XC. De cómo terminar una historia de amor
Patty siempre supo que cuando pasara sería muy diferente de lo que había dicho Curly.
Patty, a diferencia de Curly, había tenido años para acostumbrarse; para saber, a fin de cuentas, que la escuela pública se hacía lo que dijera Rhonda y que ella no era una chica muy popular. Estaba bien, porque Harold era un poco tonto y probablemente no entendía que no tenía que hacer todo lo que Rhonda le ordenara. El tonto de Harold.
El tonto que le gustaba.
Patty sabía que no podía competir con el cabello de Rhonda, la sonrisa de Rhonda, la figura de Rhonda, sabía que era muy probable que Rhonda no fuese tan mala, y no tan mala, pero sí lo suficientemente hermosa para que Harold ignorara todo lo demás. Lo pensó cuando alcanzaron la pubertad y lo pensó después, cuando ya estaba aprendiendo a aceptarse a sí misma.
Lo pensó cuando, después de clases, vio que se besaban en un lugar apartado del estacionamiento.
Le molestó mucho. Pensó en decirle a Rhonda que eso de esconderse para besarse con Harold no estaba bien. Pensó en decirle a Harold que eso de esconderse con Rhonda para besarse estaba muy mal. Pensó mucho en lo que ella sentía y en lo que no. Pensó en lo que entendía de la atracción física y el enamoramiento precoz. Se acordó de esa fiesta en la que conversaron y bailaron juntos, y en esa pequeña alegría que le reconfortó el corazón cuando Harold la tomó de la cintura y la hizo sentir como una chica. Una chica que usaba vestidos e iba a bailes. Pensó en el resentimiento y esa lucha perdida sobre sus emociones. Quizá se sintió traicionada porque era una situación irregular: Rhonda enamorándose de Harold. Quizá se sintió mal porque no se suponía que así debían las cosas. Se suponía que Harold la invitara al baile y que su primer beso fuera en el jardín (¡jamás en el estacionamiento!), Rhonda estaría con algún chico guapo y Curly estaría detrás de ellos. No así.
Rhonda con Harold, a escondidas, por mucho tiempo, casi como si eso no fueran más que hormonas y pura atracción física.
La primera vez que Patty lloró no fue por un amor perdido. Jamás, ella no podría llorar por el tonto de Harold y la superficial de Rhonda. No lloraría, aunque le doliera hondo y punzante. La primera vez que Patty lloró fue porque le conmovió el final de la historia de amor. Esa historia que había imaginado tantas veces en su cabeza y que terminaba en un baile de navidad y no en un estacionamiento, en la parte donde nadie podía verlos.
Cuando terminó con sus sentimientos por Harold, Patty se sintió libre.
XCI. De cómo bailar jazz
—Sssshh… ven aquí.
—¿A dónde?
—Confía en mí.
Le lanzó una mirada suspicaz, pero se resignó pronto a seguirla. Avanzaron un par de cuadras en pasos apresurados hasta que se le ocurrió preguntar de nuevo.
—¿A dónde vamos?
—Es una sorpresa.
—No sé si me gusten tus sorpresas, Helga.
—¿Por qué?, ¿qué tienen mis sorpresas?
—¿Recuerdas la semana pasada, cuando dijiste "Arnold, tengo una sorpresa para ti" y en realidad era solo tu tarea de Álgebra?
—¿Solo?
—Tu tarea no es sorprendente, Helga.
—Me sorprendió que no la hicieras.
—Pues a mí no.
—Entonces, ¿no te sorprendiste cuando te la di?
—Me decepcioné.
—Ah, por fa- ¡demonios!, ¡Arnold, corre!
Arnold se aturdió en la demanda del pedido y el tirón irremediable que sintió en su brazo derecho. Helga había comenzado a correr en dirección contraria a la que habían avanzado y ahora le hacía doblar esquinas desconocidas y en vértigo. Debió sospechar que una sorpresa de Helga tenía que tener algo de ilegal para ser emocionante. Era la segunda vez en toda su vida que se tiraba la pera y no quería imaginar que era de esas personas que se dejaban influenciar con facilidad.
—¿Por qué estamos escapando del señor Simmons?
—Porque sigue siendo un profesor de la escuela y porque ya dije que estamos enfermos.
—Suena a una sorpresa muy premeditada, ¿desde hace cuánto llevas planeando esto?
—Una semana o dos, quién sabe, —Helga tomó su mano y avanzó más rápido—. ¿No te emociona?
—¿Faltar a clases y correr el riesgo de una suspensión por una sorpresa que podría resultar siendo una broma tuya?
—Exacto.
—Oh sí, por supuesto, —Arnold rodó los ojos y se apuró—. Explícame por qué te dejo tomar el rumbo de mi vida.
Helga sonrió.
—Porque eres un blandengue de lo peor, —aseveró con la diversión escurriéndose en cada tono de su voz—, y porque aparentemente te gusto.
—¿Aparentemente?
—Eso dicen por ahí, son chismes.
—¿Ah sí?, me pregunto quién los habrá iniciado, —Arnold sonrió a pesar de sí mismo, le gustaba divertirse con Helga más de lo que había creído—, yo escuché otros.
—¿Cuáles?
—Escuché que le gustaba a una chica que tiene de mascota un lagarto.
—Oh, adorable, —respondió sarcástica—, un fenómeno enamorado de otro fenómeno.
—Lo sé, la chica debe ser muy rara, —dijo al propósito, logró que Helga se detuviera en seco y volteara a verlo.
—¡Hey! —se quejó—, quizá sea hora de mandarte de nuevo a la escuela, Arnoldo.
—Quizá no, —se disculpó con una sonrisa y le dio beso rápido en la mejilla—, ¿falta mucho para llegar?
—No, es doblando esa esquina, —señaló por encima de su hombro con el pulgar—. Tienes que prometer que no vas a reírte.
—¿Por qué? —quizá era el hecho de que Helga solía ordenar e imponer antes que pedir, o quizá también la débil inseguridad que adivinó en sus brazos cruzados, pero Arnold sintió que se le escapaba la risa.
—Porque yo nunca lo he hecho, —se sonrojó tan intenso y con tanta honestidad, que su mente divagó en una hipótesis inapropiada.
—¿No has hecho…? —Arnold arrugó el ceño, convencido de que sus ideas absurdas y hormonales lo iban a meter en problemas. Ignoró una voz perversa en su mente que le susurró que un hotel se encontraba a muy poca distancia y apeló a su más profunda esencia de caballero.
Helga tosió y se acomodó el cabello.
No puede ser. Sintió que se ahogaba. Nah, es imposible, Helga jamás… Y Arnold recordó de pronto que todas sus suposiciones sobre lo que Helga podía hacer o no estaban siempre equivocadas. Helga no iría a la selva a rescatar a mis padres, pero lo hizo. Helga jamás tendría una mascota, pero su lagarto ya lo había intentado morder dos veces. Helga jamás saldría con él y ahora estaban teniendo una conversación sumamente importante.
Guiado por su reverenda estupidez, Arnold alzó sus manos y las puso sobre los hombros de Helga en un intento vano por tranquilizarse y no apresurarse.
—Helga, antes de que me digas lo que vas a decirme, quiero que sepas que cuando teníamos nueve años tuve un sueño en el que estábamos casados.
Helga lo miró estupefacta y Arnold aprovechó para terminar su idea.
—Fue horrible, —se apresuró a terminar cuando vio que la rubia estaba recuperando su expresión furiosa—, quiero decir, fue horrible durante la primera mitad porque no me escuchabas y éramos muy infelices. Pero después cambió, luego de que nacieron nuestros hijos, entendí que teníamos que conversar y nunca se lo dije a Gerald, pero cuando realmente hablamos, me di cuenta que no tenía que ser horrible.
—Arnold, voy a golpearte.
—¡Está bien!, pero déjame terminar.
—Te voy a golpear tan fuerte que ni siquiera Gerald podrá reconocerte.
—¡Mi punto es que quiero casarme contigo! E-es decir, ¡no ahora!, ¡quiero decir que si volviera a soñar con lo mismo no tendría ningún problema! —tomó aire, porque sintió que se asfixiaba—, ¡quiero decir que jamás te dejaré y que te apoyaré en cualquier decisión que hayas tomado!
Cuando le contara a Gerald, tendría que editar muchas partes, especialmente toda la parte de la conversación en la que soltó un montón de incoherencias por sentirse nervioso. Gerald se reiría, seguramente, pero tendría que entenderlo. Tendría que entender que Arnold jamás se hubiese saltado las clases de manera premeditada para tener sexo por primera vez con su novia.
Y Helga tampoco.
—¿Estás… es decir, estás…? —Helga arrugó el ceño, parecía seriamente preocupada—. Arnold, ¿estás drogado?
Se quedaron un momento en silencio.
—¿Eso quiere decir que no quieres casarte conmigo? —Intentó que sonara como una broma, pero su tono apurado cayó como un millón de ladrillos.
Helga, que nunca desaprovechaba una oportunidad para soltar inconveniencias, esbozó una sonrisa sarcástica y le preguntó en tono de ironía.
—¿Por qué?, ¿acaso estás embarazado?
XCII. De cómo pisarle los pies al destino
Cuando Helga terminó de reírse, Arnold decidió que nunca más oiría a la parte más fundamentalmente estúpida de su cerebro. No sabía por qué había confiado en ella, en primer lugar, pero decidió inmediatamente que la manera más segura de tener conversaciones con Helga sin humillarse en el proceso, era simplemente dejar que ella misma se explicara y no sacar conclusiones apresuradas.
—¿Qué fue todo eso, Arnoldo? —Helga lo tomó del brazo, cariñosa.
Arnold la miró con cierto resentimiento, pero dejó que se apoyara.
—Oh, vamos, ¿no vas a hablarme? —Su voz sonaba divertida—, tienes que reconocer que tu verborrea fue muy divertida.
—Creo que es hora de regresar a la escuela.
—Ya es tarde, entremos después del almuerzo, —Helga lo miró con insistencia—, no sabía que faltar a la escuela te iba a poner tan incómodo, ¿en qué estabas pensando?
Arnold tenía la posibilidad de decirle la verdad y dejar que Helga pensara que era un pervertido. Arnold, también, podía guardarse ese secreto y salvar la poca dignidad que le quedaba. Suspiró resignado y miró de reojo a la rubia: estaba sonriendo con malicia, pero sus ojos no tenían ese brillo cruel que los iluminaba cuando quería gastarle una broma. Helga probablemente no lo estaba pensando mucho, pero ahora sus toques eran más naturales y eso lo ponía un poco nervioso. Decidió decantarse por una verdad a medias, menos peligrosa que su sinceridad aplastante.
—En lo mucho que me gustas, —respondió con una sonrisa resignada y le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Helga tosió y fingió que no pasaba nada por un rato.
—Fue por el juego de Rhonda, ¿verdad? —dijo en voz baja, pero Arnold la escuchó perfectamente.
—¿El sueño?
—Yo también soñé contigo, —su voz sonaba apurada—, ¡esa vez, quiero decir! Es decir, también soñé que estábamos casados.
—¿En serio? —la miró de reojo—, pensé que no te importaba… ¡Espera un momento! Tú ni siquiera estabas cuando Rhonda me tomó el test.
—¿Quizá sí? —Helga parecía ligeramente avergonzada—, estuve escuchando cuando tomaste el test… ya sabes, estaba por ahí.
—Eras una pequeña acosadora, eh.
—Lo tomaste 110 veces, era inevitable escucharte, —Helga intentó soltarse, pero Arnold no la dejó.
—Podrías haber dicho que tú también lo tomaste.
—Quizá se me están pegando tus malas costumbres.
—¿Y qué soñaste?
—Probablemente lo mismo que tú, —se encogió de hombros—, esto y aquello.
Helga sonaba casual, pero Arnold sospechaba.
—¿Soñaste que teníamos hijos? —Preguntó intentando no pensar mucho, quería tomar su sinceridad sin avergonzarla demasiado—, porque yo soñé que teníamos tres.
—¿De verdad? —Helga se rio—. Claro que no, ¿por qué soñaría con hijos cuando recién nos acabábamos de casar?
—¿Entonces?
—Pues… —Helga suspiró—, esto es muy vergonzoso, Arnoldo. Tienes que jurar que no vas a decírselo a Gerald.
—No lo haré si no quieres que lo haga. Además, ¿por qué compartiría nuestros secretos con Gerald?
Helga sintió que se le aceleraba el corazón.
—Porque es tu comadre, —dijo con rapidez y Arnold arrugó el ceño—. Está bien, está bien. Soñé que eras el primer hombre de la nación y que teníamos vacaciones, y que… bueno, uh, Lilaestabaahí.
Arnold estaba haciendo un esfuerzo por no reírse, así que casi se atora cuando Helga mencionó a Lila.
—¿Lila?, ¿Sawyer?
—¿A qué otra Lila conoces, si se puede saber? —preguntó de mal humor.
—¿Por qué soñaste con Lila si estabas casada conmigo?
—Eh… pues… ¿no lo sé?
—Helga…
—Ah, qué demonios, lo que sea, solo estaba ahí porque en mi sueño ella te quería, lo cual dice mucho de lo increíble que puede ser mi imaginación, porque ella nunca te vio nada más que como la sombra poco atractiva de tu primo, el raro.
—Sé que lo haces al propósito, pero te puedo decir con sinceridad que ya no me importa.
—¿Tu primo?
—Lila, —Arnold le sonrió—, es una buena amiga, pero dejó de gustarme hace mucho.
—Sí, claro, —bufó Helga.
—Es mucho antes de lo que te imaginas.
—Ajá.
—Estoy hablando en serio.
—Ay, por favor, Arnold. Te la pasaste riendo con ella en todos los almuerzos de comienzo de año.
—¿No me puedo reír?
—¿Te estás haciendo el tonto? No tienes que fingirlo, te sale natural.
Arnold sonrió ampliamente. Era la primera vez que se daba cuenta tan rápido.
—Entonces, en tu sueño, ¿Lila me quería?, ¿eso te molestó?
—No, en mi sueño, te tenía perfectamente controlado, —Helga sonrió con crueldad—, sin embargo, Lila organizó una gran movida internacional para secuestrarte. Tuve que ir a rescatarte.
—¿Lo lograste?
—Por supuesto, ¿quién crees que soy?
—Tu sueño es mucho más creativo que el mío.
—Por supuesto.
—Ni siquiera te lo he contado completo.
—No tengo que escucharlo.
—Ah, vamos, ¿estás molesta porque crees que me gustó Lila?
—Sé que te gustaba.
—Sí, ¡cuando tenía nueve! Esas cosas pasan, Helga. Además, me di cuenta de que Lila me gustaba por todas las razones equivocadas.
—¿Ah sí? —Helga parecía desinteresada, pero Arnold sabía que era solo apariencia.
—Antes de Lila, ninguna de las chicas que me gustaban había sido genuinamente amable conmigo. Me acostumbré a su cortesía y era suficiente razón para que me comenzara a gustar.
Helga le dio un codazo.
—¡Estás diciendo que te gustó por las mismas razones por las que me gustaste a mí!
—Sí, quizá, —Arnold sonrió—, tenemos más cosas en común de las que pensaba. Pero Helga, no me has escuchado. Dije que comenzó a gustarme y que me acostumbré a tenerla cerca. Sin embargo, nunca me interesó saber más sobre ella. Nada importante, al menos. Solo quería saber sus hobbies porque quería que pasáramos tiempo juntos y que siguiera siendo amable conmigo. Solo quería que me correspondiera. Cuando Lila dejó de ser amable conmigo, me dejó de interesar.
—¿Y eso que quiere decir?, ¿que si Lila te hace caso te interesarías en ella?
—Claro que no. Quiero decir que le das más importancia a Lila de lo que merece.
—¡¿Yo?! —exclamó indignada—, ¡tú llevas veinte minutos hablando de tu ex!
—¿Qué? —Arnold arrugó el ceño—, Helga, solo lo estoy mencionando porque no quiero que te pongas celosa de ella.
—¿Y se puede saber por qué?
—Porque sé lo que se siente sentirse celoso de un compañero de clase y no quiero que eso se convierta en un problema entre los dos.
—¡No es un problema!
—Bien.
—Bien.
Helga le estaba apretando el brazo con mucha fuerza, pero Arnold ni siquiera pestañeó. Siguiendo avanzando por la acera en un silencio alterado que predecía más desencuentros. Arnold solo quería que Lila dejara de ser un asunto tan importante para Helga. No comprendía bien por qué, a pesar de lo bien que les estaba yendo juntos, todavía existía esa inseguridad rabiosa. Él ni siquiera se había puesto a pensar en la pelirroja desde el incidente con Timberly. Lila era muy hermosa, es cierto, pero nunca fue lo suficientemente hermosa para distraerlo de sus asuntos con Helga, incluso cuando la posibilidad de caminar juntos por la calle era remota. En cambio, Helga había tenido un novio muy reciente que todavía la miraba con anhelo por los pasillos. Arnold podía ser denso, pero podía darse cuenta cuando Stinky suspiraba con el corazón en la boca. No le gustaba para nada, se sentía como un intruso, aunque la historia de los hechos le favoreciera. Él no quería que Helga sintiera esa mezcla de culpa con resentimiento con irritación y con algo que le punzaba las palmas de las manos cuando se encontrara con Lila.
—Yo escribí el corazón.
Arnold dio un respingo.
—¡Yo fui!, ¿entiendes, zopenco? —dijo alterada, mirando al piso—, ¡yo lo hice!, ¡no Lila!, ¡y antes de que me preguntes: NO!, ¡No lo hice para que tú y Lila se hicieran novios!, ¡ag!, ¡¿cómo podría juntarte con la pelirroja?!, ¡lo hice para nosotros! ¡Ese corazón decía Helga y Arnold!
—¿Tú escribiste… es decir… pero… no se supone que yo te gustaba…? —Arnold arrugó el ceño—. Y si te gustaba tanto, ¿por qué te besaste con Stinky en mi cara, si se puede saber?
Mierda.
XCIII. De cómo la secundaria es más interesante en las historias de amor
Lo más interesante del asunto, notaría Helga en el futuro, es que no se habían soltado.
Ella estaba profundamente ofendida por la mención constante de la pelirroja rompe hogares más famosa de la escuela, y Arnold se veía bastante perturbado por un incidente en el que ella no tenía nada que ver. O bueno, en el que ella tenía parcialmente la culpa, pero no quería pensar en eso porque no le convenía. Le convenía, mejor, estar molesta con Arnold. Mejor con él que con su propia inseguridad. Y seguramente Helga sabía que entre Arnold y Lila no había nada más que sentimientos fraternales, pero no podía evitar preguntarse qué hubiese pasado si antes de todo eso Lila hubiera decidido sentir algo por Arnold. Algo, quizá, como esa emoción que te aceleraba la música del alma. ¿Y si Arnold se enamoraba de Lila, quien le había gustado en primer lugar?, ¿Y si Lila le correspondía?, ¿dónde la dejaba esa situación a ella?, ¿con un montón de recuerdos con los cuales deprimirse durante toda la eternidad?
Quizá podía pasar. No podía confiar en que los sentimientos de los demás eran como los suyos. No podía confiar en que Arnold también tenía un amor desesperado que le iba a durar toda la vida, como a ella. No podía confiar en nadie más que en ella misma y su perseverancia.
No podía confiar en ese breve momento de debilidad en el que Stinky le tomó la mano y ella se sintió capaz de hacerlo. Sintió que era posible arrebatarse de sus sentimientos por Arnold y sentir eso por alguien más. Alguien que era tan diferente de Arnold y de todo lo que le gustaba. Helga se sentía insegura porque sabía que era posible. Era posible que un día se levantaran y el afecto, ese algo, comenzara a resquebrajarse para siempre.
Arnold decía que había olvidado a Lila hacía mucho, y lo decía como si nunca hubiera pasado, como si no hubieran tenido miles de conversaciones dolorosas sobre el amor no correspondido. Helga siempre había confiado en la indiferencia de Lila y no en los sentimientos de Arnold, pero ahora no estaba tan segura. Ahora que Arnold le contaba su versión de los hechos, el cambio sonaba tan natural y aterrorizante. A Lila le gustaba Arnie, que era la versión mala de Arnold, ¿y qué si un día decidía que le gustaba la versión buena?
—No confías en mí.
Helga dio un respingo. No confío en mi misma.
—Yo nunca te gusté, —tomó aire para explicarse—, ¿recuerdas cuando me vestí de Lila en la fiesta? Tú dijiste que querías pasar tiempo conmigo, pero no me estabas mirando a mí, estabas pensando en alguien más. ¿Cómo sabes que no va a pasar lo mismo?, quizá estás esperando algo que no puedo darte, Arnold, y finalmente te aburrirás.
Arnold se detuvo y se volteó a mirarla.
—Helga, yo jamás te pediría que fueras alguien distinta de quien eres. Me disculpo por haberte ignorado, pero esa no eras tú, solo estabas fingiendo ser Lila y, por eso, nunca sentí que estuviésemos pasando tiempo juntos esa noche. Yo jamás me he aburrido contigo.
—¿Y si fuera yo, si yo me aburriera?
De pronto, Arnold se dio cuenta que, si intentaba apoyar los pies sobre la tierra, le dolía el pecho, arriba y a la izquierda.
Continuará...
¡Retoños! Como es costumbre, estoy actualizando de madrugada, espero que les guste el nuevo capítulo. Les dejo la lista de las siguientes partes:
XCIV. De cómo enamorarte y seguir siendo un cínico
XCV. De cómo el profesor de geografía reprobó a todos los estudiantes del señor Simmons
XCVI. De cómo Sid y Peapod se volvieron mejores amigos
XCVII. De cómo Mambo número 5 y So Happy Together son canciones de Helga y Arnold
XCVIII. De cómo Stinky es un nombre poco común en los Estados Unidos
XCIX. De cómo Lila es el nombre de una flor
C. De cómo Helga es complicada como un símbolo griego
CI. De cómo Arnold es denso como un ladrillo
Ya queda súper poquito y no me pregunten por qué hay problemas, porque yo pensaba hacer un capítulo súper cursi, pero terminó en esto, así que no confíen en mí. Ojalá Arnold y Helga puedan ser felices luego de 100 capítulos, ¿verdad? Ya me voy, no me peguen. Los amo muchísimo, ya les contesto los reviews.
Un abrazo enorme,
¿Clic al botoncito? (sí me dejo sobornar y les subo el siguiente esta semana jijiji)
