y dio un gran suspiro.
—Seré honesto contigo, viejo. Todo este asunto de las relaciones… es complicado. Mira, sé que me gusta Phoebe desde que en preescolar nos dieron pintura y Phoebe ordenó los tarros según el espectro del arcoiris. Aún ahora hay cosas de las Phoebe habla que luego tengo que buscar por mi cuenta, ¿entiendes?, para que no se dé cuenta que no las conozco. Es probable que ya lo sepa, pero nunca me lo ha dicho. —Le puso una mano en el hombro—. Helga es una mujer complicada, deja que Arnold se haga cargo de eso, tiene la terquedad de una mula vieja.
Stinky soltó una risita, así que Gerald continuó.
—El secreto es que nadie lo sabe. Nadie sabe si la persona que te gusta te va a corresponder o si van a durar. Puede que se acabe hoy o en 300 años, pero se acaba. Si quieres mi consejo, te diría que aproveches la oportunidad, solo para que veas si funciona.
—¿Solo lo hago?
—Así es, viejo —Gerald le dio unas palmaditas en la espalda.
—¿Y qué si nunca se presenta la oportunidad?
—Entonces la creas tú mismo.
Stinky lo miró un momento antes de asentir. Gerald le sonrió.
—Por lo que puedo notar viejo, creo que tendrás tu oportunidad muy pronto, —agregó confiado, pues había notado que Lila los observaba de reojo.
LXXXI. De cómo Phoebe es más inteligente de lo que los demás creen
Phoebe no se enorgullecía de todos sus momentos brillantes. Los recordaba todos con cariño, sí, porque eran parte de sí misma, pero no todos eran objeto de gracia.
Por ejemplo, cuando todos sus compañeros sufrieron el día del bote de la basura, Phoebe usó su intelecto superior para encontrar rutas adecuadas para su escape. No las compartió con nadie más que con Helga, porque parte de la estrategia de la supervivencia era calcular las probabilidades de que todos sus compañeros se mantuviesen unidos y cooperando. Como las probabilidades señalaron, pronto se rompieron los acuerdos y solo se salvaron los más listos.
Phoebe, por supuesto, se salvó. Fue un momento de brillante estrategia, pero no podía enorgullecerse de haber sacrificado a sus amigos.
Sabía que la genialidad tenía que convivir con el defecto del ser humano, así que procuraba que sus momentos de brillantez no dialogaran con sus sentimientos más bajos. A Phoebe no le gustaba sentirse culpable, pues no sabía cómo lidiar con la consciencia de sus actos. Así que Phoebe se dedicaba a ponderar, utilitarista a su manera, si su última acción había sido lo suficientemente buena para aplacar la culpa que sentía.
Después de todo, no era habitual traicionar a tu mejor amiga de toda la vida. No era recomedable, tampoco, si esa amiga era Helga G. Pataki.
En el futuro, cuando Helga se hubiese olvidado de la secundaria, Phoebe le diría la verdad. Le explicaría con detalles y con razones suficientes que todo lo había hecho pensando en su bienestar. Le contaría que ese día en el que tuvieron una conversación privada en un aula muy pública, Helga sí había cerrado la puerta. Le diría que su monologar nervioso había hecho que se volteara por varios segundos, los suficientes para que Phoebe abriera la puerta solo lo suficiente: lo necesario para que el curioso del pasillo se enterara del secreto. Lo hice, Helga, diría, porque Arnold había estado olvidando sus materiales de la escuela en la carpeta y siempre volvía por ellos con puntualidad suiza. Le explicaría que había tomado una decisión razonable, pues solo Arnold tenía que escuchar el secreto. Helga, suponía Phoene, le preguntaría: ¿Cómo te aseguraste que fuera Arnold y nadie más?
Phoebe tendría que decirle la verdad. Tendría que explicarle que no se podía asegurar de que fuera Arnold, porque su plan no funcionaría. Su plan exigía de la casualidad premeditada, pero casualidad a fin de cuentas. Así que Phoebe preparaba la respuesta que le daría, la más honesta que se ocurría y la más segura para no perder años de amistad.
"Arnold nos venía espiando desde que dejaste de tirarle bolitas de papel en las clases".
Phoebe, como cualquier investigador, solo había puesto en práctica el método científico.
LXXXII. De cómo Rhonda se escondía con Harold en el armario del conserje
—¿Estás seguro? —Patty arrugó el ceño.
—Cien por ciento, Rhonda y el gordinflón se ven todos los viernes después de las clases, —Curly se acomodó las gafas.
—Ya veo, gracias por decírmelo, —Patty miró hacia el armario del conserje con cierta desazón—. Supongo que no podré usarlo para mis reuniones por un tiempo.
Curly se acercó y se aclaró la garganta.
—¿No piensas golpear a Harold?
Patty apretó sus manos en puños un momento, pero luego las relajó. No parecía irritada, sino resignada. Curly la miró con curiosidad e impaciencia, pues tenía la esperanza de que Patty le ayudara a poner a Harold en su lugar.
—¿Por qué lo golpearía? El armario es propiedad de la escuela.
—Bueno, porque a ti te gusta Harold, ¿no es cierto? —Curly se acomodó las gafas, su tono había sido bastante neutral, así que Patty no se lo tomó a mal.
—¿Por qué golpearía a alguien que me gusta? —Alzó un lado de la uniceja—. No me confundas con Pataki.
Curly sonrió, burlón.
—Bueno, porque puedes hacerlo y Harold no es muy listo. Si lo golpeas, seguramente entenderá que no debe acercarse a Rhonda.
—No me gusta que intenten manipularme, Curly, —advirtió de mal humor—. Además, no puedes sabotear a todos los chicos que Rhonda bese, ¿sabes? Nadie tiene tanto tiempo libre.
—Pues yo sí, si es por Rhonda.
—Además, es ilegal.
—¿En serio?, ¿cuál es el problema con eso?
Como Curly parecía verdaderamente interesado, Patty se llenó de paciencia para responderle.
—Sé que eres un poco psicópata, pero creo que alguien debe explicártelo. Nadie quiere sentirse acosado, Curly. Debes dejar de hacer este tipo de cosas. Si Rhonda no tuviera la personalidad que tiene, ya se hubiera puesto a llorar.
—¿Tuviste esta conversación con Helga?
—No, pero la tendré. Las personas de esta escuela tienen serios problemas para entender el concepto de espacio personal.
—Entonces, ¿estás diciendo que a Rhonda no le gusta toda la atención que le doy constantemente?
—Exacto.
—¡No lo creo!
Patty puso una mano en su hombro.
—Tú y yo, Curly, vamos a tener una larga conversación.
—¿Sobre cómo vas a golpear a Harold?
—No. Sobre cómo constuir autoestima y no acosar a las personas.
—Hey, la enfermera de la escuela también me lo recomendó.
Patty puso los ojos en blanco.
LXXXIII. De cómo Nadine "conoció" a Lorenzo (I)
Nadine solía tener mañanas muy buenas. Se levantaba para saludar a las criaturas de su terrario, desayunaba con sus padres y se iba a la escuela por el camino largo, pues así podía ver a los animales del parque y hacía tiempo para encontrarse con Rhonda que solía llegar a la escuela solo momentos antes de que sonara la campana. Su vida era tan simple como quería y sus mañanas eran la mejor parte de su rutina.
O lo habían sido varias semanas antes de que Rhonda decidiera arruinarlas con su acostumbrado eogísmo.
Desde que había decidido darle a Harold una oportunidad, Rhonda se había desorientado. Nadine lo habría entendido si la causa fuera debido a un sentimiento muy particular que la mayoría solía llamar la manera en la que Helga mira a Arnold o amor, pero este no era el caso. La desorientación de Rhonda se debía a los complicados planes que elaboraba para evitar que alguien se enterara que ella y Harold estaban saliendo en secreto.
Nadine, por supuesto, había tenido que acomodar su rutina a los planes de Rhonda. Como buena amiga, aceptó hacerle pequeños favores que involucraban muchas mentiras y mucha ayuda. Afortunadamente, desde que Helga y Arnold habían decidido resolver sus larga y tortuosa relación, la atención de la mayoría de sus compañeros se había distraido bastante. Sin embargo, ahora que la situación parecía haberse calmado, era bastante difícil que Rhonda, una de las chicas más populares de la escuela, no levantara sospechas.
Así que Nadine tenía que cubrirla en las prácticas de las porristas, en sus reuniones del club para señoritas al que todavía asistía, prestarle los deberes de las clases que llevaban juntas y averiguar las tareas de las clases a las que Nadine no iba, pero Rhonda sí. Era una labor que requería el doble del esfuerzo que normalmente ponía en su día a día y que era muy pobremente recompensada.
Nadine estaba harta de mentir por Rhonda, de hacer las tareas de Rhonda, de escribirle a los amigos de Rhonda, de hablar por Rhonda, de asistir a Rhonda y de la falta de gratitud de Rhonda en general.
Ese día, especialmente, había peleado con Rhonda porque tuvo que hacer el trabajo de las dos en un proyecto de ciencias que recibió una A-. Rhonda, que debía mantener sus notas en la excelencia, se escandalizó. Nadine, que ya había tenido suficiente de Rhonda por un par de semanas, decidió ignorarla antes de que los gritos se le escaparan del mal humor.
Frente a su casillero, Nadine intentaba encontrar paz espiritual.
—Hey, Nadine, ¿has visto a Rhonda? —preguntó Lorenzo.
El grito de frustración que dio, dicen los testigos, duró casi cinco minutos.
LXXXIV. De cómo Nadine "conoció" a Lorenzo (II)
—¡NO!, ¡NO LA HE VISTO!, ¡RHONDA NO ES MI APÉNDICE!, ¡SI LA NECESITAS, BÚSCALA EN SU CASA! —Nadine se exasperó, escribió rápido y sin pensar en un papel y lo puso en mano de Lorenzo.
Lorenzo la vio marcharse, estupefacto. Revisó el papel en su mano y notó que Nadine había escrito la dirección de Rhonda. Arrugó el ceño, según lo que le había indicado Sid, Nadine y Rhonda eran inseparables. Preocupado, y ligeramente ofendido, por la reacción de Nadine decidió guardarse la dirección de Rhonda en el bolsillo y seguir a Nadine.
La encontró sentada en las escaleras de la puerta principal, todavía se veía bastante alterada mientras guardaba varios libros en su mochila. Se acercó despacio, sin hacer demasiado ruido, pensó un momento antes de hablar y cuando lo hizo procuró que su tono fuese amable.
—Eh… lamento haberte molestado, Nadine, aunque no entiendo muy bien por qué estás molesta… ¡no que tengas que explicármelo!, pero como siento que no he hecho nada malo… en realidad quería saber si estás molesta por algo que hice o si solo estabas molesta en general… ¡no que piense que estás loca o algo así! —Puso las manos al frente, nervioso. Siempre le resultaba complicado encontrar maneras diplomáticas de hablar con las chicas de la escuela.
Nadine lo miró de reojo, como si lo estudiara. Lorenzo se sintió un poco como esos insectos que siempre Nadine siempre cargaba en frascos de vidrio. Nadine, finalmente, soltó un largo suspiro y Lorenzo sintió cómo sus propios pulmones se llenaban de aire.
—No, no es tu culpa, —Nadine se puso de pie, se acercó y le ofreció su mano—. Lamento haberte gritado, Lorenzo. Apareciste en un momento complicado e hiciste una pregunta equivocada, aunque no sepas la razón. No fue mi intención asustarte.
Lorenzo le devolvió el gesto y apretó su mano brevemente antes de soltarla.
—¡No estaba asustado!
—Está bien, Lorenzo, yo también me asustaría si alguien me gritara por hacer una pregunta, —Nadine sonrió de medio lado—. Si todavía necesitas que le diga algo a Rhonda…
Lorenzo notó que su expresión se había vuelto tensa.
—¿Mucha gente ha estado preguntando por ella?
—Así es.
—Debe ser molesto.
—Exacto.
—Hey, míralo por el lado amable.
—¿Tiene un lado amable?
—Pienso que es interesante que aunque todos buscan a Rhonda, siempre decidan hacerlo a través de ti.
—¿Por qué me ven como su mensajera? —Nadine rodó los ojos, quizá todavía estaba de mal humor.
—Porque eres mucho más agradable.
Cuando Nadine sonreía, sin el rastro del enojo, se le suavizaba la mirada. Lorenzo le sonrió de vuelta, sintiéndose más cómodo de lo que se había sentido con cualquiera otra chica de la escuela.
LXXXV. De cómo Brainy le respira a Helga en el cuello
Hay secretos que Brainy esconde. Algunos son más importantes que otros, pero los guarda todos con cuidado y con la certeza de que se ahogarán en su resoplido asmático antes de que llegue a contarlos todos. Brainy sabe más cosas sobre sus compañeros que lo que sus compañeros saben sobre él. Supone que da lo mismo. Da lo mismo saber un secreto si no puedes contarlo, porque entonces el secreto se muere y no da miedo. Supone que cuando ve que Sid hace trampa en el examen de Álgebra y Sid le sonríe con culpabilidad, pero sigue copiando, es porque sabe que Brainy no será capaz de levantarse y acusarlo. Sid no confía en él, pero confía en el mutismo que es parte de su carácter.
Brainy esconde los secretos de Sid, los secretos que no quiso averiguar, los que le dijeron abiertamente y otros tantos secretos que no le importaría revelar, que guarda por inercia. Brainy, también, tiene secretos que esconde con premeditado cariño, como un coleccionista. Tiene secretos importantes que no declara y que no declararía aunque lo obligaran, aunque tuviera al frente a la muerte y los miedos de las pesadillas más oscuras.
Brainy esconde los secretos de Helga. Todos. Esconde los secretos que ha oído gracias al espionaje, los que otros han dicho y los que ido descubriendo por su cuenta. De todos, los últimos son los más importantes. Son los que nadie conoce, los que necesitan de paciencia y observación detallada; son los secretos que comparte con Helga.
Brainy sabe también que los secretos de Helga están siempre en riesgo de ser descubiertos. Sabe lo importante que son esos secretos para Helga, así que pone su mejor esfuerzo en ser su cómplice. Helga podría fingir, como hace con el resto, pero no finge su irritación, acepta que entre ellos hay demasiada información para fingir y Brainy entiende la razón de su molestia. Lo hace para acompañarla, porque no puede evitarlo, así como lo ha dicho Helga, a veces es imposible ir contra uno mismo.
LXXXVI. De cómo enamorarse de un fenómeno
Los ratos de lucidez se convertían en un triste recordatorio. Quizá era porque no era lo suficientemente estúpido y, ni siquiera, lo suficientemente listo. Curly sabía que la peculiaridad de su carácter era un contrasentido a la normalidad de la escuela. Sin embargo, la normalidad era un intervalo inconveniente que se ocultaba en la continuidad de sus pensamientos más brillantes.
Curly amaba sus pensamientos brillantes. Amaba la espontaneidad y la locura. Amaba la belleza cuando se llenaba de todo lo que conocía. Rhonda era esa parte de la lucidez que lo hacía sentir un poco más normal.
Cuando Curly entendió lo que era la belleza, la buscó en todas partes. En las calles, en la música, en el arte, en la naturaleza y en las personas. Encontró la belleza oculta y de la que nadie hablaba, porque generalmente las cosas que le gustaban eran diferentes de lo que el resto prefería. Si Curly entendía la belleza de la inmundicia, se sentía solo en su observación, porque era extraño que alguien pudiera apreciarla. Eventualmente, Curly se acostumbró a estar solo.
Hasta que apareció Rhonda, Curly aprendió a estar solo.
Rhonda era esa belleza del mundo universalmente conocida. Cuando Curly alzó la mirada, se deslumbró con el paso ligero y el negro intenso del cabello de Rhonda. Descubrió que la belleza no era abstracta ni sensorial, sino todo al mismo tiempo. Notó, también, que Rhonda tocaba tan profundo en su alma que rompía su aislamiento.
Curly notó, irremediablemente, que la belleza de Rhonda los unía a todos: a fenómenos y a los seres regulares. Rhonda era el fenómeno en el mundo de Curly, la excepción que conservaba la lucidez.
La lucidez siempre había sido un triste recordatorio. Aún si pensaba en el regalo maravilloso que su amor por Rhonda le había entregado, Curly no podía evitar la tristeza. La cordura le entregaba su amor por Rhonda y su rechazo. Curly prefería entender el rechazo desde la locura. La locura era irracional y empecinada, se deshacía de la incomodidad y del dolor. La locura era una mentira que lo aislaba, que lo regresaba a su lugar seguro.
El fenómeno en la vida de Rhonda.
El fenómeno de la belleza de Rhonda en la vida de Curly.
Mientras Patty lo observaba con una determinación que jamás había obtenido de ninguna otra persona, Curly tomó la decisión de contarle por qué estaba enamorado de Rhonda.
—A veces, pasa de casualidad…
LXXXVII. De cómo los edificios públicos permiten que los adolescentes los invadan
—¡Ah, ya entendí! —Arnold abrió los ojos asombrado—. ¡Era una metáfora!
Helga, quien estaba sentada a su lado, lo miró de reojo. Estaban en la buhardilla del cine del centro gracias a Peapod. En realidad, Peapod había tenido que ir a una cita meses atrás y le había pedido a Arnold que lo cubriera en su trabajo de medio tiempo sirviendo dulces en el cine. Su recompensa había sido una entrada gratis al estreno de Gemelo Malvado XVI y la oportunidad de usar la buhardilla a discreción. Arnold no la había hecho uso de su segunda recompensa hasta que lo mencionó en una conversación con Helga y Helga decidió inmediatamente que desaprovechar una oportunidad así era muy tonto. Helga dijo: "No seas memo", pero Arnold decidió no irritarte.
—Con el riesgo de arrepentirme, ¿a qué te refieres?
—Ya entendí lo que quisiste decir.
—No he dicho nada, —le contestó extrañada.
—No ahora, antes. Ya entendí tu metáfora del viejo Pete.
Helga volvió la vista al libro que tenía abierto. Le parecía de mal gusto ponerse nerviosa por una ridiculez, así que fingió todo el desinterés que no sentía.
—No sé a qué te refieres, pero me alegra que ya puedas entender lo que te digo.
Arnold arrugó el ceño, pero no se dejó distraer por el insulto implícito.
—Tú querías decir que yo era el árbol… oh, claro… Arnold y árbol… —La miró con seriedad y continuó—: Eres muy ingeniosa.
—Lo soy, —aseguró lacónica y con la mirada todavía enterrada en el libro que no estaba leyendo.
—Espera, espera… entonces, a ver, ¿Stinky era tu cachorro?
—¡NO ES MI CACHORRO! —Helga supo que se había alterado cuando tiró el libro al piso y se sonrojó hasta la raíz del pelo. Quizá todavía no había superado todo su romance fallido con Stinky.
—Oye, pero, espera, —Arnold, quien tenía una expresión risueña, arrugó el ceño—. Dijiste que el perro se meaba en el árbol.
—¡Era una metáfora!
—¿Para qué? Eso es bastante explícito, ¿sabes? Quiero decir, en ese momento, estabas saliendo con Stinky. Eso fue muy grosero de tu parte, Helga.
—Tú no dejas de entrometerte en mis asuntos.
—¿Tus asuntos con tu cachorro? —dijo de mal humor.
—¡Ya te dije que no es mío! Es un cachorro… vagabundo, del mundo, eso, un cachorro del mundo.
—No sabes mentir.
—¡Ag!, ¡lo que sea, tengo que terminar de leer esto! —Helga recogió su libro y procuró buscar un lugar lo más alejado de Arnold. Le lanzó una última mirada indignada antes de intentar recuperar la atención que necesitaba para procesar las palabras.
Después de un breve momento que pareció una eternidad, Arnold volvió a hablar.
—¿Helga?
—¿Qué quieres? —Contestó la aludida por inercia y se mordió la lengua.
—Solo quiero que sepas que el árbol siempre ha sido tuyo.
Helga se odió por la sonrisa irremediable que se le dibujó en el rostro.
LXXXVIII. De cómo Patty es más lista que Arnold
—Buenos días, Patty.
—Buenos días, Arnold.
Patty terminó de guardar sus libros mientras veía que Arnold intentaba hacer lo mismo con los suyos sin ningún éxito. La mochila de Arnold era bastante amplía, pero en ese momento, con seis libros fuera de ella, se veía bastante pequeña.
—¿Necesitas ayuda con eso? —Ofreció Patty de buen humor.
—Eh… no, no te preocupes, yo puedo… uh… solo necesito…
—Necesitas otra mochila, —observó sarcástica, pero sin ápice de malicia.
—Probablemente, —sonrió Arnold con facilidad—, pero tengo un proyecto y…
Patty decidió escucharlo un momento antes de soltar una carcajada seca.
—No necesitas mentir, Arnold, puedo guardar tu secreto.
—¿A qué te refieres? —Dijo nervioso.
—Desde el comienzo de la semana has estado actuando extraño.
—¿Te parece? Me siento perfectamente y no creo haber…
Patty alzó una mano para interrumpirlo.
—¿Es porque Helga no quiere?
Arnold dejó caer un par de libros.
—¿Helga?
Patty lo estudió con paciencia. Arnold todavía rehuía su mirada y no era un mal tipo, así que decidió ofrecerle un acuerdo benevolente.
—Si pones las enciclopedias primero, puedes acomodar los libros de tapa blanda en los espacios que te queden, —ofreció—, aunque tendrás que llevar al menos un par en las manos.
—Supongo que sí, —le sonrió nervioso—, gracias Patty.
—De nada, Arnold. —Se despidió con una mano en el aire—: Si sabes que no estás obligado a llevar los libros de Helga, ¿verdad?
Arnold dio un respingo.
—Estos no son los libros de Helga…
—Seguramente, —rodó los ojos—, diviértete leyendo poesía del siglo de oro.
LXXXIX. De cómo Curly (no) está enamorado de Rhonda
Los rumores nunca duraban lo suficiente. Un día eran Arnold y Lila. Otro día eran Helga y Stinky. Al día siguiente, eran una combinatoria extraña que incluía a Sid. Nunca le había importado ni su contenido ni de su duración hasta que un rumor más extraño, que ya conocía, empezó a circular de boca en boca.
Rhonda y Harold se reúnen en el cuarto del conserje.
Curly odiaba ese rumor con la misma intensidad con la amaba una aventura con piratas. Si pudiera, elegiría enfrentarse a los carroñeros más sangrientos del corazón de la selva antes que seguir escuchando, por donde fuera, que Rhonda y Harold estaban saliendo. Quizá el rumor no hubiera tenido un efecto tan poderoso de no ser porque estaba dispuesto a renunciar a su lucidez.
Nunca antes, de manera premeditada, había decidido desinteresarse de Rhonda. Ni siquiera cuando la escuchó decir que besarlo era repugnante. Curly podía vivir con la repugnancia de su acción errática, siempre que tuviera la posibilidad de cambiarla. Sin embargo, había decidido todo lo contrario.
Tienes que aprender a amar por ti mismo.
Si Patty no diera consejos tan pertinentes, Curly seguramente habría vuelto a la armazón de su locura. Sin ese armazón, sin embargo, estaba expuesto y solitario y vulnerable a su rabia. Rhonda no era más la lucidez calmaba que lo comprometía con el mundo. Curly había decidido tender un puente por sí mismo, pero dolía.
Durante el almuerzo, cuando se dio cuenta de que el mundo no estaba colaborando y todos insistían en repetirle la miseria de su propio desencanto, Curly cedió a la tentación. No fue la tentación de la locura, sino la rabia.
—¡Cállense todos! —Gritó, parado sobre una de las mesas—. ¿Quieren escuchar algo realmente divertido?, pues bien, ¡se los diré! —Se aclaró la garganta y alzó un índice acusador—: ¡Helga y Arnold están saliendo desde hace tres semanas! ¡Stinky todavía quiere a Helga! ¡Sid quiere invitar a salir a Lila! ¡Lila quiere a Stinky! ¡Lorenzo es el mejor amigo de Peapod pero lleva saliendo dos semanas con Nadine! ¡Brainy tiene novia! ¡A MI ME ENCANTA RHONDA, PERO SE ACABÓ, ESTE AÑO NOS GRADUAMOS, NENA, ¡Y VOY A BAILAR CON LOS LOBOS BAJO LA LUNA LLENA!
Curly, efectivamente, aulló en una carcajada feliz y dejó que el infierno se desatara.
Nota de la autora: Retoños, este es el penúltimo capítulo. Quiero comentarles muchas cosas, pero debo trabajar mañana temprano, así que las iré diciendo mientras conteste los reviews. ¡Muchas gracias por su paciencia infinita!
Antes de irme, eso sí, les comento lo siguiente.
1. Mi maravillosa talentosísima Majo ha hecho un cortometraje precioso basado en algunos de mis fics de Hey Arnold (entre luces, con la frecuencia). La verdad me ha emocionado mucho recibirlo. He estado fangirleando de manera constante desde que me lo dio. Estoy muy conmovida y quería compartir con ustedes mi alegría. Les dejo el link al corto, espero que les guste tanto como me ha gustado a mi: : / / vimeo 253733407 (quiten los espacios). Por si el link no aparece, pueden googlearlo con este nombre: Cortometraje: Entre Luces Majo.
2. Me han preguntado mucho si pienso escribir algo después de la película de la selva. Sí, he escrito bastante, pero lo subiré una vez que lo tenga terminado. Así no me da ansiedad a mi ni tampoco a ustedes. Sin embargo, para que sepan cómo va, les dejo el siguiente preview:
Para los de corazón puro
Fue una promesa hecha con todo el corazón. Por desgracia, aún las promesas que se hacen con sinceridad, pueden romperse fácilmente.
Así lo descubrirían todos y cada uno de los estudiantes de la P.S. 118: Gerald, el primero.
El viaje de retorno a Hillwood tomaba exactamente ocho horas. Por eso, después del enfrentamiento con los piratas de río, la pelea con La Sombra y el rescate de los adultos vencidos por la extraña enfermedad del sueño, todos estuvieron de acuerdo en tomar un vuelo nocturno. Necesitaban sentir que el regreso al hogar iba a ser una transición natural, una vuelta a la rutina lejos de las inconveniencias de las conspiraciones.
Casi todos tomaron los lugares que habían ocupado en su llegada. La única diferencia, que a nadie le pareció extraña, fue que Arnold decidiera viajar junto a sus padres. Sin embargo, para honrar su amistad, Arnold decidió visitar el lugar de Gerald un momento antes de que pasaran los carritos con la cena.
—Hey, Gerald, ¿estás despierto?
Gerald abrió los ojos.
—Sí, viejo, solo estoy tratando de ignorar el olor de Harold. No entiendo por qué no quiere bañarse.
—¡Hey, te escuché! —Gritó Harold, quien estaba sentado apenas una fila atrás, —¡no me bañé porque Sid se acabó el agua caliente de nuestro dormitorio!
—Esa no es excusa, Harold, algunos de nosotros intentamos llegar con nuestro sentido del olfato intacto, —intervino Rhonda de mala manera, desde el incidente con su cabello, no había estado del mejor humor.
—Sí, gordinflón, ¡no es posible que no te hayas bañado antes de tomar un vuelo de ocho horas!, ¿quieres matarnos o qué? —apoyó Helga, quien tenía un gancho de ropa bien sujeto en su nariz, pues era de las que estaba sentada más cerca de Harold. Phoebe, a su lado, se había conformado con usar una mascarilla.
—Yo, sinceramente, no le encuentro problema a un poco de olor a barro, —defendió Stinky con los brazos cruzados.
—Si quieren, puedo prestarle de mi colonia, —dijo Sid mientras buscaba en su mochila.
—¡NO! —protestaron todos al unísono antes de comenzar una gran discusión que hizo que Gerald rodara los ojos y le hiciera una señal a Arnold para que se sentara en el asiento libre que tenía a su lado.
—¿Qué querías decirme, viejo?
—Quería saber si no te había molestado que cambiara de lugar… —Arnold dudó un momento, —también quería disculparme por todo lo que pasó en el río. Sé que debí-
Gerald lo interrumpió con un gesto.
—Olvídalo, Arnold. ¿Recuerdas cuando estuve metido en un lío con los relojes Wacko? Eres un excelente amigo, por eso me cuesta trabajo recordar que eres tan humano como el resto de nosotros.
—Gracias, Gerald, —Arnold sonrió y Gerald inició el saludo que habían inventado varios años atrás.
—¿Eso era todo?
—Eh… sí… y no.
—¿Hmmm…?
—Bueno, esto es un poco más complicado, pero… ¿recuerdas cuando estábamos con los ojos verdes?
—Estuvimos una semana con los ojos verdes, tendrás que ser un poco más específico, viejo.
—Sí, bueno, —Arnold empezó a adquirir un sospechoso color rosa—, me refiero a cuando nosotros… es decir, cuando todos se despertaron y estábamos celebrando, pero entonces no estábamos todos porque estaban mamá y papá, y tú, pero faltaba alguien… entonces fui a buscarla…
—¿Te refieres a cuando fuiste a buscar a Helga? —Gerald ensanchó su sonrisa, que se volvió ligeramente burlona—, ¿cuándo se besaron?
Arnold se sonrojó y sus hombros se tensaron.
—Sí, bueno, ¿podrías guardar el secreto?
—¿Qué te besaste con Helga G. Pataki? —dijo al propósito—. Por supuesto, de hecho, ya lo olvidé.
—No es necesario que lo olvides, solo no lo menciones... por favor.
—¿Te está amenazando de muerte o algo así?
—¡No!
—Puedes decirme, Arnold, soy tu mejor amigo, —Gerald contuvo la carcajada que estuvo a punto de escaparse.
—Es solo que Helga y yo…
—Oh, ¿ahora son un "Helga y tú"?
—¡No!, ¡Gerald!
—Está bien, Arnold, prometo no decir nada, —Gerald encontraba todo el asunto divertido y escalofriante al mismo tiempo. Todavía no terminaba de asimilar que Helga y Arnold tuvieran esa clase de sentimientos el uno por el otro, y lo cierto era que no quería entenderlo, estaba cansado.
—Gracias, te debo una, —dijo Arnold, visiblemente incómodo, mientras se levantaba para marcharse. Gerald dejó que lo hiciera, pero una duda urgente lo obligó a hacerle una última pregunta.
—Arnold, ¿prométeme que no dejarás de ser tú mismo?
Arnold le lanzó una mirada extrañada por un momento, pero su expresión amigable y la sonrisa bonachona que le dedicó sirvió para alejar sus dudas.
—Por supuesto, ¿por qué lo haría? — Respondió Arnold con toda la sinceridad que le era posible demostrar y sentir.
Sin embargo, tal y como Gerald comprendería, aún las promesas que se hacen con el corazón, pueden romperse fácilmente.
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