Bajo el mismo techo.
By LadyCornamenta.
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Capítulo 2: Verde esmeralda.
Ya habían pasado cuatro días desde mi llegada a Forks. Cuatro días desde el accidente de mis padres. Cuatro días desde que había llegado a aquella casa. Cuatro días desde que había comenzado a convivir con Edward Cullen.
La convivencia entre ambos no era algo tan difícil como yo me lo había imaginado en un principio. De hecho, muchas veces debía asegurarme de que Edward estaba realmente allí, ya que era de lo más silencioso. Sus horarios eran bastante diferentes a los míos y creo que no miento si digo que solamente coincidíamos para las comidas. Incluso, a la hora de dormir, él se iba a su habitación mucho más temprano que yo y, en el momento en que yo recién me levantaba, él parecía estar despierto desde hacía bastante tiempo. También, de forma casi inconciente, nos habíamos dividido las tareas de la casa. Él se encargaba de todo lo que fuese referente a salir del hogar y utilizar un vehículo —como hacer las compras, por ejemplo— y de algunas cosas menores por la mañana, mientras yo aún dormía. Por mi parte, yo me encargaba del aseo de la casa, las comidas nocturnas y otras pequeñas cosas que se presentaban a medida que transcurría el tiempo allí.
Pasé una mano por mis cabellos castaños, mientras me acomodaba en aquella especie de hamaca con forma de banco, ubicada en el jardín del frente de la casa. La brisa cálida soplaba con fuerza y el cielo manchado de algunas nubes grises anticipaba la lluvia. Aquella tarde había ido a ver a mis padres, y sus mejoras habían sido mínimas; ambos seguían inconcientes y en el sector de terapia intensiva. Me acomodé mejor en el banco, dándome cuenta de cuanto los extrañaba conmigo, de las ganas que tenía de que pudiéramos reacomodar juntos los muebles, mirar televisión sentados en el sofá, o compartir una cena familiar.
Los extrañaba horrores.
Escuché el suave rugido de un automóvil y vi el Volvo de Edward estacionándose en la puerta de mi casa. La verdad, viéndolo desde mi posición, aquél coche desentonaba bastante con la vivienda, que no era demasiado lujosa. Vi al muchacho de cabellos cobrizos bajarse del vehículo con suma elegancia.
Él también desentonaba bastante, a decir verdad.
Con su constante andar desenfadado y grácil, Edward sacó un par de bolsas de papel del asiento del copiloto. Sin dificultad alguna, las cargó todas entre sus brazos y comenzó a andar hacia la casa. Cuando sus ojos se toparon conmigo, detuvo la marcha.
—Tengo permitido estar en el jardín, ¿no? —comenté burlonamente cuando lo vi fruncir el entrecejo.
Se encogió de hombros.
—Supongo que si —respondió secamente, para luego seguir su camino.
Con una hábil maniobra pateó de forma suave la puerta de entrada —que yo había dejado entornada— y desapareció dentro de la casa.
Después de unos minutos más afuera disfrutando de aquella cálida y reconfortante brisa, imité a mi compañero e ingresé a la casa. Atravesé el pasillo y me dirigí a la cocina para encontrarlo de espaldas a mí. En su mano sostenía un teléfono móvil plateado, apretado fuertemente contra su oído. Luego, lo escuché bufar exasperado.
—Alice, estoy perfectamente —habló, recalcando notoriamente la última palabra—. No necesito tu ayuda, ni la de nadie.
Se quedó callado y supuse que la respuesta de la persona del otro lado de la línea no le había agradado demasiado, porque volvió a suspirar con fastidio.
—Ella está bien, no tienes nada de que preocuparte —habló rápidamente. Se quedó en silencio otra vez—. ¿Ropa? —inquirió, dejando ver confusión en su voz—. No, sabes que esa no es mi área —masculló, dejando entrever cierto deje de sarcasmo en su tono.
Repentinamente se giró sobre sus talones y me vio allí de pie, seguramente con una mueca de notable sorpresa. Alzó una ceja y quise que la tierra me tragara en ese mismo instante. ¡Bravo Bella! ¿No podía, aunque sea, haberme ocultado fuera de la cocina?
—Alice, te llamo luego —dijo lentamente, con su aterciopelada voz. Esperó—. No, no voy a matar a nadie —respondió, mirándome sugestivamente.
Tragué pesado, mientras él cortaba su teléfono y lo guardaba dentro de su bolsillo.
—¿Y bien? —preguntó, nuevamente con una ceja en alto.
—Esto… yo venía a… hacer la cena…y… —comenté, con la garganta repentinamente seca.
¿Por qué tenía aquella mirada tan penetrante e intimidante?
Como habitualmente solía hacer, se encogió de hombros y salió de la sala. Suspiré sonoramente cuando salió de mi vista. Por alguna extraña razón —no tan extraña, de hecho—, su presencia me incomodaba de sobremanera. Comencé a cocinar algo de pasta, mientras encendía el pequeño televisor que se encontraba colgado de una de las paredes de la cocina y sintonicé el noticiario. Sin embargo, no le hice demasiado caso y preferí sumirme en mis propios pensamientos. Aquella casa estaba demasiado vacía sin mi padre sentado en la mesa quejándose de las terribles noticias que se anunciaban.
Cuando acabé de preparar la comida, me dirigí al piso superior. La puerta del cuarto que ocupaba Edward estaba cerrada y, levemente, llamé a ella. Pocos segundos después la misma se abrió, develando su perfecto rostro, algo adormilado. Se veía encantador…
…hasta que volvió a mirarme con aquellos ojos que podrían derretir hasta el mismo polo norte.
—A comer —susurré, para luego escurrirme escaleras abajo.
Sin embargo, con mi forma torpe de bajar, solo conseguí lo inevitable: trastabille con uno de los últimos escalones y bajé cuatro de golpe, para terminar sentada a los pies de la escalera. Sentí un tirón en la herida que me había provocado el accidente e, inconcientemente, llevé mi mano a ella, mientras maldecía mi suerte en susurros.
¡Demonios, es que odiaba ser tan torpe!
Pronto escuché unos pasos rápidos en la escalera y, cuándo alcé mi vista, me encontré con Edward acuclillado a mi lado.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Creo que mi cara debía ser de idiota, porque su rostro se contrajo en una mueca extraña; mas en mis ojos estaba grabada aquella mirada de preocupación que me había dirigido antes. Por primera vez, desde nuestro primer encuentro, había visto en sus ojos algo más que frialdad y evasión. Aquello era verdadera preocupación y su mirada jade había resplandecido con un brillo completamente encantador e hipnotizante.
—Bella, ¿estás bien? —reiteró con su voz de terciopelo, haciéndome volver al planeta Tierra.
Asentí torpemente, mientras me apoyaba en la pared para ponerme de pie.
Edward me imitó y me siguió cuando comencé a caminar hacia la cocina.
Comenzamos nuestra cena en silencio, ambos sentados en la mesa cercana a la mesada, uno en frente del otro. Muy educadamente, como ya venía haciendo desde nuestro primer día allí, sirvió la bebida en mi vaso. Luego, lo único que pudimos oír mientras comíamos era la voz del hombre que daba las noticias en la televisión. Minutos después de un abrumador silencio entre nosotros, cuando uno de los panelistas estaba mencionando algo sobre el aumento de salarios de los profesores, Edward alzó la vista de su plato y me miró.
—Hoy he hablado con Carlisle y me comentó que aún tienes dos años de colegiatura por terminar, ¿cierto? —comentó con su tono formal.
Asentí, evitando preguntar de dónde había sacado aquella información el doctor Cullen.
—Mañana por la mañana enviaré los papeles para inscribirte en el instituto de Forks —explicó brevemente—. Compré algunas cosas que seguramente necesitarás para empezar, también. Aunque aún faltan los nombres de los textos, pero…
Entonces caí en la cuenta de algo. Sólo faltaba una mísera semana antes de comenzar el instituto. ¡Bravo! ¡Las cosas no podían ir mejor para mí! Cerré los ojos por unos segundos, intentando asimilar lo que Edward me había dicho.
—¿Tú has asistido al instituto de Forks? —comenté curiosa, centrando mi mirada en él.
El asintió.
—Asisto al instituto de Forks —remarcó y yo lo miré confundida—. Supongo que coincidiremos en alguna que otra clase —comentó luego, enroscando con delicadeza un poco de pasta en su tenedor.
¿¡Cómo había dicho!? Abrí los ojos sorprendida.
—¿¡Tú…tú…tienes dieciséis años!? —pregunté, totalmente sorprendida.
—En realidad, cumplí los diecisiete hace algunos meses —replicó con desinterés.
Lo miré sorprendida. ¿Cómo aquél chico podía tener casi mi misma edad? Como mínimo, le hubiese dado unos diecinueve años. No sólo por su aspecto físico —me sacaba prácticamente una cabeza de altura—, sino por su forma de hablar, que no se parecía en nada a la de todos los chicos de mi edad que conocía en Phoenix, mi antigua ciudad de residencia. ¿Sería alguna característica de los jóvenes de Forks?
—¿Tanto te sorprende? —me preguntó con una ceja alzada.
—No pareces de diecisiete años —comenté rápidamente.
Él asintió el silencio, aunque creí ver que su rostro impasible dejaba asomar algún vestigio de tristeza que no llegué a entender. Evidentemente, había algo en mi confesión que lo había movilizado.
Sin embargo, preferí callarme aquello.
En silencio me puse de pie para recoger los platos. Al instante Edward se acopló a mí, guardando la bebida en el refrigerador y alcanzándome algunas cosas al fregadero. Yo comencé a lavar, mientras él, a mi lado, secaba. El señor de las noticias seguía con su perorata detrás de nosotros que, en silencio, no despegábamos los ojos de nuestra labor. Repentinamente, sin embargo, el ruido del timbre nos sobresaltó a ambos. Miré a Edward, confundida. Él tenía el entrecejo profundamente fruncido. Parecía congelado en su lugar; pero, cuando hice el amague de dirigirme a ver quien era, él extendió su palma delante de mí para que me detuviera. Después de ello, lo vi trotar de forma grácil hasta la puerta de entrada. Espió por la mirilla y luego abrió la puerta lentamente.
Me sorprendí al ver como unos brazos lo rodeaban rápidamente y una pequeña muchacha se colgaba de él, literalmente, ya que Edward le sacaba bastante más de una cabeza.
—¡Edward! ¡Cuánto te extrañé! —chilló la joven, aferrándose más a él.
Edward, sin embargo, encontró la manera de sacársela rápidamente de encima.
—Alice, ¿qué haces aquí? —preguntó. Así que aquella era la muchacha con la que estaba hablando por teléfono—. Creí ser bastante claro cuando te dije que no necesitaba visitas.
La tal Alice se encogió de hombros con diversión. Pronto sus ojos se posaron en mí y pude verla claramente. Su piel era tan pálida como la de Edward y sus ojos, de un celeste muy intenso, destellaban alegremente bajo las espesas pestañas. Su cabello azabache brillaba bajo la tenue luz del pasillo y las puntas del mismo parecían ir en todas las direcciones posibles. Dándole una mirada completa a su pequeña anatomía, me di cuenta de que me daba la impresión de estar mirando a una frágil muñequita de porcelana. Ella, simplemente, me mostró una sonrisa radiante bajo sus rosados labios.
—¡Tú debes ser Isabella! —comentó risueña, con una delicada voz cantarina.
—Bella —corregí, devolviéndole la sonrisa tenuemente. Después de tantos días con Edward creí que estaba olvidándome de cómo sonreír.
Se acercó rápidamente hacia mí, con un andar aún más grácil que el de mi acompañante, y me estrujó en un abrazo afectuoso. Me sorprendí en un principio, pero luego se lo devolví, aunque con menor intensidad.
—Lamento lo de tus padres, Carlisle me ha contado todo —dijo ella, hablando bastante rápido, y con una mueca de tristeza en su rostro—. Por cierto, Soy Alice Cullen.
—¿Cullen? —pregunté confusa.
—Es mi hermana —murmuró Edward, que se encontraba apoyado en la pared opuesta a nosotras, junto a la puerta de calle.
Dirigí mi mirada de Edward a Alice y comprendí, después de todo, que aquél parecido no era algo simplemente casual. Vi que la recién llegada me miraba con una enorme sonrisa pintada en sus labios.
—Presiento que seremos buenas amigas —comentó, con una enorme sonrisa.
Le devolví el gesto, gustosa.
¡Por Dios! ¿Cómo dos hermanos podían ser tan completamente diferentes?
—Me imagino que mi hermanito debe tenerte bajo prisión domiciliaria —comentó, mirándolo con un gesto que me hizo reír suavemente. Edward, aún apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre su pecho, soltó una especie de gruñido—; pero, si quieres, mañana podemos ir a dar una vuelta por Port Angeles. Allí hay un centro comercial y unos cuantos negocios más que aquí. ¿Qué te parece? —propuso, hablando rápido.
Me tomé unos segundos para procesar la información.
—Me parece bien —respondí, con una suave sonrisa sobre los labios.
—De acuerdo —aceptó, ampliando su sonrisa, dando pequeños saltitos en su lugar. Parecía una niña pequeña—. Iremos en mi auto, mañana te pasaré a buscar.
La miré con los ojos muy abiertos.
—¿En tu auto? —pregunté confundida—. ¿Cuántos años tienes?
Soltó una risita cantarina.
—Dieciséis —respondió—, aunque no los aparento, ¿cierto? —inquirió luego, con una pícara sonrisa de ángel.
Asentí. Aquella muchacha era sumamente agradable.
—Si vas a venir mañana, ¿por qué no vuelves a casa ahora? —preguntó Edward, aún en su antigua posición.
Carraspeé suavemente, para llamar la atención de los hermanos. Ambos me miraron.
—¿Por qué no se queda Alice a dormir aquí? —propuse encogiéndome de hombros. Luego señalé el sofá—. Yo no tengo ningún problema en dormir ahí.
Edward, con algo que ya estaba haciéndoseme tan habitual como exasperante, se encogió de hombros y miró a su hermana.
—Utiliza la cama de arriba —le dijo seriamente—. Yo improvisaré algo aquí.
Me sorprendí con el gesto, pero Alice simplemente sonrió, consiguiendo robarle a su hermano un furtivo beso en la mejilla, en forma de agradecimiento. Cuando Edward subió las escaleras, Alice se volvió hacia mí con una pequeña sonrisa surcando su infantil rostro.
—Se hace el duro, pero en el fondo es una muy buena persona —me comentó.
—¡Te he escuchado! —gritó Edward desde el piso de arriba, sin asomarse, haciendo que su hermana riera.
—¡Sabes que digo la verdad! —respondió con voz fuerte ella, sonriente. Volvió a mirarme—. ¿Me enseñas la casa? —preguntó con ojitos soñadores.
Divertida, asentí.
Aquella muchacha era todo un personaje.
Comencé a hacerle un recorrido a Alice y, finalmente, nos quedamos en mi habitación. Después de sacarse su calzado, se sentó sobre mi cama y se puso a ojear mis cds, que todavía estaban sin ordenar dentro de una caja. Los escrutó con cuidado y, luego, alzó los ojos con una mezcla de sorpresa y diversión.
—¡Edward y tú tenéis gustos musicales muy parecidos! —exclamó, emocionada. Que linda, se alegraba con tan poco.
—¿De verdad? —inquirí con auténtica sorpresa.
—Si. No solo le gusta la música clásica, sino que Muse, The Arcade Fire y The Strokes están entre sus colecciones preferidas —me comentó y luego señaló mis cds— y veo que aquí tienes mucho de ellos.
Asentí, sorprendida por aquello.
La verdad es que aquellas eran unas de mis bandas favoritas y nunca las hubiera relacionado de ningún modo con Edward Cullen.
Después de seguir revisando un poco mis cosas y de sentenciar que necesitaba irremediablemente algo de ropa, Alice se dirigió al cuarto que Edward había dejado listo para que ella ocupara. Yo rápidamente me dirigí al baño y me puse me pijama. Después de lavarme los dientes, me metí en la cama, preparándome física y mentalmente para la salida con Alice, cuya energía parecía inagotable.
Dormí como un tronco toda la noche, aunque mis sueños no fueron demasiado placenteros. Esta vez no solo soñé con mis padres y el accidente que me atormentaba; sino que además, en otro sueño diferente, era perseguida por cientos de prendas de vestir que gritaban mi nombre.
Me temo que Alice tenía algo que ver en esto último.
Como todas las mañanas, me dirigí al baño y me di una ducha rápida. Dado a que mi pelo parecía negarse a colaborar a la hora de peinarlo y hacia demasiado calor para un secador, me hice una especie de recogido con unas hebillas y, después de ponerme unos jeans y una de mis camisas favoritas, me dirigí con paso cauteloso por las escaleras, hacia la cocina. Cuando llegué allí, Edward y Alice se encontraban desayunando en la mesa.
—¡Buenos días, Bella! —me saludó radiantemente la más pequeña de los Cullen—. ¿Cómo has dormido?
—Muy bien, gracias —respondí mientras me sentaba a su lado. Ella rápidamente comenzó a servirme jugo, té, galletas, tostadas—. ¿Tú cómo has dormido?
—Muy bien, también —aseguró. Miró a Edward que seguía comiendo en silencio y luego, con una sonrisa pícara se volvió hacia mí—. Deberías tener cuidado con este muchachito por las mañanas —me comentó como si fuera un secreto, señalándolo—, puede ser una verdadera pesadilla.
Edward alzó los ojos para mirar a Alice, y luego los puso en blanco.
—¿A qué hora me dijiste que partíais? —preguntó con fingido interés.
Alice sonrió.
—A las once, no te librarás tan fácil de nosotras —replicó con su siempre presente sonrisa.
Alice salió de la cocina tarareando alguna canción en voz muy bajita, pero audible. Entonces, sentí la mirada de Edward en mi espalda y me volví. Se acercó un poco y con su aterciopelada voz habló:
—Hoy, muy temprano en la mañana, ha llamado Carlisle.
Abrí los ojos con sorpresa, y con una repentina opresión en el pecho.
—La situación de tus padres sigue igual, pero quería que te lo avisara para que no te preocupes —agregó, luego.
Asentí con resignación, soltando la respiración que había contenido, ante aquella exasperante situación.
Si mis padres seguían en aquél estado, sin despertar, me volvería completamente loca.
—Gracias —le dije, por hacer las veces de vocero.
Lo vi inclinar un poco la cabeza, antes de dirigirme fuera de la cocina.
Después de aquella breve conversación con Edward, las horas pasaron demasiado rápido. Quizás, más de lo que deseaba.
Cuando salimos a la puerta de mi casa, me encontré con un reluciente auto deportivo de un color amarillo chillón. Si el Volvo de Edward desentonaba con mi casa y el entorno lleno de vegetación, aquél Porsche parecía venido de otra galaxia. Vi que Alice me permitía la entrada al asiento del copiloto, tapizado con un reluciente cuero negro. La vi subirse al asiento del conductor y me di cuenta de que el auto encajaba perfectamente con su dueña. Llamativo y completamente alegre. Me sorprendí cuando vi que Alice andaba a una velocidad bastante más alta de la que yo estaba acostumbrada. Ya estaba amarrada a mi asiento con el cinturón de seguridad, pero pronto le pedí que por favor disminuyera la velocidad. Después de todo, aquél era mi primer viaje en automóvil después del accidente.
—¡Ahí, perdón! ¡Soy tan torpe! ¡Lo siento! —me pidió de forma atropellada, reduciendo la velocidad considerablemente, con una mirada que demostraba que estaba, en verdad, apenada.
—No te preocupes —le respondí con una sonrisa un tanto forzada, aferrándome, inconcientemente, a mi asiento.
Afortunadamente, el viaje no fue tan largo; o, por lo menos, no tanto como esperaba. Cuando bajamos, después de que Alice aparcara prolijamente en el estacionamiento del centro comercial, las dos comenzamos a caminar a la par. Sin embargo, ella me tomó rápidamente la mano y pronto me vi siendo arrastrada al interior del gran edificio a una velocidad increíble. Con la misma rapidez, Alice me metió a los probadores de diferentes locales pasándome prendas de todos los colores, estilos y telas. Después de más de dos horas que me parecieron completamente interminables, nos dirigimos al patio de comidas, para comer algo —a pesar de que, en realidad, era bastante tarde como para almorzar—. Alice me había, prácticamente, obligado a comprar toda aquella ropa y a dejarla que pagara. Me había negado hasta el cansancio pero, evidentemente, era una de aquellas personas que no se detenían hasta que conseguía lo que quería; por lo que ahora recorríamos el sector lleno de locales de comida con nuestras manos repletas de bolsas.
—¡Ah, que bueno es tener una compañera para estas cosas! —me comentó alegremente, mientras nos sentábamos en una mesa—. Rose ya se está negando a estas salidas —quise preguntar quién era Rose, pero ni siquiera me dio tiempo para meter bocado en la conversación—. ¿Qué te gustaría de comer? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Una hamburguesa estaría bien —comenté, cuando vi a lo lejos el local de McDonalds.
—De acuerdo, cuida las bolsas que yo ya vuelvo —y dando saltitos desapareció alegremente.
Cuando la vi alejarse, después de acomodar mis bolsas, me desplomé sobre una de las sillas. No me había dado cuenta de cómo me dolían los pies después de semejante caminata y la herida de mi pierna estaba comenzando a pasarme factura. Alice me había comprado desde sweaters hasta pilotos para la lluvia, desde zapatillas hasta botas. Según ella, debía tener un vestuario variado para cuando comenzara el instituto.
Pronto mi acompañante volvió con una bandeja en la mano y ambas comenzamos a comer con ansias, ya que no habíamos ingerido nada desde el desayuno. Cuando las dos acabamos la hamburguesa, comenzamos a comer las papas que había traído para acompañar. Mientras Alice tomaba una, la vi tirarse para atrás en su silla y mirarme con su siempre simpáticos ojitos.
—¿Y? ¿Cómo te trató Edward todos estos días? —preguntó.
Su interrogante me tomó por sorpresa, así que tarde unos segundos antes de contestarle.
—No puedo quejarme —respondí—. La verdad es que puedo acusarlo de cualquier cosa menos de molesto. ¡Casi no lo oigo en todo el día!
Escuché como Alice soltaba una risita.
—Sí, efectivamente, ese es mi hermano —bromeó.
—¿Es siempre así? —pregunté dubitativa, pensando que en realidad tenía algo personal contra mí.
—Algo por el estilo —me respondió, tomando otra papa de la bandeja. Me señaló con ella—. Con la gente que no conoce es muy reservado —se señaló a ella, de forma inconciente—; con nosotros, sus familiares, incluso es bastante prudente… ¡así que imagínate!
Asentí levemente con la cabeza.
—Igualmente, es un excelente muchacho —me comentó. Se notaba que lo apreciaba muchísimo—. Debes darle tiempo.
—Me da un poco de miedo —comenté sin pensarlo.
Cuando me di cuenta de lo que había dicho, me sonrojé violentamente.
Alice dejó escapar su risita tintineante.
—Suele tener ese efecto sobre los desconocidos —me comentó divertida—. Pero no creas sólo en las apariencias, Bella —me dijo, bastante seria.
Asentí confundida, mientras me llevaba una papa frita a la boca.
¿Qué había querido decir exactamente con eso?
Después de comer y de dar alguna que otra vuelta para que Alice comprara algunas cosas que le faltaban, las dos nos dirigimos a su automóvil. Esta vez, noté como logró controlar la velocidad, hasta ir casi al paso de una tortuga, mientras me mostraba los alrededores a medida que íbamos volviendo hacia Forks. Otra vez, reparé que todo era enfermizamente verde. La vegetación lograba cubrirlo todo y no había otro color que llamara mi atención en aquél pueblito.
Verde, verde y más verde.
Cuando llegamos a nuestro destino, Alice volvió a estacionar frente a mi casa y, con bastante dificultad, ambas bajamos todos los paquetes, que parecían haberse multiplicado dentro del baúl del Porsche.
¿Realmente nosotras habíamos comprado todas esas cosas?
Tomé todas las bolsas que pude y comencé a caminar dando tumbos hacia la puerta. Debido a que los paquetes tapaban mi visión, no vi el pequeño escaloncito de la entrada y caí para adelante. Evidentemente, Edward debía estar en casa, porque golpeé la puerta y esta se abrió sola, dejándome caer al piso con todos los paquetes desparramándose a mí alrededor. Pocos segundos después, vi un par de zapatos. Alcé un poco la vista, para ver a Edward acuclillado a mi lado. Yo, acostada boca abajo, lo miré con una mueca cansada.
—¿Estás bien? —preguntó, seriamente, apartando de encima mío una bolsa para que pudiera levantarme.
—Si, si, creo que no me rompí nada —comenté, poniéndome dificultosamente de pie.
—¿Te caes con frecuencia o es solo casualidad? —me preguntó seriamente, mientras Alice llegaba dando saltitos hasta nosotros.
—Tengo pies torpes —respondí, excusándome, mientras comenzaba a juntar las bolsas.
Creo que me perdí de algo, porque cuando alcé la vista, Alice miraba a su hermano sorprendida, mientras Edward había desviado la vista con cierto recelo.
—Veo que vamos progresando, ¿no? —preguntó juguetonamente la menor de los hermanos.
Edward se limitó a gruñir algo y comenzó a ayudarme a recoger las bolsas.
Yo, por mi parte, no entendía nada.
Alice miró su reloj.
—Debo irme —comentó, frunciendo el ceño—, sino Jasper me matará —se quedó pensativa unos segundos—. ¿Qué os parece si esta noche vamos a cenar? —comentó alegre—. Creo que, si apuro un poco las cosas, dentro de dos horas puedo estar aquí.
Edward asintió sin darle demasiada importancia; mientras, con las bolsas en mano, comenzaba a subir a mi habitación. Yo acepté y le di un fuerte abrazo a Alice, antes de que desapareciera por la puerta con una enorme sonrisa en los labios. Luego tomé las bolsas que había apoyado en el piso y subí las escaleras rumbo a mi habitación. Allí se encontraba Edward dejando los paquetes sobre mi cama. Lo imité y luego me volví para mirarlo.
—Tu hermana tiene algunos problemas con esto de las compras, ¿no? —pregunté divertida, mientras comenzaba a sacar las prendas de adentro de las bolsas.
Él asintió.
—Se empeña en vestir al primero que se le cruza por el camino —comentó con su voz suave, alzando los ojos al cielo y dejando escapar un suspiro—. Toda la familia se ve sometida a sus torturas.
Reí suavemente, mientras comenzaba a doblar las cosas.
—Creo que no necesitaré comprarme ropa hasta que decida jubilarme—comenté con sorna, y levante la mirada para ver justo a tiempo su rostro.
Una tenue sonrisa torcida surcaba sus labios.
Su rostro era aún más perfecto cuando sonreía, aunque fuera tan débilmente, y sus ojos no parecían ser tan duros y atemorizantes de aquella manera. Su mirada brillaba como dos resplandecientes esmeraldas.
Sin embargo, aquél gesto pronto desapareció.
—Voy a darme una ducha —comentó, mientras salía de la habitación—. Creo que me conviene estar preparado para esta noche.
Asentí, mientras lo dejaba irse, aún con su rostro levemente sonriente en mi mente.
Giré sobre mi cama, tirando varias bolsas vacías en el proceso y me acomodé sobre la almohada, apretándola un poco contra mi cuerpo. Estaba realmente cansada después de la semejante caminata a la que Alice me había sometido. Me acurruqué cómodamente y me dejé transportar al mundo de los sueños.
Mi siesta no duró prácticamente nada, ya que, enseguida, el timbre me despertó. Tuve que, atropelladamente, abrir la puerta. Alice, que se encontraba mirándome del otro lado, soltó una carcajada cuando me vio de pie en el umbral. Yo simplemente la miré confusa.
—Bonito estilo —comentó—. No sabía que el Savage estaba otra vez de moda.
Seguí mirándola extrañada. Pocos segundos después entendí que se refería a la maraña de cabellos que tenía enmarcando mi rostro. Sin permitirle a Alice participar, protegiendo mi integridad física, me cambié rápidamente. Edward apareció a los pocos minutos, luciendo tan elegante como siempre.
Terminamos cenando en un pequeño restaurante de la ciudad y escuchando los monólogos de Alice sobre Port Angeles. También fuimos oyentes de los planes que tenía para las siguientes semanas en los que, lamentablemente, tanto Edward como yo nos veíamos involucrados. No sé exactamente cuanto tiempo pasamos allí, pero cuando comencé a bostezar repetidamente, Edward comentó que sería mejor volver a casa. Primero dejamos a Alice en la gran casa de los Cullen —cuya imponente fachada me dejó pasmada por unos cuantos segundos—y luego comenzamos a andar entre el verde paisaje de Forks, en silencio, hacia mi casa. La verdad es que, siendo sincera, no sabría decir en que momento llegamos, ya que estaba dormitando en el asiento del copiloto y, además, todo a nuestro alrededor era del mismo y monótono verde. Fui conciente de que estábamos frente a mi casa cuando Edward me abrió la puerta y la tenue brisa del exterior me golpeó en el costado derecho. Bajé dando tumbos y pronto ambos nos encontramos en el recibidor de la casa. Edward abrió y ambos nos adentramos en el calor del hogar.
—Será mejor que te vayas a la cama.
Asentí.
—Hasta mañana —lo saludé, girando sobre mis talones para mirarlo.
La luz de la luna, que dejaba entrar el pequeño hueco entre la cortina y la ventana, le daba de lleno en una parte de su rostro, dejando ver sus ojos verdes como las esmeraldas con una increíble y vibrante claridad. Me quedé prendida a su mirada, hasta que lo escuché responder con su voz suave como el terciopelo:
—Hasta mañana.
Subí a mi habitación aún algo atontada y, cuando llegué, me dejé caer sobre la cama, quedando sentada sobre ella. Me saqué rápidamente los zapatos, la ropa y me puse mi pijama de verano. Me recogí el pelo por comodidad y me tiré como un peso muerto sobre la cama, desplomando mi cabeza sobre la almohada. Pronto sentí como el sueño comenzaba a apoderarse de mí. Lo último que vi fue la luz de la luna que entraba por mi ventana, antes de dormirme profundamente.
Aquella fue la primera noche, después de muchas, que dormí sin pesadillas.
Simplemente, tuve un sueño donde todo era verde, como Forks.
Solo que aquí, era verde esmeralda.
…
¡Hola a todos! ¿Qué les pareció el capítulo? Como lo habrán notado, todavía es un capítulo más de presentación que otra cosa, pero ya se van planteando algunas cosas que inquietan a Bella. En fin, espero sus comentarios al respecto.
Quiero agradecer, también, los reviews del capítulo pasado. ¡De verdad! ¡Muchísimas gracias! Me puso demasiado contenta, ya que, después de todo, es lo primero que hago sobre Crepúsculo y que les haya gustado me da ganas de continuar.
En fin, ¡Saludos para todos!
Que tengan una buena semana.
LadyCornamenta.
